Libros mejor editados 2020

Hoy he leído la noticia completa. Tanto el libro mejor editado en la sección de Libros de Arte como en la sección Obras generales y de divulgación que cada año concede el Ministerio de cultura forman parte del fondo de nuestra librería desde hace ya algunos meses. Me pone especialmente contento el reconocimiento al Breve atlas de los faros del fin del mundo, de cuyo título tuve un ejemplar en la mano por primera vez en la Feria de Editores de Castilla y León que el incombustible Héctor Escobar organizaba en León el pasado mes de abril. Fue entonces cuando conocí a Lía y a Jose, editores de Menguantes, un proyecto pequeño con ganas de crecer con cuidados que se le brindan desde el diseño, el formato, los detalles… Dejo el enlace a la editorial para que el lector pueda darse un buen paseo por su web, propiciatoria de viajes que hacer a través de la lectura. Como comprobarán el atlas, de José Luis González Macías, cobra sentido como parte de un fondo personal y apetitoso. MENGUANTES.

Óxido (Editorial Turner, pvp 40 €) / Atlas Faros del mundo (Editorial Menguantes, pvp 25 €)

También me ha gustado el reconocimiento a Turner, que publicó esta monumental obra fotográfica de Eduardo Marco: Óxido. Dejo el enlace a la web del artista aquí. Daría para un café largo hablar sobre sus bellas fotografías, a menudo tomadas desde lo sórdido, muchas veces directamente desde lo destruido y lo irrecuperable, como un filtro que en realidad enfoca.

También dejo la noticia completa sobre estos reputados premios a la edición aquí.

Hilo de lecturas confinadas

RELATOS PARA NO TENER QUE LEER, 1.

Creo que estaba leyendo pero no estoy seguro, a lo mejor ojeando o puede que sólo hojeando (y a lo mejor ni eso porque ya estuviera aparcado entonces) «Miguel de Cervantes», de Jordi Gracia, cuando llegó el confinamiento. Me pierdo en mis lecturas, que son desordenadas, impulsivas y que abandono todo el rato no como una decisión sino como relego, ya que entre la lectura de un libro intercalo la de otro u otros dos, o cuatro o cinco… o más,  y a veces el libro se me olvida para siempre. Esta entrada va de eso: hilos de los que uno tira un poco a lo loco… y que en estos días de confinamiento propicios para la excitación intelectual se ha agravado bastante.

 

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Además, muy poco antes de la declaración del estado de alarma me dio fuerte con la escritura de una novela, un proyecto: quería hablar del arte como herramienta social, de su teórico potencial enriquecedor en cada ciudadano, en cada comunidad, y de las derivas que ello toma en el desarrollo real y personal que el artista hace de su obra, quería indagar en el tema a través de la vida de dos performers ligados a aquel Grupo Zaj de Hidalgo, Marchetti y Ferrer. No sé si fue a raíz de la lectura de «El tiempo es lo único que tenemos» (compendio de artículos coordinado por Bárbara Hang y Agustina Muñóz) o más bien empecé a leer este libro como apoyo/inspiración de mis cuitas literarias del momento. Me gustaría que en Olmedo abundaran las performances, que uno pudiera encontrárselas en cada esquina, cortando de paso  la carretera de Medina, alimentando el paseo de los vecinos transeúntes, provocando hasta el enfado… qué sé yo… hasta que nos olvidáramos de vírgenes y toros… aunque bien mirado lo de matar bichos  en  contextos de brutalidad y jaleo de vísceras tiene una fuerza inigualable por una performance o por cualquier otra manifestación artística.

tiempo único

No sé en qué momento, quizás empeñado en encontrar cierto pulso narrativo, me dio por la relectura de «Los detectives salvajes», de Bolaño, y ya de paso por revisionar entrevistas y documentales sobre su figura, mitificada seguramente ya desde su propia literatura. Viéndole y escuchándole fui a parar a Rimbaud, al que consideraba primer poeta, y estuve leyéndole y viendo una peli documental muy chula y muy larga que me recordó a mis lecturas rimbaudianas de juventud, que también complementaba con otras de la biografía sobre el joven enfebrecido, atormentado y visionario poeta que escribió toda su obra entre los 15 y los 19 años.

