Dehesa de cuaternos

La primera vez que tomé este libro de fotografías pensé que entre las imágenes originales de principios de siglo XX había mezcladas representaciones de aquella época, en ese contexto duro de finca agrícola extremeña, hechas ahora. Me costaba dilucidar en aquellos dos o tres primeros vistazos superficiales, ocasionales, cuáles eran de una y otra época aún convencido de que existía en el libro esta doble cualidad. Finalmente me percaté de que no había ningún juego artístico y de que se trataba en su totalidad de una recopilación de fotos tomadas por Antonio González Martín-Gamero, dueño latifundista de una finca dedicada al cultivo del tabaco y el pimentón situada en la comarca de La Vera, en Cáceres.

Caniche editorial, 2017. Pvp 25 €

Y por qué cuento mi confusión. Algo que en principio podría considerarse anecdótico es significativo del tipo de edición que realiza Caniche en sus trabajos, siempre cuidadosos, de toque artesanal y con mirada artística. Lo que ocurre cuando abres «Dehesa de cuaternos» es que uno solo ve fotografías y ni una sola palabra. Es en apariencia un álbum no comentado que da pie a la especulación del lector y que provoca el deseo de indagar en el origen de esas imágenes, sobre todo retratos, de los trabajadores agrícolas que posan de manera más o menos natural y relajada ante la cámara. La cubierta de acetato, el material de las películas fotográficas originales, incide también en el carácter artístico de este libro de edición limitada.

Caniche Editorial publica en sus libros obra de arte contemporáneo en su compromiso por «seguir el camino de los artistas» y de «dar visibilidad a propuestas que de otra forma no serían accesibles al público». En La tienda de Lope contamos con títulos de Moisés Puente, Txomin Badiola y Elena del Rivero entre otros, así como de algunos catálogos y proyectos pictóricos, fotográficos o escénicos interesantes y que es recomendable conocer, siempre en ediciones que dialogan con la obra publicada y da a los libros condición de coleccionable. Por cierto que desde hace algunas semanas tenemos en la librería «Tres días», de Antonio Ballester Moreno, una edición que, esta sí, tiene mucho de juego a partir de las reconocibles geometrías y colores del artista, y que se propone para compartir entre infancias y adulteces, sean estas las propias de una única persona o las correspondientes a la edad de quienes decidan sentarse juntos a una mesa para leer, mirar, pasar hojas juntos… Cabría relacionarla con la poesía visual que desde Brossa, o por aquí Francisco Pino, entre otros, o más recientemente Felipe Zapico o Paco Pérez Belda, propone a lectores nuevas maneras de relacionarse con palabras o de construir poemas a partir de imágenes. Un trabajo este de Caniche con Ballester muy sugerente, que apetece mirar y tocar a partes iguales, recomendable tanto para amantes de las artes plásticas y de la poesía visual como del coleccionismo editorial.

Caniche editorial. Pvp 39 €

En el caso concreto de «Dehesa de cuaternos» basta indagar un poco en el interior de este álbum para encontrar un par de desplegables que contextualizan la obra y permiten, en su formato, disfrutar de un visionado pleno de las fotografías, es decir, sin el estorbo de palabras, cuando ya han sido leídos. En uno de ellos se nos cuenta el proceso que se produjo hasta llegar a las fotografías custodiadas por la familia de Martín-Gamero y en el otro unos mapas que sitúan la comarca y la finca. Cuaternos pertenece al pueblo cacereño de Cuacos de Yuste y su población se dedicaba del todo al trabajo agrícola. El retrato que el autor hace de sus trabajadores es documento que sirve para la «reflexión sobre el papel de la dehesa, idiosincrasia de las regiones con connotaciones oscurantistas» y que también pueden explicar la posterior emigración de la población rural a las ciudades. Es fácil caer en la tentación de ilustrar esta entrada con, por ejemplo, «Los santos inocentes» de un Delibes que se ha estado celebrando en 2020, con sus cien años recién cumplidos. E igualmente cabría complementar esta prescripción con libros que se vienen publicando los últimos años a propósito del fenómeno, más o menos asumido ya resignadamente, de la despoblación y de la menos comentada saturación poblacional de ciertos núcleos urbanos como extremo contrario y también preocupante por cuanto que lleva a sus habitantes a hábitos de convivencia cuando menos poco saludables.

Los rostros duros, terrosos, las manos gruesas, indumentarias humildes, juegos primarios que pueden deducirse de muchas de estas instantáneas en espacios abiertos, muchos de ellos naturales, dan cuenta de un tipo de vida sencilla y sin proyección. Puede que el retrato de Martín-Gamero pretenda cierta profundidad y que, de hecho, consiga llegar a algunas subcapas psicológicas de los trabajadores de la finca pero a mi lo evidente de este álbum me parece un presente mayúsculo que entreteje toda la obra, para explicar lo cual pido establecer mi propio juego interpretativo. Y es que lo presente está en primer lugar en la propia naturaleza de la obra, una obra fotográfica que recoge, por tanto, instantáneas, momentos concretos de personas y, ahí va la segunda parte, sin futuro, sin recorrido. La vida empieza y termina en la finca, la suya particular de cada uno y la de su descendencia, la de su familia. Necesariamente han de vivir el día a día y pocas oportunidades de expectativas habrían de tener. Quizás no podamos saber si esas personas eran más o menos felices allí, aunque desde luego todas las fotos son amables e irradian optimismo, como tampoco sabríamos decir si buscar oportunidades más allá del latifundio requería de la huida. No podemos juzgar a la ligera pero sí debemos tratar de tomar conciencia, siempre y cuando podamos, y ponerlo en relación con nuestras vidas más de cien años después, en las que el proyecto no es sólo guía sino obsesión (¿ficticia?) que descuida la vida en presente, justificación de una suerte de huida constante.

Video promocional de «Dehesa de cuaternos», editorial Caniche.

Aún me gustaría apuntar algunas cosas antes de cerrar esta entrada. La condición de Antonio Martín-Gamero de fotógrafo amateur, diletante, que como curioso de las nuevas tecnologías de la época y con dinero y tiempo suficientes decide desarrollar no sabemos si cierta faceta artística o simplemente de ocio, o quizás cierto trabajo pragmático, o personal, memorialístico… me resulta interesante, así como la reflexión sobre este tipo de procesos cuya intención y resultado pueden variar tanto como para convertirse en arte lo que no se pretendía que lo fuera, si es que esto puede pasar, o crear un documento de valor etnográfico o político… son ideas que pueden desarrollarse y que las imágenes del libro inspiran.

