Sueños

Hace ya 20 años que descubrí la editorial Atalanta, el proyecto de Jacobo Siruela (Ediciones Siruela) que contiene uno de los catálogos más originales, coherentes y de mayor calidad del panorama español. Por aquel entonces leí “El fuego secreto de los filósofos”, uno de los libros que La tienda de Lope seguimos recomendando porque forma parte de nuestro “fondo permanente”. Aquel libro del británico Patrick Harpur proponía una historia del pensamiento a través de sus imágenes y de los fenómenos que habían influido necesariamente en la historia del pensamiento más y menos oficial. Leer textos como el de Harpur o el del propio Siruela en el bello y cálido formato que supone su edición, cuidada hasta el más mínimo detalle tanto en su diseño como en la elección de papel, elección de guardas, imágenes, cosido (¡cosido!), bellas ilustraciones, índices bibliográfico y de imágenes que ilustran toda la lectura, bibliografía complementaria y, en fin, una maquetación pensada para el placer es algo a lo que los buenos lectores no deberían renunciar aunque haya que pagar 28 €…

Jacobo Siruela, 2024. Ediciones Siruela 2024. (Varios traductores e «iluminadores»). 396 páginas. Pvp: 28 €.

Lo que uno se encuentra en su interior es, podríamos decir, una reivindicación del mundo onírico como parte fundamental de la realidad individual y, por supuesto, colectiva, capaz de influir directamente en nuestra vida de vigilia cuando no en algunos acontecimientos históricos y -por tanto-en la Historia misma. Un tranquilo paseo por experiencias que van desde las clásicas incubadoras de los griegos en las que se invocaba al dios Asklepios hasta la cada vez más evidente disolución de barreras que desde una mirada positivista de la ciencia tradicionalmente habían separado imaginación y realidad. Digamos que hay una crónica de personajes y hechos que han acontecido históricamente, incuestionables (como la resolución en sueños de problemas científicos), y hay una parte más puramente de ensayo y pensamiento que no dejamos de leer en los relatos histórico/biográficos pero que se despliega de manera explícita en la última parte del libro, contra un posicionamiento sistemáticamente escéptico respecto al mundo no material que respondería más bien a actitudes gregarias por un lado y que, por otro, la propia ciencia empieza ahora a contemplar con las teorías vigentes y en desarrollo en estos momentos, desde la relatividad, la teoría de cuantos y su principio de incertidumbre o la de cuerdas. En estos tiempos en los que la física asume que la materia puede ser y no ser, estar en varios lugares a la vez y propone multitud de dimensiones para explicar un espacio sin tiempo atender a preocupaciones como la conciencia o la muerte desde puntos de vista inmateriales parece pertinente.

Han Kang, 2011. Random House, 2023. Traducción de Sunme Yoon. 176 páginas. Pvp: 19,90 €.

Como leo mucho más de prisa de lo que escribo aprovecho para introducir brevemente otra de mis últimas lecturas: “La clase de griego”, de la Premio Nobel Han Kang. Lo más llamativo es, sin duda, lo desagradable de tomar entre las manos un libro editado de manera tan descuidada, que se cae de las manos a pesar de apenas tener peso (papel de ínfima calidad) porque las tapas se resbalan en la grimosa imposibilidad de mantenerlos en la posición deseada: el horror, al más puro estilo IndustriaculturalRandomHouseMondadoriexperienciadeconsumorápidoétc… Tan rápido se lee el libro de la coreana que lo comencé de nuevo nada más terminarlo. Había algo en su lectura que creaba expectativas y una sensación de que se me escapaban cosas que podían importarme. Y, efectivamente, este encuentro entre una mujer sumida en el silencio y su profesor de griego antiguo, quien está perdiendo la visión, es una confluencia de voces improbable, pero posible y necesaria, escrita con una prosa poética y cargada de preguntas sobre nuestro propio acontecer, sobre la fragilidad de la vida y su sentido,  y es también un respetuoso (responsable) ejercicio de humanismo en el que sus personajes, que somos todos los lectores, trascienden a través de las palabras, que nos permiten ser pero que también nos engullen. Por justificar que este comentario comparta entrada del blog con “El mundo bajo los párpados” diré que los sueños de los personajes están muy presentes y son fundamentales. En uno de sus pasajes dice el profesor de griego: “Y confirmo, con calma, que no tengo adónde ir, salvo al mundo de los sueños”. También pienso que a ambos autores les gustaría leerse.

Cuando los ángeles hagan sonar las trompetas

Rodrigo Garrido Paniagua, 2023. Editorial Difácil, 2023. 166 páginas. Pvp: 17 €

He pensado en algunas cosas mientras leía estos relatos del -hasta donde sé- poeta (tres obras en Difácil) Rodrigo Garrido Paniagua. Una es un cuento de Julio Cortázar que sucede (creo recordar) en el metro parisino, que alberga algunos habitantes, es decir, personas que se las apañan para nunca salir de ese submundo de túneles aunque el resto de parisinos (tampoco los propios trabajadores y gestores del metro), lo sabe. También he pensado que este libro de relatos en los que el mundo parece que se acaba (está anunciado, lector) bien podría ser una novela coral, y me he decidido a especular con que sea la distancia que la voz narrativa toma respecto a los hechos concretos e individuales lo que da el carácter de cuento o relato a los textos de este libro. También puede ser que haya un tono para cuentos, un tono apropiado para escribirlos y leerlos. O quizás sea más bien para fábulas. Pero hay fábulas que bien pueden ser novelas. Me preocupa el despiste de algún personaje que parece caer en la cuenta de no conocerse, y que con los ojos cerrados podría perderse o caer. Es fácil preocuparse por los otros cuando uno se reconoce en ellos.

