Ciudadanos

A TRAVÉS DE LA VENTANA, 8. Existen desde mucho antes de que un partido político pervirtiera su nombre, y seguirá siendo concepto central en política. Son ciudadanos también quienes «pelan» la piruleta a su hijo y con total naturalidad dejan caer el plástico al suelo, e igualmente ciudadano soy yo, que lo veo y no digo nada porque me causa rubor el sólo hecho de tener que amonestar a alguien por algo evidente. Pienso que la mujer es extranjera y que en su país seguramente tiran las cosas al suelo, y pienso que habría que decirle que aquí no, que aquí la mayoría de gente usa las papeleras. También me incomoda reñirle delante de su hija. Soy muy ciudadano caminado de noche y capando el cigarro que me acabo de fumar para, acto seguido, tirar la colilla a una papelera, pero también lo soy cuando tiro la colilla al suelo, aunque ya me afearon una vez esa conducta. Y el chico que está con sus perros sentado en un banco y arroja al suelo la lata que se acaba de beber es tan ciudadano como yo mismo cuando una vez más opto por no decir nada. De nuevo a un chico extranjero, probablemente del mismo país que la mujer de por la mañana. Habría que enseñarles, me digo, convendría corregirles y algo dentro de mí me impulsa a la necesidad de llamarles cerdos, pero creo que eso complicaría las cosas. Hoy por la tarde me veo un documental sobre Jane Jacobs, la gran visionaria, la urbanista, la política que entendía las ciudades creadas por los propios ciudadanos desde los espacios públicos los que con su uso dan vida. No paraba de pensar mientras lo veía en los columpios del paseo de La Soterraña de Olmedo y tampoco en la carretera de Medina que los amenaza, que destroza cualquier posibilidad de desarrollo social de esa parte del pueblo. Aceptaba, me ilusionaba la idea de que las ciudades más vivas sean las más variadas, con ciudadanos procedentes de culturas diferentes, capaces de aportar miradas, oficios y usos de la ciudad variopintos. Y, bueno, también se me ha ocurrido con tanta epifanía suelta y deshilachada que podía incluir en nuestro catálogo de la web un libro que nos acompaña desde hace ya varios años y que no tiene que ver nada con lo que vengo diciendo pero que, según se mire, podría tener que verlo todo:

Carlos Romero Rey, 2021. Caniche editorial. 144 páginas. Pvp: 18 €

Estar por Ciudad Rodrigo en su feria.

A TRAVÉS DE LA VENTANA, 7.

Estábamos por estar menos Esther y yo en esta edición de 2022 de la Feria de Teatro de Castilla y León que, como siempre, se celebra en Ciudad Rodrigo (23-27 de agosto) y, miren por dónde, hemos estado más que nunca. O esa sensación nos traemos de vuelta a Olmedo. Porque el plan original de descargarnos de exhibiciones de sala y disfrutar de las otras actividades de la feria ha dado un doble resultado favorable de lo más jugoso. Por un lado hemos estado más en las actividades en las que estábamos y hemos podido dilatar ambigús y saludos postreros. Por otro nos hemos acercado con tiempo suficiente y en repetidas ocasiones a la exposición fotográfica de José Vicente, la instalación poética de Baychimo Teatro y las actividades que componen la que es, sin duda, programación más importante de la feria, aun no siendo la central: Divierteatro. De la misma manera pudimos acudir a la que para nosotros era cita irrenunciable de esta edición: el reconocimiento a Miguel Ángel Pérez Martín (Maguil) -por cierto, colaborador de este blog- con el «Rosa María García Cano» a la gestión cultural. Esther participó con el propio Maguil de la presentación del libro «Historia del teatro contemporáneo de Castilla y León» que hace unas pocas semanas se presentaba originalmente en Olmedo Clásico, y a la que acudí como librero de etiqueta teatral a la que voy cogiendo el gusto. Y, en fin, acompañamos lo mejor que supimos a nuestros compañeros de Artesa en el espacio creado para la feria… entre otras…

