Razón y futuro

SAVATERIANAS, 2.

Fue la de ayer (21 de octubre de 2023) una de esas columnas en las que Savater invita a la duda (tan sana) y se aparta más de un tono paternalista y resabiado, desde luego provocador, que le caracterizan y que, por otra parte, tanta gracia me hacen, aunque en general no hay día en el que no se despache a un par de personajes públicos de cualquier ámbito. Es tan sólo la segunda savateriana que escribo y me parece ya un buen momento para dar razón de esta iniciativa. En realidad daré tres razones por las que me he decido a adquirir este compromiso conmigo y con los -como diría Manuel Rodríguez Rivero- improbables lectores de este recóndito rincón de la internet.

La primera razón es el efecto crispante que la lectura de sus columnas tienen habitualmente sobre mí, columnas que leo cada sábado desde el kiosko en el que compro El País caminando de vuelta a la librería. Es bastante corriente en esa primera lectura (a veces única) que me sienta interpelado, cuando no ofendido o directamente atacado (qué más quisiera yo) por las provocaciones que en más ocasiones de las que me gustaría no puedo dejar de considerar reaccionarias, pero a lo mejor es que me estoy haciendo joven. Esa punzada sabatina y savatera de incomodidad que me produce la lectura de muchas de sus columnas la considero de utilidad para mis equilibrios digamos mentales, alimentos de un estado de templanza siempre por venir. Es como si me pusiera las pilas, una inyección de adrenalina furiosa con la que tuviera que habérmelas cada mañana del sábado y que me obligara a recolocar mi cabeza. Por otra parte, aún más útil me resulta la lectura de la actualidad española -ya no saben y yo tampoco- a través de una mirada muy alejada de la mía y en ocasiones contraria. Pero el ejercicio en pro de mi templanza no debe confundirse con gusto alguno por la tibieza, y el nacimiento de esta savateriana se produce como un primer impulso de contestar a Savater, de hacer por escrito lo que uno no puede evitar hacer mentalmente.

Hasta ahí la primera razón. Porque lo que uno se encuentra una vez que ha tomado la decisión de publicar esta entrada cada fin de semana es la oportunidad de hacer un ejercicio de escritura y análisis que quedaría plenamente justificado por contar con una base tan sólida como es una de las columnas semanales que más interés y polémica suscitan, firmadas además por un intelectual de valía indiscutible. Y así enlazo con la tercera razón:

Una vez establecido el compromiso conmigo de escribir esta «contracolumna» cabe la duda razonable de buscar otro autor o autora más convenientes, pero estoy seguro de que Savater es el mejor posible, y ya he dicho por qué. Hablamos de un pensador de trayectoria reconocible, con un incuestionable compromiso con la educación y la política que ha abordado tanto desde un plano intelectual como militante, un filósofo con el que comparto filias nietszchianas, una visión de los nacionalismos y las naciones como construcciones de un romanticismo peligroso, para mí un prescriptor de buenos libros y de buenas pelis pero, en definitiva, alguien cuyo valor está más allá de cualquier posible empatía conmigo, ya que contestando a sus columnas me siento un «privilegiado» y de alguna manera mantengo (o puedo fingir mantener) una conversación más o menos polémica, puede que incluso cordial y tranquila (¿se puede con Savater?), y con la oportunidad que la distancia de la escritura me ofrece de no quedar noqueado a la primera de cambio.

En la última columna Savater parte del visionado de una peli protagonizada por Charlton Heston (Soylent Green, 1973) para advertir de lo erróneos de algunos vaticinios ecologistas sobre un futuro del planeta que en 2023 estaríamos viviendo en presente. Tras sendos tortazos a Michael Moore e Ione Belarra señala en concreto los errores del Club de Roma en 1972 y de Al Gore en 2006 para terminar con la recomendación: «Quizá también hoy convenga prevenir, pero sin exagerar…». Apoyo esta recomendación convencido de que los grupos ecologistas han sido muchas veces antipáticos para los ciudadanos de a pie, seguramente porque con atender estos lo suyo ya tenían bastante pero también por ciertas formas lacrimógenas y en algún grado violentas de «lo verde», tanto en las acciones como en los relatos, y que han impedido que un fondo acertado en lo esencial no calara lo necesario. Pero de sobra sabe Savater que el ya viejo mensaje ecologista era más predictivo (científico) que visionario y que precisamente en lo esencial se está cumpliendo: la especie humana hace del planeta un lugar cada vez más inhóspito, su actual desarrollo tecnológico se ha mostrado incompatible con una vida en armonía con el resto de especies y, por fin, hay un cambio climático provocado por un exceso de quema de residuos fósiles que está produciendo una subida de temperaturas ya a estas alturas de la historia difícilmente reversible. Creo que no exagero.

El ancla

SAVATERIANAS, 1. (14/10/23)

En la última columna de Fernando Savater en el diario El País España es una nave atravesando una tormenta de importancia al menos considerable. El texto es ingenioso como la mayoría de los del filósofo, pero dado el formato de 350 palabras no da para más profundidad que la que el lector pueda imaginar en el posible hundimiento de la nave que es, hasta donde uno sabía de Savater, estado y no nación. En esta nave-estado hay piratas de izquierdas que, por tanto, no son tripulantes, ni marineros y ni siquiera pueden ser viajeros, y entiendo que son -qué otra cosa podrían si no- enemigos a los que habría que expulsar de la nave a riesgo de que la roben o expolien o, quizás, secuestren.

Es evidente que Savater no pinta un cuadro necesario, sino un momento circunstancial creado por políticos concretos de la izquierda de hoy, es decir, por personas y no por ideologías, por pasiones individuales incapaces de trascender sus debilidades hasta la responsabilidad que lo común requiere. Pero es precisamente por esto que no se entiende bien el juego maniqueo que establece entre tripulantes y piratas, entre la derecha y la izquierda que sostiene en su hombro el loro nacionalista que sólo sabe preguntar por lo suyo y que, nos dice Savater, maldice en catalán y vascuence. Es complicado gobernar la nave en estas condiciones, claro, pero no puedo dejar de preguntarme qué nave es esa, cuál es su naturaleza ni qué es lo que se trata de salvar. Porque a primera vista hay mucha confusión, y aunque esta responda a un momento concreto resulta imposible pensarla sin una complejidad previa que la provoque.