El conjunto de relatos habla mucho de conjuntos, conjuntos de vidas, masas que se comportan como masas y en las que los individuos más parecen representantes de las mismas: también a eso me refería cuando hablaba de la distancia de la voz narrativa. No obstante tenemos muchas situaciones originales, más bien histriónicas, a veces divertidas y casi siempre patéticas que cabría decir individuales, personales. Raspa un poco la necesidad humana por hacer cosas especiales en situaciones límite, las más extrema de las cuales puede ser el acontecer de la última noche sobre la tierra. Es absurdo y me da grima, me viene también el puntito misantrópico. Las consecuencias y dilemas morales que esta situación puede crear en una familia, en un círculo de amigos, en cualquier situación de relación humana, es algo por explorar y que podría ser jugoso. No hay mucho drama -nada de tragedia- en estas historias de humor escritas con buen pulso narrativo y con las que me he divertido. A ver si viene Rodrigo a la librería uno de estos días y nos cuenta más.

Y resulta que sí.

No sabía muy bien cómo contar mi lectura de «Sola», la novela de Carlota Gurt -traducida del catalán por Palmira Feixas- que, como la autora dice, se forma a partir de tres planos superpuestos, fusionados, que tienen en común lo que suponen de viaje interior de una mujer a partir de una huida exterior desde la vida ordinaria a lo salvaje, sea ella la Mila de Víctor Catalá, sea más bien Mei, la protagonista de esta novela, o la propia Gurt, que reconoce en la escritura de la novela un trabajo de cierta introspección.

Me he sentido durante su lectura ávido de sucesos que pudieran acontecer a Mei, la protagonista de la novela, despedida de su trabajo de editora y que decide retirarse de su vida ordinaria a la masía donde se crio para escribir una novela, en realidad la novela. Ha surgido en mí como lector la necesidad de un diálogo -en el sentido más amplio de la palabra- con ella, y que de hecho se producía como consecuencia de cierto tono confesional suyo. En realidad para que el diálogo se produjese sincero tendría yo que ser un tipo generoso (y habilidoso) y desarrollar esta entrada de manera que excitara sus oídos, cosa que no sucederá, con lo cual ese diálogo con la protagonista de la historia sólo puede producirse en mi imaginación.

Libros de asteroide, 2021. Pvp 18,95 €

Sin abandonar nunca lo que tiene de homenaje a «Soledad», el clásico de Caterina Albert (Víctor Catalá) que Trotalibros ha publicado en castellano hace algunos meses con traducción de Nicole d´Amonville, creo que la obra supone, en buena parte y como adelantaba al principio, un ejercicio terapéutico de la autora. No tengo muy claro adónde me ha llevado su lectura ni si me ha llevado a algún lugar, ni siquiera si un relato que tiene mucho de ensimismamiento puede llevar a alguien a algún sitio. Quede expuesta esta duda como respuesta a una de las notas que tengo en el libro y en la que Mei expresa una diferenciación entre narrativa viva y muerta, entendiendo la primera como aquella que tiene un desarrollo más allá de sí misma. ¿Lo tiene «Sola»? Intento otra respuesta más:

Hay en la decisión de Mei de instalarse en el bosque para escribir una novela mucho de perdición y de búsqueda, y mucho de descubrimiento. Esta toma de conciencia supone por un lado un proceso excitante y doloroso (que pasa por una suerte de incendio personal) y por otro un compromiso con uno mismo que lo ha de obligar en adelante: entre las cenizas puede encontrarse algo esencial, resistente al fuego, desde donde comenzar de nuevo. La literatura y en concreto el ejercicio de la escritura acompañan lo vivencial de este proceso por el que Mei pasa, y durante el que ni siquiera acompañada por los pocos vecinos con los que se relaciona -algunos, como Flavio, de manera estrecha- deja de estar sola. Sentarse al teclado para escribir una novela que es reto personal proporciona un mecanismo para metabolizar acontecimientos que en crudo podrían ser indigestos y muy tóxicos, pero que intelectualizados pueden convertirse, aún con toda su dureza, en aprendizaje y reconstrucción. En ese sentido la escritura de una novela que resulta que sí, que tanto Mei como la propia Gurt podían llevar a cabo, es más un medio que un fin en sí misma.

¿Cuál es el papel del lector en todo esto? Sigo dándolo vueltas, pero creo que al menos en mí ha provocado reflexiones y me ha motivado lo suficiente en mis lecturas y escrituras como para que «Sola» siga alguna suerte de camino sin ella misma, hacia algún lugar del que quizá contaré en otro momento.

Hilo de lecturas confinadas

RELATOS PARA NO TENER QUE LEER, 1.

