Mayorga, Camps y Dostoievski en Radio Medina.

CRÓNICAS DE LA RADIO (LA SER, MEDINA)

A continuación un primer episodio de miscolaboraciones habituales con Raquel Chamorro, a la que visité por primera vez el viernes 23 de enero en su estudio. Para hablar de libros, claro. Publico aquí el guión sobre el que se desarrolló nuestra conversación:

Parece que viene el frío. Libro y chimenea puede ser un buen plan mientras se mira la nieve caer (ya veremos si cae). Y si no tienes chimenea pues una estufita puede ser plan alternativo. Y si no tienes estufa pues te pones cerca del radiador. Y ya no sigo con supuestos que en nada ayudarían a otras realidades.

No te puedes imaginar, Raquel, cómo está mi librería. Si digo patas arriba no exagero. Aún sigo con la resaca navideña y tengo libros perdidos, muchos descolocados… se cruzan los devueltos con las novedades que llegan…algún día tendríamos que hablar de los viajes de los libros porque lo suyo es muchas veces una auténtica Odisea…

De entre las novedades que aún no hemos hojeado pero tienen buena pinta yo destacaría (hay que tener en cuenta el olfato del librero siempre, ya sea para aceptar su prescripción o huir de ella basándose en la disparidad de criterio) estas:

Despedida, de Julian Barnes (traduce Jaime Zulaika), exploración memorística recién iniciada la ochontena y conocido en general por obras como El loro de Flaubert y para mí en particular por el ensayo sobre arte Con los ojos bien abiertos.

También en Anagrama me llega estos día la cuarta edición (la primera salió en 2001) de Metafísica de los tubos de Amélie Nothomb (con traducción de Sergi Pamiés), que como en otras obras suyas afronta lo biográfico desde cierta forma de fabulación muy personal con la que va mitologizando (a lo mejor me estoy inventando esta palabra, ¿eh?) sus memorias. Aquí un bebe disconforme con lo que le ha tocado y obsesionado con el agua adopta la forma de tubo. Ella nació en Japón e, hija de diplomático, ha llevado una vida (internacionalmente) itinerante.

Algunas curiosidades como el poemario antológico que en Visor han publicado Isabel Gemio (la de la tele) con el propio Chus: en realidad una antología de reconocidos poetas; el por lo visto/oído (y aquí hay tocinete para divertirse un rato) un tanto inoportuno Premio Nadal que David Uclés ha recibido (creo que no se puede decir contratado, así que no lo digo) por La ciudad de las luces muertas, que tiene tres sílabas menos que La península de las casas vacías. Me refiero al título: la novela es visiblemente más corta.

La última vez que he hablado contigo, Raquel, ha sido el jueves 8 de enero. Pues bien, estaba leyendo esa noche en la cama los diarios de Chirbes, en los que el autor comentaba el reconocimiento a su novela Crematorio con el Cálamo como libro del año 2007 (un libro sobre el que el autor tenía muchas dudas) y a la mañana siguiente me desperté con la noticia de la concesión de este premio, en su versión al conjunto de su carrera, a Leila Guerriero, que debió de haberse producido la tarde de ese día 8, mientras tocábamos y cantábamos canciones de Facundo Cabral, Jorge Cafrune y Mercedes Sosa. Eso después de haber estado charlando largamente sobre su libro La Llamada, que es una de la lecturas de nuestro Club, y que esta temporada tienen como tema Voces en primera persona.

Hablando de premios aragoneses me llega notificación de la editorial vallisoletana Páramo en la que cuenta que el libro del leonés Vicente Muñoz Álvarez El hombre de mimbre (antología poética) ha sido reconocido con el Premio de la Crítica de Aragón. Parece que ahora anda en reimpresión pero en breve estará de nuevo disponible en las librerías.  

Y precisamente de entre los libros que han llegado recientemente a las tiendas de libro (¿a ti te gusta “tienda” de libro?: yo creo que hay que reivindicar la librería como tienda de barrio o tienda de pueblo: otro por cierto: estos días la noticia del cierre de Tipos infames, una librería que reivindicaba su papel de lugar de encuentro de los vecinos de Malasaña, en realidad tan expulsados del barrio como la propia librería)…bueno, decía que de entre las novedades (por seguir hilando) nos llega la edición en España de Los suicidas del fin del mundo, obra original de 2005, crónica de voces dolientes alrededor de un trágico suceso en la localidad argentina de Las Heras, paisaje yermo que Leila Guerriero (volvemos a ella para acabar este bloque) convierte en parte fundamental de la narración.

