Delirio de España

El pasado jueves 21 de noviembre tuvimos la primera tertulia literaria de la temporada en este de Club de Lectura que algunos amigos de la librería impulsamos y que, por cierto, no es nada exclusivo: está usted invitado. “Presentes” es el último y muy promocionado libro de Paco Cerdá (“El peón”, “14 de abril”) que parte del hecho histórico -desconocido por poco contado – del hipersimbólico cortejo que el régimen dictatorial naciente en el 39 hizo con el cadáver de JA Primo de Rivera, trasladándolo desde Alicante hasta El Escorial sobre hombros falangistas. Se está contando mucho y no voy a entrar en los detalles argumentativos del libro, pero resulta sorprendente cómo tres años después del golpe militar que provocara una guerra civil los fascistas aún mostraban semejante vigor, síntoma inequivoco de la capacidad vengativa y depuradora que ya estaban llevando a cabo y aún serían capaces de sostener en décadas posteriores.

En la tertulia se pusieron varias cuestiones sobre la mesa. Primeramente se apuntó el ejercicio de estilo que este libro supone, y en el que Cerdá juega con las voces y las expresiones ideológicas, tanto más extravagantes cuanto más se alejan del suelo que la mayoría pisamos cada día. En estos tiempos en los que el materialismo atraviesa una nueva crisis y los discursos fascistas vuelven a apelar a lo supraterrenal sin pudor parece que el autor trata de advertirnos de los peligros de ciertos simbolismos. Pero el ejercicio literario va más allá y es fácil encontrar versos de Calderón, Machado, Gil de Biedma, canciones entreveradas en la narrativa y para cuya extracción se exige al lector que haga su tarea porque, aunque no están escondidas, estas “letras” se integran perfectamente en el relato, bien para acentuar su sentido original o ironizar a partir de ello.

Paco Cerdá, 2024. Editorial Alfaguara, 2024. 326 páginas. Pvp: 20,90 €.

Hubo en la tertulia quien echó de menos mayor profundidad en las historias (personales) que se cuentan, apelando, efectivamente, a la complejidad de circunstancias que muchas veces rodeaban asesinatos y depuraciones que a menudo se han contado desde posicionamientos ideológicos. La cuestión del enfoque, de los planos, dónde decide quedarse el autor, hasta dónde llegar. Si tenemos en cuenta que es un libro escrito con otros libros como fuente principal creo que puede entenderse que sus historias no bajen hasta donde quizás sería irresponsable, y que no trate de contar cosas que sólo desde un conocimiento de primera mano -y me refiero con ello a haber visto los hechos o haber sido informado de ellos por fuentes presenciales- pueden contarse. Una de las cuestiones sobre las que nos interesa reflexionar en el Club de Lectura de este año es precisamente la representatividad (artística) del sufrimiento. Qué tenemos derecho a contar y qué no, hasta qué punto podemos ponernos en el pellejo de los que han sufrido y, por tanto, quién y cómo ha de contarlo. Cuestiones sobre las que Juan Mayorga y su maestro Reyes Mate nos alertaron en su momento.

Me hubiera gustado comentar en la tertulia que esta retahíla del libro de Cerdá que a veces puede resultar un poco cansina recuerda al ejercicio de responsabilidad que hemos visto en otros autores y que tienen que ver con la recuperación de las memorias perdidas, o simplemente de los nombres olvidados. En algún sentido este libro es una oración también, o está compuesto por oraciones o tiene una oratoria que contiene su propio peligro, una oratoria que denuncia la oratoria, pero que es un ejercicio literario bastante jugoso. Si uno se siente mareado en algún momento de la lectura no ha de preocuparse: está leyendo un libro que marea, y esa indisposición tal vez puede representar en algo la provocada por un país arrasado y la estomagante palabrería de quienes llevaban las riendas.

