Mayorga, Camps y Dostoievski en Radio Medina.

CRÓNICAS DE LA RADIO (LA SER, MEDINA)

A continuación un primer episodio de miscolaboraciones habituales con Raquel Chamorro, a la que visité por primera vez el viernes 23 de enero en su estudio. Para hablar de libros, claro. Publico aquí el guión sobre el que se desarrolló nuestra conversación:

Parece que viene el frío. Libro y chimenea puede ser un buen plan mientras se mira la nieve caer (ya veremos si cae). Y si no tienes chimenea pues una estufita puede ser plan alternativo. Y si no tienes estufa pues te pones cerca del radiador. Y ya no sigo con supuestos que en nada ayudarían a otras realidades.

No te puedes imaginar, Raquel, cómo está mi librería. Si digo patas arriba no exagero. Aún sigo con la resaca navideña y tengo libros perdidos, muchos descolocados… se cruzan los devueltos con las novedades que llegan…algún día tendríamos que hablar de los viajes de los libros porque lo suyo es muchas veces una auténtica Odisea…

De entre las novedades que aún no hemos hojeado pero tienen buena pinta yo destacaría (hay que tener en cuenta el olfato del librero siempre, ya sea para aceptar su prescripción o huir de ella basándose en la disparidad de criterio) estas:

Despedida, de Julian Barnes (traduce Jaime Zulaika), exploración memorística recién iniciada la ochontena y conocido en general por obras como El loro de Flaubert y para mí en particular por el ensayo sobre arte Con los ojos bien abiertos.

También en Anagrama me llega estos día la cuarta edición (la primera salió en 2001) de Metafísica de los tubos de Amélie Nothomb (con traducción de Sergi Pamiés), que como en otras obras suyas afronta lo biográfico desde cierta forma de fabulación muy personal con la que va mitologizando (a lo mejor me estoy inventando esta palabra, ¿eh?) sus memorias. Aquí un bebe disconforme con lo que le ha tocado y obsesionado con el agua adopta la forma de tubo. Ella nació en Japón e, hija de diplomático, ha llevado una vida (internacionalmente) itinerante.

Algunas curiosidades como el poemario antológico que en Visor han publicado Isabel Gemio (la de la tele) con el propio Chus: en realidad una antología de reconocidos poetas; el por lo visto/oído (y aquí hay tocinete para divertirse un rato) un tanto inoportuno Premio Nadal que David Uclés ha recibido (creo que no se puede decir contratado, así que no lo digo) por La ciudad de las luces muertas, que tiene tres sílabas menos que La península de las casas vacías. Me refiero al título: la novela es visiblemente más corta.

La última vez que he hablado contigo, Raquel, ha sido el jueves 8 de enero. Pues bien, estaba leyendo esa noche en la cama los diarios de Chirbes, en los que el autor comentaba el reconocimiento a su novela Crematorio con el Cálamo como libro del año 2007 (un libro sobre el que el autor tenía muchas dudas) y a la mañana siguiente me desperté con la noticia de la concesión de este premio, en su versión al conjunto de su carrera, a Leila Guerriero, que debió de haberse producido la tarde de ese día 8, mientras tocábamos y cantábamos canciones de Facundo Cabral, Jorge Cafrune y Mercedes Sosa. Eso después de haber estado charlando largamente sobre su libro La Llamada, que es una de la lecturas de nuestro Club, y que esta temporada tienen como tema Voces en primera persona.

Hablando de premios aragoneses me llega notificación de la editorial vallisoletana Páramo en la que cuenta que el libro del leonés Vicente Muñoz Álvarez El hombre de mimbre (antología poética) ha sido reconocido con el Premio de la Crítica de Aragón. Parece que ahora anda en reimpresión pero en breve estará de nuevo disponible en las librerías.  

Y precisamente de entre los libros que han llegado recientemente a las tiendas de libro (¿a ti te gusta “tienda” de libro?: yo creo que hay que reivindicar la librería como tienda de barrio o tienda de pueblo: otro por cierto: estos días la noticia del cierre de Tipos infames, una librería que reivindicaba su papel de lugar de encuentro de los vecinos de Malasaña, en realidad tan expulsados del barrio como la propia librería)…bueno, decía que de entre las novedades (por seguir hilando) nos llega la edición en España de Los suicidas del fin del mundo, obra original de 2005, crónica de voces dolientes alrededor de un trágico suceso en la localidad argentina de Las Heras, paisaje yermo que Leila Guerriero (volvemos a ella para acabar este bloque) convierte en parte fundamental de la narración.