En cualquier caso, estamos ante una colección de fotos cautivadoras y propiciatorias de lecturas, que tienen algo de hipnóticas… seguramente porque todos los rostros tengan algo de hipnótico y poder mirarlos sin ser visto es un placer al que se sucumbe y en el que uno se recrea… irremediablemente.

Políticas de lo sensible

Por Miguel Ángel Pérez Martín.

Políticas de lo sensible, líneas románticas y crítica cultural. Un libro de Alberto Santamaría. Ediciones Akal, Pensamiento crítico.

Alberto Santamaria es profesor de Teoría del Arte en la Universidad de Salamanca, es santanderino y autor de diversos artículos y libros sobre teoría artística y pensamiento crítico.

El libro Políticas de lo Sensible…se inserta en un espacio de producción literaria muy poco abundante en España: la crítica cultural, los estudios artísticos y culturales. Abundante en otros países, especialmente los anglo sajones pero también en Francia y Alemania, así como USA. Raymond Williams entre los autores seminales y más conocidos en Europa, en la gestión y políticas culturales muchos le hemos seguido de cerca.

Santamaría da un paso en dirección a las artes en este libro: música, pintura, poesía, pensamiento literario…

Ediciones Akal. Pvp 22 €

Una de las grandes preguntas no contestadas en este campo es: ¿Por qué se hacen las cosas? ¿Por qué se practican las artes de esta manera y no otra? ¿Con qué referencias cuenta el artista o creador? ¿De dónde provienen sus motivos e inspiraciones? Se centra el autor en el proceso – información, formación, estudio…- y no sólo en el resultado final – el artefacto- usual y rápidamente apropiado por la industria cultural y la ideología dominante en cada momento histórico como mera mercancía.

Desfilan las obras de creadores tan aparentemente alejados como los grupos británicos The Smiths y Joy División, María Zambrano, Alejandra Pizarnik, los expresionistas abstractos americanos, el Marx poeta, Mark Rothko y Hans Haacke, entre otros.

Analiza en profundidad la producción artística y cultural como base de la propaganda en tiempos de activismo cultural neoliberal.

No estamos sobrados de análisis y conocimiento cultural como base de una necesaria crítica de la cultura actual. Son de agradecer sus razonamientos y además de muy interesante lectura, especialmente en estos tiempos pandémicos en los que tenemos un poco más de tiempo.

Muy recomendable.

Muy señores míos

Uno de los últimos trabajos de la editorial vallisoletana Difácil me ha tenido enganchado con lecturas preparatorias en diferentes momentos de este 2020, año de la derrota. Habíamos programado una velada con Marisa López Soria para la Feria del Libro de Valladolid que no se pudo hacer en junio y después proyectamos con su obra una actividad diferente en la Feria que entre septiembre y octubre sí pudo celebrarse con satisfacción de libreros, editores, lectores y organización. Este último apunte sonará complaciente pero el nivel previo de incertidumbre puede imaginarse y ha sido una alegría que los lectores hayan acompañado. Lo cierto es que esta edición singular de la feria nos ha obligado a atendernos y nos ha permitido reforzar con tejido ciudadano la base libresca y literaria a partir de la cual seguirá desarrollándose en el futuro.

Así, el poemario «Muy señores míos» ha sido compañero para este camino que se sigue haciendo y ha formado parte de la lectura «Poesía con tacto y sonora» que el 4 de octubre de 2020 -año de lo de siempre- hicieron Luis Miguel García (Teatro Corsario) y Esther Pérez Arribas (Teatro de compañía Pie Izquierdo) en lo que supuso también homenaje al escritor fallecido meses antes José Jiménez Lozano.

Mi reseña es, pues, reconocimiento de un poemario que he trabajado con cierto detalle y cuyas lecturas han ido siendo cada vez más interesantes, sobre todo por la oportunidad que procuran de indagación en lo propio. Marisa López Soria escribe versos con los que el lector se pregunta cosas importantes, en una búsqueda de sí. Ese es el valor máximo de este poemario en el que la poeta nos cuenta y nos canta las pasiones por algunos hombres importantes y que supone, en su parte más interesante, un homenaje a su padre muerto.

«La orilla rota» es la primera de las tres partes de las que está compuesta la obra. Es, como decía, homenaje, es recuerdo y memoria de su padre y de ella misma. Porque relatar la memoria del padre -en otro poema juega con esta idea borgiana- tiene mucho de conocerse, supone una búsqueda de la identidad («soy tu prolongación de espíritu»), y ya se sabe que eso de la identidad es siempre un invento, una fabulación: «(…) figuras, signos, códigos incapaces, y mucha fabulación. «. Así, la poesía queda justificada y su juego se potencia como necesidad durante toda la obra. Esa construcción es íntima y, por tanto, verdadera, y sus materiales pueden ser humorísticos:

Esther Pérez Arribas y Luis Miguel García leen poemas de Marisa López Soria en la Feria del Libro de Valladolid.

Si me despojas de todos los refugios,

si me niegas el estrujón de tus brazos,

haré mi fortaleza en el recuerdo

de tu enorme nariz, tus pies deformes,

tus muchas injusticias, tus hipérboles,

¡tamañas exageraciones!

Ya sabes que soy terca, ¿ves que ni lloro?

Lo estás buscando.

Y yo, tu testaferro, irritada, extendida,

haré caceroladas, divulgaré tus faltas,

redundaré mil veces, por qué, por qué, por qué.

Tú no eras ningún santo.

Capaz seré de colocar flores de plástico, o

dibujar tu rasgo más trivial como vivencia única.

En incuria, si te haces de rogar, y me dejas

derramada en aristas, acento meritorio pondré

en que perdures ante los hombres

en el apresto

de simples bocadillos de jamón.

Este poema delicioso es representativo de un sentimiento que atraviesa «En la otra orilla», el de inconformismo, un sentimiento que se retroalimenta con el de incredulidad, ambos tienen mucho de fantásticos y buscados y son herramientas para la indagación: «creer o no crecer». Esta disyuntiva da cuenta de un anhelo imposible y, claro, de una aceptación de la que se parte. «Es extraño dar voz a un misterio rotundo, / acostumbrado (…)» podemos leer en los comienzos del libro, y un poco más adelante: «un suceso vulgar -reconozcamos- / familiar, categórico, de lo más cotidiano». Después de varios poemas que juegan con la fabulación e ironizan con lo cotidiano de un suceso, sin embargo, trascendental el tono trágico va tomando protagonismo y se transforma en canto que, a la manera de los clásicos griegos, tiende al exceso y es capaz de conjurar a la naturaleza en torno a un hecho absoluto: «Venid a mí, sobre mí, conmigo, mecum. / Os requiero en exhorto / Hombres y mujeres de la tierra, / Amigos, enemigos, razas, colores, / Montañas y cavernas, abisales y cimas, / Animales y plantas, ríos y mares, (…)» y al final de este largo poema con el que cierra su duelo: «Haced mundo y projimidad: / He quedado sin padre».

