Mayorga, Camps y Dostoievski en Radio Medina.

CRÓNICAS DE LA RADIO (LA SER, MEDINA)

A continuación un primer episodio de miscolaboraciones habituales con Raquel Chamorro, a la que visité por primera vez el viernes 23 de enero en su estudio. Para hablar de libros, claro. Publico aquí el guión sobre el que se desarrolló nuestra conversación:

Parece que viene el frío. Libro y chimenea puede ser un buen plan mientras se mira la nieve caer (ya veremos si cae). Y si no tienes chimenea pues una estufita puede ser plan alternativo. Y si no tienes estufa pues te pones cerca del radiador. Y ya no sigo con supuestos que en nada ayudarían a otras realidades.

No te puedes imaginar, Raquel, cómo está mi librería. Si digo patas arriba no exagero. Aún sigo con la resaca navideña y tengo libros perdidos, muchos descolocados… se cruzan los devueltos con las novedades que llegan…algún día tendríamos que hablar de los viajes de los libros porque lo suyo es muchas veces una auténtica Odisea…

De entre las novedades que aún no hemos hojeado pero tienen buena pinta yo destacaría (hay que tener en cuenta el olfato del librero siempre, ya sea para aceptar su prescripción o huir de ella basándose en la disparidad de criterio) estas:

Despedida, de Julian Barnes (traduce Jaime Zulaika), exploración memorística recién iniciada la ochontena y conocido en general por obras como El loro de Flaubert y para mí en particular por el ensayo sobre arte Con los ojos bien abiertos.

También en Anagrama me llega estos día la cuarta edición (la primera salió en 2001) de Metafísica de los tubos de Amélie Nothomb (con traducción de Sergi Pamiés), que como en otras obras suyas afronta lo biográfico desde cierta forma de fabulación muy personal con la que va mitologizando (a lo mejor me estoy inventando esta palabra, ¿eh?) sus memorias. Aquí un bebe disconforme con lo que le ha tocado y obsesionado con el agua adopta la forma de tubo. Ella nació en Japón e, hija de diplomático, ha llevado una vida (internacionalmente) itinerante.

Algunas curiosidades como el poemario antológico que en Visor han publicado Isabel Gemio (la de la tele) con el propio Chus: en realidad una antología de reconocidos poetas; el por lo visto/oído (y aquí hay tocinete para divertirse un rato) un tanto inoportuno Premio Nadal que David Uclés ha recibido (creo que no se puede decir contratado, así que no lo digo) por La ciudad de las luces muertas, que tiene tres sílabas menos que La península de las casas vacías. Me refiero al título: la novela es visiblemente más corta.

La última vez que he hablado contigo, Raquel, ha sido el jueves 8 de enero. Pues bien, estaba leyendo esa noche en la cama los diarios de Chirbes, en los que el autor comentaba el reconocimiento a su novela Crematorio con el Cálamo como libro del año 2007 (un libro sobre el que el autor tenía muchas dudas) y a la mañana siguiente me desperté con la noticia de la concesión de este premio, en su versión al conjunto de su carrera, a Leila Guerriero, que debió de haberse producido la tarde de ese día 8, mientras tocábamos y cantábamos canciones de Facundo Cabral, Jorge Cafrune y Mercedes Sosa. Eso después de haber estado charlando largamente sobre su libro La Llamada, que es una de la lecturas de nuestro Club, y que esta temporada tienen como tema Voces en primera persona.

Hablando de premios aragoneses me llega notificación de la editorial vallisoletana Páramo en la que cuenta que el libro del leonés Vicente Muñoz Álvarez El hombre de mimbre (antología poética) ha sido reconocido con el Premio de la Crítica de Aragón. Parece que ahora anda en reimpresión pero en breve estará de nuevo disponible en las librerías.  

Y precisamente de entre los libros que han llegado recientemente a las tiendas de libro (¿a ti te gusta “tienda” de libro?: yo creo que hay que reivindicar la librería como tienda de barrio o tienda de pueblo: otro por cierto: estos días la noticia del cierre de Tipos infames, una librería que reivindicaba su papel de lugar de encuentro de los vecinos de Malasaña, en realidad tan expulsados del barrio como la propia librería)…bueno, decía que de entre las novedades (por seguir hilando) nos llega la edición en España de Los suicidas del fin del mundo, obra original de 2005, crónica de voces dolientes alrededor de un trágico suceso en la localidad argentina de Las Heras, paisaje yermo que Leila Guerriero (volvemos a ella para acabar este bloque) convierte en parte fundamental de la narración.

Y si te parece nos centramos un poco más en tres libros no sin antes pasar brevemente por un ensayo de Juan Mayorga, que ya se publicó hace algunas semanas y titulado Revolución conservadora y conservación revolucionaria, sobre política y memoria en Walter Benjamin, y que no he tenido tiempo de hincar el diente como me hubiera gustado, entre otras cosas porque es un libro exigente. En confrontación con las obras de Jünger, Sorely y Schmitt Mayorga se pregunta a través del filósofo alemán por nuestro deber con el pasado, con la memoria de las víctimas como fuerza para la construcción de una política para la humanidad.