Y si te parece nos centramos un poco más en tres libros no sin antes pasar brevemente por un ensayo de Juan Mayorga, que ya se publicó hace algunas semanas y titulado Revolución conservadora y conservación revolucionaria, sobre política y memoria en Walter Benjamin, y que no he tenido tiempo de hincar el diente como me hubiera gustado, entre otras cosas porque es un libro exigente. En confrontación con las obras de Jünger, Sorely y Schmitt Mayorga se pregunta a través del filósofo alemán por nuestro deber con el pasado, con la memoria de las víctimas como fuerza para la construcción de una política para la humanidad.

Pero hablando de este filósofo, matemático y, como sabemos, reconocidísimo dramaturgo os cuento que la editorial segoviana La uña rota ha publicado recientemente lo último suyo: Los yugoslavos, una obra en la que nos encontramos con algunos de los motivos principales del teatro de Mayorga, como la búsqueda (el uso) de las palabras adecuadas y su relación con la realidad (y con el pensamiento, etc… el Mayorga filósofo nunca se oculta), los silencios, los mapas… una historia que empieza con Martín, el propietario de un bar, y Gerardo, cliente ocasional, entre los que media un encargo curioso: Martín necesita recuperar a su mujer (silenciosa) y cree que Gerardo puede hacerlo porque ha oído (algo que en realidad no debería haber pasado) la conversación que este ha tenido con un amigo al que ha logrado reconfortar con  buenas palabras. Y pongo aquí en cursiva de lo de buenas porque es algo sobre lo que la obra también pregunta. Lo que podemos leer es una búsqueda en varios planos con un lenguaje coloquial y supuestos provocadores que nos hablan de la imposibilidad de nombrar y de llegar a los lugares que ya no existen. Es una lectura que se bebe en unos cuantos minutos y que pienso que merece la pena que esté en la biblioteca personal de todo amante o seguidor de la obra de Mayorga, como el resto de la suya publicada en cuidadísima edición (por cierto, prologada por la ensayista de arte contemporáneo Estrella de Diego).

Por seguir también con la importancia del cuidado y el uso de las palabras voy a hablar de un libro publicado en 2025 pero que podemos considerar reciente. Se trata del ensayo de la filósofa y catedrática Victoria Camps La sociedad de la desconfianza y que nos puede dar algunas pistas no sólo sobre lo que los políticos tendrían que hacer para recuperar la confianza perdida por parte de los ciudadanos-votantes sino -más importante-  cómo trabajar en nuestro propio carácter como personas para emprender la tarea (necesariamente común) de la convivencia. Es un libro exigente en el sentido de que habla claro de la necesidad de cultivar y poner en práctica las virtudes individuales para hacer de la libertad un proyecto colectivo (y que diferencia claramente del neoliberal libertinaje que muchas veces pretenden las clases pudientes y cuyo relato pueden adoptar y de hecho adoptan los menos favorecidos en según qué circunstancias) y nos habla, en definitiva, de responsabilidad colectiva. Y, sin embargo, no es un libro exigente en el hecho concreto de afrontar su lectura, ya que esta resulta muy estimulante y apegada a la realidad. Nos interpela con cuestiones que nos preocupan y sobre las que nos expresamos habitualmente y en ambiente distendidos pero, nos dice Camps, hay que ser serios: la palabra que sea constructiva, y la acción virtuosa.

Y ya sí que para terminar quiero recomendar la última traducción (calentita, calentita) que de Jorge Ferrer Arpa editores acaba de sacar de Memorias del subsuelo, del autor Fiodor Dostoievski y que justo ahora estoy leyendo. Comentaba el otro día con un amigo la modernidad (contemporaneidad) del título y hace unos días me decía mi hija que a un amigo suyo le gustaba mucho Dostoievski. Lo que estoy descubriendo últimamente es que se trata más bien de un fenómeno en redes. Hablamos de uno de los autores que seguramente con más empeño ha ahondado en las zonas oscuras del alma logrando una obra realmente sombría y en el que la maldad y las debilidades humanas son tema central. Si pensamos en una posible evolución de las lecturas desde las sangrientas historias infanto-juveniles de acción, aventuras, épica, y en general de cierta oscuridad más bien cándida (y que por cierto se siguen consumiendo en la adultez) los viajes que a uno toca emprender a partir de cierto grado de madurez seguramente son los que te propone Dostoievski, un autor con una incuestionable potencia narrativa, que sufrió mucho y cuyo existencialismo ha influido en filósofos y literatos posteriores.

ENLACE AL PODCAST.