Y si te parece nos centramos un poco más en tres libros no sin antes pasar brevemente por un ensayo de Juan Mayorga, que ya se publicó hace algunas semanas y titulado Revolución conservadora y conservación revolucionaria, sobre política y memoria en Walter Benjamin, y que no he tenido tiempo de hincar el diente como me hubiera gustado, entre otras cosas porque es un libro exigente. En confrontación con las obras de Jünger, Sorely y Schmitt Mayorga se pregunta a través del filósofo alemán por nuestro deber con el pasado, con la memoria de las víctimas como fuerza para la construcción de una política para la humanidad.

Pero hablando de este filósofo, matemático y, como sabemos, reconocidísimo dramaturgo os cuento que la editorial segoviana La uña rota ha publicado recientemente lo último suyo: Los yugoslavos, una obra en la que nos encontramos con algunos de los motivos principales del teatro de Mayorga, como la búsqueda (el uso) de las palabras adecuadas y su relación con la realidad (y con el pensamiento, etc… el Mayorga filósofo nunca se oculta), los silencios, los mapas… una historia que empieza con Martín, el propietario de un bar, y Gerardo, cliente ocasional, entre los que media un encargo curioso: Martín necesita recuperar a su mujer (silenciosa) y cree que Gerardo puede hacerlo porque ha oído (algo que en realidad no debería haber pasado) la conversación que este ha tenido con un amigo al que ha logrado reconfortar con  buenas palabras. Y pongo aquí en cursiva de lo de buenas porque es algo sobre lo que la obra también pregunta. Lo que podemos leer es una búsqueda en varios planos con un lenguaje coloquial y supuestos provocadores que nos hablan de la imposibilidad de nombrar y de llegar a los lugares que ya no existen. Es una lectura que se bebe en unos cuantos minutos y que pienso que merece la pena que esté en la biblioteca personal de todo amante o seguidor de la obra de Mayorga, como el resto de la suya publicada en cuidadísima edición (por cierto, prologada por la ensayista de arte contemporáneo Estrella de Diego).

Por seguir también con la importancia del cuidado y el uso de las palabras voy a hablar de un libro publicado en 2025 pero que podemos considerar reciente. Se trata del ensayo de la filósofa y catedrática Victoria Camps La sociedad de la desconfianza y que nos puede dar algunas pistas no sólo sobre lo que los políticos tendrían que hacer para recuperar la confianza perdida por parte de los ciudadanos-votantes sino -más importante-  cómo trabajar en nuestro propio carácter como personas para emprender la tarea (necesariamente común) de la convivencia. Es un libro exigente en el sentido de que habla claro de la necesidad de cultivar y poner en práctica las virtudes individuales para hacer de la libertad un proyecto colectivo (y que diferencia claramente del neoliberal libertinaje que muchas veces pretenden las clases pudientes y cuyo relato pueden adoptar y de hecho adoptan los menos favorecidos en según qué circunstancias) y nos habla, en definitiva, de responsabilidad colectiva. Y, sin embargo, no es un libro exigente en el hecho concreto de afrontar su lectura, ya que esta resulta muy estimulante y apegada a la realidad. Nos interpela con cuestiones que nos preocupan y sobre las que nos expresamos habitualmente y en ambiente distendidos pero, nos dice Camps, hay que ser serios: la palabra que sea constructiva, y la acción virtuosa.

Y ya sí que para terminar quiero recomendar la última traducción (calentita, calentita) que de Jorge Ferrer Arpa editores acaba de sacar de Memorias del subsuelo, del autor Fiodor Dostoievski y que justo ahora estoy leyendo. Comentaba el otro día con un amigo la modernidad (contemporaneidad) del título y hace unos días me decía mi hija que a un amigo suyo le gustaba mucho Dostoievski. Lo que estoy descubriendo últimamente es que se trata más bien de un fenómeno en redes. Hablamos de uno de los autores que seguramente con más empeño ha ahondado en las zonas oscuras del alma logrando una obra realmente sombría y en el que la maldad y las debilidades humanas son tema central. Si pensamos en una posible evolución de las lecturas desde las sangrientas historias infanto-juveniles de acción, aventuras, épica, y en general de cierta oscuridad más bien cándida (y que por cierto se siguen consumiendo en la adultez) los viajes que a uno toca emprender a partir de cierto grado de madurez seguramente son los que te propone Dostoievski, un autor con una incuestionable potencia narrativa, que sufrió mucho y cuyo existencialismo ha influido en filósofos y literatos posteriores.