Si «La orilla rota» es duelo «Trampantojo», la segunda parte del poemario, es desengaño. Mientras que aquella es respuesta literaria a un acontecimiento rotundo que la autora sufre y ante el que no puede hacer nada a pesar de su empeño, esta es crónica de una respuesta literal, de una decisión que la autora reivindica:

Acción * Reacción

Cuánto tiempo entre la boria y,

por fin,

aquel gesto iluminado de tirarte por la borda.

*

Si el dolor cuando dura es soportable,

yo me lo pido fuerte, o sea efímero,

como un placer cualquiera.

Efectivamente es la respuesta a un desengaño amoroso y en ella la ironía con la que se abre el libro deja paso al sarcasmo, y el anhelo pasa a ser bien otro, aunque el sentido del humor continúa afilado:

Aferrada a la teoría de Borges,

si te recuerdo hoy poseo una imagen tuya de instante,

mas si te recuerdo mañana

lo que evoco no es la primera imagen sino un retrato de la memoria.

De tal manera que, cuando te rememoro,

no te estoy evocando

ya que la presencia se corresponde a la postrera vez que te recordé

(pálida contemplación del retrato original).

¿No es fantástico?

De ser irrefutable hipótesis,

acaso, en breve, te desvanezcas.

Tanto en la primera como en la segunda parte hay un evidente propósito curativo para heridas, sin embargo, bien distintas y que tienen localizado en la memoria su punto más doloroso. Pero mientras que «En la otra orilla» la memoria es obligada e inevitable («Padre, / soy Funes, el memorioso, aquel que nunca olvidaba») aquí el olvido se presenta como objetivo último.

La tercera parte, «París», abandona cierta frivolidad de «Trampantojo» y sus poemas vuelven a ser valientes. Hay, por fin, celebración. La fabulación no deja de estar presente para jugar incluso con la conjetura del desamor.

Supongamos que no es causa verdadera,

es abalorio, singladura, y esdrújulo episodio.

Supongamos que me voy, o tú te vas, o

que nos vamos ambos.

Suponte que la caterva de abrazos, la ternura

se fueran blasfemando.

Si aquello se quedara en nada de valor,

yo me supongo que

al fondo de cada sueño, estrella fugaz

proyecto de víspera y mañana

con crespón negro, por sobre toda cosa

nos seguirá la pista amor,

el amor descontento.

Regresa un lenguaje poderoso que esculpe versos bellos y poemas alegres con palabras inventadas si es preciso, con juegos fonéticos que la autora comparte con el lector al que invita, de alguna manera, al encuentro, a la celebración, por fin, del amor y de la poesía.

Libros de autor: Marisa López Soria // Grupo Edebé: publicaciones  infantiles, juveniles y para adultos
Marisa López Soria

Muy señores míos supone, como dice Raquel Lanseros en la introducción, el regreso de Marisa López Soria a la poesía para adultos desde que publicó en 1995 En consideración te escribo. Desde entonces esta autora murciana se ha dedicado a la literatura infantil. Ha publicado en las editoriales más potentes del panorama español y desarrolla su labor pedagógica también con talleres de animación a la lectura y de creación literaria. Pueden conocer más de ella en este enlace: http://marisalopezsoria.com/

Vivencia del Te Veo 2020

Pasé en el teatro el fin de semana de toque de queda vallisoletano del 6, 7 y 8 de noviembre. He visto 4 funciones, una por cada grado de alerta, infantiles, de formatos diferentes y con diferentes miradas. Corresponden a una pequeña parte de los 16 espectáculos de la programación del Festival Encuentros Te Veo 2020. Una edición rica y que ha puesto en valor la solidez de estos encuentros entre artistas y espectadores infantiles y juveniles. Su capacidad de ofrecer prácticamente al completo una programación que no podía respaldar más de un 30% del público potencial se debe al empeño y compromiso de un tipo de gestión que nunca ha perdido de vista objetivos a cumplir por los derechos educativos y de desarrollo cultural y artístico de la infancia y de la juventud.

Es más que probable que ello se deba a que la gestión corre a cargo de artistas, los que componen la asociación de compañías teatrales Te Veo, a miradas sensibles y cercanas que se han desarrollado a partir de una relación vivencial en los espacios socioculturales -sean teatros, aulas, la propia calle u otros escenarios posibles- con los ciudadanos. A esto sumaría su creatividad como teatreros, capaces de generar (e improvisar) oportunidades y nuevas ideas a partir de los problemas y, desde luego, añadiría también la para mí ya legendaria resiliencia de un sector que se ha musculado a base de crisis y desatenciones, acostumbrado al pan y agua que mal llevarse a la boca pero que siempre se comparte para hacer compañeros de viaje, es decir, camino. La dureza del actor, de la compañía de artes escénicas, está a prueba de virus, también cuando desarrolla labores de gestión, sean las de su propia compañía o sea la elaboración de una programación con sentido como la de Te Veo.

Fotografía: Patricia Cercas

A este tipo de compromiso hacían referencia Ana Gallego y Jacinto Gómez, coordinadores del festival, durante la inauguración que se celebró en la Sala de los espejos del teatro Calderón el viernes 6 de noviembre. Acompañados de la concejala de cultura, Ana Redondo, y del director artístico del teatro, Txema Viteri, defendieron al festival como la cita necesaria que es para el bienestar de la ciudad.

Por eso en los últimos años ha seguido desarrollándose por barrios, además de iniciar una relación propiciatoria con la UVA, que también este año ha programado talleres con la Facultad de Educación, de la mano de Gema Cienfuegos. Los colegios han acogido las campañas escolares en sus aulas este año, una experiencia que, en menor medida, también se venía haciendo en ediciones anteriores y que ha hecho posible mantener la programación. Igualmente se ha podido celebrar la ya tradicional extensión de la biblioteca Torrente Ballester, en Salamanca, aunque no ha habido la misma suerte con la de Olmedo y otros pueblos de alrededor, extensiones que ojalá puedan retomarse en próximas ediciones. Sí se han celebrado las dos mesas de reflexión previstas sobre modelos empresariales y gestión de espacios aunque han tenido que ser vía digital. En resúmen, un festival con una programación cumplida a nivel sobresaliente dadas las circunstancias actuales de crisis sanitaria y de las que los compañeros de Te Veo hemos podido participar en diferente medida y según las circunstancias de cada uno.