Imaginar el mundo

Tom Cheetham, 2012. Atalanta, 2019. Traducción de María Tabuyo y Agustín López. 362 páginas. Pvp: 25 €

Uno puede mirar el mundo como algo opaco en su fisicidad, incluso en su última, infinitesimal, capa de materia, o puede otorgar (y esto es un regalo para sí) a las cosas y seres la categoría de símbolos a través de los cuales nuestra imaginación busca, una búsqueda por lo desconocido que empieza en nuestro propio interior: t´awill. Desde ese lugar el mundo es nuestro, tan ancho que no hay paredes que lo contengan y, sin embargo, imaginable, contenible. El mundo como icono es una introducción a la vida y obra del pensador Henry Corbin. En el despliegue de esta teoría de la búsqueda del sentido espiritual se atisba también una mirada sobre la tarea y el impulso del artista, que se adentra en lo numinoso a riesgo de su propia transformación. Es la segunda vez que leo este libro que me sosiega e inspira. Sólo sostener entre las manos su magnífica edición parece que lo tranquiliza a uno.

Sueños

Hace ya 20 años que descubrí la editorial Atalanta, el proyecto de Jacobo Siruela (Ediciones Siruela) que contiene uno de los catálogos más originales, coherentes y de mayor calidad del panorama español. Por aquel entonces leí “El fuego secreto de los filósofos”, uno de los libros que La tienda de Lope seguimos recomendando porque forma parte de nuestro “fondo permanente”. Aquel libro del británico Patrick Harpur proponía una historia del pensamiento a través de sus imágenes y de los fenómenos que habían influido necesariamente en la historia del pensamiento más y menos oficial. Leer textos como el de Harpur o el del propio Siruela en el bello y cálido formato que supone su edición, cuidada hasta el más mínimo detalle tanto en su diseño como en la elección de papel, elección de guardas, imágenes, cosido (¡cosido!), bellas ilustraciones, índices bibliográfico y de imágenes que ilustran toda la lectura, bibliografía complementaria y, en fin, una maquetación pensada para el placer es algo a lo que los buenos lectores no deberían renunciar aunque haya que pagar 28 €…

Jacobo Siruela, 2024. Ediciones Siruela 2024. (Varios traductores e «iluminadores»). 396 páginas. Pvp: 28 €.

Lo que uno se encuentra en su interior es, podríamos decir, una reivindicación del mundo onírico como parte fundamental de la realidad individual y, por supuesto, colectiva, capaz de influir directamente en nuestra vida de vigilia cuando no en algunos acontecimientos históricos y -por tanto-en la Historia misma. Un tranquilo paseo por experiencias que van desde las clásicas incubadoras de los griegos en las que se invocaba al dios Asklepios hasta la cada vez más evidente disolución de barreras que desde una mirada positivista de la ciencia tradicionalmente habían separado imaginación y realidad. Digamos que hay una crónica de personajes y hechos que han acontecido históricamente, incuestionables (como la resolución en sueños de problemas científicos), y hay una parte más puramente de ensayo y pensamiento que no dejamos de leer en los relatos histórico/biográficos pero que se despliega de manera explícita en la última parte del libro, contra un posicionamiento sistemáticamente escéptico respecto al mundo no material que respondería más bien a actitudes gregarias por un lado y que, por otro, la propia ciencia empieza ahora a contemplar con las teorías vigentes y en desarrollo en estos momentos, desde la relatividad, la teoría de cuantos y su principio de incertidumbre o la de cuerdas. En estos tiempos en los que la física asume que la materia puede ser y no ser, estar en varios lugares a la vez y propone multitud de dimensiones para explicar un espacio sin tiempo atender a preocupaciones como la conciencia o la muerte desde puntos de vista inmateriales parece pertinente.

Han Kang, 2011. Random House, 2023. Traducción de Sunme Yoon. 176 páginas. Pvp: 19,90 €.

Como leo mucho más de prisa de lo que escribo aprovecho para introducir brevemente otra de mis últimas lecturas: “La clase de griego”, de la Premio Nobel Han Kang. Lo más llamativo es, sin duda, lo desagradable de tomar entre las manos un libro editado de manera tan descuidada, que se cae de las manos a pesar de apenas tener peso (papel de ínfima calidad) porque las tapas se resbalan en la grimosa imposibilidad de mantenerlos en la posición deseada: el horror, al más puro estilo IndustriaculturalRandomHouseMondadoriexperienciadeconsumorápidoétc… Tan rápido se lee el libro de la coreana que lo comencé de nuevo nada más terminarlo. Había algo en su lectura que creaba expectativas y una sensación de que se me escapaban cosas que podían importarme. Y, efectivamente, este encuentro entre una mujer sumida en el silencio y su profesor de griego antiguo, quien está perdiendo la visión, es una confluencia de voces improbable, pero posible y necesaria, escrita con una prosa poética y cargada de preguntas sobre nuestro propio acontecer, sobre la fragilidad de la vida y su sentido,  y es también un respetuoso (responsable) ejercicio de humanismo en el que sus personajes, que somos todos los lectores, trascienden a través de las palabras, que nos permiten ser pero que también nos engullen. Por justificar que este comentario comparta entrada del blog con “El mundo bajo los párpados” diré que los sueños de los personajes están muy presentes y son fundamentales. En uno de sus pasajes dice el profesor de griego: “Y confirmo, con calma, que no tengo adónde ir, salvo al mundo de los sueños”. También pienso que a ambos autores les gustaría leerse.