Pero hablando de este filósofo, matemático y, como sabemos, reconocidísimo dramaturgo os cuento que la editorial segoviana La uña rota ha publicado recientemente lo último suyo: Los yugoslavos, una obra en la que nos encontramos con algunos de los motivos principales del teatro de Mayorga, como la búsqueda (el uso) de las palabras adecuadas y su relación con la realidad (y con el pensamiento, etc… el Mayorga filósofo nunca se oculta), los silencios, los mapas… una historia que empieza con Martín, el propietario de un bar, y Gerardo, cliente ocasional, entre los que media un encargo curioso: Martín necesita recuperar a su mujer (silenciosa) y cree que Gerardo puede hacerlo porque ha oído (algo que en realidad no debería haber pasado) la conversación que este ha tenido con un amigo al que ha logrado reconfortar con  buenas palabras. Y pongo aquí en cursiva de lo de buenas porque es algo sobre lo que la obra también pregunta. Lo que podemos leer es una búsqueda en varios planos con un lenguaje coloquial y supuestos provocadores que nos hablan de la imposibilidad de nombrar y de llegar a los lugares que ya no existen. Es una lectura que se bebe en unos cuantos minutos y que pienso que merece la pena que esté en la biblioteca personal de todo amante o seguidor de la obra de Mayorga, como el resto de la suya publicada en cuidadísima edición (por cierto, prologada por la ensayista de arte contemporáneo Estrella de Diego).

Por seguir también con la importancia del cuidado y el uso de las palabras voy a hablar de un libro publicado en 2025 pero que podemos considerar reciente. Se trata del ensayo de la filósofa y catedrática Victoria Camps La sociedad de la desconfianza y que nos puede dar algunas pistas no sólo sobre lo que los políticos tendrían que hacer para recuperar la confianza perdida por parte de los ciudadanos-votantes sino -más importante-  cómo trabajar en nuestro propio carácter como personas para emprender la tarea (necesariamente común) de la convivencia. Es un libro exigente en el sentido de que habla claro de la necesidad de cultivar y poner en práctica las virtudes individuales para hacer de la libertad un proyecto colectivo (y que diferencia claramente del neoliberal libertinaje que muchas veces pretenden las clases pudientes y cuyo relato pueden adoptar y de hecho adoptan los menos favorecidos en según qué circunstancias) y nos habla, en definitiva, de responsabilidad colectiva. Y, sin embargo, no es un libro exigente en el hecho concreto de afrontar su lectura, ya que esta resulta muy estimulante y apegada a la realidad. Nos interpela con cuestiones que nos preocupan y sobre las que nos expresamos habitualmente y en ambiente distendidos pero, nos dice Camps, hay que ser serios: la palabra que sea constructiva, y la acción virtuosa.

Y ya sí que para terminar quiero recomendar la última traducción (calentita, calentita) que de Jorge Ferrer Arpa editores acaba de sacar de Memorias del subsuelo, del autor Fiodor Dostoievski y que justo ahora estoy leyendo. Comentaba el otro día con un amigo la modernidad (contemporaneidad) del título y hace unos días me decía mi hija que a un amigo suyo le gustaba mucho Dostoievski. Lo que estoy descubriendo últimamente es que se trata más bien de un fenómeno en redes. Hablamos de uno de los autores que seguramente con más empeño ha ahondado en las zonas oscuras del alma logrando una obra realmente sombría y en el que la maldad y las debilidades humanas son tema central. Si pensamos en una posible evolución de las lecturas desde las sangrientas historias infanto-juveniles de acción, aventuras, épica, y en general de cierta oscuridad más bien cándida (y que por cierto se siguen consumiendo en la adultez) los viajes que a uno toca emprender a partir de cierto grado de madurez seguramente son los que te propone Dostoievski, un autor con una incuestionable potencia narrativa, que sufrió mucho y cuyo existencialismo ha influido en filósofos y literatos posteriores.

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Cuarta pared

La intérprete está en escena cuando el público entra. Posición horizontal en contacto con el suelo, cambiando lentamente de postura, muy lentamente: está danzando. Su mirada cambia de dirección con sus movimientos, pero siempre mira al vacío, a un horizonte imaginado, nunca al público: ella no lo ve aunque lo vea. Lo ve la intérprete, que ha de sentirlo (ojos con rabillo) pero no el personaje, y ni una ni otro mira a los espectadores de esa tarde, que aparecen desde veinte minutos antes de que se apague la luz de sala. El público va ocupando las butacas, hablan mientras se colocan. Ellos sí miran a la intérprete (y puede que al personaje) pero tampoco la ven, al igual que no la oyen porque su coreografía está envuelta en silencio y proyecta calma. Los espectadores siguen a lo suyo: hay cosas que comentar porque casi todos son profesionales de la Feria internacional de teatro y danza de Huesca, hay risas, un clima distendido que por fuerza invade el espacio sagrado de la escena, un espacio pacífico y desprotegido. No hay rito en la entrada del público, puede que sí una propuesta de rito por parte de la artista (Paula Quintas) pero ella aún no ha llegado para la mayoría, no hay personaje porque no ha empezado la función. La cuarta pared está donde casi siempre.