Me resulta inevitable mirar de reojo los libros de Angélica Liddell cuando leo a Rimbaud. El genio de este último es incontestable, la lectura de su obra tiene algo de místico e incluso de escalofriante por cuanto que deja desnudo al lector adulto, interpelado por un tipo de belleza que es humana y a la vez conserva mucho de lo primario de un niño, una poesía que parece consciente de su inmadurez y del valor literario que esta tiene, de su pureza. Evidentemente mi asociación con Liddell proviene de lo que tiene de provocación y de místico, pero la apuesta de la dramaturga es más descarnada en el estilo y decididamente indagatoria en lo oscuro del alma humana, desveladora de aquello que tratamos de mantener a buen recaudo y escondido. He leído y me dispongo a releer «Trilogía del infinito».

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Y alternando a Liddell con Rimbaud y con Roberto Bolaño fui a parar a Javier Marías. Se debe desde luego a que es uno de los autores que el chileno reconoce de su interés. Una de las principales razones para querer a Bolaño es que se puede leer muy buena literatura leyendo a quienes recomienda. Otra razón importante es que a uno le entran ganas de escribir cuando le lee. Lo decía Rodrigo Fresán, también en un documental que vi. Como de Marías tenía ganas de hincarle el diente a «Tu rosto mañana» me puse con ello. Pude quitarme por fin esa espina porque gocé con su primera parte: «Fiebre y lanza». E incluso escribí una entrada a propósito de la misma.

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Pero, claro, debía continuar con mis deberes cervantinos y me puse con el libro «Los textos de Cervantes» de la colección del Centro para la edición de los clásicos españoles, al cuidado de Daniel Fernández Rodríguez, y que distribuye la Universidad de Valladolid. En este libro pude hacer algunas anotaciones a propósito de ediciones y trabajos de impresión de algunas de las obras del considerado sin duda autor de autores. Andaba y aún ando buscando no tanto pistas de cómo se produjo la edición de las obras cervantinas como de la influencia que «El Quijote» ha tenido en el mundo de la edición. Por eso también he estado leyendo estos días «Del libro áureo», de Víctor Infantes (con un estilo rico y quedón que se agradece) y «Para leer a Cervantes», con el que aún estoy, de Martín de Riquer, que me está resultando sabroso. Y ya puesto retomé algunas de mis revistas de bibliofilia y en el número 50 de Hibris fui a encontrarme con un artículo del propio Víctor Infantes titulado «Breve relación de las librerías y de los maravedís de la primera edición del Quijote». ¿No es maravilloso?

Leo andando. Antes lo hacía por el pueblo pero ya me da vergüenza y varias veces he estado a punto de sufrir accidentes, no graves pero sí sonrojantes. Ahora leo cuando salgo a los caminos, leo y pienso. Ya saben que leer sirve para pensar: uno dialoga con el autor y de paso consigo mismo y a veces incluso puede establecerse un diálogo de lo más jugoso entre uno de esos yoes de uno que van por libre y el autor, con lo cual es fácil quedarse relegado a la condición de espectador que no puede ser. A veces paseo con el libro cerrado y de alguna manera es como si fuera leyendo. Voy despacio, miro alrededor, se me ocurren cosas. No sé por qué una de las últimas fue que debía leer el libro de Miriam  González Durántez, olmedana por las altas esferas del mundo anglosajón y europeo, y hacer una reseña. Y ya está. Visto para sentencia. En unos días publicaré la entrada sobre «Devuélveme el poder», un libro de divulgación pro-liberal que agradezco a la autora porque me ha llevado por territorios que me apetecía retomar y que tenía un tanto abandonados desde mis tiempos de republicanismo y ciudadanía.