Delirio de España

El pasado jueves 21 de noviembre tuvimos la primera tertulia literaria de la temporada en este de Club de Lectura que algunos amigos de la librería impulsamos y que, por cierto, no es nada exclusivo: está usted invitado. “Presentes” es el último y muy promocionado libro de Paco Cerdá (“El peón”, “14 de abril”) que parte del hecho histórico -desconocido por poco contado – del hipersimbólico cortejo que el régimen dictatorial naciente en el 39 hizo con el cadáver de JA Primo de Rivera, trasladándolo desde Alicante hasta El Escorial sobre hombros falangistas. Se está contando mucho y no voy a entrar en los detalles argumentativos del libro, pero resulta sorprendente cómo tres años después del golpe militar que provocara una guerra civil los fascistas aún mostraban semejante vigor, síntoma inequivoco de la capacidad vengativa y depuradora que ya estaban llevando a cabo y aún serían capaces de sostener en décadas posteriores.

En la tertulia se pusieron varias cuestiones sobre la mesa. Primeramente se apuntó el ejercicio de estilo que este libro supone, y en el que Cerdá juega con las voces y las expresiones ideológicas, tanto más extravagantes cuanto más se alejan del suelo que la mayoría pisamos cada día. En estos tiempos en los que el materialismo atraviesa una nueva crisis y los discursos fascistas vuelven a apelar a lo supraterrenal sin pudor parece que el autor trata de advertirnos de los peligros de ciertos simbolismos. Pero el ejercicio literario va más allá y es fácil encontrar versos de Calderón, Machado, Gil de Biedma, canciones entreveradas en la narrativa y para cuya extracción se exige al lector que haga su tarea porque, aunque no están escondidas, estas “letras” se integran perfectamente en el relato, bien para acentuar su sentido original o ironizar a partir de ello.

Paco Cerdá, 2024. Editorial Alfaguara, 2024. 326 páginas. Pvp: 20,90 €.

Hubo en la tertulia quien echó de menos mayor profundidad en las historias (personales) que se cuentan, apelando, efectivamente, a la complejidad de circunstancias que muchas veces rodeaban asesinatos y depuraciones que a menudo se han contado desde posicionamientos ideológicos. La cuestión del enfoque, de los planos, dónde decide quedarse el autor, hasta dónde llegar. Si tenemos en cuenta que es un libro escrito con otros libros como fuente principal creo que puede entenderse que sus historias no bajen hasta donde quizás sería irresponsable, y que no trate de contar cosas que sólo desde un conocimiento de primera mano -y me refiero con ello a haber visto los hechos o haber sido informado de ellos por fuentes presenciales- pueden contarse. Una de las cuestiones sobre las que nos interesa reflexionar en el Club de Lectura de este año es precisamente la representatividad (artística) del sufrimiento. Qué tenemos derecho a contar y qué no, hasta qué punto podemos ponernos en el pellejo de los que han sufrido y, por tanto, quién y cómo ha de contarlo. Cuestiones sobre las que Juan Mayorga y su maestro Reyes Mate nos alertaron en su momento.

Me hubiera gustado comentar en la tertulia que esta retahíla del libro de Cerdá que a veces puede resultar un poco cansina recuerda al ejercicio de responsabilidad que hemos visto en otros autores y que tienen que ver con la recuperación de las memorias perdidas, o simplemente de los nombres olvidados. En algún sentido este libro es una oración también, o está compuesto por oraciones o tiene una oratoria que contiene su propio peligro, una oratoria que denuncia la oratoria, pero que es un ejercicio literario bastante jugoso. Si uno se siente mareado en algún momento de la lectura no ha de preocuparse: está leyendo un libro que marea, y esa indisposición tal vez puede representar en algo la provocada por un país arrasado y la estomagante palabrería de quienes llevaban las riendas.

Algunos días antes de empezar “Presentes” terminé “Delirio y destino”, de María Zambrano, un libro mucho menos conocido que tiene en común con este de Cerdá que en ello ficción y realidad se confunden deliberadamente, componiendo una ficción que en ningún momento deja de ser narración de hechos reales y que tiene como objetivo principal la(s) memoria(s). El libro autobiográfico de Zambrano supone, además, un interesante ensayo filosófico sobre la imaginación, la soledad y el crecimiento, mientras que el de Paco Cerdá se queda en un plano divulgativo, no exento de sentimentalidad. Por otro lado mientras que “Presentes” está compuesto por un juego de voces que lo arma literariamente como una obra apetecible el libro de María Zambrano resulta duro de roer y como ficción se queda en intento tímido y fallido. Pongo estas primeras diferencias entre ambos libros para dar cuenta de que la relación entre las dos obras es algo forzada aunque, no obstante, creo que algo podemos sacar de ella.