Sí, ya sé, he de aceptar el juego de la columna, no es un artículo ni una tribuna ni hay necesidad de profundidad ni rigor con los que ir sumando argumentos a una posible dialéctica que nos permita seguir pensándonos. No es cuestión de pensarse todo el rato y nos permitimos la premisa como verdad. Acepto esta ligereza pero me doy el gusto de recrearme en ella: tenemos una nave (podría aventurarse que sin timón aunque esto no lo sabemos: ¿hay un capitán? ¿Quién es?) cuya integridad peligra y que por si fuera poco -añade a continuación- navega mediterráneamente hacia el Este a riesgo de chocar contra los arrecifes islámicos, el iceberg Ucrania o desorientarse hacia la catástrofe por los dolorosos cantos de sirena de los inmigrantes cuya voz manipula la Iglesia. La cosa, efectivamente, pinta mal.

La columna se llama «El ancla» y me hace pensar en la necesidad que el autor ve de echarla hasta poner orden y que alguien pueda hacerse cargo (bien) del timón. Para ello Savater apela a la responsabilidad de los marineros, a la búsqueda de lo común para ponerse de acuerdo en lo mínimo y detener así la deriva, e invoca la imagen mítica (dice) de la joven princesa besando la bandera, en una última pirueta fabulosa que definitivamente hace de la nave España una construcción puramente emocional, muy cercana al nacionalismo y, por tanto, imaginaria.

Ciudadanos

A TRAVÉS DE LA VENTANA, 8. Existen desde mucho antes de que un partido político pervirtiera su nombre, y seguirá siendo concepto central en política. Son ciudadanos también quienes «pelan» la piruleta a su hijo y con total naturalidad dejan caer el plástico al suelo, e igualmente ciudadano soy yo, que lo veo y no digo nada porque me causa rubor el sólo hecho de tener que amonestar a alguien por algo evidente. Pienso que la mujer es extranjera y que en su país seguramente tiran las cosas al suelo, y pienso que habría que decirle que aquí no, que aquí la mayoría de gente usa las papeleras. También me incomoda reñirle delante de su hija. Soy muy ciudadano caminado de noche y capando el cigarro que me acabo de fumar para, acto seguido, tirar la colilla a una papelera, pero también lo soy cuando tiro la colilla al suelo, aunque ya me afearon una vez esa conducta. Y el chico que está con sus perros sentado en un banco y arroja al suelo la lata que se acaba de beber es tan ciudadano como yo mismo cuando una vez más opto por no decir nada. De nuevo a un chico extranjero, probablemente del mismo país que la mujer de por la mañana. Habría que enseñarles, me digo, convendría corregirles y algo dentro de mí me impulsa a la necesidad de llamarles cerdos, pero creo que eso complicaría las cosas. Hoy por la tarde me veo un documental sobre Jane Jacobs, la gran visionaria, la urbanista, la política que entendía las ciudades creadas por los propios ciudadanos desde los espacios públicos los que con su uso dan vida. No paraba de pensar mientras lo veía en los columpios del paseo de La Soterraña de Olmedo y tampoco en la carretera de Medina que los amenaza, que destroza cualquier posibilidad de desarrollo social de esa parte del pueblo. Aceptaba, me ilusionaba la idea de que las ciudades más vivas sean las más variadas, con ciudadanos procedentes de culturas diferentes, capaces de aportar miradas, oficios y usos de la ciudad variopintos. Y, bueno, también se me ha ocurrido con tanta epifanía suelta y deshilachada que podía incluir en nuestro catálogo de la web un libro que nos acompaña desde hace ya varios años y que no tiene que ver nada con lo que vengo diciendo pero que, según se mire, podría tener que verlo todo:

Carlos Romero Rey, 2021. Caniche editorial. 144 páginas. Pvp: 18 €

Estar por Ciudad Rodrigo en su feria.

A TRAVÉS DE LA VENTANA, 7.

Estábamos por estar menos Esther y yo en esta edición de 2022 de la Feria de Teatro de Castilla y León que, como siempre, se celebra en Ciudad Rodrigo (23-27 de agosto) y, miren por dónde, hemos estado más que nunca. O esa sensación nos traemos de vuelta a Olmedo. Porque el plan original de descargarnos de exhibiciones de sala y disfrutar de las otras actividades de la feria ha dado un doble resultado favorable de lo más jugoso. Por un lado hemos estado más en las actividades en las que estábamos y hemos podido dilatar ambigús y saludos postreros. Por otro nos hemos acercado con tiempo suficiente y en repetidas ocasiones a la exposición fotográfica de José Vicente, la instalación poética de Baychimo Teatro y las actividades que componen la que es, sin duda, programación más importante de la feria, aun no siendo la central: Divierteatro. De la misma manera pudimos acudir a la que para nosotros era cita irrenunciable de esta edición: el reconocimiento a Miguel Ángel Pérez Martín (Maguil) -por cierto, colaborador de este blog- con el «Rosa María García Cano» a la gestión cultural. Esther participó con el propio Maguil de la presentación del libro «Historia del teatro contemporáneo de Castilla y León» que hace unas pocas semanas se presentaba originalmente en Olmedo Clásico, y a la que acudí como librero de etiqueta teatral a la que voy cogiendo el gusto. Y, en fin, acompañamos lo mejor que supimos a nuestros compañeros de Artesa en el espacio creado para la feria… entre otras…