Así que Esther Pérez Arribas y un servidor, pieizquierdinos ambos, asistimos a la presentación del viernes 6 y finalizada esta pudimos subir a una habilitada extensión del desván del Calderón en la que la compañía jerezana de títeres La gotera de Lazotea compartió con los asistentes los preparativos de «La boda de la pulga y el piojo». Jugamos y cantamos las canciones que hubieron de ayudar a resolver ciertas complicaciones que iban surgiendo en una historia contada con la gracia, el desenfado y la amabilidad de un estilo que tiene mucho de original porque remite a sus orígenes de calle pero todavía mucho más de hospitalario: convendría no perder de vista esta función de hospitalidad del teatro y de las artes en general que a veces no se tiene en cuenta y que supone siempre una manera (especial, única, creativa, enriquecedora) de estar en la ciudad, en los espacios que se comparten y que nos hacen, por tanto, ciudadanos. Y, así, esta compañía que lleva cuarenta años en la carretera, que atesora premios y reconocimientos por toda la península y que entiende el teatro como artesanías generadoras de juegos y de encuentros presenciales (toca especificar) inauguró la programación abierta del festival y fue, de paso, reconocida por la asociación con el Premio Te Veo por una trayectoria ejemplar y que es referencia para sus 54 compañeros asociados.

La gotera de Lazotea recogen el reconocimiento de los compañeros de Te Veo
de la mano de Ana Isabel Gallego y Jacinto Gómez. Fotografía: May Rodríguez Isla.

Aún asistimos a tres funciones más que me dispongo a reseñar. Un par de cosas en común con el montaje de La gotera tuvo la función que al día siguiente pudimos ver en la Sala Experimental de El Calderón: también música en directo y dos intérpretes en escena para Pum Pum!, la obra de la compañía pontevedrense Baobab Teatro. Por lo demás el compromiso con el público es de distinta naturaleza. No se trata tanto de jugar en directo como de hacer preguntas que ayuden a mejor transitar el presente fuera del teatro. El onomatopéyico título de la obra hace referencia a las llamadas sobre las puertas de los recuerdos de Marieta, la niña protagonista de la historia. Detrás de cada puerta, latente y reclamando atención, están vivencias importantes de la niña que han ido fraguando su personalidad. Pero también hay secretos oscuros que deben ser contados aunque parezca muy difícil. «Todos los secretos malos deben contarse». Con estética sencilla y cuidada e interpretación amable la forma contrasta con un contenido serio y de mucha profundidad que, lejos de asustar o interrumpir el encuentro teatral con los niños, discurre delicado y natural, y deja para la salida unas cuantas preguntas importantes que entre infantes (a partir de cuatro años) y adultos deberán hacerse.

Baobab Teatro en la Sala Experimental del teatro Caderón.
Fotografía: May Rodríguez Isla.

Ese mismo día, por la tarde, pude ver en la sala principal de El Calderón El jardín musical, de Teloncillo Teatro. Se trata del último espectáculo que la histórica compañía ha realizado con el Quinteto Respira y en el que se hace una apuesta total por la música y la danza. Es un espectáculo ambicioso por cuanto que tiene al público infantil inmerso durante casi una hora en un repertorio musical en directo y de calidad, cuya puesta en escena enriquecen las coreografías y la danza de la bailarina quien, además de ser el hilo conductor de una dramaturgia que prescinde totalmente de la palabra, es puente con el público, al que invita a participar, con muy buen resultado, de algunas de las canciones del espectáculo. Un viaje por el ciclo de la vida y las estaciones en el que los elementos naturales se ponen en valor desplegando su potencial poético, visible también en la impecable factura escenográfica marca de la casa.

Un momento del espectáculo «El jardín musical».
Fotografía: May Rodríguez Isla.

Y me despedí de los Encuentros con mi hija Irene al día siguiente, y con Esther, que presentó uno de los clásicos de la compañía zamorana Baychimo Teatro: Todos sus patitos, basada en el cuento de Christian Duda y que la editorial Lóguez publica con provocadoras ilustraciones de Julia Friese. Y ahí está parte de la clave de esta compañía a la que tanta admiración profeso: sus funciones se atreven con imágenes y escenas perturbadoras que exploran sentimientos de los peques (a partir de 4 años) que los adultos tratamos de evitar, a veces a toda costa y de manera irresponsable. Una escenografía muy orgánica pero simbólica, fabricada con materiales reciclados y una luz de baja intensidad que se crea básicamente en el propio escenario para bocetar un bosque. Todo parece dispuesto para que el zorro Konrad se coma al patito Lorenz, y a los otros patitos, para que se de un festín de patitos que, en realidad, nunca sucede… música en directo con ruidos y avisos, instrumentos que no dejan de ser cacharros para potenciar un ambiente que sobrecoge al pequeño pero sin perder en ningún momento la medida y acompañándole a transitar una historia que relativiza los roles previamente asignados de buenos y malos y, por tanto, se relativiza a sí mismo como juego pelín gamberro.

Presentación de la compañía Baychimo Teatro por Esther Pérez Arribas.
Fotografía: May Rodríguez Isla.

La literatura presente en todo momento, tomando las palabras de Christian Duda y sacándolas brillo en su interpretación escénica. Un montaje y una historia que se toman en serio a su público y lo alejan del maniqueísmo pueril que prima en la industria cultural para adultos. El teatro infantil hace mejores preguntas. El teatro de Baychimo, además, da un poco de miedo a los mayores, aunque estos siempre pueden encontrar protección en el regazo de sus hijos.

Puertas al campo

A TRAVÉS DE LA VENTANA, 2.

 

De tanto mirar por el cristal llego a veces al otro lado esquivando los coches y camiones  de la calle de Medina como si de vencejo me tratara. Soy lento pero salgo finalmente a los caminos acompañado de Manchitas -que casi nunca corta la circulación, ni siquiera cuando defeca sobre el asfalto- y ya mientras piso tierra me entra la tristeza, compruebo siempre con la misma pena que el confinamiento es tendencia desde tiempos mucho anteriores a esta pandemia prevista (por previsible) digan lo que digan.

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Hacia el Suroeste hay que andar algunos kilómetros en Olmedo para salir, de verdad, a campo abierto, sin los muros que protegen la herida inconmensurable del tren rápido, que sangra la tierra con lentitud permanente para calar la historia de un pueblo cuyos habitantes, blanditos olmedanos, nos conformamos con las rogativas marianas si a cambio hay buenos encierros por el campo… cada vez más encerrado a su vez.