María Zambrano, 1989 (a partir de texto original de 1953). Editorial Horas y horas, 2011. 336 páginas. Pvp: 18 €.

Cuando tomé “Delirio y destino” en las manos por primera vez me di de bruces con una idea preconcebida de España por parte de la autora y eso me disgustó. No por la idea concreta sino por el hecho de que la tuviera. Es algo que sin embargo debía yo esperar.  La lectura se fue animando posteriormente por lo que suponía un ensayo sobre la imaginación, el pensamiento, el conocimiento propio… en fin… un poco de chicha con la que se anima al lector a la meditación, “a reconquistar el sentido originario de las cosas”. España es una de estas cosas, en realidad la fundamental del libro. Firmemente defensora de La República, tras exponer algunas de las meditaciones sobre la nación por parte de plumas conocidas como la de Unamuno o Ganivet (hay otras: Menéndez Pelayo, Ortega…) sigue desarrollando su autobiografía (en paralelo a la Historia de España) para pedir el despertar del delirio y vivir la España presente de ese momento y a la que, según dice en varios ocasiones, naturalmente le correspondía la república como resultado del anquilosado período de La Restauración, que no daba más de sí y cuya artificial existencia (una dictadura mal velada, con Alfonso XIII y Primo de Rivera padre como mandatarios) justificaba los episodios de violencia-revueltas incluidas- que empezaban a verse por todo el territorio. La República era una suerte de advenimiento, que fue frustrado por un golpe militar y una nueva dictadura como destino fatal. Se rechazó la inspiración y volvió a abrazarse el delirio. Una inspiración adelantada a la del resto de Europa, quizás demasiado adelantada para la época.

Pero trato de decir que en definitiva la lectura de ambos libros supone para mi una aportación a la idea histórica o identitaria de España que sigue en permanente cuestión (y ejemplo claro de ellos serían últimamente libros como “España diversa”, de Eduardo Manzano, o “¡Reconquista! ¿Reconquista? Reconquista”, de David Porrinas) y que es otra de las cuestiones que me preocupan y sobre la que la lectura de ambos libros me incita a pensar. A día de hoy me sigue resultando bastante llamativo la visible preponderancia que se da a símbolos como la bandera española frente a la atención y cuidados que requieren la convivencia y el mantenimiento del vecindario donde uno vive. No acierto a saber a qué se debe y mucho menos entiendo de qué hablan quienes hablan de España, un concepto a día de hoy abstracto para mí a pesar de entender perfectamente lo que el Estado español significa. Por aquí me llego. No me resisto a transcribir unas palabras de María Zambrano a propósito de la memoria: «Todos los muertos prematuros, los muertos por violencia, necesitan que se cuente su historia, pues sólo debe ser posible hundirse en el silencio cuando todo queda dicho». Pero este país ni siquiera ha sido capaz de recuperar sus cuerpos desaparecidos en la Guerra Civil y la depuración de la dictadura franquista. Y ya no lo va a hacer a tiempo. Supongo que España es lo que fue (¿desde cuándo?) y a lo mejor lo que es (hay mucho de vergüenza en ello aún), y supongo que hay muchas españas imaginarias.

Arquitectura(s) para qué

Leí este libro en septiembre de 2023, sinceramente cómodo en mi tumbona de chiringo de playa chill-out, acompañado de pareja lectora y complacido por una sonrisa soberbia que estar fuera de lo mundano me proporcionaba, descansando de mi tan político yo del resto del año, o más bien dándome un bañito o un bronceado de sarcásticos pensamientos para mejor protección de mi pellejo, al que indudablemente le esperaba la ordinariez de los días peleones. Así que lo que para el arquitecto, crítico, comisario y traductor Moisés Puente era una declaración de intenciones a partir de una preocupación máxima -a la que obedece el título de este libro- para mi era motivo de regodeo y chanza superficiales, un tonto corte de mangas al mundo de lo moderno, lo guay y el resto de industrias culturales que cada vez me dan más grima y muchas veces vergüenza. Lo expreso con tanta contundencia porque aún me parece que estoy bebiendo la cerveza con pajita y mirando al horizonte playero de Aveiro (creo recordar que era allí donde estaba) e imaginando que, lejos de una hortera pose vacacional de ciudadano-trabajador de clase impotente, estuviera yo negociando con afamado señorito (macho, hembra o queer) de sombrero alado y volatinero la cesión de una exposición para mi festival de libros y artes. Pero, como digo, habla Puente en el prólogo de este libro de los actos sociales alrededor del mundo de las artes como encuentros en los están los que tienen que estar, es decir, los que poco o nada tienen que aportar ni tan siquiera decir. Actos de socialización complacientes y políticamente correctos, en los que los artistas desempeñan una suerte de autorrepresentación mientras se sigue sin hablar de nada importante. No me molesto en entrecomillar porque parto de notas que tomé y en las que las palabras de Puente y mis propias reflexiones a propósito de estas se mezclan.