Algunos días antes de empezar “Presentes” terminé “Delirio y destino”, de María Zambrano, un libro mucho menos conocido que tiene en común con este de Cerdá que en ello ficción y realidad se confunden deliberadamente, componiendo una ficción que en ningún momento deja de ser narración de hechos reales y que tiene como objetivo principal la(s) memoria(s). El libro autobiográfico de Zambrano supone, además, un interesante ensayo filosófico sobre la imaginación, la soledad y el crecimiento, mientras que el de Paco Cerdá se queda en un plano divulgativo, no exento de sentimentalidad. Por otro lado mientras que “Presentes” está compuesto por un juego de voces que lo arma literariamente como una obra apetecible el libro de María Zambrano resulta duro de roer y como ficción se queda en intento tímido y fallido. Pongo estas primeras diferencias entre ambos libros para dar cuenta de que la relación entre las dos obras es algo forzada aunque, no obstante, creo que algo podemos sacar de ella.

María Zambrano, 1989 (a partir de texto original de 1953). Editorial Horas y horas, 2011. 336 páginas. Pvp: 18 €.

Cuando tomé “Delirio y destino” en las manos por primera vez me di de bruces con una idea preconcebida de España por parte de la autora y eso me disgustó. No por la idea concreta sino por el hecho de que la tuviera. Es algo que sin embargo debía yo esperar.  La lectura se fue animando posteriormente por lo que suponía un ensayo sobre la imaginación, el pensamiento, el conocimiento propio… en fin… un poco de chicha con la que se anima al lector a la meditación, “a reconquistar el sentido originario de las cosas”. España es una de estas cosas, en realidad la fundamental del libro. Firmemente defensora de La República, tras exponer algunas de las meditaciones sobre la nación por parte de plumas conocidas como la de Unamuno o Ganivet (hay otras: Menéndez Pelayo, Ortega…) sigue desarrollando su autobiografía (en paralelo a la Historia de España) para pedir el despertar del delirio y vivir la España presente de ese momento y a la que, según dice en varios ocasiones, naturalmente le correspondía la república como resultado del anquilosado período de La Restauración, que no daba más de sí y cuya artificial existencia (una dictadura mal velada, con Alfonso XIII y Primo de Rivera padre como mandatarios) justificaba los episodios de violencia-revueltas incluidas- que empezaban a verse por todo el territorio. La República era una suerte de advenimiento, que fue frustrado por un golpe militar y una nueva dictadura como destino fatal. Se rechazó la inspiración y volvió a abrazarse el delirio. Una inspiración adelantada a la del resto de Europa, quizás demasiado adelantada para la época.

Pero trato de decir que en definitiva la lectura de ambos libros supone para mi una aportación a la idea histórica o identitaria de España que sigue en permanente cuestión (y ejemplo claro de ellos serían últimamente libros como “España diversa”, de Eduardo Manzano, o “¡Reconquista! ¿Reconquista? Reconquista”, de David Porrinas) y que es otra de las cuestiones que me preocupan y sobre la que la lectura de ambos libros me incita a pensar. A día de hoy me sigue resultando bastante llamativo la visible preponderancia que se da a símbolos como la bandera española frente a la atención y cuidados que requieren la convivencia y el mantenimiento del vecindario donde uno vive. No acierto a saber a qué se debe y mucho menos entiendo de qué hablan quienes hablan de España, un concepto a día de hoy abstracto para mí a pesar de entender perfectamente lo que el Estado español significa. Por aquí me llego. No me resisto a transcribir unas palabras de María Zambrano a propósito de la memoria: «Todos los muertos prematuros, los muertos por violencia, necesitan que se cuente su historia, pues sólo debe ser posible hundirse en el silencio cuando todo queda dicho». Pero este país ni siquiera ha sido capaz de recuperar sus cuerpos desaparecidos en la Guerra Civil y la depuración de la dictadura franquista. Y ya no lo va a hacer a tiempo. Supongo que España es lo que fue (¿desde cuándo?) y a lo mejor lo que es (hay mucho de vergüenza en ello aún), y supongo que hay muchas españas imaginarias.

Iniciándome en Nothomb.