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Cuarta pared

La intérprete está en escena cuando el público entra. Posición horizontal en contacto con el suelo, cambiando lentamente de postura, muy lentamente: está danzando. Su mirada cambia de dirección con sus movimientos, pero siempre mira al vacío, a un horizonte imaginado, nunca al público: ella no lo ve aunque lo vea. Lo ve la intérprete, que ha de sentirlo (ojos con rabillo) pero no el personaje, y ni una ni otro mira a los espectadores de esa tarde, que aparecen desde veinte minutos antes de que se apague la luz de sala. El público va ocupando las butacas, hablan mientras se colocan. Ellos sí miran a la intérprete (y puede que al personaje) pero tampoco la ven, al igual que no la oyen porque su coreografía está envuelta en silencio y proyecta calma. Los espectadores siguen a lo suyo: hay cosas que comentar porque casi todos son profesionales de la Feria internacional de teatro y danza de Huesca, hay risas, un clima distendido que por fuerza invade el espacio sagrado de la escena, un espacio pacífico y desprotegido. No hay rito en la entrada del público, puede que sí una propuesta de rito por parte de la artista (Paula Quintas) pero ella aún no ha llegado para la mayoría, no hay personaje porque no ha empezado la función. La cuarta pared está donde casi siempre.

Paula Quintas en una foto de Alberte Peiteavel. Está tomada de su web: https://www.paulaquintas.com/

En una de las mejores funciones de la Feria de teatro de Castilla y León de este año, en Ciudad Rodrigo, me pareció que uno de los actores mandaba callar al público (infantil) porque los espectadores estaban tan metidos en la obra que el ruido hacía peligrar la función. Unas horas después pude hablar con el director y este me dijo que no era así, que ese gesto (dedo índice a los labios) formaba parte de la dramaturgia original. No obstante, me confesó que la participación del público infantil es cuestión sensible y peligrosa en la que hay que poner mucho cuidado porque «la cosa se puede ir de las manos».

Savateriada

SAVATERIANAS, 10. Parece que última.

Fernado Savater ha sido despedido hace ya unos días del diario El País. Por faltón. Error: no era para tanto y se retrataba mucho (¿qué daño puede hacer eso a nadie?), a veces nos retrataba mucho (repito la pregunta). Hay por ahí un periodista que alaba la ironía del filósofo. Pero el filósofo no ironizaba, escribía a puñetazos, dardos envenenados en el mejor de los casos, dardos urticantes en el mejor de los dardos. No sé si seguirá habiendo savaterianas por aquí. Podría pasar porque, efectivamente, parece que seguirá escribiendo en otro periódico, pero comprar o gastar un euro en el Inmundo ya es harina de otro costal para mí, así que es probable que deje de leerlo. Me pregunto si ejercerá allí su escritura con la misma libertad que los antecesores a la buena de Pepa le otorgaron en el periódico progre.

Sinceramente pienso que El País nos representa un poco menos como ciudadanos maduros y capaces de traducir información desde nuestra propia inteligencia, adquirida, entrenada desde la educación, la curiosidad, el contraste, la reflexión, etc… Quiero decir con eso que representa un poco más a los lectores infantiles que necesitan de una mano a la que estar continuamente asidos. Entiendo perfectamente que el periódico considere incompatible la columna de Savater después de algunas acusaciones graves que este hace en su último libro publicado. Como al fin y al cabo soy librero lo pongo por aquí. Se llama «La carne gobernada» y puede que hasta lo lea. Libro autobiográfico en el que Savater -escritor jugoso donde los haya- se cuenta y en el que, por cierto, se despide con una cita de Simone Weil. Qué cosas, ¿no?

Fernando Savater, 2024. Editorial Ariel, 2024. 174 páginas. Pvp: 20,90 €

Vivir bien

SAVATERIANAS, 9.

En su columna del sábado 16 de diciembre Fernando Savater nos dice que en los centros educativos españoles se adoctrina demasiado. Lo hace a colación de los malos resultados de España en el último informe PISA, que son tan malos como los del resto de Europa y muy poco peores que los del desierto CyL. Imagino que la consecuencia primera de este informe es que estamos enseñando mal, pero hay que preguntarse también qué y para qué enseñamos.