Como íbamos por estar con tiempo llegamos al albergue La Concha el lunes por la noche, aún unas cuantas horas antes de la inauguración. Y por la mañana acudimos al taller de COFAE «Â¿Sabes lo que te ofrece una feria?» con el que comenzamos muy bien nuestra vivencia de la feria. Abigail Ballester y Margarita Troguet nos dieron algunas claves (o nos las recordaron) y nos inspiraron en cualquier caso a tomarnos en serio los preparativos para una feria profesional. Uno de los datos que el taller nos ofreció, especialmente esclarecedor y que me tiene contrariado fue el presupuesto de la feria (300.000 €), paupérrimo para lo que la esta desarrolla: hablamos de 47 espectáculos que entre salas y calle ocupan 19 espacios que hay que equipar, toda la programación de Divierteatro en dos espacios distintos e igualmente equipados, la exposición fotográfica y otras propuestas y, por supuesto, toda la organización, comidas, bus y presentaciones incluidas, sean espectáculos, libros o informes… Lo comparo con otros festivales o ferias de parecido presupuesto -y alguno de ellos me toca tan cerca que me abrasa- y no puedo evitar dos reflexiones: una me hace preguntarme qué hacen algunos con proyectos que pulen sus presupuestos para hacer siempre lo mismo y sin atisbo de ir a lugar alguno. La otra es, sin duda, el espectáculo que en sí mismo ofrece una feria como la de Ciudad Rodrigo, que no tendría sentido en ningún otro lugar dada su implicación con el territorio, al que tanto da y del que tanto recibe. Cómo explicar a otros directores que están al frente de proyectos sin personalidad y que estos bien podrían llevarse a cualquier otro territorio o población sin ningún problema para sus soso proyecto y, en realidad, creando su ausencia pocos a la propia población de la que casi nada saldría. La Feria de Teatro de Castilla y León multiplica su presupuesto, no sólo económicamente, sino social y pedagógicamente hablando, y procura desarrollo en su territorio. A ello debemos sumar la eficacia en la oficina y su capacidad -exquisita- de atención, además de unos números que respaldan los objetivos profesionales de difusión de las artes escénicas, con un (nada desdeñable) hueco asegurado para las compañías de la región y con una mirada peninsular en la que cobra especial importancia el trabajo que se hace en Portugal, una acertada singularidad que responde, como en el caso de sus raíces territoriales, con una forma responsable de desarrollar los proyectos. Por supuesto que la Feria de Castilla y León merece más presupuesto (y que algunos consejeros estén calladitos y dejen tranquila la lengua, la de todos pero especialmente la suya, esto lo merecemos todos).

Dicho esto lo que sigue es una crónica de la estancia de Esther Pérez Arribas (Teatro de compañía Pie Izquierdo) y de la mía. Ese primer día lo rematamos con una comida en la que los inscritos en el taller pudimos conocernos un poco mejor. Por desgracia la inauguración del Espacio Artesa se produjo también a esa hora y no pudimos estar en aquella con nuestros compañeros de las artes escénicas de la región. Así que desde la comida fuimos directos a la inauguración oficial de la feria, que se celebró en el Palacio de Montarco y que acompañamos durante la presentación del director -Manuel González- y abandonamos en cuanto empezó a nevar oficialmente, pues nos dejamos en Olmedo la ropa de invierno. Luego nos retiramos a la tarde, que esperaba tranquila.

El miércoles fuimos al parque La Florida para disfrutar del que sin duda ha sido uno de los hitos de esta feria, la instalación poética de Baychimo Teatro «Versos que anidan» y en la que las palabras se incorporaban a la escena individual que las casetas nido, alimentadas con una plaquita solar, creaban para el espectador/oyente de poemas de autores (plumas) como Alejandra Pizarnik, Gloria Fuertes, Gianni Rodari, Beatriz Osés, Raúl Vacas, María Elena Walsh, Oliveiro Girondo o León Felipe en la voz (canto) de intérpretes como Elena Muñoz, Paloma Leal, Ramón Enríquez, Ana Roncero o Antonio Velasco… un juego que invita al descubrimiento y que provoca la imaginación, un encuentro entre literatura, teatro, artes plásticas y naturaleza que es también lugar de reunión para espectadores, vecinos y artistas donde intercambiar visiones de la poesía, entendida esta en un sentido amplio. Una instalación que nació del primer festival PoetiZa y que bien puede alimentar ferias del libro y otros festivales literarios. Hay que contarlo.