Creo que estaba leyendo pero no estoy seguro, a lo mejor ojeando o puede que sólo hojeando (y a lo mejor ni eso porque ya estuviera aparcado entonces) «Miguel de Cervantes», de Jordi Gracia, cuando llegó el confinamiento. Me pierdo en mis lecturas, que son desordenadas, impulsivas y que abandono todo el rato no como una decisión sino como relego, ya que entre la lectura de un libro intercalo la de otro u otros dos, o cuatro o cinco… o más,  y a veces el libro se me olvida para siempre. Esta entrada va de eso: hilos de los que uno tira un poco a lo loco… y que en estos días de confinamiento propicios para la excitación intelectual se ha agravado bastante.

 

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Además, muy poco antes de la declaración del estado de alarma me dio fuerte con la escritura de una novela, un proyecto: quería hablar del arte como herramienta social, de su teórico potencial enriquecedor en cada ciudadano, en cada comunidad, y de las derivas que ello toma en el desarrollo real y personal que el artista hace de su obra, quería indagar en el tema a través de la vida de dos performers ligados a aquel Grupo Zaj de Hidalgo, Marchetti y Ferrer. No sé si fue a raíz de la lectura de «El tiempo es lo único que tenemos» (compendio de artículos coordinado por Bárbara Hang y Agustina Muñóz) o más bien empecé a leer este libro como apoyo/inspiración de mis cuitas literarias del momento. Me gustaría que en Olmedo abundaran las performances, que uno pudiera encontrárselas en cada esquina, cortando de paso  la carretera de Medina, alimentando el paseo de los vecinos transeúntes, provocando hasta el enfado… qué sé yo… hasta que nos olvidáramos de vírgenes y toros… aunque bien mirado lo de matar bichos  en  contextos de brutalidad y jaleo de vísceras tiene una fuerza inigualable por una performance o por cualquier otra manifestación artística.

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No sé en qué momento, quizás empeñado en encontrar cierto pulso narrativo, me dio por la relectura de «Los detectives salvajes», de Bolaño, y ya de paso por revisionar entrevistas y documentales sobre su figura, mitificada seguramente ya desde su propia literatura. Viéndole y escuchándole fui a parar a Rimbaud, al que consideraba primer poeta, y estuve leyéndole y viendo una peli documental muy chula y muy larga que me recordó a mis lecturas rimbaudianas de juventud, que también complementaba con otras de la biografía sobre el joven enfebrecido, atormentado y visionario poeta que escribió toda su obra entre los 15 y los 19 años.

Me resulta inevitable mirar de reojo los libros de Angélica Liddell cuando leo a Rimbaud. El genio de este último es incontestable, la lectura de su obra tiene algo de místico e incluso de escalofriante por cuanto que deja desnudo al lector adulto, interpelado por un tipo de belleza que es humana y a la vez conserva mucho de lo primario de un niño, una poesía que parece consciente de su inmadurez y del valor literario que esta tiene, de su pureza. Evidentemente mi asociación con Liddell proviene de lo que tiene de provocación y de místico, pero la apuesta de la dramaturga es más descarnada en el estilo y decididamente indagatoria en lo oscuro del alma humana, desveladora de aquello que tratamos de mantener a buen recaudo y escondido. He leído y me dispongo a releer «Trilogía del infinito».

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Y alternando a Liddell con Rimbaud y con Roberto Bolaño fui a parar a Javier Marías. Se debe desde luego a que es uno de los autores que el chileno reconoce de su interés. Una de las principales razones para querer a Bolaño es que se puede leer muy buena literatura leyendo a quienes recomienda. Otra razón importante es que a uno le entran ganas de escribir cuando le lee. Lo decía Rodrigo Fresán, también en un documental que vi. Como de Marías tenía ganas de hincarle el diente a «Tu rosto mañana» me puse con ello. Pude quitarme por fin esa espina porque gocé con su primera parte: «Fiebre y lanza». E incluso escribí una entrada a propósito de la misma.

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Pero, claro, debía continuar con mis deberes cervantinos y me puse con el libro «Los textos de Cervantes» de la colección del Centro para la edición de los clásicos españoles, al cuidado de Daniel Fernández Rodríguez, y que distribuye la Universidad de Valladolid. En este libro pude hacer algunas anotaciones a propósito de ediciones y trabajos de impresión de algunas de las obras del considerado sin duda autor de autores. Andaba y aún ando buscando no tanto pistas de cómo se produjo la edición de las obras cervantinas como de la influencia que «El Quijote» ha tenido en el mundo de la edición. Por eso también he estado leyendo estos días «Del libro áureo», de Víctor Infantes (con un estilo rico y quedón que se agradece) y «Para leer a Cervantes», con el que aún estoy, de Martín de Riquer, que me está resultando sabroso. Y ya puesto retomé algunas de mis revistas de bibliofilia y en el número 50 de Hibris fui a encontrarme con un artículo del propio Víctor Infantes titulado «Breve relación de las librerías y de los maravedís de la primera edición del Quijote». ¿No es maravilloso?

