Mayorga, Camps y Dostoievski en Radio Medina.

CRÓNICAS DE LA RADIO (LA SER, MEDINA)

A continuación un primer episodio de miscolaboraciones habituales con Raquel Chamorro, a la que visité por primera vez el viernes 23 de enero en su estudio. Para hablar de libros, claro. Publico aquí el guión sobre el que se desarrolló nuestra conversación:

Parece que viene el frío. Libro y chimenea puede ser un buen plan mientras se mira la nieve caer (ya veremos si cae). Y si no tienes chimenea pues una estufita puede ser plan alternativo. Y si no tienes estufa pues te pones cerca del radiador. Y ya no sigo con supuestos que en nada ayudarían a otras realidades.

No te puedes imaginar, Raquel, cómo está mi librería. Si digo patas arriba no exagero. Aún sigo con la resaca navideña y tengo libros perdidos, muchos descolocados… se cruzan los devueltos con las novedades que llegan…algún día tendríamos que hablar de los viajes de los libros porque lo suyo es muchas veces una auténtica Odisea…

De entre las novedades que aún no hemos hojeado pero tienen buena pinta yo destacaría (hay que tener en cuenta el olfato del librero siempre, ya sea para aceptar su prescripción o huir de ella basándose en la disparidad de criterio) estas:

Despedida, de Julian Barnes (traduce Jaime Zulaika), exploración memorística recién iniciada la ochontena y conocido en general por obras como El loro de Flaubert y para mí en particular por el ensayo sobre arte Con los ojos bien abiertos.

También en Anagrama me llega estos día la cuarta edición (la primera salió en 2001) de Metafísica de los tubos de Amélie Nothomb (con traducción de Sergi Pamiés), que como en otras obras suyas afronta lo biográfico desde cierta forma de fabulación muy personal con la que va mitologizando (a lo mejor me estoy inventando esta palabra, ¿eh?) sus memorias. Aquí un bebe disconforme con lo que le ha tocado y obsesionado con el agua adopta la forma de tubo. Ella nació en Japón e, hija de diplomático, ha llevado una vida (internacionalmente) itinerante.

Algunas curiosidades como el poemario antológico que en Visor han publicado Isabel Gemio (la de la tele) con el propio Chus: en realidad una antología de reconocidos poetas; el por lo visto/oído (y aquí hay tocinete para divertirse un rato) un tanto inoportuno Premio Nadal que David Uclés ha recibido (creo que no se puede decir contratado, así que no lo digo) por La ciudad de las luces muertas, que tiene tres sílabas menos que La península de las casas vacías. Me refiero al título: la novela es visiblemente más corta.

La última vez que he hablado contigo, Raquel, ha sido el jueves 8 de enero. Pues bien, estaba leyendo esa noche en la cama los diarios de Chirbes, en los que el autor comentaba el reconocimiento a su novela Crematorio con el Cálamo como libro del año 2007 (un libro sobre el que el autor tenía muchas dudas) y a la mañana siguiente me desperté con la noticia de la concesión de este premio, en su versión al conjunto de su carrera, a Leila Guerriero, que debió de haberse producido la tarde de ese día 8, mientras tocábamos y cantábamos canciones de Facundo Cabral, Jorge Cafrune y Mercedes Sosa. Eso después de haber estado charlando largamente sobre su libro La Llamada, que es una de la lecturas de nuestro Club, y que esta temporada tienen como tema Voces en primera persona.

Hablando de premios aragoneses me llega notificación de la editorial vallisoletana Páramo en la que cuenta que el libro del leonés Vicente Muñoz Álvarez El hombre de mimbre (antología poética) ha sido reconocido con el Premio de la Crítica de Aragón. Parece que ahora anda en reimpresión pero en breve estará de nuevo disponible en las librerías.  