Dos cosas han sucedido a favor de esta (no) columna. Una es que la he podido dedicar el tiempo que merecía porque la siguiente de Savater, la de este 23 de diciembre, no dice nada ni merece atención alguna si no es desde trincheras. La otra es que en estos días un amigo compartió con el resto una tribuna de Reyes Mate que me ha ayudado a centrar la mirada. En «Ricos en vivencias, pobres en experiencias» el filósofo reflexiona a partir de la inclusión en su diccionario que la RAE ha hecho de la palabra «vivencia». Así que llevo con esta entrada varios días, casi todos en mi cabeza o abriendo tímidamente su borrador de cuando en vez, mirándola de reojo, o simplemente comentando su tema con amigos en la librería…

Que una vivencia se convierta en experiencia personal, que suponga alimento, depende de que le dediquemos el tiempo suficiente, de que se sostenga sobre un pasado consciente (no quiere decirse fijo) y pueda proyectarse hacia algún lugar nuevo, de hecho procurando un lugar nuevo que ha de tener mucho de propio. Me resulta difícil pensar que un sistema de enseñanza en el que los docentes trabajan agobiados de informes y pasan buena parte de sus horas laborables colgados de aplicaciones informáticas, de ordenadores o móviles, puedan transmitir el sosiego en la atención que el aprendizaje requiere, un aprendizaje que va más allá de contenidos clásicos indudablemente necesarios. Puede que como decía Savater se adoctrine demasiado por aquí: el aprendizaje necesita de la digestión de cada uno, necesita convertir datos y técnicas en conocimiento propio. Y tenemos prisa.

En cualquier caso sería fácil inferir de los resultados del PISA (a partir de evaluaciones a jóvenes de 15 años) que las puertas que nos han obligado a cruzar en aras de una libertad multiplicable según nuevas formas de conocimiento ha conducido a pasillos estrechos que perimetran la experiencia sin tocarla, como electrones ultraexcitados y más bien confusos. Por su puesto que leen peor nuestros jóvenes, muchos ni siquiera saben leer a los quince años pero, sinceramente, ¿sobre qué base pueden apoyar sus pies los chicos y chicas de una época en la que el tiempo se desdibuja fruto de una atención total al presente estrecho del instante, a la inmediatez que las nuevas tecnologías nos brindan y que los ahora adultos aceptamos en su momento como ventaja? Hoy, como padre, me sigue preocupando más en qué ocupan mis hijos su tiempo de ocio que el provecho que puedan sacar al académico, y si algo hemos de exigirle a este último es que enseñe a vivir bien.

Tonto o muerto

SAVATERIANAS, 8.

El título no es una disyuntiva y establece una equivalencia entre dos términos de la que me responsabilizo. Se puede estar muerto intelectualmente hablando y, por tanto, ser tonto. Se puede estar muerto en otros ámbitos de la vida y tener como aspiración máxima la mantita con mecedora y tele. Es decir, no aspirar a nada ya. Indudablemente se puede estar muerto aceptando los dogmas de la modernidad, es decir, aceptando los supuestos críticos de la vanguardia si esto se hace irreflexivamente, dentro de una marco que cabría definir como ideológico y que, por tanto, está cerrado, no tiene desarrollo, no provoca dialéctica ni nuevas oportunidades de pensamiento. Nos recomienda Savater en su última columna el libro de Teresa Giménez Barbat «Contra el feminismo», cuya lectura no dudo que sea interesante. Espero que tenga prólogo o introducción, contraportada y solapa, y un índice. Pero no es el tema que me importa para hoy. Lo que me interpela de esta columna es su comienzo formidable, que sin duda suscribo: «Nada más contribuye a la claridad y firmeza de las ideas que la ignorancia. El escepticismo y las dudas no vienen con la edad o el elitismo contrariado, sino con el estudio o la experiencia. Lo que el devoto llama «traición» es sólo el derecho a ser hoy menos tonto que ayer. El feligrés, en cambio, se enorgullece de no aprender jamás».