Leo andando. Antes lo hacía por el pueblo pero ya me da vergüenza y varias veces he estado a punto de sufrir accidentes, no graves pero sí sonrojantes. Ahora leo cuando salgo a los caminos, leo y pienso. Ya saben que leer sirve para pensar: uno dialoga con el autor y de paso consigo mismo y a veces incluso puede establecerse un diálogo de lo más jugoso entre uno de esos yoes de uno que van por libre y el autor, con lo cual es fácil quedarse relegado a la condición de espectador que no puede ser. A veces paseo con el libro cerrado y de alguna manera es como si fuera leyendo. Voy despacio, miro alrededor, se me ocurren cosas. No sé por qué una de las últimas fue que debía leer el libro de Miriam  González Durántez, olmedana por las altas esferas del mundo anglosajón y europeo, y hacer una reseña. Y ya está. Visto para sentencia. En unos días publicaré la entrada sobre «Devuélveme el poder», un libro de divulgación pro-liberal que agradezco a la autora porque me ha llevado por territorios que me apetecía retomar y que tenía un tanto abandonados desde mis tiempos de republicanismo y ciudadanía.

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Un juego. «La marcha Radetzky» está considerada la obra maestra de Joseph Roth y ahora que sus derechos de autor quedan libres tanto Alba como Alianza han publicado sus ediciones. Yo estoy leyendo la de Alianza, que traduce Isabel García Adánez, y el que es uno de mis dos mejores clientes está leyendo la de Alba, a cargo de Xandru Fernández. Se me ha olvidado qué vamos a hacer después  de sendas lecturas de esta novela que retrata el ocaso del imperio de los Habsburgo a través de tres generaciones de la familia Trotta. Seguro que algo alimenticio.

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También me ha dado tiempo a profundizar un poco más en un poemario que estoy escribiendo. Llevo desde septiembre. Soy tan lento que estoy seguro de que será el último. Como mi novela: será la última y, además, la primera. No tengo el tiempo necesario, y no me refiero a que necesito más tiempo: lo que necesito es mejor tiempo. Quizás en la tranquilidad del invierno, pero este siempre dura poco. Y necesito una chimenea. Lo tengo difícil. Así que entre desesperaciones y desesperanzas, con el apoyo alimenticio de mis conversaciones con mi amigo Ricardo (a dos metros, con guantes, mascarilla de proa y de popa), lecturas compartidas y otras navegaciones he llegado hasta «Godot sigue sin venir», el vademecum de la espera de Miguel Albero de cuyo contenido leí lo que más me importaba en un largo paseo de cuatro horas y cuya principal conclusión para lo que me interesa es que esperanza y espera no deben mezclarse. Desarrollen y si les place tiren conmigo de este hilo: latiendadelope@gmail.com. Hay para pasar un buen rato. Bueno, e impagable el acercamiento a San Agustín, un pensador que me va a gustar recuperar los próximos días.

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Merecer la pena.

Hablar de un mismo tema todo el rato hace que el tema pierda su gracia. Que me haya dado por las memorias me lleva a hablar quizá en exceso de una cuestión que, además, requiere de acotaciones que establezcan campos, por aquello de saber de qué se habla. El de la memoria es un tema difícilmente conmensurable y, por ejemplo, no vendría a cuento hablar en esta entrada de mi falta de memoria, esa que me ha llevado a perder dos libros en los últimos meses: PRESENCIAS REALES, de George Steiner, en edición de SIRUELA,  y  MEMORANDUM / EL ERROR, de Vaclav Havel y que edita la ADE. De este último me han llegado recientemente 10 ejemplares porque va a ser libro de nuestros JUEVES DRAMÁTICOS, en una versión especial que terminará tras dos meses de lecturas y preparación en una dramatización que haremos pública. Será en enero y febrero del 18 y Óscar García tiene casi toda la culpa. Empecé la lectura de MEMORANDUM, de aire kafkiano y beckettiano, con un humor muy fino y también muy político, y en algún sitio debí de dejarlo, pero ni siquiera hay rastro en mis libretas que componen, al menos, listas para el recuerdo. De ellas tiro para escribir estos artículos.

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Vaclav Havel, 1965 y 1983 respectivamente. Edición de asociación de directores de escena, 1990. 170 páginas. 8.65 €

Lo cierto es que mi memoria es tan mala que en la publicación anterior, en la que hablaba de Oliver Sacks, olvidé comentar algunas cuestiones importantes de su libro EN MOVIMIENTO, la fundamental de todas es su alegría a pesar de todo. Es decir, puede que el libro tenga un carácter algodonoso un tanto decepcionante, pero también vale hacer la cuenta en sentido inverso: a pesar de las dificultades la vida puede disfrutarse, creo que trata de decirnos. Nos hace ver que de las máximas dificultades pueden sacarse experiencias enriquecedoras. Y aún: contar las cosas con alegría o al menos comprensión hacia uno mismo es hacerlas digeribles, crear buenos recuerdos, puede que falsos pero… ¿cuándo puede uno fiarse de verdad de su memoria? Este es otro tema.

En lo que al libro de Sacks se refiere digo también que particularmente me ha emocionado -porque soy fácilmente emocionable y entiendo que un pelín pamplinero- un final en el que el Sacks de 77 años, bien jodido con su ciática, su ojo izquierdo prácticamente perdido por un melanoma y su rodilla derecha machacada, se enamora de nuevo de un hombre, treintaicinco años después de haber practicado sexo por última vez… Habría que preguntarle si mereció la pena tanta espera, o tanto sufrimiento al final de su vida… Pero ya sabemos que diría que sí.