Y precisamente de entre los libros que han llegado recientemente a las tiendas de libro (¿a ti te gusta “tienda” de libro?: yo creo que hay que reivindicar la librería como tienda de barrio o tienda de pueblo: otro por cierto: estos días la noticia del cierre de Tipos infames, una librería que reivindicaba su papel de lugar de encuentro de los vecinos de Malasaña, en realidad tan expulsados del barrio como la propia librería)…bueno, decía que de entre las novedades (por seguir hilando) nos llega la edición en España de Los suicidas del fin del mundo, obra original de 2005, crónica de voces dolientes alrededor de un trágico suceso en la localidad argentina de Las Heras, paisaje yermo que Leila Guerriero (volvemos a ella para acabar este bloque) convierte en parte fundamental de la narración.

Y si te parece nos centramos un poco más en tres libros no sin antes pasar brevemente por un ensayo de Juan Mayorga, que ya se publicó hace algunas semanas y titulado Revolución conservadora y conservación revolucionaria, sobre política y memoria en Walter Benjamin, y que no he tenido tiempo de hincar el diente como me hubiera gustado, entre otras cosas porque es un libro exigente. En confrontación con las obras de Jünger, Sorely y Schmitt Mayorga se pregunta a través del filósofo alemán por nuestro deber con el pasado, con la memoria de las víctimas como fuerza para la construcción de una política para la humanidad.

Pero hablando de este filósofo, matemático y, como sabemos, reconocidísimo dramaturgo os cuento que la editorial segoviana La uña rota ha publicado recientemente lo último suyo: Los yugoslavos, una obra en la que nos encontramos con algunos de los motivos principales del teatro de Mayorga, como la búsqueda (el uso) de las palabras adecuadas y su relación con la realidad (y con el pensamiento, etc… el Mayorga filósofo nunca se oculta), los silencios, los mapas… una historia que empieza con Martín, el propietario de un bar, y Gerardo, cliente ocasional, entre los que media un encargo curioso: Martín necesita recuperar a su mujer (silenciosa) y cree que Gerardo puede hacerlo porque ha oído (algo que en realidad no debería haber pasado) la conversación que este ha tenido con un amigo al que ha logrado reconfortar con  buenas palabras. Y pongo aquí en cursiva de lo de buenas porque es algo sobre lo que la obra también pregunta. Lo que podemos leer es una búsqueda en varios planos con un lenguaje coloquial y supuestos provocadores que nos hablan de la imposibilidad de nombrar y de llegar a los lugares que ya no existen. Es una lectura que se bebe en unos cuantos minutos y que pienso que merece la pena que esté en la biblioteca personal de todo amante o seguidor de la obra de Mayorga, como el resto de la suya publicada en cuidadísima edición (por cierto, prologada por la ensayista de arte contemporáneo Estrella de Diego).

Por seguir también con la importancia del cuidado y el uso de las palabras voy a hablar de un libro publicado en 2025 pero que podemos considerar reciente. Se trata del ensayo de la filósofa y catedrática Victoria Camps La sociedad de la desconfianza y que nos puede dar algunas pistas no sólo sobre lo que los políticos tendrían que hacer para recuperar la confianza perdida por parte de los ciudadanos-votantes sino -más importante-  cómo trabajar en nuestro propio carácter como personas para emprender la tarea (necesariamente común) de la convivencia. Es un libro exigente en el sentido de que habla claro de la necesidad de cultivar y poner en práctica las virtudes individuales para hacer de la libertad un proyecto colectivo (y que diferencia claramente del neoliberal libertinaje que muchas veces pretenden las clases pudientes y cuyo relato pueden adoptar y de hecho adoptan los menos favorecidos en según qué circunstancias) y nos habla, en definitiva, de responsabilidad colectiva. Y, sin embargo, no es un libro exigente en el hecho concreto de afrontar su lectura, ya que esta resulta muy estimulante y apegada a la realidad. Nos interpela con cuestiones que nos preocupan y sobre las que nos expresamos habitualmente y en ambiente distendidos pero, nos dice Camps, hay que ser serios: la palabra que sea constructiva, y la acción virtuosa.