Con nuestro amigo Patxi Vallés -Pez Luna Teatro- vimos algo del pasacalles «Ambulantes», de «Z Teatro» y «La escalera de tijera», bien acompañados por el público que estaba por divertirse aún a la solana de la plaza mayor y tiramos hacia el Espacio Artesa. Un espacio en el que han pasado cosas durante toda la feria y que ha logrado convocar a diversos agentes de lo teatral gracias a los vermús donde han debido producirse buenas conversaciones y, se entiende, algún que otro compromiso por parte de las administraciones. Se trata, sin duda, de un espacio necesario y es un logro que esto se vaya consiguiendo gracias al esfuerzo de su junta directiva. Todo a pesar de que Feria y Artesa no parecen tener una relación clara que entiendo debería buscar el complemento de sus actividades. De momento las de Artesa dan como resultado una suerte de programación off que podría ser una opción a desarrollar pero que más bien se presentaba descolocada este año, cuando no descolocando…

En la primera comida de esta edición tuvo lugar el acto que para algunos de nosotros – por supuesto «artesanos» incluidos- era el más significativo de esta feria: el reconocimiento a Miguel Ángel Pérez Martín -gestor cultural, maestro de las artes escénicas, creador, conocedor y divulgador de las artes en general y, entre otras cosas, timonel de Artesa durante algunos años- con el premio Rosa María García Cano que le entregaron sus principales promotores en este caso: Ana Gallego (a quien Maguil dedicó el premio: por valiente) y Ángel Sánchez, compañero en el primer Teloncillo al que Maguil se incorporó en 1974. El reconocimiento a Maguil es también a una forma de estar totalmente comprometida con la innovación, con la utilidad de la cultura en general y de las artes en particular y, sobre todo, a una persona generosa que comparte información y conocimiento desde el convencimiento de que cada cual sabrá hacer con ello lo que crea oportuno, a poder ser crear nuevo conocimiento, en cualquiera de sus vertientes: artística, investigadora, pedagógica… Oro para nuestras artes. Referente absoluto.

Durante la propia comida fue también reconocido el trabajo y los proyectos de personas y programas como Eduardo López Velasco, Proyecto Ornitorrinco y Escenarios Móviles, unos u otros con trayectorias largas o especialmente novedosas o útiles a las que dar visibilidad. Y desde la comida Esther y yo fuimos a ver «La buena letra», de la compañía «El mono habitado», en el Espacio Rosa. Un montaje minimalista alrededor de la idea de autarquía que contaba la historia de una pareja que primero por casualidad, después por habito o divertimento y, finalmente, por necesidad ejercían una suerte de dominio maquiavélico sobre toda la comunidad de vecinos a través del control invisible del correo postal. Una propuesta original y cortita que dejaba su relato en un punto de acidez o mera provocación con regusto afortunadamente no muy duradero.

Y del Espacio Rosa hasta Teresianas para la presentación del libro «Elio y Eloísa», de Denis Rafter, una suerte de biografía ficcionada para los jóvenes en los que se narra la historia del aún joven Antonio de Nebrija hasta que se separa de Eloísa para volver años después a su pueblo natal ya como el gran lingüista que se formó en Italia y profundizó en el estudio y la gramática de la lengua vulgar española. Una historia, al fin y al cabo, de amor. Y de allí, cuesta abajo hasta el albergue, de retirada, con nuestros flamantes ejemplares del libro bajo el brazo.

Tras el despertar, desayuno y, en general, puesta a punto del jueves por la mañana fuimos hasta el Espacio Rosa para disfrutar del último montaje de Teloncillo: «Coser y cantar». Una vez más un espectáculo impecable en el que los sugerentes objetos que protagonizan las historias que van hilándose -valga la ocurrencia- sugieren y llaman al asombro de los más peques. Especialmente divertida, además, está Ana en este montaje (también yo aprovecho para agradecer su valentía en estas funciones tan difíciles como las del otro día) y, por supuesto, la música de Ángel crea la atmósfera perfecta y procura el incidente teatral de los personajes. Es una gozada verles trabajar con tanta limpieza y sentido.

Volvimos a la instalación poético-sonora de Baychimo para escuchar algunos poemas más y seguir hablando con compañeros de la feria y luego continuamos hasta el Espacio Tierra para ser partícipes del éxito de Teatro de Poniente «El manuscrito de indias», un montaje en el que Antonio Velasco lo hace todo en escena para contar la historia de Nuño Díaz, una suerte de personaje maldito, marcado por la sociedad sevillana de la que acaba huyendo para embarcarse como indiano al otro lado del Atlántico y hasta el «descubrimiento» de La Florida de la mano del explorador Ponce de León. Muy buena acogida del público que lógicamente debería traducirse en contrataciones.