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Un juego. «La marcha Radetzky» está considerada la obra maestra de Joseph Roth y ahora que sus derechos de autor quedan libres tanto Alba como Alianza han publicado sus ediciones. Yo estoy leyendo la de Alianza, que traduce Isabel García Adánez, y el que es uno de mis dos mejores clientes está leyendo la de Alba, a cargo de Xandru Fernández. Se me ha olvidado qué vamos a hacer después  de sendas lecturas de esta novela que retrata el ocaso del imperio de los Habsburgo a través de tres generaciones de la familia Trotta. Seguro que algo alimenticio.

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También me ha dado tiempo a profundizar un poco más en un poemario que estoy escribiendo. Llevo desde septiembre. Soy tan lento que estoy seguro de que será el último. Como mi novela: será la última y, además, la primera. No tengo el tiempo necesario, y no me refiero a que necesito más tiempo: lo que necesito es mejor tiempo. Quizás en la tranquilidad del invierno, pero este siempre dura poco. Y necesito una chimenea. Lo tengo difícil. Así que entre desesperaciones y desesperanzas, con el apoyo alimenticio de mis conversaciones con mi amigo Ricardo (a dos metros, con guantes, mascarilla de proa y de popa), lecturas compartidas y otras navegaciones he llegado hasta «Godot sigue sin venir», el vademecum de la espera de Miguel Albero de cuyo contenido leí lo que más me importaba en un largo paseo de cuatro horas y cuya principal conclusión para lo que me interesa es que esperanza y espera no deben mezclarse. Desarrollen y si les place tiren conmigo de este hilo: latiendadelope@gmail.com. Hay para pasar un buen rato. Bueno, e impagable el acercamiento a San Agustín, un pensador que me va a gustar recuperar los próximos días.

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Un hombre enamorado.

Una semana en Sanxenxo, por mediación de unos buenos amigos que, además, nos han acompañado algunos días. Me he llevado trabajo. Ella también. Nos vamos de vacaciones para trabajar relajados. También me he llevado la segunda parte de la serie de libros autobiográficos de Karl Ove Knausgard que edita Anagrama. No pensaba escribir sobre ello pero cuando lo estaba terminando me entraron muchas ganas.

Debe de ser porque encuentro parecidos entre él y yo, e incluso porque me siento identificado con algunas cosas que escribe a pesar de que nuestras vidas son muy diferentes. El noruego se reconoce poco hablador, un tipo soso en las conversaciones y despreocupado de los demás desde la distancia, lo que mi madre ha llamado toda la vida ser un despegado. Knausgard , sin embargo, asegura sentir desde la cercanía -más o menos obligada- una fuerte empatía con  los demás  que no deja aflorar su personalidad, de manera que a menudo es sometido al criterio del otro. Y anoto en mi libreta a renglón seguido: «yo a esto lo he llamado muchas veces cobardía».

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Lectura en Sanxenxo: al otro lado del cristal vida vecinal alejada del turismo dominguero.

El caso es que he leído mucho por las noches, y también por las tardes y por la mañana antes de empezar las tareas libresco-teatreras de cada día, pocas pero incordionas por lo que tienen de necesarias. Eso sí, sentado en la terraza del apartamento podía alegrarme la vista también cuando alzaba la mirada del libro y veía a los vecinos cuidando el huerto o la discontinua procesión de caminantes, una señora con el carro de la compra, un chico joven con una mochila al hombro, una mujer de mediana edad que parecía ir de vacío pero volvía a la hora con bolsas de plástico cargadas de alimentos… un niño con el triciclo, un perro… fue muy sorprendente constatar que todos ellos conformaban una única familia… un paseo mañanero con Esther confirmó la sospecha de ella de que ese camino en realidad no tenía recorrido más allá de donde alcanzaban nuestros ojos, que todas esas personas salían de la misma casa a la que volvían tras realizar sus tareas…  ¿También el anciano y el hombre no tan maduro con quien hablaba, qué se yo, de tomates, pimientos y judías, vivían juntos, eran de la familia…? No sé, creo que les miraba porque lo suyo me recordaba a lo mío, su huerto al de mi padre en Olmedo… las coincidencias provocan una sensación de reconocimiento, de identificación… y eso es algo que sitúa o que provoca la muy alimenticia necesidad de situarte, de hacer memoria, de pensarte con generosidad para dar valor a tu vida y a la de quienes te rodean… un ejercicio sano sin duda…