Paula Quintas en una foto de Alberte Peiteavel. Está tomada de su web: https://www.paulaquintas.com/

En una de las mejores funciones de la Feria de teatro de Castilla y León de este año, en Ciudad Rodrigo, me pareció que uno de los actores mandaba callar al público (infantil) porque los espectadores estaban tan metidos en la obra que el ruido hacía peligrar la función. Unas horas después pude hablar con el director y este me dijo que no era así, que ese gesto (dedo índice a los labios) formaba parte de la dramaturgia original. No obstante, me confesó que la participación del público infantil es cuestión sensible y peligrosa en la que hay que poner mucho cuidado porque «la cosa se puede ir de las manos».

Imaginar el mundo

Tom Cheetham, 2012. Atalanta, 2019. Traducción de María Tabuyo y Agustín López. 362 páginas. Pvp: 25 €

Uno puede mirar el mundo como algo opaco en su fisicidad, incluso en su última, infinitesimal, capa de materia, o puede otorgar (y esto es un regalo para sí) a las cosas y seres la categoría de símbolos a través de los cuales nuestra imaginación busca, una búsqueda por lo desconocido que empieza en nuestro propio interior: t´awill. Desde ese lugar el mundo es nuestro, tan ancho que no hay paredes que lo contengan y, sin embargo, imaginable, contenible. El mundo como icono es una introducción a la vida y obra del pensador Henry Corbin. En el despliegue de esta teoría de la búsqueda del sentido espiritual se atisba también una mirada sobre la tarea y el impulso del artista, que se adentra en lo numinoso a riesgo de su propia transformación. Es la segunda vez que leo este libro que me sosiega e inspira. Sólo sostener entre las manos su magnífica edición parece que lo tranquiliza a uno.

En serio, Nunez.

Los principales temas de «Cuál es tu tormento», la novela de la norteamericana Sigrid Nunez en la que Almodóvar se ha inspirado para hacer una peli muy bonita, no son ni el suicidio, ni la muerte, ni los cuidados, ni la amistad, ni el envejecimiento, sino la tristeza y la escucha. Nunez lo cuenta muy bien, es una gran escritora aunque le haya gustado la peli del manchego. O eso dice, claro. A lo que voy: el mundo es triste y los que somos unos tristes nos damos cuenta, y la gente que no es triste no se entera, pero sólo de momento porque un día de repente se pegan un buen susto (han descubierto algo trascendental, qué exagerados), y a llorar: tanta risa es lo que tiene. Los tristes, sin embargo, no somos nada dramáticos. La tristeza es una suerte de ataraxia muy beneficiosa para el equilibrio mental. He leído en algún sitio últimamente que la tristeza te hace ver las cosas como son. Estoy de acuerdo. Casi nunca para tanto, ni en lo bueno ni en lo malo. Sé triste, my friend.

La escucha es lo que te permite ver el mundo, y de paso a ti mismo. Como no somos nada por nosotros mismos la única manera de saber de qué vamos (incluso puede que hacia dónde) es escuchar a los demás y a ser posible -digámoslo ya- estar calladitos. Esta escucha radical tiene mucho de conservadora, evidentemente, y, en ese sentido, de egoísta: si todos escucháramos el mundo se quedaría mudo, yo diría que incluso parado. Pero sentidos tenemos para aburrir y ya sabemos que la escucha también puede ser generosa e incluso beneficiosa para el escuchado. Escuchante es la protagonista de esta novela que abre con la conferencia de su dramático exmarido, un pensador antinatalista. Un tipo leído (publica libros), escuchado (da conferencias), que habla mucho, un pensador de moda, antipático pero no triste. A mí no me lo parece: un tipo que lo sabe todo porque lo ha descubierto de repente: si fuera coherente tendría que suicidarse, pero no puede ser coherente porque, en realidad, sigue siendo un tipo alegre, satisfecho de sí, feliz incluso.

Sigrid Nunez, 2020. Anagrama, 2021. Traducción de Mercedes Cebrián. 196 páginas. Pvp: 19,90 €.

La amiga de la narradora está triste pero su tristeza no tiene mérito: se va a morir y lo sabe. Cuando esta le propone a la narradora que la acompañe en el tránsito a su muerte, cuyo momento decidirá ella misma, acepta a pesar de que en realidad su amistad no es tan estrecha. Pero ella escucha, lleva toda su vida buscándose en las historias de los demás, tiene mirada periférica y atenta a la vez, de conjunto e individualizada, ve más allá y más acá, ve porque mira, es su manera de estar en el mundo, de ser. Por eso la novela es también un mosaico de historias de otras personas. La de su amiga moribunda atraviesa todo el libro. Podemos percibir serenidad en las palabras de esta mujer que busca una despedida tranquila, en realidad idealizada, de la vida, pero es la narradora quien nos abriga. Esto Almodóvar no lo ve, o no lo mira. Me pregunto qué andaba buscando con su peli.