Y ya sí que para terminar quiero recomendar la última traducción (calentita, calentita) que de Jorge Ferrer Arpa editores acaba de sacar de Memorias del subsuelo, del autor Fiodor Dostoievski y que justo ahora estoy leyendo. Comentaba el otro día con un amigo la modernidad (contemporaneidad) del título y hace unos días me decía mi hija que a un amigo suyo le gustaba mucho Dostoievski. Lo que estoy descubriendo últimamente es que se trata más bien de un fenómeno en redes. Hablamos de uno de los autores que seguramente con más empeño ha ahondado en las zonas oscuras del alma logrando una obra realmente sombría y en el que la maldad y las debilidades humanas son tema central. Si pensamos en una posible evolución de las lecturas desde las sangrientas historias infanto-juveniles de acción, aventuras, épica, y en general de cierta oscuridad más bien cándida (y que por cierto se siguen consumiendo en la adultez) los viajes que a uno toca emprender a partir de cierto grado de madurez seguramente son los que te propone Dostoievski, un autor con una incuestionable potencia narrativa, que sufrió mucho y cuyo existencialismo ha influido en filósofos y literatos posteriores.

ENLACE AL PODCAST.

En serio, Nunez.

Los principales temas de «Cuál es tu tormento», la novela de la norteamericana Sigrid Nunez en la que Almodóvar se ha inspirado para hacer una peli muy bonita, no son ni el suicidio, ni la muerte, ni los cuidados, ni la amistad, ni el envejecimiento, sino la tristeza y la escucha. Nunez lo cuenta muy bien, es una gran escritora aunque le haya gustado la peli del manchego. O eso dice, claro. A lo que voy: el mundo es triste y los que somos unos tristes nos damos cuenta, y la gente que no es triste no se entera, pero sólo de momento porque un día de repente se pegan un buen susto (han descubierto algo trascendental, qué exagerados), y a llorar: tanta risa es lo que tiene. Los tristes, sin embargo, no somos nada dramáticos. La tristeza es una suerte de ataraxia muy beneficiosa para el equilibrio mental. He leído en algún sitio últimamente que la tristeza te hace ver las cosas como son. Estoy de acuerdo. Casi nunca para tanto, ni en lo bueno ni en lo malo. Sé triste, my friend.

La escucha es lo que te permite ver el mundo, y de paso a ti mismo. Como no somos nada por nosotros mismos la única manera de saber de qué vamos (incluso puede que hacia dónde) es escuchar a los demás y a ser posible -digámoslo ya- estar calladitos. Esta escucha radical tiene mucho de conservadora, evidentemente, y, en ese sentido, de egoísta: si todos escucháramos el mundo se quedaría mudo, yo diría que incluso parado. Pero sentidos tenemos para aburrir y ya sabemos que la escucha también puede ser generosa e incluso beneficiosa para el escuchado. Escuchante es la protagonista de esta novela que abre con la conferencia de su dramático exmarido, un pensador antinatalista. Un tipo leído (publica libros), escuchado (da conferencias), que habla mucho, un pensador de moda, antipático pero no triste. A mí no me lo parece: un tipo que lo sabe todo porque lo ha descubierto de repente: si fuera coherente tendría que suicidarse, pero no puede ser coherente porque, en realidad, sigue siendo un tipo alegre, satisfecho de sí, feliz incluso.

Sigrid Nunez, 2020. Anagrama, 2021. Traducción de Mercedes Cebrián. 196 páginas. Pvp: 19,90 €.

La amiga de la narradora está triste pero su tristeza no tiene mérito: se va a morir y lo sabe. Cuando esta le propone a la narradora que la acompañe en el tránsito a su muerte, cuyo momento decidirá ella misma, acepta a pesar de que en realidad su amistad no es tan estrecha. Pero ella escucha, lleva toda su vida buscándose en las historias de los demás, tiene mirada periférica y atenta a la vez, de conjunto e individualizada, ve más allá y más acá, ve porque mira, es su manera de estar en el mundo, de ser. Por eso la novela es también un mosaico de historias de otras personas. La de su amiga moribunda atraviesa todo el libro. Podemos percibir serenidad en las palabras de esta mujer que busca una despedida tranquila, en realidad idealizada, de la vida, pero es la narradora quien nos abriga. Esto Almodóvar no lo ve, o no lo mira. Me pregunto qué andaba buscando con su peli.