Como íbamos por estar con tiempo llegamos al albergue La Concha el lunes por la noche, aún unas cuantas horas antes de la inauguración. Y por la mañana acudimos al taller de COFAE «Â¿Sabes lo que te ofrece una feria?» con el que comenzamos muy bien nuestra vivencia de la feria. Abigail Ballester y Margarita Troguet nos dieron algunas claves (o nos las recordaron) y nos inspiraron en cualquier caso a tomarnos en serio los preparativos para una feria profesional. Uno de los datos que el taller nos ofreció, especialmente esclarecedor y que me tiene contrariado fue el presupuesto de la feria (300.000 €), paupérrimo para lo que la esta desarrolla: hablamos de 47 espectáculos que entre salas y calle ocupan 19 espacios que hay que equipar, toda la programación de Divierteatro en dos espacios distintos e igualmente equipados, la exposición fotográfica y otras propuestas y, por supuesto, toda la organización, comidas, bus y presentaciones incluidas, sean espectáculos, libros o informes… Lo comparo con otros festivales o ferias de parecido presupuesto -y alguno de ellos me toca tan cerca que me abrasa- y no puedo evitar dos reflexiones: una me hace preguntarme qué hacen algunos con proyectos que pulen sus presupuestos para hacer siempre lo mismo y sin atisbo de ir a lugar alguno. La otra es, sin duda, el espectáculo que en sí mismo ofrece una feria como la de Ciudad Rodrigo, que no tendría sentido en ningún otro lugar dada su implicación con el territorio, al que tanto da y del que tanto recibe. Cómo explicar a otros directores que están al frente de proyectos sin personalidad y que estos bien podrían llevarse a cualquier otro territorio o población sin ningún problema para sus soso proyecto y, en realidad, creando su ausencia pocos a la propia población de la que casi nada saldría. La Feria de Teatro de Castilla y León multiplica su presupuesto, no sólo económicamente, sino social y pedagógicamente hablando, y procura desarrollo en su territorio. A ello debemos sumar la eficacia en la oficina y su capacidad -exquisita- de atención, además de unos números que respaldan los objetivos profesionales de difusión de las artes escénicas, con un (nada desdeñable) hueco asegurado para las compañías de la región y con una mirada peninsular en la que cobra especial importancia el trabajo que se hace en Portugal, una acertada singularidad que responde, como en el caso de sus raíces territoriales, con una forma responsable de desarrollar los proyectos. Por supuesto que la Feria de Castilla y León merece más presupuesto (y que algunos consejeros estén calladitos y dejen tranquila la lengua, la de todos pero especialmente la suya, esto lo merecemos todos).

Dicho esto lo que sigue es una crónica de la estancia de Esther Pérez Arribas (Teatro de compañía Pie Izquierdo) y de la mía. Ese primer día lo rematamos con una comida en la que los inscritos en el taller pudimos conocernos un poco mejor. Por desgracia la inauguración del Espacio Artesa se produjo también a esa hora y no pudimos estar en aquella con nuestros compañeros de las artes escénicas de la región. Así que desde la comida fuimos directos a la inauguración oficial de la feria, que se celebró en el Palacio de Montarco y que acompañamos durante la presentación del director -Manuel González- y abandonamos en cuanto empezó a nevar oficialmente, pues nos dejamos en Olmedo la ropa de invierno. Luego nos retiramos a la tarde, que esperaba tranquila.

El miércoles fuimos al parque La Florida para disfrutar del que sin duda ha sido uno de los hitos de esta feria, la instalación poética de Baychimo Teatro «Versos que anidan» y en la que las palabras se incorporaban a la escena individual que las casetas nido, alimentadas con una plaquita solar, creaban para el espectador/oyente de poemas de autores (plumas) como Alejandra Pizarnik, Gloria Fuertes, Gianni Rodari, Beatriz Osés, Raúl Vacas, María Elena Walsh, Oliveiro Girondo o León Felipe en la voz (canto) de intérpretes como Elena Muñoz, Paloma Leal, Ramón Enríquez, Ana Roncero o Antonio Velasco… un juego que invita al descubrimiento y que provoca la imaginación, un encuentro entre literatura, teatro, artes plásticas y naturaleza que es también lugar de reunión para espectadores, vecinos y artistas donde intercambiar visiones de la poesía, entendida esta en un sentido amplio. Una instalación que nació del primer festival PoetiZa y que bien puede alimentar ferias del libro y otros festivales literarios. Hay que contarlo.

Con nuestro amigo Patxi Vallés -Pez Luna Teatro- vimos algo del pasacalles «Ambulantes», de «Z Teatro» y «La escalera de tijera», bien acompañados por el público que estaba por divertirse aún a la solana de la plaza mayor y tiramos hacia el Espacio Artesa. Un espacio en el que han pasado cosas durante toda la feria y que ha logrado convocar a diversos agentes de lo teatral gracias a los vermús donde han debido producirse buenas conversaciones y, se entiende, algún que otro compromiso por parte de las administraciones. Se trata, sin duda, de un espacio necesario y es un logro que esto se vaya consiguiendo gracias al esfuerzo de su junta directiva. Todo a pesar de que Feria y Artesa no parecen tener una relación clara que entiendo debería buscar el complemento de sus actividades. De momento las de Artesa dan como resultado una suerte de programación off que podría ser una opción a desarrollar pero que más bien se presentaba descolocada este año, cuando no descolocando…

En la primera comida de esta edición tuvo lugar el acto que para algunos de nosotros – por supuesto «artesanos» incluidos- era el más significativo de esta feria: el reconocimiento a Miguel Ángel Pérez Martín -gestor cultural, maestro de las artes escénicas, creador, conocedor y divulgador de las artes en general y, entre otras cosas, timonel de Artesa durante algunos años- con el premio Rosa María García Cano que le entregaron sus principales promotores en este caso: Ana Gallego (a quien Maguil dedicó el premio: por valiente) y Ángel Sánchez, compañero en el primer Teloncillo al que Maguil se incorporó en 1974. El reconocimiento a Maguil es también a una forma de estar totalmente comprometida con la innovación, con la utilidad de la cultura en general y de las artes en particular y, sobre todo, a una persona generosa que comparte información y conocimiento desde el convencimiento de que cada cual sabrá hacer con ello lo que crea oportuno, a poder ser crear nuevo conocimiento, en cualquiera de sus vertientes: artística, investigadora, pedagógica… Oro para nuestras artes. Referente absoluto.