Moisés Puente, varios años. Caniche editorial, 2020. 176 páginas. Pvp: 18 €.

DISPONIBLE EN LIBRERÍA.

A partir de aquí dos temas sobre los que pensar y que conecto con librA, del que escribía más arriba, un encuentro entre el mundo editorial y el de las artes (plásticas) contemporáneas cuya segunda edición se ultimará los próximos días y se celebrará entre el 13 y el 16 de junio de este 2024. Porque seguramente hay algo en el diseño y el desarrollo de esta idea que responde al deseo snob de quien al fin y al cabo lee hasta las revistas de moda. Como algún (posible pero poco probable) lector sabrá, este festival se celebra en Olmedo, que es exactamente el punto geográfico donde vivo y donde está mi librería, donde desarrollo mi labor cultural, y donde ha desarrollado y desarrolla sus propias labores casi toda mi familia. Por tanto resulta fácil armar también un relato a propósito de lo rural, que igualmente quedaría muy bonito. Así que los peligros son todos. O tenemos claros los objetivos y la utilidad de este encuentro o acabamos celebrando una fiestuqui para madrileños aburridos y con sobrexcitables receptores de aromas neorrurales. En ese sentido ya vengo diciendo desde el año pasado (¡primera edición!) que uno de los principales objetivos de librA es desaparecer, al menos como festival, para convertirse en un programa regular que desarrolle su tarea durante todo el año. Eso está lejos, pero es un horizonte responsable.

Hay otro tema, que en realidad es derivada de la necesidad de no perderse en los objetivos de un proyecto: la creación poco a poco de un corpus teórico propio que de base solida a las futuras programaciones y, por otro lado, suponga aportación dialéctica a la relación que el mundo del libro y el de las artes contemporáneas mantienen de hecho y podrían mantener en el futuro, y que, como el imaginable lector entenderá, son de naturalezas variopintas. Por eso lecturas e incorporaciones a nuestra librería de títulos como «Cháchara y otras historias de arquitectura» tienen todo el sentido.

No es la primera vez que hablamos aquí sobre un libro de la editorial Caniche, especializada en arquitectura (también urbanismo), fotografía y otras artes cuyas páginas soportan obra original unas veces y en las que, sobre todo, se ensaya. Por cierto, que el año pasado tuvimos el privilegio en librA de contar con la presencia de sus editores Carlos Copertone y Patxi Aguiluz en una actividad en la que nos presentaron Caniche.

Los temas, reflexiones e inspiraciones que los textos reunidos en este libro provocan en el lector medianamente atento y sensibilizado son abundantes y suponen enfoques nuevos y hallazgos sobre los que poder seguir construyendo, en el sentido amplio de la palabra. Así, cuestiones como el de la ruptura con la tradición que las formas más superficiales y obsesivas de innovación nos traen es vieja cuestión que también a mi preocupa. El «Dios Progreso -nos dice- como creación incesante de riqueza», «la sociedad del espectáculo», cuya idea toma del filósofo Guy Debord, y la ausencia, en definitiva, de poso, rigor y espacio siquiera para la crítica, en aras de una «crítica basura -en palabras de Rem Koolhaas- que vive ensimismada en la autopromoción». La sugerencia de Puente: «Volver al aura de Benjamin, ir hacia lo permanente»: el viejo valor de lo nuevo.

Ideas y nombres se suceden en distintos capítulos en los que Moisés Puente analiza proyectos consagrados unos y prácticamente desapercibidos otros, y la obra de Mies Van der Rohe (la evolución de su pensamiento -y de su obra- hacia el minimalismo) y de Alejandro de la Sota (que otorga a la arquitectura una misión ordenadora del mundo), o las re-vitalizaciones de Lina Bo Bardi comparten páginas con el proyecto de zapatería de Paco Roca, que nunca abrió sus puertas. Reflexiones jugosas sobre el nacimiento del coleccionismo a partir del Descubrimiento de América -en palabras de Philip Bloom-, el nacimiento de las exposiciones industriales a partir de la ferias locales, mercados y fiestas de Carnaval que convergen en el siglo XIX o una mirada sobre el urbanismo, el diseño de la ciudad, con premisas arquitectónicas cuyo referente principal sería Aldo Rossi y su estudio de la ciudad -«La arquitectura de la ciudad»- que lógicamente sería a su vez inspiración para Alejandro de la Sota y su visión física -no sé si decir radicalmente útil- de la arquitectura.