Recomienda también la lectura del (gran) Thomas Sowell y desprecia la de otros como Paul B. Preciado y Judith Butler. Savater defiende como en otras ocasiones el valor intelectual de unos autores que en sus columnas se enfrentan a los que desprecia. No hay dialéctica posible en este territorio fabuloso en el que uno debe atender sólo estudios que escapen a los «dogmas» y a los «hallazgos especulativos»: Sowel y Giménez Barbat hacen buenas preguntas mientras que Preciado y Butler dan malas respuestas, los primeros plantean dudas razonables sobre las nuevas ideas de género, críticas pero ya normales (normativas, dogmáticas) y los segundos ya creen saberlo todo sobre estas cuestiones: son tontos o están muertos porque su pensamiento no tiene un desarrollo posible, ni hay disposición para el aprendizaje.

Memoria y perdón

SAVATERIANAS, 7

Trae a la memoria Savater en la columna del sábado 2 de diciembre el asesinato etarra del exministro Ernest Lluch hace 23 años, y cuyo recuerdo el PSOE ha malogrado estos días teniendo que rectificar un tuit en el que no mencionaba la autoría de su muerte. Las voces que antaño apelaban a la capacidad de diálogo de Lluch de entonces y las que afirman ahora que el político hubiera apoyado el acuerdo Bildu-PSOE para la investidura de Pedro Sánchez resuenan a lo largo del texto como palabras inaceptables por su falsa ingenuidad o su hipocresía. El tema de trasfondo -y a la vez principal- es la condena de este acuerdo -una legislatura más- como moralmente reprobable.

Por aquellos primeros dos miles no eran pocos los partidarios de establecer un diálogo entre la banda terrorista y el Estado (o los grupos políticos de gobierno) para acabar con los asesinatos. Los distintos partidos de la izquierda abertzale -o el mismo siempre en un proceso en el que se nombraban con distintas marcas- han sido considerados brazos políticos de los terroristas y su validez democrática se la hacía depender primero del fin del terrorismo y luego de una condena explícita suya de los asesinatos perpetrados por ETA. Muchos aún estamos esperando esta segunda parte.

Algunos de ellos somos conscientes, además, de que la condena de todos los asesinatos terroristas por parte de un partido como Bildu (y el arrepentimiento, la solicitud de perdón… gestos que den algo de firmeza a esta parte fangosa del suelo vasco) no nos llevarían directamente a un estado de normalización de la convivencia, y un paso lógico y necesario posterior pasaría por la condena y el arrepentimiento también de las fuerzas de seguridad del Estado -y por tanto del Estado español- por sus excesos policiales, cuando no por el establecimiento de un sistema abusivo del que el maltrato, la tortura e incluso el asesinato formaron parte. Habría más pasos que dar después.

Dilema

SAVATERIANAS, 6.

Pues sí, las ideologías llevan fácilmente al fundamentalismo aunque de ellas, no obstante, se aprende al menos en un primer estadio, como punto de partida, seguramente necesario, desde el que nuestro pensamiento político debe desplegarse. Que al cabo de los años uno siga apasionadamente afiliado a premisas inamovibles de su juventud es síntoma de un crecimiento deficiente, pero se acepta que haya quien no quiera crecer y haga de la poltrona razón de vida suficiente. Se está calentito ahí.

El problema de las ideologías es que faltan a la verdad. Pasa porque la realidad es demasiado compleja para caber en un marco ideológico, y porque este marco persigue actos de justicia a los que da prioridad. Para ello no importa manipular la realidad: se sacrifica en defensa de la justicia. El dilema es evidente.

En las columnas de Fernando Savater esta tensión que algunos mantenemos está resuelta desde siempre en favor de la verdad. Leyendo estos días los diarios de Rafael Chirbes me encontraba con este dilema del que propongo hablar y, como el pensador donostiarra, el valenciano concluía que ya no estaba dispuesto entonces -tenía 57 años- a aceptar manipulación alguna. Las únicas ideas intocables son aquellas tan ligadas a los derechos humanos que sólo pueden ser verdaderas y, por tanto, escapan a cualquier intento de apropiación ideológica: Savater nos habla de ética, de moral y de principios universales ante los que cualquier ideología debe mostrar servidumbre. En la última columna de Savater –Izquierdas– este recomienda la lectura del libro «La izquierda traicionada», de Guillermo del Valle, mientras defiende que hay otras formas (aparte de la de nuestro gobierno) de izquierdismo y de socialismo «de sentido común» y con muchas ideas con las que es «difícil no simpatizar».