Hay que ver qué vidas más entretenidas tienen los aristócratas (imagino que los que se lo saben montar o tienen una inteligencia sensible o al menos dos dedos de frente), qué de desmesuras imposibles para el común de la especie y qué miedos, dramas y dolores tan ajenos a casi cualquier lector atrapado en la grosera pesadumbre de lo biológico o, como mucho, de la explotación capitalista. Será eso lo que más me atrae de Amélie Nothomb, una vida con castillos arruinados al fondo que aún se pueden visitar. No sé qué otra novela he leído de ella -fácilmente podría ser «Barbazul», imagino que al vuelo, según entrara un día en la librería- pero al pasar las páginas de «Primera sangre» durante el verano de 2023 tuve una sensación que recordaba y que me conectaba con los cuentos clásicos europeos y con una de mis autoras de cabecera, en realidad uno de los 5 autores que a fecha de hoy tienen un lugar reservado como propio en nuestra librería junto a Reyes Mate, Juan Mayorga, Angélica Liddell y Roberto Bolaño: Agota Kristoff. Esa sensación parte de un estilo seco que como alguien decía de la prosa de la húngara camina como títere sin cabeza. Parece dañina a veces y, en cualquier caso, el dolor es materia principal (Angélica Liddell) y se cuela por cada intersticio de la lectura, descubriéndose uno blando o sintiendo la necesidad de ponerse a salvo. Puede que ellas tres (Kristoff, Liddell y Nothomb) pudieran formar un temible tridente que enarbolar como bandera o marca de nuestra librería, como símbolo posible de nuestro fondo editorial, aún tratándose de vidas y obras muy diferentes.

Amélie Nothomb, 2021. Editorial Anagrama, 2023 (Traducción Sergi Pámies). 150 páginas. Pvp: 18,90 €.

Disponible en librería: latiendadelope@gmail.com // Tfno. 983 60 11 88.

En esta última novela la francesa-belga-japonesa hace un ejercicio de estilo que consiste en narrar en primera persona la vida de su padre -Patrick Nothomb- hasta llegar al punto en el que este se encuentra ante un pelotón de fusilamiento en El Congo, 1964, circunstancia que da comienzo y fin a la novela. Proporciona, como decía, una lectura ágil en la que la violencia está presente en formas diversas que van desde la niñez de Patrick con una madre desapegada que delega la crianza del hijo en sus abuelos, con el abuelo poeta y culto, persona difícil de carácter misántropo, y con las largas temporadas en el castillo de la familia donde el niño Patrick pasa duras pruebas que hacen de la vida supervivencia. Las penosas condiciones durante la Segunda Guerra Mundial, su insuperable aversión a la sangre, los amigos, el amor y, en fin, su secuestro -como representante del consulado bruselense- por rebeldes congoleños que lo llevan al pelotón de fusilamiento con el que la narración se abre y que acaeció antes de que la autora fuera concebida completan el homenaje al padre muerto recientemente cuando Amélie Nothomb encaraba la escritura del libro.

Savateriada

SAVATERIANAS, 10. Parece que última.

Fernado Savater ha sido despedido hace ya unos días del diario El País. Por faltón. Error: no era para tanto y se retrataba mucho (¿qué daño puede hacer eso a nadie?), a veces nos retrataba mucho (repito la pregunta). Hay por ahí un periodista que alaba la ironía del filósofo. Pero el filósofo no ironizaba, escribía a puñetazos, dardos envenenados en el mejor de los casos, dardos urticantes en el mejor de los dardos. No sé si seguirá habiendo savaterianas por aquí. Podría pasar porque, efectivamente, parece que seguirá escribiendo en otro periódico, pero comprar o gastar un euro en el Inmundo ya es harina de otro costal para mí, así que es probable que deje de leerlo. Me pregunto si ejercerá allí su escritura con la misma libertad que los antecesores a la buena de Pepa le otorgaron en el periódico progre.