Y aunque nos retiramos a descansar un poco tras la comida a las 21 h asistimos al estreno de lo último de El Aedo, «La metamorfosis de Gregor». Un trabajo serio y ambicioso que trata de agarrar a los jóvenes para adentrarles en una realidad que puede pasar peligrosamente desapercibida: la tentación del suicidio a la que adolescentes perdidos pueden sucumbir si las circunstancias y los contextos no ofrecen un camino. Un montaje de formato grande en el que el hogar/jaula/pantalla crea la escena en cuyo interior se desarrolla el drama de Gregor, incapaz de gestionar su transformación en (puber) bicho raro desde una infancia no tan lejana, marginado y desconfiado como respuesta a su propia inseguridad: Samsa no logra salir de sus celdas. Una obra con mucho fondo en la que nada gratuito se cuenta y está llena de detalles que pueden ayudar al público a tomar conciencia sobre algunos hábitos y a buscar su propio enfoque de la realidad. Continúa pues El Aedo con su apuesta por el encuentro con público joven, empeño difícil e interesante pero, sobre todo, importante. Esperamos que este proceso que tiene mucho de investigación continúe dando(nos) pistas con nuevos montajes. Dando vueltas al espectáculo que acabábamos de ver nos retiramos definitivamente a descansar ese jueves…

…y llegó el viernes, penúltimo día de la feria, el último para una gran mayoría de programadores… y prontito empezamos con una primera actividad de la que participábamos de manera directa: la presentación del libro «Historia reciente del teatro en Castilla y León» a cargo de Miguel Ángel Pérez Martín que, como coordinador, nos habló de la génesis y el proceso de creación, que pasó por varios shocks (pandemia incluida) desde 2019 y que finalmente salió a la luz este 2022 con la colaboración de protagonistas de algunos sucesos principales y de periodistas que desde afuera pudieron ofrecer su propia perspectiva. Un libro que contó también con Germán Vega, Héctor Urzáiz e Isaac Macho como equipo coordinador y un total de 27 articulistas, un primer (importantísimo) peldaño hacia la documentación (memoria y reflexión) que ordene la historia de nuestro teatro en la región y cuya labor debe continuar. Mi compañera Esther Pérez Arribas pudo hablar de su experiencia como profesora de teatro (y secundaria) y dar su visión sobre la relación que educación y teatro tienen y pueden (o deberían) tener, y del papel que el teatro puede cumplir en la educación reglada, cuestión esta de un descuido desalentador. Habló de tres proyectos muy ligados a su territorio en los que teatro y educación van de la mano, como «Cultivando miradas» de Baychimo en Zamora, «La cantera», de la propia Esther y su Pie Izquierdo en San Miguel del Arroyo, y el certamen de teatro aficionado de Mengorría en Ávila. A la pregunta que desde el público se hizo sobre la existencia de una red de escuelas municipales de la región la respuesta fue, evidentemente, que no. La implicación de las administraciones es prácticamente nula en ese sentido y, por desgracia, la habitual intolerancia y estrechez de miras de nuestros gobiernos regionales han avanzado hasta tornarse banderas que ondear al viento arenisco de nuestra tierra.

Seguimos después estando a nuestra manera de estar en Ciudad Rodrigo este 2022 y fuimos a Divierteatro y pudimos acompañar a Denis Rafter en el palacio de Montarco: cuando llegamos empezaba un cuentacuentos basado en su «Elio y Eloísa» para niños del pueblo vecino de Sancti Espíritus y en el que lo principal no era tanto lo que contaba sino cómo lo contaba, cómo lograba la atención de los peques y hacerles partícipes del rito teatral. Afuera, en la plaza del Conde, talleres y otras actividades de Divierteatro vestían la calle de jaleo y pudimos adentrarnos entre infantes para disfrutar del trabajo de Pilar Borrego (Katua&Galea) con su historia de gatos, limpito y delicado como siempre. Un placer acompañarla y una suerte tenerla siempre disponible porque nos dio algunas pistas chulas para seguir Divierteatro al día siguiente.

