Le honra a Leonora

[Alberto Conejero, Leonora, Logroño, Pepitas ed., 2024.]

por Cristina Gutiérrez Valencia.


El 15 de octubre de 2024 se cumplen 100 años del primer Manifiesto surrealista,
firmado por André Breton. Breton escribió tras su visita a México en 1938: “No intentes
entender a México desde la razón, tendrás más suerte desde lo absurdo, México es el
país más surrealista del mundo”. Es una ironía del destino que pocos años después la
pintora surrealista y escritora inglesa Leonora Carrington llegara a México para
quedarse hasta su muerte en 2011 y adoptara la nacionalidad mexicana. Leonora pudo
practicar allí el surrealismo como arte, pero el absurdo es de lo que huyó en Europa: el
nazismo que se llevó a su amado Max Ernst, el exilio en España, la violación en grupo
por parte de unos requetés en Madrid, la locura y la reclusión en un psiquiátrico en
Santander, los intentos de su padre de encerrarla en otra institución mental en Sudáfrica,
la huida en Lisboa, etc. En su obra y en algunos de estos episodios de su vida se inspira
libremente la obra del dramaturgo y poeta Alberto Conejero (Vilches, 1978) Leonora,
publicada por la editorial Pepitas de Calabaza.


Leonora está a medio camino entre las dos acepciones de monólogo dramático: de
la primera, el género teatral cuyo origen es el medievo francés, esta pieza conserva su
vocación escénica (aunque aún no haya sido representada), pero no su componente
cómico ni el carácter estereotipado de sus personajes; de la segunda, el poema lírico
nacido en el posromanticismo y tan y tan bien usado en la Modernidad, toma el verso (si
bien muy libre, ni está siempre ni cumple con los ritmos establecidos), la creación de un
yo poético autónomo e incluso la suspensión del juicio moral hacia el personaje por
parte del lector, como quería Robert Langbaum en The Poetry of Experience. The
Dramatic Monologue in Modern Literary Tradition, pero no la identificación entre el
autor real y el personaje.
El lirismo de la obra es evidente y de una belleza a veces sutil y otras arrebatadora
(“Mi corazón es un niño amenazado por dos ruiseñores”, o “He pasado demasiado
tiempo / como una piedra en el fondo de las cosas”), pero la teatralidad es irrenunciable
desde el momento en el que el personaje de Leonora aparece en escena y el escenario se
nos muestra como un lienzo en blanco en el que “el cuerpo es la primera pincelada”. La
historia de Leonora Carrington solo se puede contar desde un cuerpo presente y
encarnado, en movimiento, es decir, en el teatro. De hecho, Alberto Conejero escribe en la “Nota del autor” inicial: “Si llegara a un escenario podría ser interpretado por una o
por varias actrices, quizá acompañadas de cinco hombres, cinco caballos y cinco
violines”. Y es que en un momento de la obra el personaje de Leonora declara: “yo soy
multitudes, así que mi autorretrato es siempre colectivo”. Leonora fue una mujer y es un
personaje múltiple, inaprehensible, esquivo, difícil de clasificar, como el género de esta
obra, como el sentido de sus cuadros. El escenario que pisa no parece tierra firme, no en
vano la obra comienza con ella en el puerto de Lisboa, a la espera de zarpar hacia
Nueva York. Más allá de haber sido una gran precursora del surrealismo, Leonora es, en
esta obra, un istmo fuera de lo real (el yo poético comienza con un discurso
metaficcional), una “lengua […] que conecta dos continentes” (DLE) huyendo de un
absurdo vital impuesto tanto por el contexto sociohistórico (nazismo) como por el
familiar (un padre opresor en cuyos patrones Leonora no encajaba). La obra termina de
nuevo con Leonora sin tierra firme bajo sus pies, en el barco que la lleva al futuro. Es
difícil conocer sus verdaderos sentimientos, estados mentales e ideas en cada momento
de su biografía, pese a sus escritos, probablemente por eso su condición múltiple y lo
inasible de su verdad quedan reflejados en las acotaciones en la modalidad oracional
dubitativa: “Quizá ha proseguido el relincho del caballo, y puede que…” (¿qué clase de
autor, qué instancia, es esa que habla en las acotaciones de una obra teatral como esta?).
En otro lugar del texto se nos revela (“Revelación” es una palabra que cobrará
muchísima importancia en este monólogo) el momento en el que Leonora pudo tener un
flechazo con el arte, viendo en Florencia una obra de Ucello: “delante del cuadro de
Ucello, sucede la revelación. Un meteorito azulado recorre mis venas”. A pesar de estar
ella misma pintando el lienzo a través de sus palabras y su cuerpo, como nos indicó
desde el principio, la acotación nos arroja luz anotando que Leonora nos mira (tenemos
que imaginarnos aquí espectadores, no lectores) como si nosotros fuéramos el cuadro de
Ucello. La lógica representacional de las Meninas de Velázquez resonaría de fondo si
no fuera esta una historia entreverada de surrealismo. Sin embargo lo que reverbera,
desde la propia obra es “Leonora, Leonora, Leonora”.