Curiosamente el libro de Knausgard habla de su iniciación como padre con su pareja Linda en Suecia, donde se conocieron y a donde llegó tras, de alguna manera, huir de Noruega y de su vida de ese momento. Este libro es un libro de iniciación. Los amigos a quienes visitamos esos días en Sanxenxo (horrible ciudad al menos en agosto) eran padres primerizos también. El mar está presente en toda la obra y qué decir de las gaviotas. Esas aves que siempre han infundido en mí bastante respeto, e incluso miedo, habitaban el libro y el cielo sobre el terreno de huertas de nuestro apartamento de la Veiga Descalza. En uno de los pasajes  Knausgard viaja a través de Google Maps y va a parar a Ríos Gallegos, ciudad argentina… las coincidencias aparecían sin cesar mientras leía y las iba anotando en el cuaderno… en fin… se preguntará el lector que a quién le importan mis cosas y que por qué las escribo, y me pregunto lo mismo y me pregunto también si en realidad se puede contar algo que no sea propio… me digo que si uno no se atreve a considerar sus experiencias material literario, si uno no cree que lo suyo merezca ser contado en realidad no tiene nada que contar. Bien: Knausgard lo cuenta todo.

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¿Estudio de Knausgard o un posado más?

Esto tiene sus peligros. Como me pasó con el primer libro -LA MUERTE DEL PADRE- me ha costado coger un poco el ritmo de lectura, cargada de un anecdotario familiar que en principio no tendría mayor interés pero que, esta es la cuestión,  al poco se revela como lo verdaderamente importante. Va, lo digo, este va a ser mi primer aforismo: la manera de vivir la cotidianeidad es en definitiva la manera de vivir y de estar en el mundo. Entiendo que ahí está el valor de la obra. Que esa es la apuesta del noruego. Vale que su vida tenga algo de extraordinario pero, en definitiva, su valor no está tanto en eso como en lo normal de su vida.

No hay que desdeñar, sin embargo, la profundidad de sus reflexiones. Al fin y al cabo se trata ya en el momento de afrontar su biografía de un escritor entrenado, con éxito en su país y reconocido también por la profesión gracias a sus dos obras anteriores a esta serie: UN TIEMPO PARA TODO, y FUERA DEL MUNDO. La parte metaliteraria, las conversaciones sobre libros y autores con su amigo Geir, su forma de enfrentarse a la escritura encerrado en un apartamento durante horas durante días, la pudorosa vivencia de su prestigio, el trato incómodo con los periodistas, con otros autores…  sensaciones que se convierten en sentimientos y que, en realidad, me cuestan un poco creer pues basta dar una vuelta por la red para quedar saturado de posados del escritor. Y a los posados del escritor hay que unir los de miembros de su familia, como precisamente Linda Boström, de quien habla abiertamente y a quien este libro debe de haber convertido en una persona popular, víctima y beneficiaria de una obra literaria que debe suponerse (¡hay que jugar!) escrita a tumba abierta. Podríamos hablar aquí de la capacidad transformadora que tiene este libro de la vida de algunas personas que lo conforman, por cuanto que aparecen en ella desprotegidas por la mirada ególatra de Knausgard… pero también lo podemos dejar para otra entrada… pues imagino que seguiré leyendo la serie… es una buena lectura de verano…

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Linda Boström

La realidad para Knausgard es también que tiene una hija, y luego otra hija y un hijo más con Boström, y que se encarga de la crianza de todos ellos por épocas más o menos intensivas que ha de combinar con otras épocas de escritura… él se atreve a hablar con franqueza de lo que suponen los hijos, de sus sentimientos hacia ellos, habla con franqueza de sus miedos, de su cobardía, sí, porque cuando su amigo habla de la alta moralidad que supone a Knausgard este lo traduce en simple cobardía. Sabía que el noruego no me iba a fallar en esto: la cobardía se disfraza de respeto a los demás, pero eso es una falta de respeto hacia uno mismo. Está bien decirlo.