Durante la propia comida fue también reconocido el trabajo y los proyectos de personas y programas como Eduardo López Velasco, Proyecto Ornitorrinco y Escenarios Móviles, unos u otros con trayectorias largas o especialmente novedosas o útiles a las que dar visibilidad. Y desde la comida Esther y yo fuimos a ver «La buena letra», de la compañía «El mono habitado», en el Espacio Rosa. Un montaje minimalista alrededor de la idea de autarquía que contaba la historia de una pareja que primero por casualidad, después por habito o divertimento y, finalmente, por necesidad ejercían una suerte de dominio maquiavélico sobre toda la comunidad de vecinos a través del control invisible del correo postal. Una propuesta original y cortita que dejaba su relato en un punto de acidez o mera provocación con regusto afortunadamente no muy duradero.

Y del Espacio Rosa hasta Teresianas para la presentación del libro «Elio y Eloísa», de Denis Rafter, una suerte de biografía ficcionada para los jóvenes en los que se narra la historia del aún joven Antonio de Nebrija hasta que se separa de Eloísa para volver años después a su pueblo natal ya como el gran lingüista que se formó en Italia y profundizó en el estudio y la gramática de la lengua vulgar española. Una historia, al fin y al cabo, de amor. Y de allí, cuesta abajo hasta el albergue, de retirada, con nuestros flamantes ejemplares del libro bajo el brazo.

Tras el despertar, desayuno y, en general, puesta a punto del jueves por la mañana fuimos hasta el Espacio Rosa para disfrutar del último montaje de Teloncillo: «Coser y cantar». Una vez más un espectáculo impecable en el que los sugerentes objetos que protagonizan las historias que van hilándose -valga la ocurrencia- sugieren y llaman al asombro de los más peques. Especialmente divertida, además, está Ana en este montaje (también yo aprovecho para agradecer su valentía en estas funciones tan difíciles como las del otro día) y, por supuesto, la música de Ángel crea la atmósfera perfecta y procura el incidente teatral de los personajes. Es una gozada verles trabajar con tanta limpieza y sentido.

Volvimos a la instalación poético-sonora de Baychimo para escuchar algunos poemas más y seguir hablando con compañeros de la feria y luego continuamos hasta el Espacio Tierra para ser partícipes del éxito de Teatro de Poniente «El manuscrito de indias», un montaje en el que Antonio Velasco lo hace todo en escena para contar la historia de Nuño Díaz, una suerte de personaje maldito, marcado por la sociedad sevillana de la que acaba huyendo para embarcarse como indiano al otro lado del Atlántico y hasta el «descubrimiento» de La Florida de la mano del explorador Ponce de León. Muy buena acogida del público que lógicamente debería traducirse en contrataciones.

Y aunque nos retiramos a descansar un poco tras la comida a las 21 h asistimos al estreno de lo último de El Aedo, «La metamorfosis de Gregor». Un trabajo serio y ambicioso que trata de agarrar a los jóvenes para adentrarles en una realidad que puede pasar peligrosamente desapercibida: la tentación del suicidio a la que adolescentes perdidos pueden sucumbir si las circunstancias y los contextos no ofrecen un camino. Un montaje de formato grande en el que el hogar/jaula/pantalla crea la escena en cuyo interior se desarrolla el drama de Gregor, incapaz de gestionar su transformación en (puber) bicho raro desde una infancia no tan lejana, marginado y desconfiado como respuesta a su propia inseguridad: Samsa no logra salir de sus celdas. Una obra con mucho fondo en la que nada gratuito se cuenta y está llena de detalles que pueden ayudar al público a tomar conciencia sobre algunos hábitos y a buscar su propio enfoque de la realidad. Continúa pues El Aedo con su apuesta por el encuentro con público joven, empeño difícil e interesante pero, sobre todo, importante. Esperamos que este proceso que tiene mucho de investigación continúe dando(nos) pistas con nuevos montajes. Dando vueltas al espectáculo que acabábamos de ver nos retiramos definitivamente a descansar ese jueves…

…y llegó el viernes, penúltimo día de la feria, el último para una gran mayoría de programadores… y prontito empezamos con una primera actividad de la que participábamos de manera directa: la presentación del libro «Historia reciente del teatro en Castilla y León» a cargo de Miguel Ángel Pérez Martín que, como coordinador, nos habló de la génesis y el proceso de creación, que pasó por varios shocks (pandemia incluida) desde 2019 y que finalmente salió a la luz este 2022 con la colaboración de protagonistas de algunos sucesos principales y de periodistas que desde afuera pudieron ofrecer su propia perspectiva. Un libro que contó también con Germán Vega, Héctor Urzáiz e Isaac Macho como equipo coordinador y un total de 27 articulistas, un primer (importantísimo) peldaño hacia la documentación (memoria y reflexión) que ordene la historia de nuestro teatro en la región y cuya labor debe continuar. Mi compañera Esther Pérez Arribas pudo hablar de su experiencia como profesora de teatro (y secundaria) y dar su visión sobre la relación que educación y teatro tienen y pueden (o deberían) tener, y del papel que el teatro puede cumplir en la educación reglada, cuestión esta de un descuido desalentador. Habló de tres proyectos muy ligados a su territorio en los que teatro y educación van de la mano, como «Cultivando miradas» de Baychimo en Zamora, «La cantera», de la propia Esther y su Pie Izquierdo en San Miguel del Arroyo, y el certamen de teatro aficionado de Mengorría en Ávila. A la pregunta que desde el público se hizo sobre la existencia de una red de escuelas municipales de la región la respuesta fue, evidentemente, que no. La implicación de las administraciones es prácticamente nula en ese sentido y, por desgracia, la habitual intolerancia y estrechez de miras de nuestros gobiernos regionales han avanzado hasta tornarse banderas que ondear al viento arenisco de nuestra tierra.