Peligro: teatro (para la infancia)

Este año no pude acreditarme como profesional en la Feria de teatro de Castilla y Léon, en Ciudad Rodrigo, así que no voy a poder compartir una visión general de la misma. Tengo la necesidad, esto sí, de contar algo que sirva, o que me sirva. El jueves 22 de agosto por la mañana vi dos infantiles. Uno de ellos me impactó, en realidad me golpeó por cuanto que me hizo tomar conciencia del potencial transformador (pero en realidad manipulador) del teatro en el público infantil. Y sí, ya sabemos que lo sabemos, pero llegar en un momento dado a esa vivencia en la que uno sentado en la butaca puede llegar a sentirse como conejillo de indias me produjo escalofríos.

Se trataba del estreno de la producción de Festuc Teatre “Yo, Tarzán”. La historia original de Edgar Rice Burroghs adaptada, versionada mil veces y que tampoco en esta ocasión tiene cambios ni aportaciones esenciales en su planteamiento. Escenografía poderosa, muy a favor del espectáculo, que procura con vistosidad y polivalencia caminos más o menos esperables (para un adulto) por los que se desarrolla la acción, que recae en títeres muy bien manipulados por dos intérpretes versátiles capaces de crear multiplicidad de personajes en una misma escena para, en fin, mostrar un espectáculo entretenido y que fluye. Hablamos en muchos sentidos de una producción impecable y que, de hecho, fue reconocido después con el premio del público al mejor espectáculo infantil de la feria.

Pero hete aquí que entonces vino a visitarme el escalofrío y lo que me interesa ahora -no tanto hacer una crítica de este espectáculo concreto- es compartir (¡con alguien!) una reflexión que desde entonces mastico y voy cambiando de carrillo, y que ya huele, vaya. En un momento dado me percato esa mañana, cómodamente sentado en mi butaca del Nuevo Teatro Fernando Arrabal, de que incluso en esta función que aún es estreno los efectos de guión, de luz y sonoros se ejecutan al milímetro (digo que al milímetro), casi como en una producción de cine. Es decir, hay todo un despliegue de recursos escénicos (insisto en que muchos de ellos me parecen más bien cinematográficos) pensado en hurgar al espectador emocionalmente, y su eficacia es implacable. El teatro es manipulador, sí, y esta manipulación no es necesariamente dañina, cierto, pero lo que me asustó fue lo refinadamente engrasada que puede llegar a estar su maquinaria. Así que es para decirse: “Espero que sepan lo que están haciendo”; Y para preguntarse: “¿Lo saben?”.

Lo que pasa en escena tiene consecuencias, sobre todo en la mentalidad especialmente maleable de los más pequeños, y en la de los adultos inmaduros, grupo este último que no merecería mayor atención de no ser porque algunos de los que lo forman programan teatro. Hay que tener en cuenta que muchas veces los artistas producen mirando (aunque sea de reojo) a estos programadores y muchos de ellos, a su vez, se dejan engatusar tanto por la espectacularidad del “producto” (así se lo dice en los ambientes más comerciales y juguetonamente serios e irresponsales) que marginan cuestiones fundamentales como el cuidado ético y estético de la obra, entendidos estos en una relación necesaria de equilibrio y, por tanto, de dependencia: la estética ha de ser ética, la ética estética. Creo que no estoy contando nada nuevo, aunque dada mi ignorancia todo pueda ser.