En septiembre leí a Julio Llamazares en su columna sabática de EL PAÍS: iba de memoria. Sobre la paradoja que se estuvo haciendo visible durante las semanas de sequía en España: viejos pueblos ocultos bajo el agua de pantanos artificiales se descubrían entonces a los ojos de aquellos que habían perdido su hogar bajo las ostentosas inauguraciones franquistas. Ahora, decía, que los ríos fluyen por su cauce natural de nuevo tan sólo se oyen las voces de quienes claman al cielo (la mayoría de nosotros) para que llueva. Pero qué pasa con la memoria, con la historia de quienes «regresan a sus lugares de origen para reconocer sus casas y recordar su pasado» (sic). Y me digo entonces: ¿Cuando de nuevo llueva y todo quede inundado deberán resignarse al olvido? ¿A pensar que fue un sueño? Entonces también ellos se alegrarán de que vuelva a llover, de que sus pueblos y sus casas desaparezcan de nuevo: hay penas para las que estamos preparados, y que creemos necesarias: es cuando algo «merece la pena».

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Clara Janés, conferencias de 2004. Siruela, 2010. 132 páginas. 15.90 €.

El caso es que he seguido con las memorias estos días. Hace ya algunos que terminé el maravilloso libro de Clara Janés sobre María Zambrano: DESDE LA SOMBRA LLAMEANTE. Se trata de una edición muy chula de SIRUELA (2010) compuesta de varias conferencias que la poeta dio sobre la filósofa sobre todo en el año 2004, cuando se celebraba el centenario de su nacimiento. Janés la conoció bien, primero de manos de Rosa Chacel y luego por sí misma, y en ambos casos por reuniones en su casa de Madrid, ya anciana al regreso del largo exilio que sobre todo vivió en La Pièce, casa de campo francesa en donde la imagino en paz consigo y ampliando -como diría Oliver Sacks- su mapa cerebral desde la tranquilidad, las lecturas y la escritura pausada, oxigenada por el aire del bosque…  Evidentemente Clara Janés es también conocedora de la obra de Zambrano, cuyo sistema filosófico es profundo, riguroso y muy atractivo, el suyo es uno de los pensamientos más importantes de Europa y desde luego de España, pero en mis años de la UVA -estudios de Filosofía- a penas se la nombraba.

De esta introducción a su obra lo que me maravilla es la conexión de su filosofía con lo oculto, con lo pitagórico, lo órfico. La música (que tiene a su vez su origen en la danza, y esta en la respiración), llanto y gemido por el sentir del tiempo, es puente entre ese sentimiento, lo profundo del yo (¿soledad?) y el logos, lo profundo del cosmos. La música es gemido y es tiempo racionalizado, es aplacatorio y conecta con el logos, por ahí anda ya la razón poética. Y en el tiempo racionalizado están los números porque ellos están en la música. Por eso los números, las matemáticas, conservan un sentido (reminiscencias) mágico. Matemáticas, razón mediadora, es traducción del ritmo.

Y dicen Zambrano y Janés sobre Zambrano (me resulta difícil distinguir): «El número y el ritmo revelan el tiempo cósmico y la máxima realidad que de él se arranque será el alma. El alma, descubrimiento, revelación de inspiración órfica, que es viaje a través del tiempo».

Y no hay que olvidar que, según los pitagóricos, la relación musical entre los astros  se reproduce en los órganos de los seres humanos: danza, música, matemáticas. Por eso la razón poética: porque el pensamiento no puede separarse de la vivencia ni del misterio, el pensamiento es integrador, no huye , ni rompe a la manera de la filosofía, de la realidad, de la tragedia de la vida. El poeta no trata de transformar  el mundo (en el sentido de retorcerlo conceptualmente, no en el sentido político), sigue el curso del río (Manrique) y ahonda o nada en el misterio.

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Rosa Chacel, 1960. Editorial Comba, 2015. 704 páginas. 21 €.

Tan buen sabor de boca me ha dejado esta lectura que ya he pedido algunos libros de María Zambrano, el primero de los cuales empezaré a leer será DELIRIO Y DESTINO. De momento estoy con LA SINRAZÓN, de Rosa Chacel. Lectura densa, libro de memorias ficticias o ficcionadas, y que comencé con mucha ilusión pero que me ha ido desfondando según avanzaba. Por momentos me he sentido sin energía leyendo retratos psicológicos, reflexiones interminables… He querido abandonarla en un par de ocasiones (ay, qué pobre) y luego he querido alternar su lectura con la de otros libros, pero he reflexionado antes para llegar a la siguiente conclusión: ¿para qué alternarla con otros autores, pudiéndola alternar a ella con ella misma? Chacel lo abarca todo, merece la pena de no empezar nuevos libros… quédense con la expresión…

 

Paletos de derechas.

Veo los debates, los telediarios de TVE. A veces los veo mucho: puedo ver el debate mañanero LOS DESAYUNOS varios días seguidos. No tengo muy claro las razones aunque sospecho que tiene que ver con la necesidad de saber qué piensan los otros. Trato de quitarme el concepto «otro» de la cabeza para ver en el otro una oportunidad para mí pero ya ve, lector, que de momento no me sale. Escucho y aprendo en cualquier caso.

