Enfocar el abuso

SAVATERIANAS, 4.

También yo pienso que la columna periodística es un formato que admite sin problemas cierto grado de ligereza y, sobre todo, de buen humor, algo de lo que a menudo hace gala Fernando Savater en su cierre de El País de cada sábado. En su Opinión del 4 de noviembre, titulada «Hipocresía», el escritor empieza poniendo en duda el rigor del estudio que el Defensor del Pueblo ha publicado recientemente a propósito de los abusos sexuales vinculados a La Iglesia Católica para a continuación decir que estos escándalos tienen más resonancia en medios que tienen a su vez otros escándalos recientes que ocultar y rematar que se trata, precisamente, de un comportamiento típico de la izquierda que ahora promulga una -escandalosa y abusiva- amnistía «que se cisca en los derechos de 47 millones y medio de españoles», es decir, en los de todos. A veces se tratan temas serios e incluso graves en opiniones que se exponen con ligereza.

De todas formas este sábado me ocurrió que cuando volteé el periódico para atender su portada me encontré con una foto que ilustraba los efectos inmediatos del bombardeo israelí a un convoy de ambulancias a las puertas de un hospital palestino y no pude evitar pensar que puestos a hablar de hipocresía y de abusos era más pertinente detenerse entonces en los estragos que la respuesta israelí al ataque terrorista de Hamás está causando en la población palestina. En el primer plano de la foto aparece en pie, sobre un suelo sembrado de cadáveres, un joven que con la cara descompuesta sostiene en sus brazos a un niño ensangrentado. No sabemos con seguridad si son parientes -por ejemplo padre e hijo, tío y sobrino, quizás hermanos o puede que vecinos- pero su gesto de desesperación nos hace pensar que sí y yo en ese primer momento irreflexivo, puramente pasional, los vi como padre e hijo, no se me ocurrió ninguna otra posibilidad. No sabemos si el niño está muerto o malherido ni si, en este caso, el dolor y la urgencia que expresan la cara del joven que lo sostiene habrán sido capaces de poner a salvo a ese niño casi desconocido en su envoltorio de sangre. Porque cómo puede ser ese guiñapo su hijo, cómo es posible esa cruel metamorfosis en tan sólo un instante: mientras esas preguntas acuden como fogonazos sin respuesta posible ha de ponerlo a salvo, a la mayor brevedad, no puede quedarse bloqueado, no hay tiempo para detenerse en el dolor porque su urgencia está en asegurarse de que podrá recuperarlo, de que volverá a reconocerlo como de verdad es cuando le limpien, cuando le curen… entonces el niño que ahora se oculta bajo una capa inexplicable que lo desfigura aparecerá de nuevo.

Es una foto. Imposible detenerse en todos los casos individuales del horror de esta guerra. Conocemos algunas historias espantosas del ataque terrorista de Hamás a israelíes. Como dice Ana Iris Simón en su artículo del mismo sábado apenas conocemos nada de las víctimas palestinas. Son anónimas. No merecen un relato. Ni una columna. Hipocresía. Sinceramente, me preocupa poco si la Iglesia Católica es en realidad responsable de menos casos de abuso sexual de los que dice el estudio del Defensor del Pueblo. Las mentiras de Sánchez -su también ligereza- respecto a sus compromisos políticos me preocupan más pero no me sorprenden. La posible (y parece que cantada) amnistía a políticos independentistas catalanes condenados y presos por sublevación (o algo así: ya no me acuerdo) no me preocupa nada: ni un poquito.

¿Quién educa?

SAVATERIANAS, 3.

En la columna del 28/10/23 Savater se pregunta de forma aparentemente desprendida quién educa, a la par que muestra su desconfianza hacia la posibilidad de que un español de hoy luzca un mínimo de sentimiento patriótico en el extranjero o en cualquier otro lugar o situación, ya que dice según apunta en un tono sarcástica muy habitual en él «(…)de España mejor no hablar, porque es signo de fascismo mencionarla sin escupir después». Como imaginarán la columna tiene su jugo y recomiendo leerla. Por supuesto no hay desprendimiento ni puede haberlo en un texto de Fernando Savater que habla de educación y en ella se apuntan un par de cosas interesantes, sobre las que cabría escribir más en profundidad, algo que no voy a hacer.