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Qué tío más guapo…

De hecho la franqueza (que a pesar de todo prefiero no poner en duda la mayor parte del tiempo) podría ser uno de los temas del libro. Quizás el alcohol fuera el otro, como continuación del primero de la serie, en la que cuenta la muerte de su padre alcoholizado… «La vida se gasta», tengo también apuntado en la libreta. Es algo que se percibe en el escritor: en lo personal las nuevas ilusiones (con cada hijo, los planes con Linda…) ni siquiera llegan a ser un disfrute con fecha de caducidad sino que se presentan simplemente como algo virtual y no se materializan. Knausgard está sumido en la frustración casi todo el tiempo, en la oscuridad…. puede que de ahí le venga la necesidad de estar solo, de la soledad como elección, como capricho, no como obligación… Qué bien se respira en la soledad cuando sabes que en realidad tienes a los tuyos cerca, disponibles cuando les necesites… muchas veces para aguantar lo peor de ti. Mezclo con otra reflexión, lejos del libro, que tomo de otros lugares: reservamos nuestros comportamientos ejemplares para el ámbito no familiar, que queda excluido de un comportamiento respetuoso y templado… y me digo: quizás la alta moralidad consista precisamente en tener el mismo comportamiento público que en familia.

En cualquier caso lo personal es, sin duda, el tema fundamental de la obra, si me he tirado un poco a la piscina en esta entrada ha sido, sin que sirva de precedente, por jugar también yo un poco. Knausgard destaca dos factores que deciden su vida: su padre y no pertenecer a ningún lugar. Literariamente yo destacaría otro factor, que es su pesimista mirada artística: «Lo inventado no tiene ningún valor. El mundo carece de valor por cuanto lo vemos a través de la ficción».

Sobre libros (II)

Estoy haciendo un pequeño trabajo para un amiga. Los temas a tratar son los libros, las ediciones, las editoriales… estas cosas de la publicación, de la memoria. Uno empieza a leer, retoma libros que conocía y se decide a abrir otros que no, en fin, enlaces, hay muchos enlaces en papel aún, son antiguos, fuertes, duraderos porque no se rompen, porque son, de verdad, virtuales… los bytes se deterioran, casi todo el sistema informático es caduco, formatos que están en extinción desde su primer día, imposible competir con el enlace de verdad virtual, verdadero en cualquier caso, que es tomar nota de nombres de un libro y buscar esos nombres en otro. No sé, es especulación pura, me viene a la mente según escribo, pero sí tomo la cuestión de la caducidad del medio digital de una fuente libresca, formato papel: LAS RAZONES DEL LIBRO, de Robert Darnston, y que leo en edición de TRAMA EDITORIAL, a cargo de mi flamante nuevo amigo Txetxu Barandiarán.

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Empecé a leerlo por el final, un capítulo en el que Darnton propone una Historia de los libros y donde ya me encontré con temas muy interesantes como el del negocio del librero en el dieciocho francés (aún editores) o el del gran escritor de la época en la que se enmarca este capítulo: Voltaire, que para dar mayor difusión a sus obras las ampliaba en ediciones piratas… Darnton, además de un montón de curiosidades muy sabrosas, nos habla del ciclo vital del libro, desde la autoría a la lectura pasando por el transporte, la impresión, la librería… sobre la importancia del transporte en la época y de las aventuras que suponía llevar los pliegos de las afueras de Francia a Sauvignon o Montpellier, por ejemplo, desde imprentas suizas, sobre el libro como medio fundamental de información… un capítulo apasionante que he sentido que se acabara. Sin embargo esto me ha obligado a tomar perspectiva para retomar su lectura de manera más o menos ordenada y aunque he dejado sin leer un capítulo que me ha resultado especialmente atractivo (El misterio de la lectura) sí he mirado y tomado nota en la mayoría de los demás.