Hace unos días me quedé dormido en la pequeña siesta de diario: yo hago mis siestas más bien despierto. A las cinco había uno de esos debates del 24 HORAS que me gustan. Tomé aire porque es de verdad que me gustan pero siempre necesito unos instantes de mentalización. Del debate formaba parte Graciano Palomo. Es este un tertuliano burgalés, peculiar, de impresionante bagaje periodístico y cuya retórica admiro porque utiliza expresiones de otro tiempo y me parecen exóticas. Y originales, ricas. Él dice que habla «como los del surco»: dejo aquí una entrevista. De aquellas, estaba rodeado de otros contertulios con argumentario conservador y llamó mi atención una teoría que entre todos ellos empezaron a defender: esta consistía en que el votante de Erdogan era el habitante -de momento no lo vamos a elevar a la categoría de ciudadano- de las zonas rurales. De pueblo, vaya: de tan paletos, ignorantes, votaban a los populistas, los del discurso de oferta. Me dejó perplejo. Así, igualmente de pueblo era el votante que posibilitó el brexit británico, el que dio la victoria a Donald Trump y, por supuesto, quien estaba dando oportunidades a Le Penn en Francia. Francia. Y EEUU y Gran Bretaña y Turquía. ¿Y España? Me preguntaba yo. ¿A quién votan los paletos españoles? ¿También a los populistas?

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A Graciano Palomo se le nota, por otra parte, desencantado. Dice que no está para defender a chorizos, que tiene una edad ya. Le gustaría que Rajoy dimitera. Cuando hablo de politiqueos con mis amigos de la cantina, o cuando lo hago en otros ámbitos, mi respuesta siempre es la misma: no hay nada que hacer. Salvo una cosa. Si eres de pueblo hay margen de acción: trabaja para tu comunidad, enriquécela. Se activo, ciudadano. Sal a la calle y haz cosas. Con el ayuntamiento o con otros, da igual. Juntémonos. Podemos estar por encima de los acontecimientos nacionales e internacionales siempre que estos no sean extraordinarios. Como ciudadanos podemos ser extraordinarios siempre. Vivamos de una forma activa, pues. Seamos de pueblo y de nuestro pueblo. Sed de vuestro pueblo, despabilad. Ningún voto nos va a dar oportunidades de verdad: hay que ponerse el mandil y cocinar. Si vives en un pueblo tienes suerte, puedes lograr que otros participen, puedes hacer de tu pueblo un espacio con la personalidad propia de sus vecinos.

Yo soy de Olmedo. Pueblo vallisoletano. Los de Olmedo tenemos por vecinos de comarca a los pedrajeros, de Pedrajas de San Esteban, y este año mantengo con ellos una relación más estrecha de lo acostumbrado. No voy a entrar en la ridícula disputa entre pueblos fruto de un chauvinismo que se ve claro en el ojo ajeno de la política estatal. Voy mucho a Pedrajas últimamente. Hace años que mi librería toma partido en su Feria del Libro Rural. En 2017 se ha celebrado su quinta edición. Así que allí estuvimos con nuestros libros de teatro, de poesía, cómic… y organizamos un par de actividades para la tarde. Una consistía en el cuentacuentos de la compañía de teatro Pie Izquierdo EN LA GLORIA, con el que Esther Pérez Arribas provoca a sus pequeños espectadores con títeres que la acompañan.. Historias que hacen reflexionar, que hacen ciudadanos: estoy muy tocado por un libro de Toni Puig, que recomiendo a todo el que le interese la gestión cultural y también al que interese la política, en el sentido amplio, generoso, de la palabra. Se llama SE ACABÓ LA DIVERSIÓN.

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Desarrollamos otra actividad esa tarde que consistió en una tertulia entre algunos de los autores de OLMEDO INSÓLITO. Es este un libro de obritas literarias que surgió entre los tertulianos de mi librería. Siete autores escribimos (yo también lo hice y de verdad que lo siento) siete piezas cada uno (fundamentalmente cuentos y poemas) que tenían a nuestra villa y a algunos de sus villanos como protagonistas de todos ellos. El siete, además de número mágico, está ligado a la tradición legendaria de Olmedo, pues supuestamente lo enriquecen siete pueblos, siete iglesias, siete conventos, siete casas nobles, siete fuentes, siete arcos y siete plazas, es decir, siete sietes. Lo importante es que (José María Rodríguez, Esther García Guerra, Juan Carlos Baruque, Antonio Roset, Carlos E. Sainz de la Maza, Ángel Molpeceres y un servidor) decidimos desarrollar el juego y ahí que fueron nuestras cuarentainueve mentiras como cuarentainueve soles: divertidas, desenfadadas y cariñosas. Entre el público que nos escuchaba otros amigos que escriben de lo suyo y que participaron de la tertulia: Carlos Arranz y Víctor Sanz. Del primero hablaré en otro momento. Del segundo unas breves líneas para despedir esta entrada.

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A la semana siguiente, ya de vuelta a Olmedo, acompañado por Antonio Hurtado, Víctor Sanz escenificó nuestra última escena por el momento. DE COSECHA PROPIA es un recital de poemas que Víctor interpreta y que Antonio viste con música de guitarra. Es pura participación ciudadana: me encantó. Víctor nos contaba historias que contextualizaban sus poemas, conectaba con el público de la librería y cosechó también algunos cómplices esa tarde. Cultura de participación directa. Cómplices y más cómplices para seguir tejiendo nuestros espacios, espacios cuya gestión no se pueden delegar en los votos de cada tantos años. Nos gusta lo pequeño porque es lo importante, porque es lo verdadero y porque es la única oportunidad que tiene lo grande para ser con sentido. Somos muy de pueblo, pero no tan paletos.