Esa misma mañana LA BUENA COMPAÑÍA (y ya este nombre llama mi atención: desde hace algunos años Esther y yo nombramos a Pie Izquierdo como Teatro de compañía) presentó también el estreno absoluto de “El bosque de Coco”. Y, efectivamente, su función supone un acompañamiento a los espectadores que estén sufriendo el trauma provocado por la separación de sus padres. Un espectáculo sin concesiones, es decir, ambicioso y exigente, poético, bello pero no efectista y que proporciona herramientas y consuelo a quien sufre una de las dolencias más comunes de la infancia y peor gestionadas por los adultos. Para ello máscaras y danza, poca letra, mucha subjetividad, respeto, una mano tendida, un viaje que merece la pena: para algo.

Censura y creatividad barrocas

Se dice -lo dicen críticos y estudiosas- que las cotas más brillantes de las letras hispánicas se alcanzaron en la época de mayor presión censora, que acaso es esta en la que se centra el estudio del catedrático Héctor Urzáiz y que se presentó el pasado mes de julio en la última edición del festival Olmedo Clásico. Quien quiera saber más sobre las prácticas censorias en el Siglo de Oro puede acudir a la fuente que el propio Urzáiz (entre otros) alimenta y dirige aquí: Proyecto Clemit. No obstante este libro es un jugoso primer acercamiento (riguroso, profundo y en realidad extenso) a un mundo, el de la censura y las licencias en manuscritos e impresos teatrales, que no puede caber en un volumen de papel, entre otras cosas porque está en desarrollo, y que además de aportar a investigadores y profesores datos nuevos y nuevas lecturas sobre el funcionamiento censor en la época proporciona a los poco iniciados algunas buenas historias que lo introducen en uno de los momentos de mayor fulgor libresco, impresor y literario del país (o lo que esto sea).

Héctor Urzáiz, 2023. Universidad de Valladolid y Ayuntamiento de Olmedo, 2023. 219 páginas. Pvp: 35 €.

Como pertenezco al grupo de los no iniciados he centrado mi lectura en la diversión con lo que de anecdótico he encontrado (me perdonará mi amigo Héctor la mirada corta) en esta época (literaria) en la que los protectores eran quienes ejercían el control de las publicaciones -también representaciones- porque se trataba más bien de cuidar de la costumbre y no de las artes literarias y sobre todo teatrales, que generaban mucha desconfianza desde los dos principales estamentos de poder absoluto de entonces: estatal y eclesiástico. De ello son consecuencia tanto la prohibición de escribir comedias entre 1625 y 1635 como la creación de una Junta de Reformación de las costumbres impulsada por Conde Duque de Olivares. Este es -grosso modo- el contexto con el que nos encontramos en el sigo XVII, heredero de una censura estatal de libros que se ejerce desde 1502 por los Reyes católicos. La Iglesia después, con la Inquisición como brazo ejecutor, estrecha aún más los límites creativos del teatro, que han contener los preceptos católicos y bajo ningún concepto ponerlos en duda.

No obstante existe la necesidad de ejercer otro tipo de protección, ya que el comercio libresco es, como se sabe, uno de los más importantes de la época, lo cual lleva a establecer un juego de equilibrios, miradas suspicaces y triquiñuelas que sirven para guardar las apariencias tanto desde la parte censora como teatral y apañárselas para ir cada uno haciendo lo suyo. Así, por ejemplo, la censura previa (a la impresión y venta de la obra) era (también) una forma de evitar la prohibición sin provocar gastos extraordinarios ni generar daños irreparables en librerías y talleres. De hecho los intereses económicos podían ganar la partida a los religiosos-morales.

Pero, como decía, hay otros aspectos más y menos anecdóticos -podríamos decir casos- en los que me parece que resulta inevitable fijarse, como lo que concierne al corrector «creativo» Vargas Manchuca, que deja claramente su impronta poética en el final de «El castigo sin venganza», de Lope de Vega, y cambia y añade versos a su gusto, enmendando la plana al fénix, algo de lo que el propio Urzáiz nos habló durante la presentación del libro en Olmedo junto a Ramón Valdés, porque este presentaba a su vez su edición de esta obra en RBA a partir de las investigaciones del grupo ProLope. Igualmente sabrosa es la anécdota de Andrés Baeza como censor de su propia obra («El valor contra la fortuna» y «No se pierdan las finezas») cuya impresión -se ve venir- aprueba e imaginamos que efectivamente cumple con los requisitos de la reformación de las costumbres. Es una época en la que, como otras más cercanas, la censura y la creatividad artística convivían y se relacionaban subrepticiamente, con intereses y cuidados variopintos en la que los censores eran muchas veces escritores y atendían los textos según sus propias necesidades personales, compromisos, posibles retornos, posicionamientos…