Nos da abrigo porque lo necesitamos, porque, es verdad, los tristes nos volveríamos locos sin literatura, impedidos para dramatizar como tipos alegres. Nunez no se pone en la piel de la persona moribunda, seguramente incapaz de pisar -ni en la ficción siquiera- un terreno desconocido para cualquiera que no lo habite. Se pone en el lugar que puede ocupar (que podría haber ocupado, no lo sé) y desde ahí nos cuenta su historia de amistad, nos transcribe las palabras de su amiga, reflexiona, se cuenta y nos cuenta su vida. Esa distancia que se toma la autora es la que permite una narración tan seria como liviana y bienhumorada, cómica en muchas ocasiones, y calurosa que, sí, trata cuestiones como el suicidio, el envejecimiento, la muerte, la amistad…

Seguramente es difícil hacerse a la idea del argumento de «Cuál es tu tormento» por la lectura de esta entrada. En realidad creo que a Nunez le importa más la forma, de hecho así lo dice, y en esto la creo: sobre qué tema no se ha hablado ya a estas alturas. Por la forma (de mirar, de escuchar, de enfocar, atender) se llega a algún tipo de verdad, y este camino parte de un reconocimiento que nos importa por aquí: hay cosas, dolores ajenos que no se pueden representar: la mentira se desliza entre pretensiones como esa.

Iniciándome en Nothomb.

Hay que ver qué vidas más entretenidas tienen los aristócratas (imagino que los que se lo saben montar o tienen una inteligencia sensible o al menos dos dedos de frente), qué de desmesuras imposibles para el común de la especie y qué miedos, dramas y dolores tan ajenos a casi cualquier lector atrapado en la grosera pesadumbre de lo biológico o, como mucho, de la explotación capitalista. Será eso lo que más me atrae de Amélie Nothomb, una vida con castillos arruinados al fondo que aún se pueden visitar. No sé qué otra novela he leído de ella -fácilmente podría ser «Barbazul», imagino que al vuelo, según entrara un día en la librería- pero al pasar las páginas de «Primera sangre» durante el verano de 2023 tuve una sensación que recordaba y que me conectaba con los cuentos clásicos europeos y con una de mis autoras de cabecera, en realidad uno de los 5 autores que a fecha de hoy tienen un lugar reservado como propio en nuestra librería junto a Reyes Mate, Juan Mayorga, Angélica Liddell y Roberto Bolaño: Agota Kristoff. Esa sensación parte de un estilo seco que como alguien decía de la prosa de la húngara camina como títere sin cabeza. Parece dañina a veces y, en cualquier caso, el dolor es materia principal (Angélica Liddell) y se cuela por cada intersticio de la lectura, descubriéndose uno blando o sintiendo la necesidad de ponerse a salvo. Puede que ellas tres (Kristoff, Liddell y Nothomb) pudieran formar un temible tridente que enarbolar como bandera o marca de nuestra librería, como símbolo posible de nuestro fondo editorial, aún tratándose de vidas y obras muy diferentes.

Amélie Nothomb, 2021. Editorial Anagrama, 2023 (Traducción Sergi Pámies). 150 páginas. Pvp: 18,90 €.

Disponible en librería: latiendadelope@gmail.com // Tfno. 983 60 11 88.

En esta última novela la francesa-belga-japonesa hace un ejercicio de estilo que consiste en narrar en primera persona la vida de su padre -Patrick Nothomb- hasta llegar al punto en el que este se encuentra ante un pelotón de fusilamiento en El Congo, 1964, circunstancia que da comienzo y fin a la novela. Proporciona, como decía, una lectura ágil en la que la violencia está presente en formas diversas que van desde la niñez de Patrick con una madre desapegada que delega la crianza del hijo en sus abuelos, con el abuelo poeta y culto, persona difícil de carácter misántropo, y con las largas temporadas en el castillo de la familia donde el niño Patrick pasa duras pruebas que hacen de la vida supervivencia. Las penosas condiciones durante la Segunda Guerra Mundial, su insuperable aversión a la sangre, los amigos, el amor y, en fin, su secuestro -como representante del consulado bruselense- por rebeldes congoleños que lo llevan al pelotón de fusilamiento con el que la narración se abre y que acaeció antes de que la autora fuera concebida completan el homenaje al padre muerto recientemente cuando Amélie Nothomb encaraba la escritura del libro.