Sinceramente pienso que El País nos representa un poco menos como ciudadanos maduros y capaces de traducir información desde nuestra propia inteligencia, adquirida, entrenada desde la educación, la curiosidad, el contraste, la reflexión, etc… Quiero decir con eso que representa un poco más a los lectores infantiles que necesitan de una mano a la que estar continuamente asidos. Entiendo perfectamente que el periódico considere incompatible la columna de Savater después de algunas acusaciones graves que este hace en su último libro publicado. Como al fin y al cabo soy librero lo pongo por aquí. Se llama «La carne gobernada» y puede que hasta lo lea. Libro autobiográfico en el que Savater -escritor jugoso donde los haya- se cuenta y en el que, por cierto, se despide con una cita de Simone Weil. Qué cosas, ¿no?

Fernando Savater, 2024. Editorial Ariel, 2024. 174 páginas. Pvp: 20,90 €

Las cuitas del jinete

Un jinete que lejos de cabalgar apenas arrastra ya los pies se nos retrata en este libro delicado que Thomas de Quincey escribió en 1827, 23 años después de la muerte de su admirado Immanuel Kant. Que el viejo profesor de Konigsberg, genial y afamado filósofo ya en la época, sea homenajeado precisamente a través del relato de su decadencia es representativo de los intereses del ensayista y crítico británico, que pone su atención en territorios si no inexplorados sí poco visitados del alma humana. Ya saben, eso esencial que ni existe ni somos capaces de negar. Retratar los últimos días de una persona es como un último intento de asirlo o al menos de mostrarlo o verlo pasar, quizás solo intuirlo, en el paso trascendental y definitivo a la nada (o al todo, o al absoluto que el lector prefiera).

Editorial Firmamento. 100 páginas. Pvp 16 €

En realidad este retrato que abarca los últimos años del filósofo prusiano tiene mucho de juego literario y, aunque está escrito con rigor a las fuentes y respeto, la fluidez que tanto contribuye al placer de su lectura se debe a un buen truco: la supuesta narración en primera persona del asistente Ehregott Wasianski, quien escribió unas memorias en las que De Quincey se basa. Sin embargo, como Marcel Schowb explica en el prefacio de esta edición que Firmamento ahora recupera, lo cierto es que De Quincey se sirve también de biografías publicadas por Borowski y también por Jachman en 1804. Así que, en realidad, se puede decir que es De Quincey quien presta sus palabras a Wasianski y no al revés, convirtiéndolo en un narrador que tiene mucho de personaje. Artificio literario pues. Pero relato verdadero. Una obrita de arte para degustar con buen tiempo.

En ese tiempo que usted se de leyendo un libro que inevitablemente ironiza sobre la fragilidad de la vida de todos a través del relato de una de las grandes personalidades del momento la vejez, la enfermedad y la muerte se mostrarán como etapas en las que la asunción, el miedo o el cansancio guían los últimos pasos, los de Immanuel Kant, mente brillante cuyo apagamiento nos narra De Quincey con una mezcla de ternura hacia la persona y sátira hacia la (trágica) condición humana. «Las cuitas del jinete suben al caballo con él», cita el inglés a Horacio.

Cuanto antes mejor.

«La anguila» es mi primer Bonet y de su lectura me ha sorprendido cuánta vida puede contener una sola persona. Definitivamente voy con retraso y quizás sea esto lo que hace que uno lea con excitación un libro que tiene en realidad mucho de triste. Se acumulan los sucesos dolorosos en Paula Bonet como si estuviera ella destinada al fracaso y hubiera sido programada por la vida, la madre naturaleza, el gran demiurgo para equivocarse: lo suyo es fatalidad. Quizás su cuerpo como material experimentable para la performance por un dios juguetón -peligrosamente pueril- que manipula, evidentemente, el cuerpo de los demás, el de Paula Bonet en concreto, no el de Marina Abramovic, que ella misma ponía a disposición de morbosos mortales de ambos sexos. En este sentido a Paula Bonet la intervención le viene impuesta, y «La anguila» es una especie de memoria o relato de su violencia sufrida.