Nos da abrigo porque lo necesitamos, porque, es verdad, los tristes nos volveríamos locos sin literatura, impedidos para dramatizar como tipos alegres. Nunez no se pone en la piel de la persona moribunda, seguramente incapaz de pisar -ni en la ficción siquiera- un terreno desconocido para cualquiera que no lo habite. Se pone en el lugar que puede ocupar (que podría haber ocupado, no lo sé) y desde ahí nos cuenta su historia de amistad, nos transcribe las palabras de su amiga, reflexiona, se cuenta y nos cuenta su vida. Esa distancia que se toma la autora es la que permite una narración tan seria como liviana y bienhumorada, cómica en muchas ocasiones, y calurosa que, sí, trata cuestiones como el suicidio, el envejecimiento, la muerte, la amistad…

Seguramente es difícil hacerse a la idea del argumento de «Cuál es tu tormento» por la lectura de esta entrada. En realidad creo que a Nunez le importa más la forma, de hecho así lo dice, y en esto la creo: sobre qué tema no se ha hablado ya a estas alturas. Por la forma (de mirar, de escuchar, de enfocar, atender) se llega a algún tipo de verdad, y este camino parte de un reconocimiento que nos importa por aquí: hay cosas, dolores ajenos que no se pueden representar: la mentira se desliza entre pretensiones como esa.

Sueños

Hace ya 20 años que descubrí la editorial Atalanta, el proyecto de Jacobo Siruela (Ediciones Siruela) que contiene uno de los catálogos más originales, coherentes y de mayor calidad del panorama español. Por aquel entonces leí “El fuego secreto de los filósofos”, uno de los libros que La tienda de Lope seguimos recomendando porque forma parte de nuestro “fondo permanente”. Aquel libro del británico Patrick Harpur proponía una historia del pensamiento a través de sus imágenes y de los fenómenos que habían influido necesariamente en la historia del pensamiento más y menos oficial. Leer textos como el de Harpur o el del propio Siruela en el bello y cálido formato que supone su edición, cuidada hasta el más mínimo detalle tanto en su diseño como en la elección de papel, elección de guardas, imágenes, cosido (¡cosido!), bellas ilustraciones, índices bibliográfico y de imágenes que ilustran toda la lectura, bibliografía complementaria y, en fin, una maquetación pensada para el placer es algo a lo que los buenos lectores no deberían renunciar aunque haya que pagar 28 €…

Jacobo Siruela, 2024. Ediciones Siruela 2024. (Varios traductores e «iluminadores»). 396 páginas. Pvp: 28 €.

Lo que uno se encuentra en su interior es, podríamos decir, una reivindicación del mundo onírico como parte fundamental de la realidad individual y, por supuesto, colectiva, capaz de influir directamente en nuestra vida de vigilia cuando no en algunos acontecimientos históricos y -por tanto-en la Historia misma. Un tranquilo paseo por experiencias que van desde las clásicas incubadoras de los griegos en las que se invocaba al dios Asklepios hasta la cada vez más evidente disolución de barreras que desde una mirada positivista de la ciencia tradicionalmente habían separado imaginación y realidad. Digamos que hay una crónica de personajes y hechos que han acontecido históricamente, incuestionables (como la resolución en sueños de problemas científicos), y hay una parte más puramente de ensayo y pensamiento que no dejamos de leer en los relatos histórico/biográficos pero que se despliega de manera explícita en la última parte del libro, contra un posicionamiento sistemáticamente escéptico respecto al mundo no material que respondería más bien a actitudes gregarias por un lado y que, por otro, la propia ciencia empieza ahora a contemplar con las teorías vigentes y en desarrollo en estos momentos, desde la relatividad, la teoría de cuantos y su principio de incertidumbre o la de cuerdas. En estos tiempos en los que la física asume que la materia puede ser y no ser, estar en varios lugares a la vez y propone multitud de dimensiones para explicar un espacio sin tiempo atender a preocupaciones como la conciencia o la muerte desde puntos de vista inmateriales parece pertinente.

Han Kang, 2011. Random House, 2023. Traducción de Sunme Yoon. 176 páginas. Pvp: 19,90 €.