Qué libro más soso

RELATOS PARA NO TENER QUE LEER, 4. Sobre la condición de gente de familia cuando menos acomodada de la mayoría de artistas de este planeta cuya obra (y milagros) ha trascendido se podría e incluso puede que se debiera hablar , y es seguro que hay quien lo hace. Nosotros no porque nos conformamos o, en realidad, nos da igual dicha condición aunque no podamos evitar tenerla presente. Que nos damos cuenta, vaya, sobre todo cuando el autor o autora no sabe en realidad dirigirse a una mayoría potencial de lectores que inexplicablemente descarta.

Guadalupe Nettel, 2011. Anagrama, 2011. 198 páginas. Pvp: 17, 90 €

Cuando la realidad biográfica se mezcla o se recrea con ficción esta cuestión cobra importancia. Personalmente me apasionan las vidas de gente bien y celebro que algunas de ellas tengan el impulso artístico de expresarse o recrearse como obra. «El cuerpo en que nací» tiene ingredientes de sobra para procurar un relato jugoso, empezando por el defecto en el ojo que condiciona el desarrollo desde niña de la propia Guadalupe Nettel y siguiendo por la condición liberal (en el sentido más humanista y pijo) de sus padres, que practican la libertad sexual, conviven en comunas hippies y, en definitiva, buscan alternativas a una vida normal que tienen amortizada y superada. Sin embargo no acierta Guadalupe Nettel a crear un relato con la mínima pulsión narrativa y por todo pasa de manera superficial y sosa, como si el lector de pueblo que tiene una librería aún no sabe muy bien por qué (pero ha de ser porque le gustan los libros o porque quiere que se note que le gustan los libros) supiera de qué puñetas le está hablando. Una pena, y un rollo, vaya, una decepción que sin embargo me ha abierto el apetito y me ha llevado a leer la tercera parte de la obra autobiográfica de Knausgard (la que habla de su infancia),quien seguramente no tiene mucho más que contar (o puede que menos) y cuenta, sin embargo, mucho más.

No sé la razón por la que me he encontrado con este libro entre algunas de las novedades que han llegado a la librería este verano, o puede que lo haya pedido sin saber muy bien por qué, quizás alguna reseña en el Babelia o El cultural… el caso es que leí la novela como si se tratara de una novedad y descubro antes de publicar esta entrada que, en realidad, se trata de una obra de 2011, y que la mexicana tiene una trayectoria bastante reconocida. Así pues puede que lea algo más de ella en otro momento. Ahora mismo no me resulta apetecible.

Cuanto antes mejor.

«La anguila» es mi primer Bonet y de su lectura me ha sorprendido cuánta vida puede contener una sola persona. Definitivamente voy con retraso y quizás sea esto lo que hace que uno lea con excitación un libro que tiene en realidad mucho de triste. Se acumulan los sucesos dolorosos en Paula Bonet como si estuviera ella destinada al fracaso y hubiera sido programada por la vida, la madre naturaleza, el gran demiurgo para equivocarse: lo suyo es fatalidad. Quizás su cuerpo como material experimentable para la performance por un dios juguetón -peligrosamente pueril- que manipula, evidentemente, el cuerpo de los demás, el de Paula Bonet en concreto, no el de Marina Abramovic, que ella misma ponía a disposición de morbosos mortales de ambos sexos. En este sentido a Paula Bonet la intervención le viene impuesta, y «La anguila» es una especie de memoria o relato de su violencia sufrida.

Anagrama. 237 pág. 17,90 €.

Así, las vivencias juveniles se fueron sucediendo intensas hasta hollar un cuerpo envuelto en varias relaciones tóxicas con hombres que en el mejor de los casos la utilizaron. Este vivir de prisa no respondía a la necesidad de llegar primero a ningún lugar pero lo cierto es que la escritora (ilustradora, pintora) se encontró en aquellos años de experimentación sin saber muy bien cómo ni adónde llegar. El relato que ahora publica al respecto se entreteje con su periodo de aprendizaje como artista plástica, y de donde parte la relación sentimental -nuclear- con uno de sus profesores. La violencia ejercida por otra de sus parejas y el trauma más reciente por su aborto de trillizos son capítulos que la narración templada de una mujer ya adulta asumen o pretenden asumir. Es mejor que arrastrarlos durante toda la vida.