En fin, no voy a nombrar a todos, y cerraré este comentario diciendo que el libro supone un paseo de lo más sabroso por ideas y proyectos bien documentados bibliográficamente y complementados con fotos -acuden a mi cabeza imágenes de la espectacular obra de Matta-Clark- que nos permiten los altos necesarios para disfrutar del camino.

Gordon Matta-Clark: Splitting, 322 Humphrey Street, Englewood (new Jersey).

Censura y creatividad barrocas

Se dice -lo dicen críticos y estudiosas- que las cotas más brillantes de las letras hispánicas se alcanzaron en la época de mayor presión censora, que acaso es esta en la que se centra el estudio del catedrático Héctor Urzáiz y que se presentó el pasado mes de julio en la última edición del festival Olmedo Clásico. Quien quiera saber más sobre las prácticas censorias en el Siglo de Oro puede acudir a la fuente que el propio Urzáiz (entre otros) alimenta y dirige aquí: Proyecto Clemit. No obstante este libro es un jugoso primer acercamiento (riguroso, profundo y en realidad extenso) a un mundo, el de la censura y las licencias en manuscritos e impresos teatrales, que no puede caber en un volumen de papel, entre otras cosas porque está en desarrollo, y que además de aportar a investigadores y profesores datos nuevos y nuevas lecturas sobre el funcionamiento censor en la época proporciona a los poco iniciados algunas buenas historias que lo introducen en uno de los momentos de mayor fulgor libresco, impresor y literario del país (o lo que esto sea).

Héctor Urzáiz, 2023. Universidad de Valladolid y Ayuntamiento de Olmedo, 2023. 219 páginas. Pvp: 35 €.

Como pertenezco al grupo de los no iniciados he centrado mi lectura en la diversión con lo que de anecdótico he encontrado (me perdonará mi amigo Héctor la mirada corta) en esta época (literaria) en la que los protectores eran quienes ejercían el control de las publicaciones -también representaciones- porque se trataba más bien de cuidar de la costumbre y no de las artes literarias y sobre todo teatrales, que generaban mucha desconfianza desde los dos principales estamentos de poder absoluto de entonces: estatal y eclesiástico. De ello son consecuencia tanto la prohibición de escribir comedias entre 1625 y 1635 como la creación de una Junta de Reformación de las costumbres impulsada por Conde Duque de Olivares. Este es -grosso modo- el contexto con el que nos encontramos en el sigo XVII, heredero de una censura estatal de libros que se ejerce desde 1502 por los Reyes católicos. La Iglesia después, con la Inquisición como brazo ejecutor, estrecha aún más los límites creativos del teatro, que han contener los preceptos católicos y bajo ningún concepto ponerlos en duda.

No obstante existe la necesidad de ejercer otro tipo de protección, ya que el comercio libresco es, como se sabe, uno de los más importantes de la época, lo cual lleva a establecer un juego de equilibrios, miradas suspicaces y triquiñuelas que sirven para guardar las apariencias tanto desde la parte censora como teatral y apañárselas para ir cada uno haciendo lo suyo. Así, por ejemplo, la censura previa (a la impresión y venta de la obra) era (también) una forma de evitar la prohibición sin provocar gastos extraordinarios ni generar daños irreparables en librerías y talleres. De hecho los intereses económicos podían ganar la partida a los religiosos-morales.

Pero, como decía, hay otros aspectos más y menos anecdóticos -podríamos decir casos- en los que me parece que resulta inevitable fijarse, como lo que concierne al corrector «creativo» Vargas Manchuca, que deja claramente su impronta poética en el final de «El castigo sin venganza», de Lope de Vega, y cambia y añade versos a su gusto, enmendando la plana al fénix, algo de lo que el propio Urzáiz nos habló durante la presentación del libro en Olmedo junto a Ramón Valdés, porque este presentaba a su vez su edición de esta obra en RBA a partir de las investigaciones del grupo ProLope. Igualmente sabrosa es la anécdota de Andrés Baeza como censor de su propia obra («El valor contra la fortuna» y «No se pierdan las finezas») cuya impresión -se ve venir- aprueba e imaginamos que efectivamente cumple con los requisitos de la reformación de las costumbres. Es una época en la que, como otras más cercanas, la censura y la creatividad artística convivían y se relacionaban subrepticiamente, con intereses y cuidados variopintos en la que los censores eran muchas veces escritores y atendían los textos según sus propias necesidades personales, compromisos, posibles retornos, posicionamientos…