Anagrama. 237 pág. 17,90 €.

Así, las vivencias juveniles se fueron sucediendo intensas hasta hollar un cuerpo envuelto en varias relaciones tóxicas con hombres que en el mejor de los casos la utilizaron. Este vivir de prisa no respondía a la necesidad de llegar primero a ningún lugar pero lo cierto es que la escritora (ilustradora, pintora) se encontró en aquellos años de experimentación sin saber muy bien cómo ni adónde llegar. El relato que ahora publica al respecto se entreteje con su periodo de aprendizaje como artista plástica, y de donde parte la relación sentimental -nuclear- con uno de sus profesores. La violencia ejercida por otra de sus parejas y el trauma más reciente por su aborto de trillizos son capítulos que la narración templada de una mujer ya adulta asumen o pretenden asumir. Es mejor que arrastrarlos durante toda la vida.

Abrimos Club de Lectura

Ya llevan algunos días encendidas las chimeneas por la meseta castellana y en las próximas semanas se abre un tiempo propicio para el sosiego que, lamentablemente, conviene planificar bien en estos tiempos provisionales a perpetuidad en pos de un fin inconcreto pero mejor, siempre mejor que lo que acomplejadamente tenemos. Lo contrario reivindicaba Fernando Savater en su última (y como siempre más maleducada que provocadora) columna de los sábados en El País, que certeramente cierra así: «Cambiamos futuro maravilloso por presente soportable». Pues bien, si logramos crear nuestro espacio de sosiego quizás sea buena idea hacerlo junto a la chimenea (que quizás no tengamos) y con un buen libro de la mano. Será una oportunidad que como personas nos damos, un acto de respeto a nosotros mismos.

En nuestra librería ofrecemos también nuestro espacio para quien quiera completar esos momentos de intimidad lectora compartiendo lo que de ella le plazca con otros lectores y dispuesto a hacer relecturas de un libro propuesto ese mes y que en esta primera ocasión será «Una educación», de Tara Westover. Se trata de un relato autobiográfico que cuenta la liberación de su autora, criada en el seno de una familia ultrarreligiosa de carácter apocalíptico y con un modo de vida aislado del mundo en las montañas de Idaho. La herramienta de Tara para escapar del fundamentalismo de su padre y poder reivindicarse como persona individual será la educación, gracias a la cual logrará llegar hasta Europa y graduarse en Cambridge.

Editorial Debolsillo. Pvp 10,95 €.

En los próximos días elaboraremos una lista de títulos posibles para que el grupo de lectura que se está formando pueda ir eligiendo los que quiera. De momento el primer encuentro se celebrará en la tarde del jueves 16 de diciembre y ya tenemos algunos inscritos. Quien esté interesado en participar puede hacerlo escribiendo a latiendadelope@gmail.com o llamando al 677502521. En cualquier caso no os olvidéis de dejar en vuestras agendas espacios para escribir: «sosiego».

Walter Benjamin

Tres nuevos libros sobre Benjamin 80 años después de su suicidio cuando huía de la necedad fundamentalista y sistematizada. Dos de ellas recogen sus memorias de infancia -traducidas por Richard Gross- en la Serie Menor de la editorial Periférica, en un formato apetecible que se nos antoja a la medida de un pensador cuya obra filosófica y política se construyó con herramientas literarias y con nutrida mirada artística. Además la editorial Tres puntos publicó el año pasado la biografía de Howard Eiland y Michael W. Jennings traducida por Elizabeth Collingwood-Selby. Formato de lujo de más de mil páginas en papel biblia. Nosotros la tenemos ahora después de leer un artículo de Antonio Muñoz Molina. Todas ellas formarán parte de nuestro fondo de librería, sin duda.

Tres puntos ediciones Pvp 49,95 € / Ediciones Periférica Pvp 11 €

Hilo de lecturas confinadas

RELATOS PARA NO TENER QUE LEER, 1.