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He apuntado algunas cosas más arriba y yo voy a decir mucho más allá de que Robert Darnton es autor estadounidense, bibliotecario director de la biblioteca de Harvard, punto de partida de este texto, o de que fue presidente de la Asociación de Estadounidense de Historiadores y es el principal impulsor del proyecto digital Gutenberg-e. Esta obra «sobre el pasado, el presente y el futuro» del libro toma este como medio fundamental para el estudio de la historia a través del cual poder encontrar claves de la cultura, la economía y las sociedades occidentales en sus distintas épocas. La historia del libro, por tanto, como historia de Europa y de Estados Unidos. Y también el libro como único medio seguro para conservar la información necesaria a partir de la cual construir nuestra historia, también la futura aunque esta, sí, con un complemento ya necesario: el aún inseguro y poco fiable medio digital que ofrece, sin embargo, nuevas e ilusionantes posibilidades.

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También en Trama Editorial y en su colección TIPOS MÓVILES me he dado el capricho de leer estos días un libro que llevé hasta el aula de teatro La Guardería (de Esther Pérez Arribas) en Valladolid y que apenas había ojeado -mucho menos hojeado- y respecto al cual me dejé llevar por los encantos de su formato, y es que da gusto mantener en las manos ciertas ediciones. Es un caramelo, una pequeña exquisitez que lleva por título EL AMANTE DE LOS LIBROS (1841), de Charles Nodier y que va precedido por pasajes de la obra de Alexandre Dumas LA MUJER DE LA GARGANTILLA DE TERCIOPELO, unos fragmentos deliciosos sobre la relación del afamado autor con el bibliotecario de El Arsenal, y también por un relato del propio Nodier -EL AMIGO DE LOS LIBROS- que no he terminado porque me estaba aburriendo. Pero la obrita que cierra y titula el libro no tiene desperdicio: sobre bibliófilos, bibliófobos, bibliómanos: «Sé de unos cuantos que miden la expansión de su biblioteca en metros cuadrados»

Y así es como me lo vengo pasando pipa estos últimos días, con la pena de que he de entregar mi trabajo en breve, con un poco de agobio porque no he empezado a escribir aún, y con ganas de seguir leyendo más, mucho más sobre libros, y sobre su historia.

LAS RAZONES DEL LIBRO. Robert Darnton.  22 €.

EL AMANTE DE LOS LIBROS. Charles Nodier (y Alexandre Dumas) 12 €.

Sobre libros (I)

Ya advierto de que voy a reseñar unos cuentos de estos. Es pura necesidad. Es lo que ahora estoy leyendo: libros sobre libros, sobre ese objeto que evolucionó desde las tablillas mesopotámicas a la producción en serie de volúmenes (etimológicamente rollos: papiros sobre todo) de papel. Aquí nos gusta el papel y también las ediciones hechas con cariño.

Este libro que edita Calambur (la primera vez que tuve un libro de esta editorial en las manos fue para leer a mi muy admirado Juan Carlos Mestre) es una recopilación de investigaciones hechas por Víctor Infantes entre 1983 y 2000. La lectura no es sencilla, el lenguaje bibliográfico es una barrera si no eres bibliógrafo. Tampoco lo he leído entero. Ahora me interesan mucho los puntos que hablan del formato y el de la representación, esto es: de las imágenes impresas en los libros.