Leo mientras paseo por los caminos y me siento acosado por los largos, altos y robustos vallados que me advierten de mi insignificancia y me vigilan ya antes de llegar a las vías, continúan necesariamente para proteger del entorno natural al entramado mastodóntico de hormigón, piedra y hierros, y aún continúa después como salvaguarda de las pequeñas propiedades privadas (amén) incluso cuando estas no son más que tierra y arbusto.

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Puertas al campo nuestra apuesta por el confinamiento no necesita de pandemias, y leyendo este precioso ensayo del poeta romántico Goethe, una de cuyas principales ideas es que todos los organismos crecen y se desarrollan en relación con los demás organismos y su entorno, me produce mucha inquietud y desafecto que sigamos dando con el mazo de nuestras libertades compradas (amén) para hacer con ellas lo que nos venga en gana.

Procesos creativos.

RELATOS PARA NO TENER QUE LEER, 2.

En mi anterior relato disuasorio, descompuesto y que hablaba de mis lecturas confinadas, olvidé incluir una que fue realmente sabrosa y que durante un día  (una noche y  una mañana-tarde) me llevó de paseo por algunos lugares interesantes, en la mayoría de los cuales me esperaba Jorge Oteiza (Orio, 1908 – San Sebastián, 2003), y de cuya mano visité siempre a los demás. Fueron los demás los escultores David Smith (también Tony Smith), Barbara Hepworth, Henry Moore, Robert Jacobsen, Hans Arp, por supuesto Ricardo Ugarte, Remigio Mendiburu, Néstor Basterretxea y Eduardo Chillida de la Escuela vasca de escultura, el denostado (con patada en el culo incluida)  Kosme Barañano, pero también el poeta Mallarmé y los otros poetas malditos de Verleine, como  Rimbaud y la para mí poeta desconocida Marceline Desbordes-Valmore. Faltan algunos nombres y siento el apelotonamiento, pero trato de dar cuenta del día de diversión que me supuso la lectura de «El libro de los plagios», de Jorge Oteiza, yendo de un lugar para otro, viendo videos, leyendo entrevistas, mirando pinturas, esculturas… a través de la pantalla… incluso a Cezanne visité, y fue de la mano de John Berger… y su «Sobre los artistas».

Oteiza + malditos

El libro (que está por ver si lo consigo como fondo de la librería) fue un regalo de mi amigo y escultor Félix Orcajo, cuya obra está en la antigua estación de Olmedo, en un proceso doble y permanente de intervención de la obra en el paisaje que, a su vez, intervine en la propia obra. El arte como experimentación, como indagación técnica y estética y, en definitiva, como experiencia personal del artista antes que como objeto creado para el espectador es común denominador de ambos. Jorge Oteiza lo llama en un manifiesto de 1957 «Propósito experimental» y supone siempre una reflexión sobre arte y espacio, y de cómo ambos se intervienen o pueden conformarse. De ahí sus descomposiciones de figuras geométricas, sus cajas negras…

libro plagios

En realidad este libro que edita Pamiela, con pulso violento, composición personal y anotaciones manuscritas, ilustrado casi a la manera de un fanzine es un (conocido) ajuste de cuentas de Jorge Oteiza con Kosme Barañano, subdirector del primer Museo Reina Sofía en 1990 (y por lo tanto del primer museo de arte contemporáneo de España), quien dejó al escultor vasco fuera de la exposición permanente, y también con Eduardo Chillida, ya en esos momentos con una proyección internacional promovida por instituciones públicas y privadas de la cultura españolas y mentor del propio Barañano. A Chillida le acusa de plagiar buena parte de su obra a partir de los años setenta, cuando Oteiza ya había dejado -con una obra original reconocida internacionalmente- de esculpir porque -y aquí dejo mi relato de hoy- dejó de trabajar esculturas cuando aprendió a ser escultor, cuando su proceso experimental como artista estaba terminado. Fue en 1957. A partir de ahí comienza sus investigaciones de la lengua vasca, sus ensayos, su poesía… iremos viendo…

oteiza segundo y santiago
Escultura de Jorge Oteiza en el jardín de la Fundación Segundo y Santiago Montes, Valladolid

Hilo de lecturas confinadas

RELATOS PARA NO TENER QUE LEER, 1.

Creo que estaba leyendo pero no estoy seguro, a lo mejor ojeando o puede que sólo hojeando (y a lo mejor ni eso porque ya estuviera aparcado entonces) «Miguel de Cervantes», de Jordi Gracia, cuando llegó el confinamiento. Me pierdo en mis lecturas, que son desordenadas, impulsivas y que abandono todo el rato no como una decisión sino como relego, ya que entre la lectura de un libro intercalo la de otro u otros dos, o cuatro o cinco… o más,  y a veces el libro se me olvida para siempre. Esta entrada va de eso: hilos de los que uno tira un poco a lo loco… y que en estos días de confinamiento propicios para la excitación intelectual se ha agravado bastante.

 

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Además, muy poco antes de la declaración del estado de alarma me dio fuerte con la escritura de una novela, un proyecto: quería hablar del arte como herramienta social, de su teórico potencial enriquecedor en cada ciudadano, en cada comunidad, y de las derivas que ello toma en el desarrollo real y personal que el artista hace de su obra, quería indagar en el tema a través de la vida de dos performers ligados a aquel Grupo Zaj de Hidalgo, Marchetti y Ferrer. No sé si fue a raíz de la lectura de «El tiempo es lo único que tenemos» (compendio de artículos coordinado por Bárbara Hang y Agustina Muñóz) o más bien empecé a leer este libro como apoyo/inspiración de mis cuitas literarias del momento. Me gustaría que en Olmedo abundaran las performances, que uno pudiera encontrárselas en cada esquina, cortando de paso  la carretera de Medina, alimentando el paseo de los vecinos transeúntes, provocando hasta el enfado… qué sé yo… hasta que nos olvidáramos de vírgenes y toros… aunque bien mirado lo de matar bichos  en  contextos de brutalidad y jaleo de vísceras tiene una fuerza inigualable por una performance o por cualquier otra manifestación artística.

tiempo único

No sé en qué momento, quizás empeñado en encontrar cierto pulso narrativo, me dio por la relectura de «Los detectives salvajes», de Bolaño, y ya de paso por revisionar entrevistas y documentales sobre su figura, mitificada seguramente ya desde su propia literatura. Viéndole y escuchándole fui a parar a Rimbaud, al que consideraba primer poeta, y estuve leyéndole y viendo una peli documental muy chula y muy larga que me recordó a mis lecturas rimbaudianas de juventud, que también complementaba con otras de la biografía sobre el joven enfebrecido, atormentado y visionario poeta que escribió toda su obra entre los 15 y los 19 años.