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Varios autores, 2016. Autoedición.

334 páginas. Pvp: 12 €.

Disponible en librería y en el aula de teatro La Guardería (Valladolid)

Cuanto más grande menos se ve…

Esta es una de esas reseñas que no son. Es el objetivo principal de este blog: no escribir reseñas. Por eso en mis entradas hay mucho copia y pega: me digo que bastante tengo con seleccionar los títulos que llegan cada semana a la librería, que bastante tengo con discrimar lo que merece la pena de la morralla. Pero desde que empecé a escribir en mi primer blog sobre libros, en 2008, siento la necesidad de opinar sobre aquello que leo. Lo hago también en esta ocasión y en la menor medida posible.

LLEGA LA NOCHE es una obra dramática que merece la pena. Se lee muy rápido porque es corta y porque es intensa, muy intensa. Estructura circular, no sé si decir de círculos concéntricos, la acción se despliega, se repliega y, en definitiva, se desarrolla hacia el precipicio de la oscuridad, denso, profundo y, sin embargo, mesurable: ahí está lo malo. Hay cosas que se preferiría no medir, no saber. La noche engulle a los cinco personajes de esta obra en la que no hay una cotidianeidad posible.

La oscuridad de la casa en la que ocurren los hechos la pretenden alumbrar los personajes de su familia con mentiras, con un malentendido fruto del dolor, de una cobardía que cualquiera puede entender. Pero nadie puede salvarse por eso. Las cosas no dejan de pasar porque no se cuenten y, es más, seamos rigurosos, las cosas no pueden quedar sin contarse: todo saldrá a a luz y puede que de la peor manera. Sí se salva el lector, sí el espectador que debería asistir intrigado (habrá una dirección, unas interpretaciones…) a un relato complejo a varias voces que a veces es diálogo y a veces no, que es presente y futuro y pasado, un relato cargado de miedos, poético, vertiginoso…

Miguel Ángel Ortiz lo introduce así: «Andamos haciendo círculos los unos tras los otros, en el tiempo de la tierra podrida por la lluvia y la casa derrumbada. Plantamos cipreses, uno por cada uno de nosotros. Es entonces, mientras se escribe, cuando nos llega la noche. Cuando nos llega como nos llegan el agua y la lluvia, o como nos llegan las luces deslumbrantes. Y con la lluvia que vuelve, con las ropas empapadas goteando cristales, olvidamos al padre o a la madre, olvidamos al hijo o al hermano, olvidamos al hombre y a la mujer, nos olvidamos de nosotros mismos, mientras se escribe, sin disculparnos por ello. Ahí están el veneno de la verdad y la lluvia que vuelve, la noche que llega, el envoltorio de la luz y el silencio. Ahí está, en el interior y en el exterior de la casa, las manos cruzadas sobre el abdomen, las semillas compradas, la tierra de nuevo en las uñas. Es ya, al fin, el momento de descolgar el telégfono o de abrir el sobre que alberga la carta.

Miguel Ángel Mañas sabe quién habita la casa. Sabe de las rosas y de los pensamientos del jardín. Sabe de la verdad del agua y de la verdad de la noche. Y del camino dibujado junto al río por las estrellas también sabe. Por eso respira hondo buscando la calma. Y cierra los ojos y escribe todos los días sobre nosotros. Todos los días. Para que la luz nos envuelva, a nosotros, mientras él escribe y nos escribe. Vigilad, pues, os digo, vuestras conductas.»

Me ha resultado inevitable imaginar la puesta en escena de esta dramaturgia que, necesariamente, hay que levantar a pulso. Y con ritmo, un ritmo que por momentos debería ser desenfrenado, muy exigente para los cinco intérpretes (cinco personajes) que son ellos y su propio coro… que deben componer una sucesión de imágenes que completen un cuadro que nadie querría mirar por no verse retratado… en fin… difícil describir esta historia de una huida imposible, que tiene mucho de juego fatídico en el que todo es lo que se intuye y nada lo que parece… un libro sobrecogedor… que animo a leer de un sólo sorbo, claro, y a seguir por las tablas si es que hay quien se atreve a montarlo.

Copio a Ediciones Irreverentes unas breves notas biográficas sobre nuestro autor, al que no conozco más allá del facebook pero al que espero encontrarme más pronto que tarde. Altarcito, precio y etcéteras más abajo.

Miguel Ángel Mañas. Zaragoza, 1969. Licenciado en Dirección de escena y dramaturgia por la Escuela Superior de rte Dramático de Castilla y León, y Máster en Artes Escénicas por la Universidad de Murcia. Actor y director, además de dramaturgo y guionista.

Ha publicado los textos LAMENTUM y LÁGRIMAS DE ARENA (Anagnórisis), LAS NOCHES DE LAS ALMAS ABIERTAS (Lastura), LAMENTUN y TEARS OF SANS (Anagnórisis), FLOCK (Draft inn), IN-VERSO (Pasiones imposibles), TU PALABRA HÁGASE EN MÍ (Lastura) y PARAÍSOS (El tamaño no importa IV, AAT).