Como leo mucho más de prisa de lo que escribo aprovecho para introducir brevemente otra de mis últimas lecturas: “La clase de griego”, de la Premio Nobel Han Kang. Lo más llamativo es, sin duda, lo desagradable de tomar entre las manos un libro editado de manera tan descuidada, que se cae de las manos a pesar de apenas tener peso (papel de ínfima calidad) porque las tapas se resbalan en la grimosa imposibilidad de mantenerlos en la posición deseada: el horror, al más puro estilo IndustriaculturalRandomHouseMondadoriexperienciadeconsumorápidoétc… Tan rápido se lee el libro de la coreana que lo comencé de nuevo nada más terminarlo. Había algo en su lectura que creaba expectativas y una sensación de que se me escapaban cosas que podían importarme. Y, efectivamente, este encuentro entre una mujer sumida en el silencio y su profesor de griego antiguo, quien está perdiendo la visión, es una confluencia de voces improbable, pero posible y necesaria, escrita con una prosa poética y cargada de preguntas sobre nuestro propio acontecer, sobre la fragilidad de la vida y su sentido,  y es también un respetuoso (responsable) ejercicio de humanismo en el que sus personajes, que somos todos los lectores, trascienden a través de las palabras, que nos permiten ser pero que también nos engullen. Por justificar que este comentario comparta entrada del blog con “El mundo bajo los párpados” diré que los sueños de los personajes están muy presentes y son fundamentales. En uno de sus pasajes dice el profesor de griego: “Y confirmo, con calma, que no tengo adónde ir, salvo al mundo de los sueños”. También pienso que a ambos autores les gustaría leerse.

Delirio de España

El pasado jueves 21 de noviembre tuvimos la primera tertulia literaria de la temporada en este de Club de Lectura que algunos amigos de la librería impulsamos y que, por cierto, no es nada exclusivo: está usted invitado. “Presentes” es el último y muy promocionado libro de Paco Cerdá (“El peón”, “14 de abril”) que parte del hecho histórico -desconocido por poco contado – del hipersimbólico cortejo que el régimen dictatorial naciente en el 39 hizo con el cadáver de JA Primo de Rivera, trasladándolo desde Alicante hasta El Escorial sobre hombros falangistas. Se está contando mucho y no voy a entrar en los detalles argumentativos del libro, pero resulta sorprendente cómo tres años después del golpe militar que provocara una guerra civil los fascistas aún mostraban semejante vigor, síntoma inequivoco de la capacidad vengativa y depuradora que ya estaban llevando a cabo y aún serían capaces de sostener en décadas posteriores.

En la tertulia se pusieron varias cuestiones sobre la mesa. Primeramente se apuntó el ejercicio de estilo que este libro supone, y en el que Cerdá juega con las voces y las expresiones ideológicas, tanto más extravagantes cuanto más se alejan del suelo que la mayoría pisamos cada día. En estos tiempos en los que el materialismo atraviesa una nueva crisis y los discursos fascistas vuelven a apelar a lo supraterrenal sin pudor parece que el autor trata de advertirnos de los peligros de ciertos simbolismos. Pero el ejercicio literario va más allá y es fácil encontrar versos de Calderón, Machado, Gil de Biedma, canciones entreveradas en la narrativa y para cuya extracción se exige al lector que haga su tarea porque, aunque no están escondidas, estas “letras” se integran perfectamente en el relato, bien para acentuar su sentido original o ironizar a partir de ello.

Paco Cerdá, 2024. Editorial Alfaguara, 2024. 326 páginas. Pvp: 20,90 €.

Hubo en la tertulia quien echó de menos mayor profundidad en las historias (personales) que se cuentan, apelando, efectivamente, a la complejidad de circunstancias que muchas veces rodeaban asesinatos y depuraciones que a menudo se han contado desde posicionamientos ideológicos. La cuestión del enfoque, de los planos, dónde decide quedarse el autor, hasta dónde llegar. Si tenemos en cuenta que es un libro escrito con otros libros como fuente principal creo que puede entenderse que sus historias no bajen hasta donde quizás sería irresponsable, y que no trate de contar cosas que sólo desde un conocimiento de primera mano -y me refiero con ello a haber visto los hechos o haber sido informado de ellos por fuentes presenciales- pueden contarse. Una de las cuestiones sobre las que nos interesa reflexionar en el Club de Lectura de este año es precisamente la representatividad (artística) del sufrimiento. Qué tenemos derecho a contar y qué no, hasta qué punto podemos ponernos en el pellejo de los que han sufrido y, por tanto, quién y cómo ha de contarlo. Cuestiones sobre las que Juan Mayorga y su maestro Reyes Mate nos alertaron en su momento.

Me hubiera gustado comentar en la tertulia que esta retahíla del libro de Cerdá que a veces puede resultar un poco cansina recuerda al ejercicio de responsabilidad que hemos visto en otros autores y que tienen que ver con la recuperación de las memorias perdidas, o simplemente de los nombres olvidados. En algún sentido este libro es una oración también, o está compuesto por oraciones o tiene una oratoria que contiene su propio peligro, una oratoria que denuncia la oratoria, pero que es un ejercicio literario bastante jugoso. Si uno se siente mareado en algún momento de la lectura no ha de preocuparse: está leyendo un libro que marea, y esa indisposición tal vez puede representar en algo la provocada por un país arrasado y la estomagante palabrería de quienes llevaban las riendas.