Y desde allí fuimos a la Casa municipal de Cultura para ver la exposición «Desde el alma», a partir de la selección de imágenes del mirobrigense José Vicente, fotógrafo oficial de la feria. Un trabajo que abarca 20 años de instantáneas y que retrataba algunos momentos fuera de escena, en el camerino o entre bambalinas, de gran expresividad. Una maravilla que bien merecía ser recorrida con un mínimo de sosiego e invitaba a repetir. Es por ello que volvimos al día siguiente, ya sábado, para tirar alguna foto que nos faltaba, que nos habíamos llevado dentro y queríamos tener con nosotros disponible también un poco afuera.

Tras un nuevo encuentro en Artesa y la comida con buenos amigos descansamos un rato en el albergue para (intentar) rematar el día con el nuevo montaje de La pequeña victoria Cen. Afortunadamente habían podido pasar el día antes «Disculpa si te presento como que no te conozco» con buenos comentarios como cosecha, algo que no nos extraña sabiendo de su sensibilidad y la mirada poética con la que suelen impregnar sus números circenses. Pero el viernes no pudo ser y la lluvia no nos permitió comprobarlo con nuestros propios ojos. Queda pendiente.

Y el sábado nos despedimos de la feria: primero pasamos eso sí, por el mercadillo de Ciudad Rodrigo («Â¡Tres euros lo de la mesa, 5 € lo colgao!) y llegamos a Divierteatro para disfrutar de manera consecutiva de un par de espectáculos. Bien atendidos, como siempre, por Miriam Hernández y sus compañeras, llegamos hasta el espectáculo clown del payaso Francis, con el que nos reímos un buen rato gracias a sus torpezas, ocurrencias y guiños con los que invitaba a los niños a participar del disparate. Acto seguido nos incorporamos al número del mago Óscar Escalante, que a plena luz del día y con mucha energía desplegó algunos trucos que nos mantuvieron bien pegados a los asientos, aunque ni Esther ni yo tuvimos la suerte de que el mago «nos sacara». Algunos niños si vieron colmada su expectativa de ser escogido pero lo que no vieron es qué pasó, y aún deben de estar dando vueltas al asunto: magia, claro. Dimos una última vuelta a la exposición de José Vicente antes de irnos, tras comer con nuestra amiga Nuria Aguado, de vuelta a Olmedo.

Y hasta aquí nuestra feria de este año, tan sólo la crónica de una de entre las múltiples ferias que uno puede disfrutar en Ciudad Rodrigo, de manera más y menos profesional y con la sensación siempre de que sigue creciendo (no su presupuesto) en el mejor sentido posible: raíces hacia abajo y lazos alrededor. Si se preguntan que qué hacíamos por las tardes, tan de retirada casi todas ellas, les diré: cada tarde leíamos (Angélica Liddell, Diamela Eltit, Paz Errázuriz) nos bañábamos en el río, cenábamos en el restaurante del albergue y tomábamos una copa hablando de lo que habíamos visto, de lo que querríamos ver… hablábamos de teatro, proyectos, esas cosas…

Un relato mexicano en imágenes.

A TRAVÉS DE LA VENTANA, 4.

Puede parecer poco verosímil esta entrada si digo que a través de la ventana de La tienda de Lope, por la que se ve la muralla medieval, según épocas las cigüeñas, casi todos los días personas que pasan -de largo- y siempre el tráfico de coches y camiones, poco verosímil sería decir -digo- que a ese lado del cristal pueda -lector, clienta, amigüi- vislumbrar algún transeúnte caraqueño. Pero a veces sucede, y en una última pirueta comprensible podría visitar un poco de México como consecuencia de la absoluta confianza en su capacidad contemplativa: es cuestión de mirar bien.

Editorial RM / Mal de ojo. Pvp 45 €

Un poco ayudará que nuestra compañera de libros -feliz cumpleaños, Susana Aparicio- vuelva de su finde madrileño con -entre otros- el último fotolibro de Paolo Gasparini: «Fotollavero mexicano». Un libro publicado por RM, la editorial mexicana, que firma en este caso con la marca caraqueña Mal de ojo, proyecto editorial del propio Gasparini -un italiano muy venezolano- ligado a la venezolana galería Carmen Araujo Arte.

Tomo de la mano este libro impreso en los madrileños talleres de Brizzolis con el cuidado que la secuencia fotográfica de Gasparini -pies de Juan Villoro- y el diseño gráfico de César Jara merecen y paseo mi mirada por imágenes que van componiendo un relato mexicano que cabría soñar y temer, irremediablemente atractivo, injusto. Los textos, pequeños aforismos a veces basados en citas, proporcionan lecturas complementarias que bien pueden obviarse pero que a nosotros también nos han inspirado alguna pequeña acción.