Me resulta inevitable mirar de reojo los libros de Angélica Liddell cuando leo a Rimbaud. El genio de este último es incontestable, la lectura de su obra tiene algo de místico e incluso de escalofriante por cuanto que deja desnudo al lector adulto, interpelado por un tipo de belleza que es humana y a la vez conserva mucho de lo primario de un niño, una poesía que parece consciente de su inmadurez y del valor literario que esta tiene, de su pureza. Evidentemente mi asociación con Liddell proviene de lo que tiene de provocación y de místico, pero la apuesta de la dramaturga es más descarnada en el estilo y decididamente indagatoria en lo oscuro del alma humana, desveladora de aquello que tratamos de mantener a buen recaudo y escondido. He leído y me dispongo a releer «Trilogía del infinito».

liddell

Y alternando a Liddell con Rimbaud y con Roberto Bolaño fui a parar a Javier Marías. Se debe desde luego a que es uno de los autores que el chileno reconoce de su interés. Una de las principales razones para querer a Bolaño es que se puede leer muy buena literatura leyendo a quienes recomienda. Otra razón importante es que a uno le entran ganas de escribir cuando le lee. Lo decía Rodrigo Fresán, también en un documental que vi. Como de Marías tenía ganas de hincarle el diente a «Tu rosto mañana» me puse con ello. Pude quitarme por fin esa espina porque gocé con su primera parte: «Fiebre y lanza». E incluso escribí una entrada a propósito de la misma.

portada tu rostro

Pero, claro, debía continuar con mis deberes cervantinos y me puse con el libro «Los textos de Cervantes» de la colección del Centro para la edición de los clásicos españoles, al cuidado de Daniel Fernández Rodríguez, y que distribuye la Universidad de Valladolid. En este libro pude hacer algunas anotaciones a propósito de ediciones y trabajos de impresión de algunas de las obras del considerado sin duda autor de autores. Andaba y aún ando buscando no tanto pistas de cómo se produjo la edición de las obras cervantinas como de la influencia que «El Quijote» ha tenido en el mundo de la edición. Por eso también he estado leyendo estos días «Del libro áureo», de Víctor Infantes (con un estilo rico y quedón que se agradece) y «Para leer a Cervantes», con el que aún estoy, de Martín de Riquer, que me está resultando sabroso. Y ya puesto retomé algunas de mis revistas de bibliofilia y en el número 50 de Hibris fui a encontrarme con un artículo del propio Víctor Infantes titulado «Breve relación de las librerías y de los maravedís de la primera edición del Quijote». ¿No es maravilloso?

Leo andando. Antes lo hacía por el pueblo pero ya me da vergüenza y varias veces he estado a punto de sufrir accidentes, no graves pero sí sonrojantes. Ahora leo cuando salgo a los caminos, leo y pienso. Ya saben que leer sirve para pensar: uno dialoga con el autor y de paso consigo mismo y a veces incluso puede establecerse un diálogo de lo más jugoso entre uno de esos yoes de uno que van por libre y el autor, con lo cual es fácil quedarse relegado a la condición de espectador que no puede ser. A veces paseo con el libro cerrado y de alguna manera es como si fuera leyendo. Voy despacio, miro alrededor, se me ocurren cosas. No sé por qué una de las últimas fue que debía leer el libro de Miriam  González Durántez, olmedana por las altas esferas del mundo anglosajón y europeo, y hacer una reseña. Y ya está. Visto para sentencia. En unos días publicaré la entrada sobre «Devuélveme el poder», un libro de divulgación pro-liberal que agradezco a la autora porque me ha llevado por territorios que me apetecía retomar y que tenía un tanto abandonados desde mis tiempos de republicanismo y ciudadanía.

durántez

Un juego. «La marcha Radetzky» está considerada la obra maestra de Joseph Roth y ahora que sus derechos de autor quedan libres tanto Alba como Alianza han publicado sus ediciones. Yo estoy leyendo la de Alianza, que traduce Isabel García Adánez, y el que es uno de mis dos mejores clientes está leyendo la de Alba, a cargo de Xandru Fernández. Se me ha olvidado qué vamos a hacer después  de sendas lecturas de esta novela que retrata el ocaso del imperio de los Habsburgo a través de tres generaciones de la familia Trotta. Seguro que algo alimenticio.

roth

También me ha dado tiempo a profundizar un poco más en un poemario que estoy escribiendo. Llevo desde septiembre. Soy tan lento que estoy seguro de que será el último. Como mi novela: será la última y, además, la primera. No tengo el tiempo necesario, y no me refiero a que necesito más tiempo: lo que necesito es mejor tiempo. Quizás en la tranquilidad del invierno, pero este siempre dura poco. Y necesito una chimenea. Lo tengo difícil. Así que entre desesperaciones y desesperanzas, con el apoyo alimenticio de mis conversaciones con mi amigo Ricardo (a dos metros, con guantes, mascarilla de proa y de popa), lecturas compartidas y otras navegaciones he llegado hasta «Godot sigue sin venir», el vademecum de la espera de Miguel Albero de cuyo contenido leí lo que más me importaba en un largo paseo de cuatro horas y cuya principal conclusión para lo que me interesa es que esperanza y espera no deben mezclarse. Desarrollen y si les place tiren conmigo de este hilo: latiendadelope@gmail.com. Hay para pasar un buen rato. Bueno, e impagable el acercamiento a San Agustín, un pensador que me va a gustar recuperar los próximos días.

albero

 

 

 

 

 

 

Careless talk

 

Durante la II Guerra Mundial el gobierno británico «(…) empapeló el país entero con carteles, avisos, ejemplo ilustrativos, anuncios en radio y prensa, con las viñetas de Eric Fraser, Eric Kennington, Norman Wilkinson, Begarstaff brothers (…)». Esta imaginería advertía a los ciudadanos de lo peligroso de conversar descuidadamente –careless talk– y hacer circular información sensible, ya que se daba por hecho que Inglaterra, Escocia y Gales estaban plagadas de espías nazis. No es este el argumento troncal pero sí una de las ramas principales de Fiebre y lanza, la primera parte de la novela de Javier Marías Tu rostro mañana, que he leído en días pasados con la satisfacción de poder, en realidad, explorarla.