Hilo de lecturas confinadas

RELATOS PARA NO TENER QUE LEER, 1.

Creo que estaba leyendo pero no estoy seguro, a lo mejor ojeando o puede que sólo hojeando (y a lo mejor ni eso porque ya estuviera aparcado entonces) «Miguel de Cervantes», de Jordi Gracia, cuando llegó el confinamiento. Me pierdo en mis lecturas, que son desordenadas, impulsivas y que abandono todo el rato no como una decisión sino como relego, ya que entre la lectura de un libro intercalo la de otro u otros dos, o cuatro o cinco… o más,  y a veces el libro se me olvida para siempre. Esta entrada va de eso: hilos de los que uno tira un poco a lo loco… y que en estos días de confinamiento propicios para la excitación intelectual se ha agravado bastante.

 

WhatsApp Image 2020-05-18 at 13.01.10

Además, muy poco antes de la declaración del estado de alarma me dio fuerte con la escritura de una novela, un proyecto: quería hablar del arte como herramienta social, de su teórico potencial enriquecedor en cada ciudadano, en cada comunidad, y de las derivas que ello toma en el desarrollo real y personal que el artista hace de su obra, quería indagar en el tema a través de la vida de dos performers ligados a aquel Grupo Zaj de Hidalgo, Marchetti y Ferrer. No sé si fue a raíz de la lectura de «El tiempo es lo único que tenemos» (compendio de artículos coordinado por Bárbara Hang y Agustina Muñóz) o más bien empecé a leer este libro como apoyo/inspiración de mis cuitas literarias del momento. Me gustaría que en Olmedo abundaran las performances, que uno pudiera encontrárselas en cada esquina, cortando de paso  la carretera de Medina, alimentando el paseo de los vecinos transeúntes, provocando hasta el enfado… qué sé yo… hasta que nos olvidáramos de vírgenes y toros… aunque bien mirado lo de matar bichos  en  contextos de brutalidad y jaleo de vísceras tiene una fuerza inigualable por una performance o por cualquier otra manifestación artística.

tiempo único

No sé en qué momento, quizás empeñado en encontrar cierto pulso narrativo, me dio por la relectura de «Los detectives salvajes», de Bolaño, y ya de paso por revisionar entrevistas y documentales sobre su figura, mitificada seguramente ya desde su propia literatura. Viéndole y escuchándole fui a parar a Rimbaud, al que consideraba primer poeta, y estuve leyéndole y viendo una peli documental muy chula y muy larga que me recordó a mis lecturas rimbaudianas de juventud, que también complementaba con otras de la biografía sobre el joven enfebrecido, atormentado y visionario poeta que escribió toda su obra entre los 15 y los 19 años.

Me resulta inevitable mirar de reojo los libros de Angélica Liddell cuando leo a Rimbaud. El genio de este último es incontestable, la lectura de su obra tiene algo de místico e incluso de escalofriante por cuanto que deja desnudo al lector adulto, interpelado por un tipo de belleza que es humana y a la vez conserva mucho de lo primario de un niño, una poesía que parece consciente de su inmadurez y del valor literario que esta tiene, de su pureza. Evidentemente mi asociación con Liddell proviene de lo que tiene de provocación y de místico, pero la apuesta de la dramaturga es más descarnada en el estilo y decididamente indagatoria en lo oscuro del alma humana, desveladora de aquello que tratamos de mantener a buen recaudo y escondido. He leído y me dispongo a releer «Trilogía del infinito».

liddell

Y alternando a Liddell con Rimbaud y con Roberto Bolaño fui a parar a Javier Marías. Se debe desde luego a que es uno de los autores que el chileno reconoce de su interés. Una de las principales razones para querer a Bolaño es que se puede leer muy buena literatura leyendo a quienes recomienda. Otra razón importante es que a uno le entran ganas de escribir cuando le lee. Lo decía Rodrigo Fresán, también en un documental que vi. Como de Marías tenía ganas de hincarle el diente a «Tu rosto mañana» me puse con ello. Pude quitarme por fin esa espina porque gocé con su primera parte: «Fiebre y lanza». E incluso escribí una entrada a propósito de la misma.