Creo que estaba leyendo pero no estoy seguro, a lo mejor ojeando o puede que sólo hojeando (y a lo mejor ni eso porque ya estuviera aparcado entonces) «Miguel de Cervantes», de Jordi Gracia, cuando llegó el confinamiento. Me pierdo en mis lecturas, que son desordenadas, impulsivas y que abandono todo el rato no como una decisión sino como relego, ya que entre la lectura de un libro intercalo la de otro u otros dos, o cuatro o cinco… o más,  y a veces el libro se me olvida para siempre. Esta entrada va de eso: hilos de los que uno tira un poco a lo loco… y que en estos días de confinamiento propicios para la excitación intelectual se ha agravado bastante.

 

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Además, muy poco antes de la declaración del estado de alarma me dio fuerte con la escritura de una novela, un proyecto: quería hablar del arte como herramienta social, de su teórico potencial enriquecedor en cada ciudadano, en cada comunidad, y de las derivas que ello toma en el desarrollo real y personal que el artista hace de su obra, quería indagar en el tema a través de la vida de dos performers ligados a aquel Grupo Zaj de Hidalgo, Marchetti y Ferrer. No sé si fue a raíz de la lectura de «El tiempo es lo único que tenemos» (compendio de artículos coordinado por Bárbara Hang y Agustina Muñóz) o más bien empecé a leer este libro como apoyo/inspiración de mis cuitas literarias del momento. Me gustaría que en Olmedo abundaran las performances, que uno pudiera encontrárselas en cada esquina, cortando de paso  la carretera de Medina, alimentando el paseo de los vecinos transeúntes, provocando hasta el enfado… qué sé yo… hasta que nos olvidáramos de vírgenes y toros… aunque bien mirado lo de matar bichos  en  contextos de brutalidad y jaleo de vísceras tiene una fuerza inigualable por una performance o por cualquier otra manifestación artística.

tiempo único

No sé en qué momento, quizás empeñado en encontrar cierto pulso narrativo, me dio por la relectura de «Los detectives salvajes», de Bolaño, y ya de paso por revisionar entrevistas y documentales sobre su figura, mitificada seguramente ya desde su propia literatura. Viéndole y escuchándole fui a parar a Rimbaud, al que consideraba primer poeta, y estuve leyéndole y viendo una peli documental muy chula y muy larga que me recordó a mis lecturas rimbaudianas de juventud, que también complementaba con otras de la biografía sobre el joven enfebrecido, atormentado y visionario poeta que escribió toda su obra entre los 15 y los 19 años.

Me resulta inevitable mirar de reojo los libros de Angélica Liddell cuando leo a Rimbaud. El genio de este último es incontestable, la lectura de su obra tiene algo de místico e incluso de escalofriante por cuanto que deja desnudo al lector adulto, interpelado por un tipo de belleza que es humana y a la vez conserva mucho de lo primario de un niño, una poesía que parece consciente de su inmadurez y del valor literario que esta tiene, de su pureza. Evidentemente mi asociación con Liddell proviene de lo que tiene de provocación y de místico, pero la apuesta de la dramaturga es más descarnada en el estilo y decididamente indagatoria en lo oscuro del alma humana, desveladora de aquello que tratamos de mantener a buen recaudo y escondido. He leído y me dispongo a releer «Trilogía del infinito».

liddell

Y alternando a Liddell con Rimbaud y con Roberto Bolaño fui a parar a Javier Marías. Se debe desde luego a que es uno de los autores que el chileno reconoce de su interés. Una de las principales razones para querer a Bolaño es que se puede leer muy buena literatura leyendo a quienes recomienda. Otra razón importante es que a uno le entran ganas de escribir cuando le lee. Lo decía Rodrigo Fresán, también en un documental que vi. Como de Marías tenía ganas de hincarle el diente a «Tu rosto mañana» me puse con ello. Pude quitarme por fin esa espina porque gocé con su primera parte: «Fiebre y lanza». E incluso escribí una entrada a propósito de la misma.