Dos por uno

SAVATERIANAS, 5.

No escribí savateriana la semana pasada porque nos salió el escritor con una de esas columnas llenas de nada a la que los colaboradores de prensa nos tienen acostumbrados y que todos nos podemos ahorrar aunque supongo que se pagan igual. Incluyo no obstante un comentario a propósito de las ideas sublimes (siéntase la mordedura) que Savater enumera como posibles a la hora de dotar «de una halo heroico la vida atontada de palurdos que llevamos: la lucha contra el cambio climático, la denuncia de la pederastia clerical, la aniquilación del heteropatriarcado o la independencia de Cataluña.» El comentario es que estas ideas (sublimes) además de variopintas tienen recorridos muy diferentes, alguna más bien parece ocurrencia, creo que la lucha contra el cambio climático parte de un objetivo claro que una mayoría conformada por la comunidad científica, política y ciudadana respalda y que hasta la fecha pierde en favor de quienes han de conservar una posición privilegiada en el sistema productivo, y algunas son supuestos o puntos de partida que requieren un desarrollo que supondrá, necesariamente, un cuestionamiento propio, una tarea dialéctica que vaya aclarando términos y necesidades, como la que llama «la aniquilación del patriarcado».

Más provocadora es por incisiva la columna «Era esto» de ayer, en la que Savater se reafirma en lo tramposo de una idea que bien podría haber figurado en el listado que había confeccionado para su opinión de siete días atrás: el diálogo. En la de este sábado se hace una generalización desde lo concreto del diálogo que ha supuesto el acuerdo de gobierno con los nacionalistas hasta la invalidez de todos los diálogos como solución a los conflictos políticos, algo que en realidad y a nada que uno se moleste en buscar por ahí es premisa savateriana y no conclusión a partir de los últimos acontecimientos: todos nos lo pasamos bien con sus columnas. A un institucionalista como él nada de lo que se salga de la fórmula le convence y a veces parece que le entra cierta manía persecutoria. En el Siglo de Oro español la prudencia era concepto sinónimo de inteligencia, pero que yo sepa nunca lo ha sido de conservadurismo y por ejemplo nadie diría que eran prudentes las prácticas inquisitoriales de la época. Que la política, como cualquier pensamiento, necesita desarrollarse a partir de cierta dialéctica imagino que es algo que no se pone en duda, y a veces asusta la seguridad con la que ciudadanos, políticos y pensadores dicen (o gritan) sus ideas, como si ya estuviera todo pensado.

Enfocar el abuso

SAVATERIANAS, 4.

También yo pienso que la columna periodística es un formato que admite sin problemas cierto grado de ligereza y, sobre todo, de buen humor, algo de lo que a menudo hace gala Fernando Savater en su cierre de El País de cada sábado. En su Opinión del 4 de noviembre, titulada «Hipocresía», el escritor empieza poniendo en duda el rigor del estudio que el Defensor del Pueblo ha publicado recientemente a propósito de los abusos sexuales vinculados a La Iglesia Católica para a continuación decir que estos escándalos tienen más resonancia en medios que tienen a su vez otros escándalos recientes que ocultar y rematar que se trata, precisamente, de un comportamiento típico de la izquierda que ahora promulga una -escandalosa y abusiva- amnistía «que se cisca en los derechos de 47 millones y medio de españoles», es decir, en los de todos. A veces se tratan temas serios e incluso graves en opiniones que se exponen con ligereza.

De todas formas este sábado me ocurrió que cuando volteé el periódico para atender su portada me encontré con una foto que ilustraba los efectos inmediatos del bombardeo israelí a un convoy de ambulancias a las puertas de un hospital palestino y no pude evitar pensar que puestos a hablar de hipocresía y de abusos era más pertinente detenerse entonces en los estragos que la respuesta israelí al ataque terrorista de Hamás está causando en la población palestina. En el primer plano de la foto aparece en pie, sobre un suelo sembrado de cadáveres, un joven que con la cara descompuesta sostiene en sus brazos a un niño ensangrentado. No sabemos con seguridad si son parientes -por ejemplo padre e hijo, tío y sobrino, quizás hermanos o puede que vecinos- pero su gesto de desesperación nos hace pensar que sí y yo en ese primer momento irreflexivo, puramente pasional, los vi como padre e hijo, no se me ocurrió ninguna otra posibilidad. No sabemos si el niño está muerto o malherido ni si, en este caso, el dolor y la urgencia que expresan la cara del joven que lo sostiene habrán sido capaces de poner a salvo a ese niño casi desconocido en su envoltorio de sangre. Porque cómo puede ser ese guiñapo su hijo, cómo es posible esa cruel metamorfosis en tan sólo un instante: mientras esas preguntas acuden como fogonazos sin respuesta posible ha de ponerlo a salvo, a la mayor brevedad, no puede quedarse bloqueado, no hay tiempo para detenerse en el dolor porque su urgencia está en asegurarse de que podrá recuperarlo, de que volverá a reconocerlo como de verdad es cuando le limpien, cuando le curen… entonces el niño que ahora se oculta bajo una capa inexplicable que lo desfigura aparecerá de nuevo.