En cualquier caso los textos de Villoro trazan una historia paralela que el lector puede relacionar con la serie de imágenes -ordenadas con sentido- que hacen de este trabajo un fotolibro y no un compendio de fotos ni un catálogo. Finalmente, el libro contiene un ensayo crítico de la historiadora del arte Sagrario Berti que introduce al lector en la obra del propio Gasparini. Él mismo añade algunas palabras que hablan de su labor artística. Cierra el libro una composición de trípticos y cuadrípticos que conforman una serie extra a la que domina todo el libro, compuesto en dípticos que se relacionan y chocan como ideas generadoras de nuevas ideas, una historia de México, de Ciudad de Méxica, de Ciudad Juárez, Tijuana, Guadalupe…

Puliendo clásicos

Dos volúmenes de gran calidad reúnen en la editorial Turner la obra escultórica del artista zamorano de Cerecinos de Campo en un catálogo razonado que puede ser base de estudios y proyectos que en adelante quieran hacerse sobre Baltasar Lobo y su concepción y recreación de la figura humana -fundamentalmente- con piedra. La venezolana galería Freites -de la mano de su director y uno de los principales cuidadores y promotores de la obra de Lobo, Alejandro Freites- impulsa y desarrolla la publicación de este catálogo documentado al detalle (fotos, fechas, lugares, datos técnicos, medidas, exposiciones…) a partir del estudio minucioso de María Jaume Bulter tras una investigación que ha durado ocho años y que acompaña de una cronológica de la trayectoria del artista escrita por María Luz Cárdenas. Kosme Barañano aporta un texto ensayístico que atraviesa el primer volumen. Baltasar Lobo es nuestro picapedrero favorito, uno de los grandes escultores españoles del siglo XX, en los que la mujer, la maternidad y la vieja imaginería fundacional son motivos recurrentes y puntos de partida para sus reinterpretaciones de lo humano. Y este catálogo es un placer que dedicarse con una copita de tiempo para saborear despacio…

Editorial Turner. Pvp 250 €

Por cierto: ¡!

Libros mejor editados 2020

Hoy he leído la noticia completa. Tanto el libro mejor editado en la sección de Libros de Arte como en la sección Obras generales y de divulgación que cada año concede el Ministerio de cultura forman parte del fondo de nuestra librería desde hace ya algunos meses. Me pone especialmente contento el reconocimiento al Breve atlas de los faros del fin del mundo, de cuyo título tuve un ejemplar en la mano por primera vez en la Feria de Editores de Castilla y León que el incombustible Héctor Escobar organizaba en León el pasado mes de abril. Fue entonces cuando conocí a Lía y a Jose, editores de Menguantes, un proyecto pequeño con ganas de crecer con cuidados que se le brindan desde el diseño, el formato, los detalles… Dejo el enlace a la editorial para que el lector pueda darse un buen paseo por su web, propiciatoria de viajes que hacer a través de la lectura. Como comprobarán el atlas, de José Luis González Macías, cobra sentido como parte de un fondo personal y apetitoso. MENGUANTES.

Óxido (Editorial Turner, pvp 40 €) / Atlas Faros del mundo (Editorial Menguantes, pvp 25 €)

También me ha gustado el reconocimiento a Turner, que publicó esta monumental obra fotográfica de Eduardo Marco: Óxido. Dejo el enlace a la web del artista aquí. Daría para un café largo hablar sobre sus bellas fotografías, a menudo tomadas desde lo sórdido, muchas veces directamente desde lo destruido y lo irrecuperable, como un filtro que en realidad enfoca.

También dejo la noticia completa sobre estos reputados premios a la edición aquí.

Ediciones del carbón

A finales de 2020, y al rebufo de una mesa organizada por el gremio de Editores de Castilla y León de la que participaban personas que representaban diversos oficios del libro, entre ellas Noemí Sabugal como escritora y un servidor como librero, leí «Hijos del carbón», que publicaba ese mismo año Alfaguara y que está teniendo una incidencia importante, con un buen número de ejemplares vendidos y, sobre todo, con otras posibles lecturas y relecturas que caben hacerse sobre el mundo de las minas en España poniendo este libro en relación con otros libros importantes, documentales, películas, obras teatrales y exposiciones que dan cuenta de este período y espacio(s) concretos en la Historia de España, su desarrollo capital, de clase y cultural en un sentido que se sabía sin desarrollo posible.