Sobre los aspectos filológicos de la práctica censoria el libro aporta cien páginas -la mitad del volumen- con datos y textos originales, así como las intervenciones directas (tachaduras, aportaciones) de los censores según temas, desde el control civil al del Santo Oficio; textos, como el bíblico, religioso o la «graciosidad»; y épocas o lugares, como América o la censura dieciochesca del teatro barroco. Es este, como decía al principio de esta entrada plagada de paréntesis, la parte dirigida a especialistas o iniciados y en la que, no obstante, es fácil seguir encontrando historias y datos sabrosos también para los profanos como yo. Por supuesto al final una extensa bibliografía a la altura del rigor requerido para el ya décimo noveno título de esta colección que dirige el profesor Germán Vega García-Luengo, codirector del festival olmedano además de referente absoluto de los estudios literarios y teatrales de la época.

Voces en el llano.

Este verano he releído «El llano en llamas» en esta edición anterior a la celebración del centenario Rulfo (y sobre esto último también ha llovido ya) porque es la edición que tenía a mano en casa y en la librería no tenía ninguna. Esto último será solucionado en breve. El caso es que surgió de repente la necesidad de leerlo tras una noche de jugosa conversación con Jaime Santos, inconclusa y seguramente inacabable, tras su paso con La Chana teatro por Olmedo para participar de la primera edición de «El Clasiquillo», del que dejo el enlace por si a alguien interesa ya que yo poco debo decir.

No es del todo cierto que la prosa de Juan Rulfo sea un ejercicio de síntesis ni que su estilo sea minimalista o carezca de ornamentos. La prosa de Rulfo (pero yo no estoy diciendo nada nuevo, ya todo el mundo lo ha dicho todo sobre Rulfo) es voz de los campesinos que protagonizan su obra, es voz natural que expresa sus quejas y razones, de una oralidad propia del territorio seco y yermo donde acontecen sus penurias, y es voz que sin embargo no escatima en recursos estilísticos por medio de los cuales estos personajes hablan mejor de lo que jamás lo hicieran los mexicanos de por allí. Y, sin embargo, nada de lo que dicen podría no ser hablado… no sé si me explico: quiero decir que cuando Jaime Santos me estuvo diciendo de memoria pasajes de algunos de estos cuentos con acento mexicano -verdadero acento mexicano- quedaba claro que también Rulfo pensaba en ser dicho cuando escribía. Nada artificioso hay en el hablar inventado de sus personajes, que no son novelistas ni poetas ni pueden serlo, pero su contar se eleva hasta una de las cotas más altas de la literatura universal. Esta es la cosa.

Volver a estas páginas que a mí me parecen más tristes que violentas -porque su violencia es aceptada como necesaria- me ha llevado a reflexionar también sobre una cuestión que me preocupa (tengo mis razones) mucho desde hace tiempo, y que tiene que ver con el tratamiento de la conciencia de los personajes que se da en la literatura, sobre todo en la prosa (en poesía la conciencia quizás no deba pasar de punto de partida, pero no sé). Hay desde luego en Rulfo una intención clara de que su narrativa esté ligada íntimamente a la conciencia de sus personajes y esto cabría ligarse con preguntas -¿pasaremos de ahí alguna vez?- a propósito del conocimiento, de nuestra visión y relatos del mundo que acontecen y que seguramente sólo puedan hacerse desde una red de intersubjetividades que escapan a la -tantas veces pretenciosa pero incluso impostora- crónica.

El próximo jueves 21 de septiembre La Chana teatro estrena en el CAEM de Salamanca «Natalia», una obra con la que regresa a la manipulación de títeres construidos, y que ocuparán un espacio creado también desde la danza. Nos contarán a Rulfo, ya que el montaje parte de su relato «Talpa», uno de los que componen «El Llano en llamas», y yo estaré allí, bien acompañado como otras veces, el día siguiente a su estreno, en una nueva función que también acogerá el CAEM a las 21 h del viernes 22 de septiembre.