Seguimos después estando a nuestra manera de estar en Ciudad Rodrigo este 2022 y fuimos a Divierteatro y pudimos acompañar a Denis Rafter en el palacio de Montarco: cuando llegamos empezaba un cuentacuentos basado en su «Elio y Eloísa» para niños del pueblo vecino de Sancti Espíritus y en el que lo principal no era tanto lo que contaba sino cómo lo contaba, cómo lograba la atención de los peques y hacerles partícipes del rito teatral. Afuera, en la plaza del Conde, talleres y otras actividades de Divierteatro vestían la calle de jaleo y pudimos adentrarnos entre infantes para disfrutar del trabajo de Pilar Borrego (Katua&Galea) con su historia de gatos, limpito y delicado como siempre. Un placer acompañarla y una suerte tenerla siempre disponible porque nos dio algunas pistas chulas para seguir Divierteatro al día siguiente.

Y desde allí fuimos a la Casa municipal de Cultura para ver la exposición «Desde el alma», a partir de la selección de imágenes del mirobrigense José Vicente, fotógrafo oficial de la feria. Un trabajo que abarca 20 años de instantáneas y que retrataba algunos momentos fuera de escena, en el camerino o entre bambalinas, de gran expresividad. Una maravilla que bien merecía ser recorrida con un mínimo de sosiego e invitaba a repetir. Es por ello que volvimos al día siguiente, ya sábado, para tirar alguna foto que nos faltaba, que nos habíamos llevado dentro y queríamos tener con nosotros disponible también un poco afuera.

Tras un nuevo encuentro en Artesa y la comida con buenos amigos descansamos un rato en el albergue para (intentar) rematar el día con el nuevo montaje de La pequeña victoria Cen. Afortunadamente habían podido pasar el día antes «Disculpa si te presento como que no te conozco» con buenos comentarios como cosecha, algo que no nos extraña sabiendo de su sensibilidad y la mirada poética con la que suelen impregnar sus números circenses. Pero el viernes no pudo ser y la lluvia no nos permitió comprobarlo con nuestros propios ojos. Queda pendiente.

Y el sábado nos despedimos de la feria: primero pasamos eso sí, por el mercadillo de Ciudad Rodrigo («Â¡Tres euros lo de la mesa, 5 € lo colgao!) y llegamos a Divierteatro para disfrutar de manera consecutiva de un par de espectáculos. Bien atendidos, como siempre, por Miriam Hernández y sus compañeras, llegamos hasta el espectáculo clown del payaso Francis, con el que nos reímos un buen rato gracias a sus torpezas, ocurrencias y guiños con los que invitaba a los niños a participar del disparate. Acto seguido nos incorporamos al número del mago Óscar Escalante, que a plena luz del día y con mucha energía desplegó algunos trucos que nos mantuvieron bien pegados a los asientos, aunque ni Esther ni yo tuvimos la suerte de que el mago «nos sacara». Algunos niños si vieron colmada su expectativa de ser escogido pero lo que no vieron es qué pasó, y aún deben de estar dando vueltas al asunto: magia, claro. Dimos una última vuelta a la exposición de José Vicente antes de irnos, tras comer con nuestra amiga Nuria Aguado, de vuelta a Olmedo.

Y hasta aquí nuestra feria de este año, tan sólo la crónica de una de entre las múltiples ferias que uno puede disfrutar en Ciudad Rodrigo, de manera más y menos profesional y con la sensación siempre de que sigue creciendo (no su presupuesto) en el mejor sentido posible: raíces hacia abajo y lazos alrededor. Si se preguntan que qué hacíamos por las tardes, tan de retirada casi todas ellas, les diré: cada tarde leíamos (Angélica Liddell, Diamela Eltit, Paz Errázuriz) nos bañábamos en el río, cenábamos en el restaurante del albergue y tomábamos una copa hablando de lo que habíamos visto, de lo que querríamos ver… hablábamos de teatro, proyectos, esas cosas…

Mutis por la loma

A TRAVÉS DE LA VENTANA, 6.

Fuente Olmedo es uno de los pueblos que alrededor de esta villa nuestra logran mantener una buena parte de su administración a pesar de contar con escasísima población. Forma, junto a otros seis pueblos, el conocido como alfoz de Olmedo. La peculiaridad de Fuente Olmedo es que en los últimos decenios ha albergado y puesto en marcha iniciativas culturales y artísticas de diversa índole, algunas con proyección nacional, y sigue siendo hoy un extraordinario punto de encuentro entre artistas y otros entusiastas de las artes.

Por allí hubo en tiempos ya remotos un festival de música folk promovido desde el propio ayuntamiento, pero es igualmente fácil recordar La Alfábega, una casa rural-restaurante cuyas ambiciones trascendían no sólo lo empresarial sino también lo gastronómico (de indudable valor gracias a la buena mano de Toni Giménez) y promovía conciertos, además de encuentros alrededor de actividades relacionadas con la danza, la música y los viajes que Agar Martí desarrolló a partir de sus talleres de yoga. Pero particularmente interesante es en los últimos años la creación de un espacio de arte contemporáneo como El huerto del tertuliano, que de la mano del artista plástico Rubén Polanco ha puesto en marcha varias exposiciones que hacen de Fuente Olmedo un lugar de singularidad cultural, sin duda a la altura de la dureza que cualquier pueblo castellano tiene para con la cultura y, sobre todo, las artes, mayor aún en un pueblo de cincuenta habitantes. La cosa es seria y, como se comprenderá, tiene mucho más fondo que unas pocas palabras aduladoras como las de este texto.

La dureza de proyectos como estos supone el peligro de perder la energía a incontrolables raudales, y en uno de ellos alguien descuidado (de sí mismo) fácilmente puede quedarse atrapado (aunque siempre puede surgir la oportunidad de un tercero que desde cierta distancia de seguridad ponga atención al hecho y decida acompañarlo e incluso echar una mano). Pero es que, además, hay en estos proyectos otro peligro de gran importancia, una cuestión vital que consiste en la posibilidad de desencuentro entre visitantes y pobladores, una posibilidad esta de nefastas consecuencias y que es necesario tener presente desde el momento del diseño.

