La columna se llama «El ancla» y me hace pensar en la necesidad que el autor ve de echarla hasta poner orden y que alguien pueda hacerse cargo (bien) del timón. Para ello Savater apela a la responsabilidad de los marineros, a la búsqueda de lo común para ponerse de acuerdo en lo mÃnimo y detener asà la deriva, e invoca la imagen mÃtica (dice) de la joven princesa besando la bandera, en una última pirueta fabulosa que definitivamente hace de la nave España una construcción puramente emocional, muy cercana al nacionalismo y, por tanto, imaginaria.
Y aunque nos retiramos a descansar un poco tras la comida a las 21 h asistimos al estreno de lo último de El Aedo, «La metamorfosis de Gregor». Un trabajo serio y ambicioso que trata de agarrar a los jóvenes para adentrarles en una realidad que puede pasar peligrosamente desapercibida: la tentación del suicidio a la que adolescentes perdidos pueden sucumbir si las circunstancias y los contextos no ofrecen un camino. Un montaje de formato grande en el que el hogar/jaula/pantalla crea la escena en cuyo interior se desarrolla el drama de Gregor, incapaz de gestionar su transformación en (puber) bicho raro desde una infancia no tan lejana, marginado y desconfiado como respuesta a su propia inseguridad: Samsa no logra salir de sus celdas. Una obra con mucho fondo en la que nada gratuito se cuenta y está llena de detalles que pueden ayudar al público a tomar conciencia sobre algunos hábitos y a buscar su propio enfoque de la realidad. Continúa pues El Aedo con su apuesta por el encuentro con público joven, empeño difÃcil e interesante pero, sobre todo, importante. Esperamos que este proceso que tiene mucho de investigación continúe dando(nos) pistas con nuevos montajes. Dando vueltas al espectáculo que acabábamos de ver nos retiramos definitivamente a descansar ese jueves…
Fuente Olmedo es uno de los pueblos que alrededor de esta villa nuestra logran mantener una buena parte de su administración a pesar de contar con escasÃsima población. Forma, junto a otros seis pueblos, el conocido como alfoz de Olmedo. La peculiaridad de Fuente Olmedo es que en los últimos decenios ha albergado y puesto en marcha iniciativas culturales y artÃsticas de diversa Ãndole, algunas con proyección nacional, y sigue siendo hoy un extraordinario punto de encuentro entre artistas y otros entusiastas de las artes.
La dureza de proyectos como estos supone el peligro de perder la energÃa a incontrolables raudales, y en uno de ellos alguien descuidado (de sà mismo) fácilmente puede quedarse atrapado (aunque siempre puede surgir la oportunidad de un tercero que desde cierta distancia de seguridad ponga atención al hecho y decida acompañarlo e incluso echar una mano). Pero es que, además, hay en estos proyectos otro peligro de gran importancia, una cuestión vital que consiste en la posibilidad de desencuentro entre visitantes y pobladores, una posibilidad esta de nefastas consecuencias y que es necesario tener presente desde el momento del diseño.
Aunque este peligro siempre está acechante creo que por lo general tanto los proyectos de los que he hablado como el concreto en el que hoy voy a detenerme están contando con el apoyo de los vecinos de Fuente Olmedo. Eso sólo puede producirse cuando los proyectos cuentan en su misión con el desarrollo del medio en el que se producen, y el desarrollo sólo puede darse a partir de los elementos propios del lugar. Como tantas veces en este blog hablo de la necesidad del encuentro entre lo que hay y lo nuevo, lo que viene de fuera. Sólo a partir de este encuentro se produce la innovación. Lo otro son aterrizajes, ocurrencias, a veces disparates. Es fácil verlo y decirlo. Hacerlo es otro cantar.
Un poco ayudará que nuestra compañera de libros -feliz cumpleaños, Susana Aparicio- vuelva de su finde madrileño con -entre otros- el último fotolibro de Paolo Gasparini: «Fotollavero mexicano». Un libro publicado por RM, la editorial mexicana, que firma en este caso con la marca caraqueña Mal de ojo, proyecto editorial del propio Gasparini -un italiano muy venezolano- ligado a la venezolana galerÃa Carmen Araujo Arte.
De tanto mirar por el cristal llego a veces al otro lado esquivando los coches y camiones de la calle de Medina como si de vencejo me tratara. Soy lento pero salgo finalmente a los caminos acompañado de Manchitas -que casi nunca corta la circulación, ni siquiera cuando defeca sobre el asfalto- y ya mientras piso tierra me entra la tristeza, compruebo siempre con la misma pena que el confinamiento es tendencia desde tiempos mucho anteriores a esta pandemia prevista (por previsible) digan lo que digan.
Hacia el Suroeste hay que andar algunos kilómetros en Olmedo para salir, de verdad, a campo abierto, sin los muros que protegen la herida inconmensurable del tren rápido, que sangra la tierra con lentitud permanente para calar la historia de un pueblo cuyos habitantes, blanditos olmedanos, nos conformamos con las rogativas marianas si a cambio hay buenos encierros por el campo… cada vez más encerrado a su vez.