Es una foto. Imposible detenerse en todos los casos individuales del horror de esta guerra. Conocemos algunas historias espantosas del ataque terrorista de Hamás a israelíes. Como dice Ana Iris Simón en su artículo del mismo sábado apenas conocemos nada de las víctimas palestinas. Son anónimas. No merecen un relato. Ni una columna. Hipocresía. Sinceramente, me preocupa poco si la Iglesia Católica es en realidad responsable de menos casos de abuso sexual de los que dice el estudio del Defensor del Pueblo. Las mentiras de Sánchez -su también ligereza- respecto a sus compromisos políticos me preocupan más pero no me sorprenden. La posible (y parece que cantada) amnistía a políticos independentistas catalanes condenados y presos por sublevación (o algo así: ya no me acuerdo) no me preocupa nada: ni un poquito.

¿Quién educa?

SAVATERIANAS, 3.

En la columna del 28/10/23 Savater se pregunta de forma aparentemente desprendida quién educa, a la par que muestra su desconfianza hacia la posibilidad de que un español de hoy luzca un mínimo de sentimiento patriótico en el extranjero o en cualquier otro lugar o situación, ya que dice según apunta en un tono sarcástica muy habitual en él «(…)de España mejor no hablar, porque es signo de fascismo mencionarla sin escupir después». Como imaginarán la columna tiene su jugo y recomiendo leerla. Por supuesto no hay desprendimiento ni puede haberlo en un texto de Fernando Savater que habla de educación y en ella se apuntan un par de cosas interesantes, sobre las que cabría escribir más en profundidad, algo que no voy a hacer.

Pero respecto a la falta de sentimiento patriótico de los españoles (que Savater no expresa así) quiero decir que es este sentimiento en España cuando menos confuso hasta el punto de que uno utiliza la palabra España a sabiendas que tiene algo de forzado y que la podemos aceptar para nombrar nuestro Estado pero difícilmente -por no decir imposible- como significante de una nación, certeza esta que para mí tiene bastante de alivio. Acepto no obstante el sobrevuelo de la columna con su juego banderil por hacerse entender bien en lo que creo que Savater trata en realidad de señalar: que los españoles somos unos acomplejados. Una vez alguien me dio la bienvenida al «primer mundo» cuando estaba yo haciendo un bolo de teatro en un municipio de Álava: me quedé tan contrariado que no supe qué decir, aunque mi mala conciencia por la falta de réplica a aquel absurdo alarde de ignorancia supremacista se vio durante la representación recompensada con unas cuantas «mangadas» de esta persona que en realidad era el técnico del teatro, y al que el equipo de la sala le quedaba claramente grande, aunque no era mejor que los que nosotros manejábamos en algunos pueblos castellanos. No sé si contar esta anécdota puede valer como orgullo patriótico, y me van a decir que no, que eso sería en caso de que la historia hubiera sucedido en Portugal, Andorra o Francia, pero no en Euskadi. Así que pueden borrar este párrafo de su memoria: como si no hubieran leído nada.

Más interesante, aunque lamentablemente podamos aplicarle un parecido (y lastimoso) nivel de rigor, es la afirmación que Savater hace mediada la columna: «(…) uno puede reformar las aulas, pero no crear padres y madres». Me quedé con este final de párrafo que, inevitablemente, mi cabeza hilaba con el título de la columna y, la verdad, lo que aquí nos deja el filósofo son un par de problemas en los que es necesario indagar. Yo carezco de herramientas (y de espacio ahora mismo) para hacerlo. Preguntar quién educa es también preguntar para qué, con qué fin se educa y, desde luego, a quién.