portada tu rostro

Pero, claro, debía continuar con mis deberes cervantinos y me puse con el libro «Los textos de Cervantes» de la colección del Centro para la edición de los clásicos españoles, al cuidado de Daniel Fernández Rodríguez, y que distribuye la Universidad de Valladolid. En este libro pude hacer algunas anotaciones a propósito de ediciones y trabajos de impresión de algunas de las obras del considerado sin duda autor de autores. Andaba y aún ando buscando no tanto pistas de cómo se produjo la edición de las obras cervantinas como de la influencia que «El Quijote» ha tenido en el mundo de la edición. Por eso también he estado leyendo estos días «Del libro áureo», de Víctor Infantes (con un estilo rico y quedón que se agradece) y «Para leer a Cervantes», con el que aún estoy, de Martín de Riquer, que me está resultando sabroso. Y ya puesto retomé algunas de mis revistas de bibliofilia y en el número 50 de Hibris fui a encontrarme con un artículo del propio Víctor Infantes titulado «Breve relación de las librerías y de los maravedís de la primera edición del Quijote». ¿No es maravilloso?

Leo andando. Antes lo hacía por el pueblo pero ya me da vergüenza y varias veces he estado a punto de sufrir accidentes, no graves pero sí sonrojantes. Ahora leo cuando salgo a los caminos, leo y pienso. Ya saben que leer sirve para pensar: uno dialoga con el autor y de paso consigo mismo y a veces incluso puede establecerse un diálogo de lo más jugoso entre uno de esos yoes de uno que van por libre y el autor, con lo cual es fácil quedarse relegado a la condición de espectador que no puede ser. A veces paseo con el libro cerrado y de alguna manera es como si fuera leyendo. Voy despacio, miro alrededor, se me ocurren cosas. No sé por qué una de las últimas fue que debía leer el libro de Miriam  González Durántez, olmedana por las altas esferas del mundo anglosajón y europeo, y hacer una reseña. Y ya está. Visto para sentencia. En unos días publicaré la entrada sobre «Devuélveme el poder», un libro de divulgación pro-liberal que agradezco a la autora porque me ha llevado por territorios que me apetecía retomar y que tenía un tanto abandonados desde mis tiempos de republicanismo y ciudadanía.

durántez

Un juego. «La marcha Radetzky» está considerada la obra maestra de Joseph Roth y ahora que sus derechos de autor quedan libres tanto Alba como Alianza han publicado sus ediciones. Yo estoy leyendo la de Alianza, que traduce Isabel García Adánez, y el que es uno de mis dos mejores clientes está leyendo la de Alba, a cargo de Xandru Fernández. Se me ha olvidado qué vamos a hacer después  de sendas lecturas de esta novela que retrata el ocaso del imperio de los Habsburgo a través de tres generaciones de la familia Trotta. Seguro que algo alimenticio.

roth

También me ha dado tiempo a profundizar un poco más en un poemario que estoy escribiendo. Llevo desde septiembre. Soy tan lento que estoy seguro de que será el último. Como mi novela: será la última y, además, la primera. No tengo el tiempo necesario, y no me refiero a que necesito más tiempo: lo que necesito es mejor tiempo. Quizás en la tranquilidad del invierno, pero este siempre dura poco. Y necesito una chimenea. Lo tengo difícil. Así que entre desesperaciones y desesperanzas, con el apoyo alimenticio de mis conversaciones con mi amigo Ricardo (a dos metros, con guantes, mascarilla de proa y de popa), lecturas compartidas y otras navegaciones he llegado hasta «Godot sigue sin venir», el vademecum de la espera de Miguel Albero de cuyo contenido leí lo que más me importaba en un largo paseo de cuatro horas y cuya principal conclusión para lo que me interesa es que esperanza y espera no deben mezclarse. Desarrollen y si les place tiren conmigo de este hilo: latiendadelope@gmail.com. Hay para pasar un buen rato. Bueno, e impagable el acercamiento a San Agustín, un pensador que me va a gustar recuperar los próximos días.

albero