Me ha interesado esta pequeña historia con la que abro la entrada por lo que tiene de reflejo ahora que en España, y como consecuencia de la pandemia Covid-19, nos vemos sumidos en un estado de alarma durante el cual la máxima gubernamental es que dejemos de comportarnos como ciudadanos y pasemos a ser subordinados rasos. De aquellas se instaba a los británicos a no hablar. Prácticamente con nadie, hasta el punto de que incluso los cónyuges podían ser sospechosos. Se instaba a la ciudadanía a enmudecer. Cualquiera podía ser espía nazi, podría serlo tu interlocutor o podría serlo un amigo o conocido de tu interlocutor, o simplemente alguien muy cerca podría estar escuchando. No había manera de fiarse. Lo responsable era acatar y callar, sobre todo callar.

 

portada tu rostro

El paralelismo entre los casos me parece pertinente también porque comparten un lenguaje bélico que es necesario en el  británico y discutible en el español. La excepcionalidad que supuso en Gran Bretaña la II Guerra Mundial es clara y no depende de una interpretación, pero considerar la lucha contra una pandemia como una guerra es una opción, es una estrategia. Podría haber sido de otro modo y las consecuencias serían distintas. Acatamos en cualquier caso no como sociedad civil sino como súbditos, y tan sólo queda a algunos la tentación de ejercer su poder a la villana manera, sabedores de que serían capaces de romper ciertos equilibrios sociales con la desobediencia, ejercitándola o llamando a ella. También cabe entender el sometimiento como una forma de libertad, una elección que se enarbola.

Mezclo reflexiones mías con las de buenos amigos e, incluso, con las de Javier Marías, que las suscita aquí en cualquiera de los casos. La novela, como buena parte de la obra del autor, tiene un desarrollo psicológico que bucea hacia lo esencial del ser humano, con tempo que se requiere lento -¿habrá quien pueda leer rápido a Marías?-, y que requiere también de la generosidad del lector para consigo, pues ha de estar dispuesto a soltar el hilo de la trama y dejarse perder por un tejido narrativo complejo que conforma no sólo la estructura de la obra sino el propio estilo, ambos originales y marca de la casa.  De hecho una y otro están íntimamente ligados y funcionan como cómplices de un juego literario que es en sí emocionante, porque tiene algo de alocado en su progreso (nunca huida) a base de oraciones que crecen en busca de algo esencial que decir respecto al alma humana.

Este juego se mueve en un nivel de profundidad donde se alcanzan a tocar estas cuestiones esenciales que no siempre se tratan pero que nos hacen vibrar en su indagación. Marías lo hace bien, su apuesta literaria se sirve de un estilo abarcador lleno de disyuntivas, posibilidades, supuestos, condicionales con los que el autor enreda a su narrador y al que moldea con una inconsistencia propiamente humana. Lo esencial de las personas se va construyendo según decisiones que parten siempre de dudas razonables cuando no están condicionadas por compromisos, ataduras, meteduras de pata porque un día no se supo mantener la boca cerrada, etc… estas reflexiones son las que dotan al narrador de vida… y lo que hace de esta historia una gran novela.

careless talk

El español Jaime o Jacobo o Jacques Deza vive en Londres, adónde está de regreso tras separarse de su mujer, y trabaja para el grupo secreto del que surgió la creación del MI6 británico en la II Guerra Mundial, el servicio de espionaje dedicado a misiones en el exterior del país y uno de cuyos históricos es Sir Peter Wheeler, viejo profesor retirado y amigo de Deza. Su labor dentro del equipo, que aún funciona con objetivos no muy claros y siempre sospechosos, depende de su talento o don, difícil de encontrar y que, de hecho, ya muy pocas personas poseen: el de ver lo que la gente oculta, el de saber lo que hará tal o cual persona pese a lo que hoy diga, el de saber, en definitiva, cómo será su rostro mañana. Esa es su labor de intérprete al servicio de  Mr. Trupa, actual jefe del grupo secreto, y de la mano de quien se dirimen ciertos asuntos desconocidos para Deza y que se desarrollan por debajo de diplomacias y fronteras.

Me gusta ver esta obra también como homenaje al género de novela negra (policiaca o de espías), que el propio Marías cultivó con aquel juvenil debut literario que fue Los dominios del lobo, y sobre la que hay que destacar una madurez impropia de quien aún no tenía oficio, una novela que cabría suponer de aprendizaje y que está a la altura de las mejores del género escritas y que se siguen escribiendo hoy como réplicas resultantes de una fórmula ya vieja. Lo que hace Marías me gusta porque pasó esa página enseguida y lo hizo con verdadera ambición y compromiso literarios, y lejos de tratar de superar el género logra apoyarse en ello para escribir algo nuevo, que ilumina la parte escondida de estas historias de por sí oscuras. Así, también cabría reconocer en Javier Marías parte del legado que a las nuevas generaciones de lectores dejaron Conan Doyle, Patricia Higsmith, John Le Carré o  Ian Fleming entre otros.

Un aire derrotista sopla por esta novela en la que el narrador podría estar dando rienda suelta a sus prejuicios a partir de su puesto don interpretativo («todos querían ser los más inventivos», «frente a la tendencia de no ver nada y de procurar no verlo») y en el que la desconfianza es motor de la vida en comunidad, la desconfianza hacia los demás, el peligro de la confianza vulnerada por las posibles traiciones pero también la desconfianza hacia uno mismo, incapaz de asegurar su bienestar y el de los los demás. Mejor, pues, callar. Y quedarse en casa. Aún me faltan por leer las otras dos entregas de esta novela larga que se publicó originalmente entre 2002 y 2007.

 

Un trozo de planeta.

La primera vez que leí versos de Machado yo ya tenía una edad como para tener bien leído a Machado pero era la edad justa para, como en verdad pasó, escucharlos. Desde entonces resulta imposible para mí desligar «Por tierras de España» del álbum «Agila»-uno de los importantes de la historia del rock de este país- , de Extremoduro, y cuando los leo no puedo evitar el acento cacereño y tampoco la melodía del tema «Buscando una luna». Ha llovido mucho pero, ya se sabe, no lo suficiente, y el desierto avanza en Castilla.

Estoy preparando una actividad alrededor del poemario Autobús de Fermoselle, de Maribel Andrés Llamero, obra que el año pasado fue galardonada con el XXXIV Premio de poesía Hiperión (junto a Los días hábiles, de Carlos Catena). De ella supe por primera vez gracias al -siempre- oportuno recorte de prensa que mi amigo Ricardo me regaló, y en el que Julio Llamazares presentaba las obras de ambos jóvenes autores.

En el artículo del 29 de junio del pasado año que publicaba el periódico El País abundaba Llamazares, además, en su visión realista de la despoblación rural que nos sucede y que, evidentemente, no tiene solución ni cuenta con una atención sincera por parte de quienes administran lo público y tampoco de quienes aspiran a administrarlo.