Editorial Alfaguara. Pvp 18,90 €

Ligera y vivaz, esta crónica de la mina no renuncia a la complejidad de un sector industrial generador de oportunidades y peligros a partes iguales, de riqueza y pobreza, de un presente sin futuro que duró lo que podía pero cuya maquinaria capital supo crear en los mineros y sus familias una dependencia no sólo económica sino también emocional. Por eso la crónica que se cuenta en este libro son las crónicas de muchos de estos protagonistas y sus relatos se funden con el que en primera persona atraviesa todo el libro, el de la autora nieta de mineros leoneses.

Lo tengo lleno de notas, nombres propios, nombres de documentales, historias, museos, algún bar… pendiente de una relectura que me apetece especialmente desde que llegó el otro libro del que dejo aquí algunas otras notas. Hablaba el otro día con Héctor Escobar, editor de Eolas, presidente del Gremio de Editores CyL, librero y amigo, del trabajo fotográfico de la madrileña Cecilia Orueta «The end». En esa conversación le daba a Héctor la enhorabuena por este álbum de imágenes -comentadas con textos literarios de varios autores- que retratan lo que queda de poblados palentinos y leoneses y al que dediqué una mañana que, efectivamente, tuvo mucho de ensoñadora o quizás de fantasmal en su lectura, visionado. Una historia que termina, que terminó, de cuyo final, como en las pelis americanas, se sabía aunque no se quisiera saber. Tiene mucho de trágico, también en el sentido clásico.

Editorial Éolas. Pvp 26 €

Dejo aquí enlace al reportaje que sobre este libro y su exposición hicieron en otro de mis lugares favoritos, Tamtam Press, y que administra Eloísa Otero, por cierto, otra de las personas interesantes que participaron de aquella mesa «editorial» que mencionaba al principio de esta entrada:

Dehesa de cuaternos

La primera vez que tomé este libro de fotografías pensé que entre las imágenes originales de principios de siglo XX había mezcladas representaciones de aquella época, en ese contexto duro de finca agrícola extremeña, hechas ahora. Me costaba dilucidar en aquellos dos o tres primeros vistazos superficiales, ocasionales, cuáles eran de una y otra época aún convencido de que existía en el libro esta doble cualidad. Finalmente me percaté de que no había ningún juego artístico y de que se trataba en su totalidad de una recopilación de fotos tomadas por Antonio González Martín-Gamero, dueño latifundista de una finca dedicada al cultivo del tabaco y el pimentón situada en la comarca de La Vera, en Cáceres.

Caniche editorial, 2017. Pvp 25 €

Y por qué cuento mi confusión. Algo que en principio podría considerarse anecdótico es significativo del tipo de edición que realiza Caniche en sus trabajos, siempre cuidadosos, de toque artesanal y con mirada artística. Lo que ocurre cuando abres «Dehesa de cuaternos» es que uno solo ve fotografías y ni una sola palabra. Es en apariencia un álbum no comentado que da pie a la especulación del lector y que provoca el deseo de indagar en el origen de esas imágenes, sobre todo retratos, de los trabajadores agrícolas que posan de manera más o menos natural y relajada ante la cámara. La cubierta de acetato, el material de las películas fotográficas originales, incide también en el carácter artístico de este libro de edición limitada.

Caniche Editorial publica en sus libros obra de arte contemporáneo en su compromiso por «seguir el camino de los artistas» y de «dar visibilidad a propuestas que de otra forma no serían accesibles al público». En La tienda de Lope contamos con títulos de Moisés Puente, Txomin Badiola y Elena del Rivero entre otros, así como de algunos catálogos y proyectos pictóricos, fotográficos o escénicos interesantes y que es recomendable conocer, siempre en ediciones que dialogan con la obra publicada y da a los libros condición de coleccionable. Por cierto que desde hace algunas semanas tenemos en la librería «Tres días», de Antonio Ballester Moreno, una edición que, esta sí, tiene mucho de juego a partir de las reconocibles geometrías y colores del artista, y que se propone para compartir entre infancias y adulteces, sean estas las propias de una única persona o las correspondientes a la edad de quienes decidan sentarse juntos a una mesa para leer, mirar, pasar hojas juntos… Cabría relacionarla con la poesía visual que desde Brossa, o por aquí Francisco Pino, entre otros, o más recientemente Felipe Zapico o Paco Pérez Belda, propone a lectores nuevas maneras de relacionarse con palabras o de construir poemas a partir de imágenes. Un trabajo este de Caniche con Ballester muy sugerente, que apetece mirar y tocar a partes iguales, recomendable tanto para amantes de las artes plásticas y de la poesía visual como del coleccionismo editorial.