Sobre los aspectos filológicos de la práctica censoria el libro aporta cien páginas -la mitad del volumen- con datos y textos originales, así como las intervenciones directas (tachaduras, aportaciones) de los censores según temas, desde el control civil al del Santo Oficio; textos, como el bíblico, religioso o la «graciosidad»; y épocas o lugares, como América o la censura dieciochesca del teatro barroco. Es este, como decía al principio de esta entrada plagada de paréntesis, la parte dirigida a especialistas o iniciados y en la que, no obstante, es fácil seguir encontrando historias y datos sabrosos también para los profanos como yo. Por supuesto al final una extensa bibliografía a la altura del rigor requerido para el ya décimo noveno título de esta colección que dirige el profesor Germán Vega García-Luengo, codirector del festival olmedano además de referente absoluto de los estudios literarios y teatrales de la época.

Gozo y misterio de la poesía

Navona editorial, 2019. Osip Mandelstam, 1928. Trad Víctor Andresco. 156 páginas. Pvp 24 €.

El ayer no ha nacido aún. La poesía (clásica) aún no ha sido, se percibe como algo debe ser y de ninguna manera como algo que ya ha sido. Ando leyendo a Olvido García Valdés también estos días…

Curiosamente, unos días después de publicar esta entrada leo un artículo de Antonio Muñoz Molina en EL PAÍS titulado «Peligro mortal de la poesía», al parecer escrito tras la lectura de una biografía del poeta ruso. En el destaca su caída en desgracia a partir de un poema contra Stalin que, en realidad, nunca llegó a escribir pero que de alguna manera debió trascender, seguramente porque Mandelstam «escribía» en voz alta y hubo quien supo y quien supo contó… en fin… Otra clave del artículo es, desde luego, la recomendación de lectura de las memorias de quien fuera su esposa, Nadeshzda Mandelstam, «Contra la desesperanza».

Frente a la pretensión de apertura helenística del poeta (y utilizo esta expresión porque Mandelstam lo hace también para expresar el origen de la lengua, la literatura y, en fin, el pensamiento ruso) vuelve en estos tiempos la barbarie totalitaria (lleva ya unos años reinstalada en Rusia, ¿no?) y este país que bien podría ser puente cultural entre Occidente y Oriente oculta, como en los tiempos de Stalin, la obra de Osip Mandelstam.

Ciudadanos

A TRAVÉS DE LA VENTANA, 8. Existen desde mucho antes de que un partido político pervirtiera su nombre, y seguirá siendo concepto central en política. Son ciudadanos también quienes «pelan» la piruleta a su hijo y con total naturalidad dejan caer el plástico al suelo, e igualmente ciudadano soy yo, que lo veo y no digo nada porque me causa rubor el sólo hecho de tener que amonestar a alguien por algo evidente. Pienso que la mujer es extranjera y que en su país seguramente tiran las cosas al suelo, y pienso que habría que decirle que aquí no, que aquí la mayoría de gente usa las papeleras. También me incomoda reñirle delante de su hija. Soy muy ciudadano caminado de noche y capando el cigarro que me acabo de fumar para, acto seguido, tirar la colilla a una papelera, pero también lo soy cuando tiro la colilla al suelo, aunque ya me afearon una vez esa conducta. Y el chico que está con sus perros sentado en un banco y arroja al suelo la lata que se acaba de beber es tan ciudadano como yo mismo cuando una vez más opto por no decir nada. De nuevo a un chico extranjero, probablemente del mismo país que la mujer de por la mañana. Habría que enseñarles, me digo, convendría corregirles y algo dentro de mí me impulsa a la necesidad de llamarles cerdos, pero creo que eso complicaría las cosas. Hoy por la tarde me veo un documental sobre Jane Jacobs, la gran visionaria, la urbanista, la política que entendía las ciudades creadas por los propios ciudadanos desde los espacios públicos los que con su uso dan vida. No paraba de pensar mientras lo veía en los columpios del paseo de La Soterraña de Olmedo y tampoco en la carretera de Medina que los amenaza, que destroza cualquier posibilidad de desarrollo social de esa parte del pueblo. Aceptaba, me ilusionaba la idea de que las ciudades más vivas sean las más variadas, con ciudadanos procedentes de culturas diferentes, capaces de aportar miradas, oficios y usos de la ciudad variopintos. Y, bueno, también se me ha ocurrido con tanta epifanía suelta y deshilachada que podía incluir en nuestro catálogo de la web un libro que nos acompaña desde hace ya varios años y que no tiene que ver nada con lo que vengo diciendo pero que, según se mire, podría tener que verlo todo:

Carlos Romero Rey, 2021. Caniche editorial. 144 páginas. Pvp: 18 €