Es autor del guión del largometraje EL SILENCIO, y de los cortometrajes EL HIJO DEL MAR, y EL NIÑO DE LAS MANOS ATADAS. El primero de ellos, nominado a mejor guión original en el Mumbai International Sort Film Festival.

Como docente ha impartido clases de dramaturgia en la Universidad Central de Quito (Ecuador) y en la Escuela de Teatro de Zaragoza.

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Miguel Ángel Mañas, 2016. Ediciones invasoras, 2016.

44 páginas. Pvp 8 €.

También disponible en Aula de teatro La Guardería. C/ Sinagoga s/n. Valladolid.

Jiménez Lozano en la cantina.

Muy a cuento todo. Hace ya más de un mes que los amigos de la cantina y el propio cantinero hicimos la selección de lecturas de la nueva temporada de LUCES DE CANTINA, en la que vamos a leer, en sentido inverso, a Carlos Castilla del Pino, Eduardo Galeano, Aldous Huxley, Raquel Lanseros, Ramiro Calle, Vicente R. Manchado y José Jiménez Lozano (Langa, 1930, Premio Cervantes 2002). Hemos empezado la actividad este lunes día 7, pero no ha podido ser en la cantina CASA CHICHÍ, que es donde se desarrolla habitualmente, y esperamos que Paqui, nuestra amiga cantinera, se recupere pronto para que, de verdad, podamos sentirnos como en casa en cuanto volvamos a nuestro refugio de los lunes: el invierno estepario amenaza y se despacha ya con las primeras bofetadas.

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Así que hemos inaugurado en la librería, que tiene unos asientos que todo culo envidia y donde no nos dan de beber (ni agua), pero donde procuro acoger a mis amigos con cariño. José Ramón apostó por EL GRANO DE MAÍZ ROJO (Premio Nacional de La Crítica, 1989) y por eso fue el encargado de hablarnos de la vinculación -no explícita- de esta obra con el impulso que el propio autor dio al origen de LA EDADES DEL HOMBRE, allá por finales de los ochenta. De alguna manera esta obra podría entenderse como el contrapunto profano de esas muestras humanistas y religiosas que llevan años tratando de explicarnos un poco mejor.

Leimos dos relatos. Entre varios el que da título al libro, pues es bastante largo y, por cierto, buena parte de esta dura historia danesa de desencuentros,  se desarrolla en una cantina. Leímos, además, EL MANIQUÍ, un cuento que protagoniza por un cristo conocido como el del tío Polica, que debió ser su humilde constructor, y que parece estar basado en una historia olmedana -el apodo es bien conocido en nuestra villa-. Supone una rica provocación de reflexiones a propósito de lo religioso, lo sentimental, lo pragmático y lo artístico o, en resumidas cuentas, acerca del valor de los objetos. Ricas reflexiones y rica prosa: disfrutando de estas historias crueles y entrañables de nuestra querida y dura Castilla…

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José Jiménez Lozano, 1988. Anthropos, 1989.180 páginas. 12 €.

También disponible en el aula de teatro LA GUARDERÍA. Valladolid.

 

Muy ilustre Molière

Próximo jueves dramático de risa. Molière. Personalmente no me hace mucha gracia su obra, claramente caduca, pero últimamente y gracias a Esther Pérez Arribas me está dando por reconocer la figura del dramaturgo y actor francés -que sólo desde la ignorancia no podría reconocerse- y creo que esta última lectura la voy a afrontar con ilusión.

Morboria (que hasta la fecha me ha aburrido más que el propio Molière) representa EL BURGUÉS GENTILHOMBRE el próximo viernes 22 de julio en el festival Olmedo Clásico. Por experiencia diré que tiene al público ganado y, es curioso, a mi también me gana antes de que todo empiece: su promesa burlesca, grosera y pelín escatológica es algo que me atrae pero, vaya, llega un momento en el que las promesas se hacen realidad: pasa mucho.

Quiero, sin embargo,prescribir al francés porque es bueno para la salud. A ver cómo lo hago: si el arte es riesgo, si el verdadero artista es aquel dispuesto a jugarse el todo por el todo, aquel que, finalmente, lo lleva a cabo, no creo que haya ejemplo mejor que el de Jean-Baptiste Poquelin (1622-1673). ¿Que qué tiene esto que ver con la salud de uno? Bah… dejémonos de pamplinas, que cada uno se muera como prefiera.

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Molière, 1670. Mauro Armiño, 2015- Alianza, 2015. 400 páginas. 12, 20 €.

Provocar la historia.

Ahora que después de muchos meses leo a Bolaño leo también a Fraile. Libros de detectives. Nada usuales. El chileno deja a sus poetas y profesores a su aire, no se sabe adónde van: el lector es el detective de Los sinsabores del verdadero policía, obra póstuma que publicó Anagrama en 2011. Eduardo Fraile publicó en 1995 estos siete finales en su editorial Tansoville, con un formato al detalle de grandes dimensiones (430 x 305mm) y de tirada limitada: 777 ejemplares, de los cuales yo tengo dos. Con diseño del propio Fraile estos siete bellos finales, poéticos y con todo el sabor de la novela negra, provocan al lector hasta los orígenes y las tramas no escritas. Entonces el lector es autor. ¡Viva el lector!

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