Aunque este peligro siempre está acechante creo que por lo general tanto los proyectos de los que he hablado como el concreto en el que hoy voy a detenerme están contando con el apoyo de los vecinos de Fuente Olmedo. Eso sólo puede producirse cuando los proyectos cuentan en su misión con el desarrollo del medio en el que se producen, y el desarrollo sólo puede darse a partir de los elementos propios del lugar. Como tantas veces en este blog hablo de la necesidad del encuentro entre lo que hay y lo nuevo, lo que viene de fuera. Sólo a partir de este encuentro se produce la innovación. Lo otro son aterrizajes, ocurrencias, a veces disparates. Es fácil verlo y decirlo. Hacerlo es otro cantar.

Conozco a Inés y su Factoría cultural Martínez. desde hace algunos años. No la conozco mucho, pero nos atendemos, nos miramos con generosidad, y me parece que nos creemos. Yo, que soy un tipo descreído, la creo a ella, aunque todas mis dudas, las que ya he planteado en el párrafo anterior han sido también para con ella. Lo son para con todos, me chirrían los proyectos que vienen de fuera a salvar lo rural. Pienso que lo rural sólo puede salvarse desde lo rural, que los máximos responsables del vaciado de los pueblos son las generaciones que un día decidieron (pensaron) que la solución estaba en marcharse. No les culpo. No es eso: no soy quién para juzgar las circunstancias personales de cada cual, pero fue decisión de los propios pobladores abandonar los pueblos. Y hoy es decisión de los propios pobladores abandonarlos, buscarse el futuro afuera, en las ciudades, sobre todo en las grandes. El futuro. No sabe uno si reír o llorar. Y es responsabilidad de los ciudadanos urbanitas que lo hacen (tengan o no una relación previa con los pueblos) relacionarse con el medio rural de una manera no sólo ventajosa sino, además, castradora.

Estas son ideas y preguntas, quizás todo simples dudas, que me rondan por la cabeza a menudo, y que se excitan días como el pasado viernes 12 de agosto, para cuando estaba programada la actividad «Teatro a la fresca» que con la inestimable ayuda de Marcos Isamat Inés García Albi y su factoría pusieron en marcha. Un encuentro en el Valladolid profundo que fue función teatral y cena entre amigos, artistas, vecinos de Fuente Olmedo y público en general. Con el cielo cambiante y la línea de una loma que dibujaban un espectacular fondo de escenografía tuvo lugar la función teatral «Ana y Serafín, inquilinos de la periferia», creada e interpretada por Rafa Sánchez. Una obra de tono confesional que contaba la propia historia de Rafa Sánchez, en realidad la de su padres, trabajadores humildes, que un día deciden buscarse la vida muy al norte y dejar atrás su pueblo cordobés. Así que subidos en «el sevillano» parten un día de Córdoba para llegar a Barcelona, donde esperan poder hacer una vida digna de mención, que poder ser contada o, vaya, que poder ser vivida según los relatos de triunfo que tanto ruido hacen. Allí, en el barrio de Badía del Vallés, se crían Rafa y sus hermanos y comienza una historia que es única y es la de tantos. Y que me interesó por las dos cosas, pero he de reconocer que la historia personal, esa suerte de homenaje a sus padres, a la pelea contra el inmenso Goliat que es la vida, tan inmenso que uno no puede creer de veras que vaya a ganar salvo por un golpe de suerte… ese homenaje me emocionó, y gracias a ello me sentí un poco más explicado. Como persona, digo.

Es seguro que ello sólo puede lograrse desde el tono confesional (se lo llama, o yo lo llamo, confesional de una manera genérica, y me pregunto si será porque esconda siempre un sentimiento de culpa), con el que la obra se desarrolla, y que dota a la historia de verdad, de la verdad del teatro, esa que llega por vía directa de la palabra y que confía en el público, en su complicidad para con un juego que debe ser muy serio, también cuando es divertido. Y triste. En la impecable interpretación de Rafa Sánchez uno se ve obligado a llorar a la vez que ríe, casi como un acto de respeto. Con muy pocos elementos, algunas maletas, una mesa, unos pocos cacharros, apenas un bafle que reproducía música en algunas ocasiones (con Nieves Eugenio Bayo a los mandos), y con la capacidad del actor de adoptar distintos personajes (padres, hermanos, vecinos…) siempre con una gestualidad mínima y de eficacia rotunda en su sobriedad vimos (re)pasar la vida de Ana y Serafín sobre unas pobres tablas apoyadas en pacas de paja, bajo el inmenso cielo castellano de Fuente Olmedo.

La otra parte de la función teatral, la historia de todos es por todos conocida y algo he adelantado. De hecho, obra y función estaban llenos de sentido en el paupérrimo pueblo de Fuente Olmedo, uno de los miles de casos de pueblos desahuciados a los que nada más les queda que atender con dignidad a sus últimos pobladores. El caso de la emigración de los pueblos -que va haciendo de este país una suerte de donuts a la inversa porque en ello todo menos perímetro y centro va quedando hueco- tiene su pequeña reproducción a escala en distintas zonas de Castilla y de Valladolid. Convendría saber al respecto, por ejemplo, qué mirada tiene sobre el asunto la administración de Olmedo y cuál sería su forma ideal de relacionarse con los pueblos de su alfoz. También a la inversa.

Fue, pues, un encuentro gozoso más allá de la función de teatro. Pude estar con amigos y amigas, algunos de los cuales hacía tiempo que no veía, me complació conocer artistas y gestores de la zona y de alrededores, también de más lejos y, sobre todo, me pareció que todo tenía mucho sentido cuando comprobé que del encuentro participaban vecinos de Fuente Olmedo (también de Olmedo) con la alcaldesa, Belén Sobrino, entre ellos. Compartimos la riquísima cena que Marcos preparó en la casa Vinos y Licores, un espacio muy amigable con sus guirnaldas de bombillas y mesas y sillas sobre el césped en un rincón desde donde se vislumbraba la luna de agosto… todas sus circunstancias componían una noche como para que cualquiera de los que allí estábamos nos sintiéramos, también gracias a las atenciones recibidas, especiales… pero -y allá va la despedida- cuidado con sentirse especial. Eso está bien. Pero que lo especial no consista en estar en una burbuja fuera de la realidad, más bien tratemos de contagiar la realidad cuanto podamos con este tipo de encuentros. Porque el día después, su incidencia, es importante, lo más importante. Se debe procurar la manera de que estas actividades no sean hechos aislados, efímeros. Y desde luego evitar la trampa de que lo exótico para los de afuera sea el gran problema de los pobladores. Sin desarrollo del medio no tiene sentido.