portada tu rostro

Pero, claro, debía continuar con mis deberes cervantinos y me puse con el libro «Los textos de Cervantes» de la colección del Centro para la edición de los clásicos españoles, al cuidado de Daniel Fernández Rodríguez, y que distribuye la Universidad de Valladolid. En este libro pude hacer algunas anotaciones a propósito de ediciones y trabajos de impresión de algunas de las obras del considerado sin duda autor de autores. Andaba y aún ando buscando no tanto pistas de cómo se produjo la edición de las obras cervantinas como de la influencia que «El Quijote» ha tenido en el mundo de la edición. Por eso también he estado leyendo estos días «Del libro áureo», de Víctor Infantes (con un estilo rico y quedón que se agradece) y «Para leer a Cervantes», con el que aún estoy, de Martín de Riquer, que me está resultando sabroso. Y ya puesto retomé algunas de mis revistas de bibliofilia y en el número 50 de Hibris fui a encontrarme con un artículo del propio Víctor Infantes titulado «Breve relación de las librerías y de los maravedís de la primera edición del Quijote». ¿No es maravilloso?

Leo andando. Antes lo hacía por el pueblo pero ya me da vergüenza y varias veces he estado a punto de sufrir accidentes, no graves pero sí sonrojantes. Ahora leo cuando salgo a los caminos, leo y pienso. Ya saben que leer sirve para pensar: uno dialoga con el autor y de paso consigo mismo y a veces incluso puede establecerse un diálogo de lo más jugoso entre uno de esos yoes de uno que van por libre y el autor, con lo cual es fácil quedarse relegado a la condición de espectador que no puede ser. A veces paseo con el libro cerrado y de alguna manera es como si fuera leyendo. Voy despacio, miro alrededor, se me ocurren cosas. No sé por qué una de las últimas fue que debía leer el libro de Miriam  González Durántez, olmedana por las altas esferas del mundo anglosajón y europeo, y hacer una reseña. Y ya está. Visto para sentencia. En unos días publicaré la entrada sobre «Devuélveme el poder», un libro de divulgación pro-liberal que agradezco a la autora porque me ha llevado por territorios que me apetecía retomar y que tenía un tanto abandonados desde mis tiempos de republicanismo y ciudadanía.

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Un juego. «La marcha Radetzky» está considerada la obra maestra de Joseph Roth y ahora que sus derechos de autor quedan libres tanto Alba como Alianza han publicado sus ediciones. Yo estoy leyendo la de Alianza, que traduce Isabel García Adánez, y el que es uno de mis dos mejores clientes está leyendo la de Alba, a cargo de Xandru Fernández. Se me ha olvidado qué vamos a hacer después  de sendas lecturas de esta novela que retrata el ocaso del imperio de los Habsburgo a través de tres generaciones de la familia Trotta. Seguro que algo alimenticio.

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También me ha dado tiempo a profundizar un poco más en un poemario que estoy escribiendo. Llevo desde septiembre. Soy tan lento que estoy seguro de que será el último. Como mi novela: será la última y, además, la primera. No tengo el tiempo necesario, y no me refiero a que necesito más tiempo: lo que necesito es mejor tiempo. Quizás en la tranquilidad del invierno, pero este siempre dura poco. Y necesito una chimenea. Lo tengo difícil. Así que entre desesperaciones y desesperanzas, con el apoyo alimenticio de mis conversaciones con mi amigo Ricardo (a dos metros, con guantes, mascarilla de proa y de popa), lecturas compartidas y otras navegaciones he llegado hasta «Godot sigue sin venir», el vademecum de la espera de Miguel Albero de cuyo contenido leí lo que más me importaba en un largo paseo de cuatro horas y cuya principal conclusión para lo que me interesa es que esperanza y espera no deben mezclarse. Desarrollen y si les place tiren conmigo de este hilo: latiendadelope@gmail.com. Hay para pasar un buen rato. Bueno, e impagable el acercamiento a San Agustín, un pensador que me va a gustar recuperar los próximos días.

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