Algunos días antes de empezar “Presentes” terminé “Delirio y destino”, de María Zambrano, un libro mucho menos conocido que tiene en común con este de Cerdá que en ello ficción y realidad se confunden deliberadamente, componiendo una ficción que en ningún momento deja de ser narración de hechos reales y que tiene como objetivo principal la(s) memoria(s). El libro autobiográfico de Zambrano supone, además, un interesante ensayo filosófico sobre la imaginación, la soledad y el crecimiento, mientras que el de Paco Cerdá se queda en un plano divulgativo, no exento de sentimentalidad. Por otro lado mientras que “Presentes” está compuesto por un juego de voces que lo arma literariamente como una obra apetecible el libro de María Zambrano resulta duro de roer y como ficción se queda en intento tímido y fallido. Pongo estas primeras diferencias entre ambos libros para dar cuenta de que la relación entre las dos obras es algo forzada aunque, no obstante, creo que algo podemos sacar de ella.

María Zambrano, 1989 (a partir de texto original de 1953). Editorial Horas y horas, 2011. 336 páginas. Pvp: 18 €.

Cuando tomé “Delirio y destino” en las manos por primera vez me di de bruces con una idea preconcebida de España por parte de la autora y eso me disgustó. No por la idea concreta sino por el hecho de que la tuviera. Es algo que sin embargo debía yo esperar.  La lectura se fue animando posteriormente por lo que suponía un ensayo sobre la imaginación, el pensamiento, el conocimiento propio… en fin… un poco de chicha con la que se anima al lector a la meditación, “a reconquistar el sentido originario de las cosas”. España es una de estas cosas, en realidad la fundamental del libro. Firmemente defensora de La República, tras exponer algunas de las meditaciones sobre la nación por parte de plumas conocidas como la de Unamuno o Ganivet (hay otras: Menéndez Pelayo, Ortega…) sigue desarrollando su autobiografía (en paralelo a la Historia de España) para pedir el despertar del delirio y vivir la España presente de ese momento y a la que, según dice en varios ocasiones, naturalmente le correspondía la república como resultado del anquilosado período de La Restauración, que no daba más de sí y cuya artificial existencia (una dictadura mal velada, con Alfonso XIII y Primo de Rivera padre como mandatarios) justificaba los episodios de violencia-revueltas incluidas- que empezaban a verse por todo el territorio. La República era una suerte de advenimiento, que fue frustrado por un golpe militar y una nueva dictadura como destino fatal. Se rechazó la inspiración y volvió a abrazarse el delirio. Una inspiración adelantada a la del resto de Europa, quizás demasiado adelantada para la época.

Pero trato de decir que en definitiva la lectura de ambos libros supone para mi una aportación a la idea histórica o identitaria de España que sigue en permanente cuestión (y ejemplo claro de ellos serían últimamente libros como “España diversa”, de Eduardo Manzano, o “¡Reconquista! ¿Reconquista? Reconquista”, de David Porrinas) y que es otra de las cuestiones que me preocupan y sobre la que la lectura de ambos libros me incita a pensar. A día de hoy me sigue resultando bastante llamativo la visible preponderancia que se da a símbolos como la bandera española frente a la atención y cuidados que requieren la convivencia y el mantenimiento del vecindario donde uno vive. No acierto a saber a qué se debe y mucho menos entiendo de qué hablan quienes hablan de España, un concepto a día de hoy abstracto para mí a pesar de entender perfectamente lo que el Estado español significa. Por aquí me llego. No me resisto a transcribir unas palabras de María Zambrano a propósito de la memoria: «Todos los muertos prematuros, los muertos por violencia, necesitan que se cuente su historia, pues sólo debe ser posible hundirse en el silencio cuando todo queda dicho». Pero este país ni siquiera ha sido capaz de recuperar sus cuerpos desaparecidos en la Guerra Civil y la depuración de la dictadura franquista. Y ya no lo va a hacer a tiempo. Supongo que España es lo que fue (¿desde cuándo?) y a lo mejor lo que es (hay mucho de vergüenza en ello aún), y supongo que hay muchas españas imaginarias.

Le honra a Leonora

[Alberto Conejero, Leonora, Logroño, Pepitas ed., 2024.]

por Cristina Gutiérrez Valencia.


El 15 de octubre de 2024 se cumplen 100 años del primer Manifiesto surrealista,
firmado por André Breton. Breton escribió tras su visita a México en 1938: “No intentes
entender a México desde la razón, tendrás más suerte desde lo absurdo, México es el
país más surrealista del mundo”. Es una ironía del destino que pocos años después la
pintora surrealista y escritora inglesa Leonora Carrington llegara a México para
quedarse hasta su muerte en 2011 y adoptara la nacionalidad mexicana. Leonora pudo
practicar allí el surrealismo como arte, pero el absurdo es de lo que huyó en Europa: el
nazismo que se llevó a su amado Max Ernst, el exilio en España, la violación en grupo
por parte de unos requetés en Madrid, la locura y la reclusión en un psiquiátrico en
Santander, los intentos de su padre de encerrarla en otra institución mental en Sudáfrica,
la huida en Lisboa, etc. En su obra y en algunos de estos episodios de su vida se inspira
libremente la obra del dramaturgo y poeta Alberto Conejero (Vilches, 1978) Leonora,
publicada por la editorial Pepitas de Calabaza.