De momento Factoría Cultural Martínez lleva ya algunos años desarrollando actividad interesante (en septiembre se celebrará la III edición de «Ancha es Castilla») con el teatro, la música y la filosofía como materias centrales. Y gracias ello se crean relaciones que bien podrían desarrollarse en redes entre ámbitos local, provincial y nacional. Que ese empeño tenga como centro Fuente Olmedo es una suerte y una oportunidad para cuantos vivimos por aquí, y esperamos que también suponga relaciones nuevas entre los movimientos que en Olmedo y su alfoz se producen.

Poesía bajo el moral

A TRAVÉS DE LA VENTANA, 5.

Las letras como motivo de encuentro para una velada agradable gracias al acogedor espacio que en La Mata de Cuéllar crea nuestra amiga Almudena Pascual para estar y aún para ser en este pueblo pequeño como tantos, ya casi abandonado del todo como los demás, desparecido en la inmensidad del desierto castellano que reyes, curas, señoritos, cíclopes y gorgonas eternamente vivos de por aquí procuran con orgullosa estulticia (redentora, protectora, conservadora, miedosa, acomplejada), aún con sus huecas, incercenables cabezas sobre los hombros. Pero obviemos lo archiconocido:

Para ver las cosas hay que mirarlas, y debe de ser que el escaparate de la librería aumenta la realidad que se atiende. Así que se ve bien desde aquí y uno se percata de cosas chulas que ocurren, como tantas veces, cerca, muy cerca. Les invito a que lo prueben. Gracias a ello he podido saber de este encuentro programado en La Mata de Cuéllar el domingo 7 de agosto, donde han confluido dos activismos rurales de los de nuestra comarca, de esos que la mantienen viva pese a la niebla acechante de la realidad administrativa, regional, provincial y, por supuesto, local de cada pueblo, que aún en verano (o lo que sea esto) todo lo cubre. Seguimos:

Gente Festeamus de Cuéllar lleva ya 12 ediciones de su festival de teatro , danza y música en su municipio y desde hace unos cuantos organiza con bastante éxito de convocatoria los Micros Abiertos de Poesía, en los que un nutrido grupo de lectores de poesía (pero también de poetas), de músicos de ciudades y pueblos cercanos, se reúnen para compartir textos propios y ajenos (o de todos), acordes, melodías y, sobre todo, momentos. Además de en el municipio segoviano del que nacieron, estos encuentros poéticos se han celebrado en muchos pueblos de la comarca y, por supuesto, también en Olmedo, donde les pudimos tener durante el festival Olmedo Clásico de 2017, como parte de los Jueves Dramáticos que organiza la librería.

La otra parte fundamental del encuentro del pasado domingo ya la he nombrado: son Almudena Pascual y ese espacio tradicional de su pueblo que es la terraza de El Moral, así llamada porque prácticamente toda ella la ocupa este viejo árbol que proporciona agradecida sombra. Ella lo mima para el disfrute de visitantes y participantes de las actividades que allí organiza y que tienen que ver con el cuidado del pueblo, con el medio ambiente y con las artes. La razón por la que Almudena desarrolla en su pueblo actividades desde la asociación de mujeres podemos hallarla sin necesidad de buscar pues se vislumbra en su entusiasmo, que alimenta a cuantos lo percibimos y se contagia con facilidad alrededor, que le pone a uno las pilas y aún le ayuda a despejar dudas sobre la necesidad de mantenerse activo cuando estas surgen, que surgen recurrentemente por débiles que sean. Ante ese entusiasmo todo parece natural, casi necesario y no necesita de mayor explicación, pero hay que darla. Hay que decir aunque ya se sepa que desarrollar actividad ciudadana en los pueblos es la única manera responsable de habitarlos, y que la única oportunidad de estos pueblos pasa por el activismo de sus habitantes. Y, desde luego, que las artes son herramienta fundamental para ello, por su capacidad de convocatoria alrededor de lo nuevo, de lo que puede ir más allá, de lo que procura futuro pues, ya lo hemos visto, no será lo de siempre lo que venga a salvarnos.

No era la primera vez que iba al bar Chicote de La Mata de Cuéllar, he tenido la oportunidad de estar allí con Almudena en otras ocasiones, tratando, compartiendo, contrastando nuestras miradas comarcales junto a otros amigos. Y ya entonces me había enseñado ella el espacio, prometedor de aquellas, acogedor de estas. En la propia entrada uno se siente acogido: reconocer a la gente de Festeamus, coincidir también con otros amigos, el espacio que invitaba a ser disfrutado para que mi compañera Esther y yo nos sentáramos mientras íbamos saludando, frente al pequeño escenario, mágico gracias a su aire silvestre, maquillado para pronunciarlo, y, poco a poco, empezar una vez que Kati Cuesta -la encargada de organizar los micros de esa ocasión- tenía el orden claro.

Un par de sorpresas me llevé aún al comienzo de esta velada de la que, por cierto, también Esther y yo participamos. Leyó ella del poemario «Autobús de Fermoselle», de Maribel Andrés, y yo del de Lauren Mendinueta «Una visita al museo de historia natural». Las sorpresas: pudimos conocer a Julie, una joven checa a la que Almudena acoge estas semanas y que nos leyó en su idioma original «Canción de amor» del nobel Jaroslav Seifert. También Julie fue encargada de caligrafiar con preciosas letras el cartel «Micros abiertos de poesía», sobre cartón viejo, al más puro estilo Almudena Pascual. La otra sorpresa fue que Almudena leyó un poema que para la ocasión había escrito mi estimado, querido amigo José Carlos Iglesias, cronista de lo rural a la delibeana manera con quien comparto gustos literarios y momentos jugosos: se nos quema Castilla estos días y el humo -bien nos tememos- no será señal suficiente para ojos de vaca que siguen rumiando hierba mientras miran la realidad atónitos porque esta ocurra…

Tomamos algo tras la lectura, tras la música de guitarra con que terminó la actividad, comimos Esther y yo un crepé y uno calamares ricos por alargar la velada y disfrutar de la compañía, de los amigos, del moral, de una noche poética en su mismo planteamiento, en su escenificación, cuidados, atenciones…

Paisaje… de momento…

A TRAVÉS DE LA VENTANA, 4.