Pero respecto a la falta de sentimiento patriótico de los españoles (que Savater no expresa así) quiero decir que es este sentimiento en España cuando menos confuso hasta el punto de que uno utiliza la palabra España a sabiendas que tiene algo de forzado y que la podemos aceptar para nombrar nuestro Estado pero difícilmente -por no decir imposible- como significante de una nación, certeza esta que para mí tiene bastante de alivio. Acepto no obstante el sobrevuelo de la columna con su juego banderil por hacerse entender bien en lo que creo que Savater trata en realidad de señalar: que los españoles somos unos acomplejados. Una vez alguien me dio la bienvenida al «primer mundo» cuando estaba yo haciendo un bolo de teatro en un municipio de Álava: me quedé tan contrariado que no supe qué decir, aunque mi mala conciencia por la falta de réplica a aquel absurdo alarde de ignorancia supremacista se vio durante la representación recompensada con unas cuantas «mangadas» de esta persona que en realidad era el técnico del teatro, y al que el equipo de la sala le quedaba claramente grande, aunque no era mejor que los que nosotros manejábamos en algunos pueblos castellanos. No sé si contar esta anécdota puede valer como orgullo patriótico, y me van a decir que no, que eso sería en caso de que la historia hubiera sucedido en Portugal, Andorra o Francia, pero no en Euskadi. Así que pueden borrar este párrafo de su memoria: como si no hubieran leído nada.

Más interesante, aunque lamentablemente podamos aplicarle un parecido (y lastimoso) nivel de rigor, es la afirmación que Savater hace mediada la columna: «(…) uno puede reformar las aulas, pero no crear padres y madres». Me quedé con este final de párrafo que, inevitablemente, mi cabeza hilaba con el título de la columna y, la verdad, lo que aquí nos deja el filósofo son un par de problemas en los que es necesario indagar. Yo carezco de herramientas (y de espacio ahora mismo) para hacerlo. Preguntar quién educa es también preguntar para qué, con qué fin se educa y, desde luego, a quién.

Pinos en la librería

En un par de días -jueves cultural del 26 de noviembre- vamos a tener Ángel Roldán, ingeniero forestal, presentando su libro dirigido a la infancia sobre gestión de bosques en general y pinares en particular. Ya vaticino que seremos más maduros que jóvenes e infantes pero me parece una buena idea esta quedada alrededor de un tema que no interesa o debería interesarnos especialmente a los vecinos de de nuestra muy pinariega comarca.

El libro surge como respuesta a la contraposición tradicional de miradas en torno a la conservación de los bosques y que se resume en quienes plantean que el bosque debe desarrollarse autónomamente y sin intervención humana y quienes piensan que el bosque debe ser aprovechado como recurso de materiales para los humanos y, por tanto, gestionado. Este cuento ilustrado por Marta Benedí responde con una nueva posición dialéctica desde las previas planteadas que consiste en la necesidad de gestionar los bosques de una manera lógica y sostenible.

Como digo el relato es infantil y resulta muy recomendable su lectura, ya que además de tratar explícitamente la conservación de los bosques dibuja, boceta y da pie a pensar sobre cuestiones universales como el respeto, la evolución, el sacrificio, la muerte, el compañerismo…

Este jueves a las 19:30 estaremos atentos a lo que Ángel Roldán nos cuenta y, conociéndonos, daremos un poco de guerra y procuraremos aportar lo nuestro (hablo del colectivo vecinal, claro) y escuchar atentamente cuanta intervención se produzca para, quién sabe, quizá irnos todos a casa con una mirada más rica de los pinares y su conservación y disfrute.

Ángel Roldán, 2023. Náyade Nature Books, 2023. 49 páginas. Pvp: 18 €.

Razón y futuro

SAVATERIANAS, 2.

Fue la de ayer (21 de octubre de 2023) una de esas columnas en las que Savater invita a la duda (tan sana) y se aparta más de un tono paternalista y resabiado, desde luego provocador, que le caracterizan y que, por otra parte, tanta gracia me hacen, aunque en general no hay día en el que no se despache a un par de personajes públicos de cualquier ámbito. Es tan sólo la segunda savateriana que escribo y me parece ya un buen momento para dar razón de esta iniciativa. En realidad daré tres razones por las que me he decido a adquirir este compromiso conmigo y con los -como diría Manuel Rodríguez Rivero- improbables lectores de este recóndito rincón de la internet.