Leonora está a medio camino entre las dos acepciones de monólogo dramático: de
la primera, el género teatral cuyo origen es el medievo francés, esta pieza conserva su
vocación escénica (aunque aún no haya sido representada), pero no su componente
cómico ni el carácter estereotipado de sus personajes; de la segunda, el poema lírico
nacido en el posromanticismo y tan y tan bien usado en la Modernidad, toma el verso (si
bien muy libre, ni está siempre ni cumple con los ritmos establecidos), la creación de un
yo poético autónomo e incluso la suspensión del juicio moral hacia el personaje por
parte del lector, como quería Robert Langbaum en The Poetry of Experience. The
Dramatic Monologue in Modern Literary Tradition, pero no la identificación entre el
autor real y el personaje.
El lirismo de la obra es evidente y de una belleza a veces sutil y otras arrebatadora
(“Mi corazón es un niño amenazado por dos ruiseñores”, o “He pasado demasiado
tiempo / como una piedra en el fondo de las cosas”), pero la teatralidad es irrenunciable
desde el momento en el que el personaje de Leonora aparece en escena y el escenario se
nos muestra como un lienzo en blanco en el que “el cuerpo es la primera pincelada”. La
historia de Leonora Carrington solo se puede contar desde un cuerpo presente y
encarnado, en movimiento, es decir, en el teatro. De hecho, Alberto Conejero escribe en la “Nota del autor” inicial: “Si llegara a un escenario podría ser interpretado por una o
por varias actrices, quizá acompañadas de cinco hombres, cinco caballos y cinco
violines”. Y es que en un momento de la obra el personaje de Leonora declara: “yo soy
multitudes, así que mi autorretrato es siempre colectivo”. Leonora fue una mujer y es un
personaje múltiple, inaprehensible, esquivo, difícil de clasificar, como el género de esta
obra, como el sentido de sus cuadros. El escenario que pisa no parece tierra firme, no en
vano la obra comienza con ella en el puerto de Lisboa, a la espera de zarpar hacia
Nueva York. Más allá de haber sido una gran precursora del surrealismo, Leonora es, en
esta obra, un istmo fuera de lo real (el yo poético comienza con un discurso
metaficcional), una “lengua […] que conecta dos continentes” (DLE) huyendo de un
absurdo vital impuesto tanto por el contexto sociohistórico (nazismo) como por el
familiar (un padre opresor en cuyos patrones Leonora no encajaba). La obra termina de
nuevo con Leonora sin tierra firme bajo sus pies, en el barco que la lleva al futuro. Es
difícil conocer sus verdaderos sentimientos, estados mentales e ideas en cada momento
de su biografía, pese a sus escritos, probablemente por eso su condición múltiple y lo
inasible de su verdad quedan reflejados en las acotaciones en la modalidad oracional
dubitativa: “Quizá ha proseguido el relincho del caballo, y puede que…” (¿qué clase de
autor, qué instancia, es esa que habla en las acotaciones de una obra teatral como esta?).
En otro lugar del texto se nos revela (“Revelación” es una palabra que cobrará
muchísima importancia en este monólogo) el momento en el que Leonora pudo tener un
flechazo con el arte, viendo en Florencia una obra de Ucello: “delante del cuadro de
Ucello, sucede la revelación. Un meteorito azulado recorre mis venas”. A pesar de estar
ella misma pintando el lienzo a través de sus palabras y su cuerpo, como nos indicó
desde el principio, la acotación nos arroja luz anotando que Leonora nos mira (tenemos
que imaginarnos aquí espectadores, no lectores) como si nosotros fuéramos el cuadro de
Ucello. La lógica representacional de las Meninas de Velázquez resonaría de fondo si
no fuera esta una historia entreverada de surrealismo. Sin embargo lo que reverbera,
desde la propia obra es “Leonora, Leonora, Leonora”.

Libro con trance

Joan Didion, 2005. Editorial Random House, 2016. (Traducción de Javier Calvo). 190 páginas. Pvp: 18,90 €

El libro con el que he cerrado las lecturas de verano me ha decepcionado bastante, seguramente porque esperaba algo, algo que quizás yo mismo me había prometido y que ahora no sabría decir qué es. «El año del pensamiento mágico» es un libro superficial porque, en realidad, no cuenta nada nuevo (sobre la experiencia de la muerte de alguien cercano) y tan sólo se salva por lo que de salvador debió de tener para la propia autora, Joan Didion, el escribirlo. Es una afirmación que puede parecer frívola en boca de quien hace pocas semanas ha disfrutado mucho leyendo el cuarto libro de la serie autobiográfica de Karl Ove Knausgard. Pero me sentí acompañado con el noruego y en un mundo diferente pero muy predecible con la norteamericana. El momento histórico del lector puede importar mucho y, afortunadamente, no he pasado por un trance como el de la autora. Quiero decir, pues, que quizás este (reconocido, premiado, muy recomendado) libro sí pueda ser un buen compañero para según qué lectores. Me lo pregunto.