También me parece preocupante cierta moda divulgativa de la «España vaciada», creadora de un género literario que banaliza el problema a la vez que reporta una buena dosis de tranquilidad de conciencia a quien lo practica. Que la despoblación de buena parte del país tenga como fruto un buen género literario no tiene nada de malo siempre y cuando ello no se tome por suficiente ni, mucho menos, se alimente un triste, resignado y necesario final de los pueblos. Y dado que aunque esto ocurriera en ningún caso se reconocería hay que poner especial atención para no cometer inoportunos deslices: hay daños que son consecuencia de prácticas bienintencionadas porque los ocultan temerariamente.

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Lo interesante de Autobús de Fermoselle es que, como los mejores de su tradición (véase Gamoneda o García Calvo), es expresión de lo que el poeta Fermín Herrero -al que, por cierto, cabría enmarcar con la misma tradición- explica entre la nostalgia alegre y la melancolía dolorosa. Es decir, lejos de suponer un acercamiento a un mundo desconocido que se fotografía y recrea con mejor o peor fortuna literaria, parte de un impulso interior que la propia memoria pone en marcha. Supone una vuelta a la infancia de la autora y un homenaje a su familia, a sus abuelos:

A mi abuela Ramona,

que nació en San Pedro de la Nave,

hogar que yace bajo las aguas 

de un embalse. 

Maribel Andrés Llamero (Salamanca, 1984) es profesora de literatura brasileña y portuguesa en la Universidad de Salamanca e imparte clases de lengua y cultura españolas a extranjeros. Con este poemario hace un ejercicio de dignificación que, entiendo, se debe a sí misma como hija de la emigración que desde los pueblos a la ciudad se produjo en la segunda mitad del siglo XX y que aún nos ocupa a todos bien entrado el XXI, problema ya de gravísimas consecuencias:

Solo se yerguen en los campos de Castilla, 

apuntando al cielo, los cementerios, 

la verticalidad del ciprés y de la cruz.

Cómo no se ha de morir un mundo

ya todo horizontal.

Hay un dolor palpable –¿melancolía dolorosa?- en sus poemas y casi diría que un sentimiento de culpa por no haber sabido vivir el pueblo en presente, por no haber sabido reconocer las oportunidades que de crecimiento personal ofrecía generoso en una relación telúrica capaz, por lo demás, de superar abstracciones nacionalistas y patrióticas y, sobre todo, complejos de inferioridad. La magia de la poesía es contarlo en apenas dos versos:

(…)

Por qué no me gustaban los peces de mi pueblo

si esos peces eran hijos de mi mismo suelo.

Y, sin embargo, ni la ironía ni el buen humor faltan en estos poemas que son también bellos recuerdos de un tiempo propio. Hay alegría en este poemario cuyo título está extraído de unos versos de Agustín García Calvo:

Autobús de Fermoselle, 

que va y que viene

y para, cuando quiere, 

lunes y jueves.

Los sentidos estimulados por los elementos de un mundo original despiertan la pulsión vital de la niña y alimentan su necesidad de asombro, de descubrimiento, de crecimiento… en un poemario que es sencillo como se muestran las cosas naturales de la vida, a las que bastaría con saber acompañar para vivir en un equilibrio necesario y reconfortante, sencillo también como los oficios artesanos que se desarrollan en armonía y plenos de sentido. Una sencillez, en definitiva, que esconde secretos propios del maestro. Por eso nos encontramos con una poética que fluye musical -no lírica-, pero musical como lo puede ser el correr del agua, el soplo del viento o, por qué no, el golpeo de los batanes.

(…)

No le digan nada a la niña

que acaba de ver germinar

el placer de los sentidos

y no puede entender el valor de la cosecha

-granza, ceranda, peje, parva y trilla-

sino con el cuerpo.

Una lectura que, como apunta Llamazares en aquel artículo,  deberían hacer los jóvenes que apenas saben qué cuestión se trata cuando se les habla de una España que está desapareciendo. Una forma de vida que, paradójicamente, hoy podría presentarse como alternativa al nuevo (tele)mundo  que se nos hace, se nos presenta necesario y al que se nos está obligando. Mucho podría decir sobre ello una mirada, la rural, que demasiados años ha vivido acomplejada. Porque, sí, fuera de este maravilloso Autobús de Fermoselle del que ya hemos hablado, habrá que hablar un día también sobre la responsabilidad que los propios pobladores han tenido en la ruina de un mundo ahora prácticamente perdido. Aprovecho esta toma de compromiso para volver sobre los versos que escribiera Machado  a principios del siglo XX y a los que hacía referencia al abrir esta reseña que así cierro:

(…)

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta

-no fue por estos campos el bíblico jardín-;

son tierras para el águila, un trozo de planeta

por donde cruza errante la sombra de Caín.

Mira:

En casa tampoco.

RELATOS PARA NO TENER QUE LEER, 0.

Dado que el empeño en no leer un libro ni encerrados en casa lleva a una parte nada desdeñable de la población a matar el tiempo viendo y compartiendo vídeos portadores de una imbecilidad cuya virulencia no parece preocupar demasiado a las autoridades me erijo desde este momento en salvador de almas y ofrezco una manera digna de no tener que leer con estos relatitos que, de verdad, están escritos de manera tan pobre que el lector parecerá un auténtico idiota al mirarlos, y digo mirarlos porque no tendrá que leerlos. Me atrevería a decir que incluso podrá compartirlos, pero aún no tengo muy clara la condición.

La cosa será que yo hablaré por escrito pero sólo hablaré. Pondré casi siempre bien las tildes. No prometo absolutos, es cuestión de creencia, así que algo de su parte tendrá que poner el mirador, o sea usted que me está mirando. En realidad humildemente trato de unirme a las campañas de solidaridad como si fuera un artista más y entretener a la gente de casa que repentinamente ha dejado de ser explotada por el sistema y no sabe qué hacer, más allá de cuidar de la borrachera permanente que mantenga al punto su docilidad para la vuelta a la rutina, pues es casi seguro que salga vivo de esta y, en ese caso, deberá pasar cuanto antes de ser gasto a producción. Si alarmo mucho me lo ponen en los comentarios, pero vaya por delante que a estas alturas dicha alarma de usted sería de una candidez a su vez alarmante para mí, y así algunos etcéteras más hasta el bucle y a mí los bucles me ponen nervioso y de mal humor y, en fin… no sé en qué términos contestaría a su mensaje…

En cualquier caso lo importante es que usted no lea y para que se vea que mi intención es honesta no me ando con más rodeos y escribo enseguida el primer relato para no tener que leer: me parece que estoy nervioso, pero es sólo mi opinión. (También puede ser un atorismo)