Caniche editorial. Pvp 39 €

En el caso concreto de «Dehesa de cuaternos» basta indagar un poco en el interior de este álbum para encontrar un par de desplegables que contextualizan la obra y permiten, en su formato, disfrutar de un visionado pleno de las fotografías, es decir, sin el estorbo de palabras, cuando ya han sido leídos. En uno de ellos se nos cuenta el proceso que se produjo hasta llegar a las fotografías custodiadas por la familia de Martín-Gamero y en el otro unos mapas que sitúan la comarca y la finca. Cuaternos pertenece al pueblo cacereño de Cuacos de Yuste y su población se dedicaba del todo al trabajo agrícola. El retrato que el autor hace de sus trabajadores es documento que sirve para la «reflexión sobre el papel de la dehesa, idiosincrasia de las regiones con connotaciones oscurantistas» y que también pueden explicar la posterior emigración de la población rural a las ciudades. Es fácil caer en la tentación de ilustrar esta entrada con, por ejemplo, «Los santos inocentes» de un Delibes que se ha estado celebrando en 2020, con sus cien años recién cumplidos. E igualmente cabría complementar esta prescripción con libros que se vienen publicando los últimos años a propósito del fenómeno, más o menos asumido ya resignadamente, de la despoblación y de la menos comentada saturación poblacional de ciertos núcleos urbanos como extremo contrario y también preocupante por cuanto que lleva a sus habitantes a hábitos de convivencia cuando menos poco saludables.

Los rostros duros, terrosos, las manos gruesas, indumentarias humildes, juegos primarios que pueden deducirse de muchas de estas instantáneas en espacios abiertos, muchos de ellos naturales, dan cuenta de un tipo de vida sencilla y sin proyección. Puede que el retrato de Martín-Gamero pretenda cierta profundidad y que, de hecho, consiga llegar a algunas subcapas psicológicas de los trabajadores de la finca pero a mi lo evidente de este álbum me parece un presente mayúsculo que entreteje toda la obra, para explicar lo cual pido establecer mi propio juego interpretativo. Y es que lo presente está en primer lugar en la propia naturaleza de la obra, una obra fotográfica que recoge, por tanto, instantáneas, momentos concretos de personas y, ahí va la segunda parte, sin futuro, sin recorrido. La vida empieza y termina en la finca, la suya particular de cada uno y la de su descendencia, la de su familia. Necesariamente han de vivir el día a día y pocas oportunidades de expectativas habrían de tener. Quizás no podamos saber si esas personas eran más o menos felices allí, aunque desde luego todas las fotos son amables e irradian optimismo, como tampoco sabríamos decir si buscar oportunidades más allá del latifundio requería de la huida. No podemos juzgar a la ligera pero sí debemos tratar de tomar conciencia, siempre y cuando podamos, y ponerlo en relación con nuestras vidas más de cien años después, en las que el proyecto no es sólo guía sino obsesión (¿ficticia?) que descuida la vida en presente, justificación de una suerte de huida constante.

Video promocional de «Dehesa de cuaternos», editorial Caniche.

Aún me gustaría apuntar algunas cosas antes de cerrar esta entrada. La condición de Antonio Martín-Gamero de fotógrafo amateur, diletante, que como curioso de las nuevas tecnologías de la época y con dinero y tiempo suficientes decide desarrollar no sabemos si cierta faceta artística o simplemente de ocio, o quizás cierto trabajo pragmático, o personal, memorialístico… me resulta interesante, así como la reflexión sobre este tipo de procesos cuya intención y resultado pueden variar tanto como para convertirse en arte lo que no se pretendía que lo fuera, si es que esto puede pasar, o crear un documento de valor etnográfico o político… son ideas que pueden desarrollarse y que las imágenes del libro inspiran.

En cualquier caso, estamos ante una colección de fotos cautivadoras y propiciatorias de lecturas, que tienen algo de hipnóticas… seguramente porque todos los rostros tengan algo de hipnótico y poder mirarlos sin ser visto es un placer al que se sucumbe y en el que uno se recrea… irremediablemente.