Este libro de memorias -no sé por qué la contraportada apunta que memorable- narra la muerte del marido de Joan Didion en el salón de su casa una noche en la que se disponen a cenar juntos, así como sus vivencias de todo el año que transcurre después, meses durante los que el proceso de duelo no acaba de comenzar porque debe atender a su hija gravemente enferma y por momentos también al borde de la muerte. Prosa eficaz, muy a la norteamericana manera: disculpen la obviedad. Pero se lee despacio porque aunque la autora no lo pretenda la narración está llena de clichés y uno se atasca ante lo de siempre. Entiendo que esto a ella le daba igual porque se trataba de otra cosa. Seguramente fue una mujer valiente, pero no veo valentía ninguna en escribir un libro como este (contra otra de las vagas y manidas consideraciones de la contraportada) y, en todo caso, ese no puede ser nunca un valor para su lectura. En fin, cosas de la industria cultural.

Peligro: teatro (para la infancia)

Este año no pude acreditarme como profesional en la Feria de teatro de Castilla y Léon, en Ciudad Rodrigo, así que no voy a poder compartir una visión general de la misma. Tengo la necesidad, esto sí, de contar algo que sirva, o que me sirva. El jueves 22 de agosto por la mañana vi dos infantiles. Uno de ellos me impactó, en realidad me golpeó por cuanto que me hizo tomar conciencia del potencial transformador (pero en realidad manipulador) del teatro en el público infantil. Y sí, ya sabemos que lo sabemos, pero llegar en un momento dado a esa vivencia en la que uno sentado en la butaca puede llegar a sentirse como conejillo de indias me produjo escalofríos.

Se trataba del estreno de la producción de Festuc Teatre “Yo, Tarzán”. La historia original de Edgar Rice Burroghs adaptada, versionada mil veces y que tampoco en esta ocasión tiene cambios ni aportaciones esenciales en su planteamiento. Escenografía poderosa, muy a favor del espectáculo, que procura con vistosidad y polivalencia caminos más o menos esperables (para un adulto) por los que se desarrolla la acción, que recae en títeres muy bien manipulados por dos intérpretes versátiles capaces de crear multiplicidad de personajes en una misma escena para, en fin, mostrar un espectáculo entretenido y que fluye. Hablamos en muchos sentidos de una producción impecable y que, de hecho, fue reconocido después con el premio del público al mejor espectáculo infantil de la feria.

Pero hete aquí que entonces vino a visitarme el escalofrío y lo que me interesa ahora -no tanto hacer una crítica de este espectáculo concreto- es compartir (¡con alguien!) una reflexión que desde entonces mastico y voy cambiando de carrillo, y que ya huele, vaya. En un momento dado me percato esa mañana, cómodamente sentado en mi butaca del Nuevo Teatro Fernando Arrabal, de que incluso en esta función que aún es estreno los efectos de guión, de luz y sonoros se ejecutan al milímetro (digo que al milímetro), casi como en una producción de cine. Es decir, hay todo un despliegue de recursos escénicos (insisto en que muchos de ellos me parecen más bien cinematográficos) pensado en hurgar al espectador emocionalmente, y su eficacia es implacable. El teatro es manipulador, sí, y esta manipulación no es necesariamente dañina, cierto, pero lo que me asustó fue lo refinadamente engrasada que puede llegar a estar su maquinaria. Así que es para decirse: “Espero que sepan lo que están haciendo”; Y para preguntarse: “¿Lo saben?”.

Lo que pasa en escena tiene consecuencias, sobre todo en la mentalidad especialmente maleable de los más pequeños, y en la de los adultos inmaduros, grupo este último que no merecería mayor atención de no ser porque algunos de los que lo forman programan teatro. Hay que tener en cuenta que muchas veces los artistas producen mirando (aunque sea de reojo) a estos programadores y muchos de ellos, a su vez, se dejan engatusar tanto por la espectacularidad del “producto” (así se lo dice en los ambientes más comerciales y juguetonamente serios e irresponsales) que marginan cuestiones fundamentales como el cuidado ético y estético de la obra, entendidos estos en una relación necesaria de equilibrio y, por tanto, de dependencia: la estética ha de ser ética, la ética estética. Creo que no estoy contando nada nuevo, aunque dada mi ignorancia todo pueda ser.

Esa misma mañana LA BUENA COMPAÑÍA (y ya este nombre llama mi atención: desde hace algunos años Esther y yo nombramos a Pie Izquierdo como Teatro de compañía) presentó también el estreno absoluto de “El bosque de Coco”. Y, efectivamente, su función supone un acompañamiento a los espectadores que estén sufriendo el trauma provocado por la separación de sus padres. Un espectáculo sin concesiones, es decir, ambicioso y exigente, poético, bello pero no efectista y que proporciona herramientas y consuelo a quien sufre una de las dolencias más comunes de la infancia y peor gestionadas por los adultos. Para ello máscaras y danza, poca letra, mucha subjetividad, respeto, una mano tendida, un viaje que merece la pena: para algo.