En estos días (semanas, meses) en los que parece que la crisis se muscula sin límite para asegurarse un golpe que, esto sí, caerá necesario sobre el mundo paria de la mayoría (es decir, de todos nosotros) uno trata ingenuamente de refugiarse en libros que no le salvarán. Por qué este empeño. Quizás por ver algo cuando se mira. Un paisaje posible. Seguimos catalogando libros que nos gustan y puede que en ellos busquemos sosiego, en el hecho de tenerlos (incluso de leerlos) o de poderlos ofrecer. Puede que en ellos busquemos solo compañía. Gracias por las fotos, Esther.

Gracias por el baúl y las maletas, Félix.

Un relato mexicano en imágenes.

A TRAVÉS DE LA VENTANA, 4.

Puede parecer poco verosímil esta entrada si digo que a través de la ventana de La tienda de Lope, por la que se ve la muralla medieval, según épocas las cigüeñas, casi todos los días personas que pasan -de largo- y siempre el tráfico de coches y camiones, poco verosímil sería decir -digo- que a ese lado del cristal pueda -lector, clienta, amigüi- vislumbrar algún transeúnte caraqueño. Pero a veces sucede, y en una última pirueta comprensible podría visitar un poco de México como consecuencia de la absoluta confianza en su capacidad contemplativa: es cuestión de mirar bien.

Editorial RM / Mal de ojo. Pvp 45 €

Un poco ayudará que nuestra compañera de libros -feliz cumpleaños, Susana Aparicio- vuelva de su finde madrileño con -entre otros- el último fotolibro de Paolo Gasparini: «Fotollavero mexicano». Un libro publicado por RM, la editorial mexicana, que firma en este caso con la marca caraqueña Mal de ojo, proyecto editorial del propio Gasparini -un italiano muy venezolano- ligado a la venezolana galería Carmen Araujo Arte.

Tomo de la mano este libro impreso en los madrileños talleres de Brizzolis con el cuidado que la secuencia fotográfica de Gasparini -pies de Juan Villoro- y el diseño gráfico de César Jara merecen y paseo mi mirada por imágenes que van componiendo un relato mexicano que cabría soñar y temer, irremediablemente atractivo, injusto. Los textos, pequeños aforismos a veces basados en citas, proporcionan lecturas complementarias que bien pueden obviarse pero que a nosotros también nos han inspirado alguna pequeña acción.

En cualquier caso los textos de Villoro trazan una historia paralela que el lector puede relacionar con la serie de imágenes -ordenadas con sentido- que hacen de este trabajo un fotolibro y no un compendio de fotos ni un catálogo. Finalmente, el libro contiene un ensayo crítico de la historiadora del arte Sagrario Berti que introduce al lector en la obra del propio Gasparini. Él mismo añade algunas palabras que hablan de su labor artística. Cierra el libro una composición de trípticos y cuadrípticos que conforman una serie extra a la que domina todo el libro, compuesto en dípticos que se relacionan y chocan como ideas generadoras de nuevas ideas, una historia de México, de Ciudad de Méxica, de Ciudad Juárez, Tijuana, Guadalupe…

Mejores encuadernaciones

Me encuentro con estas artesanías (¿artísticas?) mirando a través de la pantalla del ordenador: hay un premio a las mejores encuadernaciones (artísticas) que la Dirección del Libro convoca cada año. Se trata de encuadernar una obra del último Cervantes que, como sabrán, este año recayó en el poeta Francisco Brines, recientemente fallecido. La obra en cuestión es la antología poética «Todos los rostros del pasado», que en 2020 ya había reeditado Galaxia Gutenberg. Guadalupe Roldán Morales presentó el mejor trabajo y este quedó así: si pinchan en la imagen irán al enlace de la noticia donde la leí:

Puertas al campo

A TRAVÉS DE LA VENTANA, 2.

 

De tanto mirar por el cristal llego a veces al otro lado esquivando los coches y camiones  de la calle de Medina como si de vencejo me tratara. Soy lento pero salgo finalmente a los caminos acompañado de Manchitas -que casi nunca corta la circulación, ni siquiera cuando defeca sobre el asfalto- y ya mientras piso tierra me entra la tristeza, compruebo siempre con la misma pena que el confinamiento es tendencia desde tiempos mucho anteriores a esta pandemia prevista (por previsible) digan lo que digan.

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Hacia el Suroeste hay que andar algunos kilómetros en Olmedo para salir, de verdad, a campo abierto, sin los muros que protegen la herida inconmensurable del tren rápido, que sangra la tierra con lentitud permanente para calar la historia de un pueblo cuyos habitantes, blanditos olmedanos, nos conformamos con las rogativas marianas si a cambio hay buenos encierros por el campo… cada vez más encerrado a su vez.

Leo mientras paseo por los caminos y me siento acosado por los largos, altos y robustos vallados que me advierten de mi insignificancia y me vigilan ya antes de llegar a las vías, continúan necesariamente para proteger del entorno natural al entramado mastodóntico de hormigón, piedra y hierros, y aún continúa después como salvaguarda de las pequeñas propiedades privadas (amén) incluso cuando estas no son más que tierra y arbusto.

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Puertas al campo nuestra apuesta por el confinamiento no necesita de pandemias, y leyendo este precioso ensayo del poeta romántico Goethe, una de cuyas principales ideas es que todos los organismos crecen y se desarrollan en relación con los demás organismos y su entorno, me produce mucha inquietud y desafecto que sigamos dando con el mazo de nuestras libertades compradas (amén) para hacer con ellas lo que nos venga en gana.