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Curioso, realmente sabroso, el capítulo que trata las titulaciones de los libros del siglo dorado y, sobre todo, durante lo que fue transición entre el libro manuscrito e impreso, dado que las titulaciones cobran de pronto una importancia total a la hora de identificar géneros que en su versión artesanal se discrimanaban fácilmente por su aspecto: y véase que en dichos títulos encontramos la palabra libro, crónica, historia, tratado, cuento… y véase que uno no se encuentra necesariamente -disculpen que me ponga la voz del autor- en el contenido aquello que el título anuncia o que, simplemente, la división de géneros aún no estaba bien concretada… en fin… mucho de qué hablar y de qué tratar.

También he leído el escrito de 1526 que aparece en una página en blanco  de la edición del impresor de Sevilla Jacobo Cromberger «Visión delectable de la philosophía e artes liberales, metaphísica y philosophía moral», del bachiller Alfonso de la Torre. Se ve que quedó una página en blanco y alguien escribió «En donde y por quién fue inventada la arte de imprimir libros, y en qué año se divulgó». Se supone que para rellenar ¿A que le pica la curiosidad?

Otro de los apéndices sabrosos: «Luis Vázquez de Mármol, condiciones que se pueden poner cuando se da a imprimir un libro (siglo XVII». He dejado escapar el libro hacia el aula de teatro La Guardería y me veo obligado a hablar de memoria, pero juraría que este es un pliego suelto.

Por último -ya sé que por escrito hablo mucho- debo decir que me lo he pasado pipa con el último de los textos, este de Gonzalo de Ayala, corrector de la imprenta de Luis Sánchez, llamado «Apología del arte de imprimir», Madrid, 1619. Fiesta de San Isidro. El regidos debe recaudar para la organización y los comerciantes son instados a que hagan sus aportaciones. El texto de Gonzalo de Ayala es la reacción a esta petición que su imprenta sufre como si fuera un comercio y en ella se ensalza al gremio de impresiores como artistas ingeniosos y liberales frente a la pobre condición de mercaderes de los libreros, ya que los regidores establecen entre ambos una equiparación que nuestro impresor no concibe.

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Víctor Infantes, ente 1983 y 2000. Editorial Calambur, 2006.

214 páginas. Pvp 20 €.

También disponible en el aula de teatro La Guardería. C/ Sinagoga s/n. Valladolid.

Hoja de febrero de 2016.

Samuel Cuervo es un tipo curioso. Escribe poesía, la lee, escribe libros e igualmente los lee, los edita y los publica, organiza partidas de rol, juega al rol, viene a mi librería y está encantado de la vida, pierde su sombrero y lo echa de menos. Qué hacer con alguien así. Se le puede escuchar puesto que tiene bastante que decir pero también escucha. Una buena tertulia, una partida breve con el detective Stane y el jodido Walsh. Hay cerveza al final. algo de picoteo, pero el mundo no se librará de nosotros, no nos van adormecer pequeñas dosis de placer: necesitamos más: haremos más.

Febrero termina para nuestras escenas este sábado 27. Los chicos que participaron del taller de construcción de títeres del 23 de enero están invitados a un taller de improvisación con Esther Pérez Arribas. En este párrafo no se pueden decir palabrotas. Próxima entrada: Cenicienta. Y ya será marzo. impro TÍTERES

Harpo, Ya lo dijo Casimiro Parker.

Mi amiga Cristina me encargó hace menos de un siglo el libro La sonrisa del sexo, de Irene X. Mi lentitud tiene razones: tomo los libros que me gustan, jamás los cojo ni los transporto ni llevo de un lado a otro. Los tomo y voy despacio. He aprovechado para traer otros títulos de Harpo, pero también de la editorial Ya lo dijo Casimiro Parker, que la propia Harpo distribuye. Dejo las portadas de estas ediciones atractivas y cuidadas. Enhorabuena. Y tengo que decir que no me gusta el papel aunque me pirra la maquetación y el diseño en general. ¿No he dicho nada de los contenidos? Investigue, amigo lector. Yo sólo soy librero.

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