La primera razón es el efecto crispante que la lectura de sus columnas tienen habitualmente sobre mí, columnas que leo cada sábado desde el kiosko en el que compro El País caminando de vuelta a la librería. Es bastante corriente en esa primera lectura (a veces única) que me sienta interpelado, cuando no ofendido o directamente atacado (qué más quisiera yo) por las provocaciones que en más ocasiones de las que me gustaría no puedo dejar de considerar reaccionarias, pero a lo mejor es que me estoy haciendo joven. Esa punzada sabatina y savatera de incomodidad que me produce la lectura de muchas de sus columnas la considero de utilidad para mis equilibrios digamos mentales, alimentos de un estado de templanza siempre por venir. Es como si me pusiera las pilas, una inyección de adrenalina furiosa con la que tuviera que habérmelas cada mañana del sábado y que me obligara a recolocar mi cabeza. Por otra parte, aún más útil me resulta la lectura de la actualidad española -ya no saben y yo tampoco- a través de una mirada muy alejada de la mía y en ocasiones contraria. Pero el ejercicio en pro de mi templanza no debe confundirse con gusto alguno por la tibieza, y el nacimiento de esta savateriana se produce como un primer impulso de contestar a Savater, de hacer por escrito lo que uno no puede evitar hacer mentalmente.

Hasta ahí la primera razón. Porque lo que uno se encuentra una vez que ha tomado la decisión de publicar esta entrada cada fin de semana es la oportunidad de hacer un ejercicio de escritura y análisis que quedaría plenamente justificado por contar con una base tan sólida como es una de las columnas semanales que más interés y polémica suscitan, firmadas además por un intelectual de valía indiscutible. Y así enlazo con la tercera razón:

Una vez establecido el compromiso conmigo de escribir esta «contracolumna» cabe la duda razonable de buscar otro autor o autora más convenientes, pero estoy seguro de que Savater es el mejor posible, y ya he dicho por qué. Hablamos de un pensador de trayectoria reconocible, con un incuestionable compromiso con la educación y la política que ha abordado tanto desde un plano intelectual como militante, un filósofo con el que comparto filias nietszchianas, una visión de los nacionalismos y las naciones como construcciones de un romanticismo peligroso, para mí un prescriptor de buenos libros y de buenas pelis pero, en definitiva, alguien cuyo valor está más allá de cualquier posible empatía conmigo, ya que contestando a sus columnas me siento un «privilegiado» y de alguna manera mantengo (o puedo fingir mantener) una conversación más o menos polémica, puede que incluso cordial y tranquila (¿se puede con Savater?), y con la oportunidad que la distancia de la escritura me ofrece de no quedar noqueado a la primera de cambio.

En la última columna Savater parte del visionado de una peli protagonizada por Charlton Heston (Soylent Green, 1973) para advertir de lo erróneos de algunos vaticinios ecologistas sobre un futuro del planeta que en 2023 estaríamos viviendo en presente. Tras sendos tortazos a Michael Moore e Ione Belarra señala en concreto los errores del Club de Roma en 1972 y de Al Gore en 2006 para terminar con la recomendación: «Quizá también hoy convenga prevenir, pero sin exagerar…». Apoyo esta recomendación convencido de que los grupos ecologistas han sido muchas veces antipáticos para los ciudadanos de a pie, seguramente porque con atender estos lo suyo ya tenían bastante pero también por ciertas formas lacrimógenas y en algún grado violentas de «lo verde», tanto en las acciones como en los relatos, y que han impedido que un fondo acertado en lo esencial no calara lo necesario. Pero de sobra sabe Savater que el ya viejo mensaje ecologista era más predictivo (científico) que visionario y que precisamente en lo esencial se está cumpliendo: la especie humana hace del planeta un lugar cada vez más inhóspito, su actual desarrollo tecnológico se ha mostrado incompatible con una vida en armonía con el resto de especies y, por fin, hay un cambio climático provocado por un exceso de quema de residuos fósiles que está produciendo una subida de temperaturas ya a estas alturas de la historia difícilmente reversible. Creo que no exagero.

Censura y creatividad barrocas

Se dice -lo dicen críticos y estudiosas- que las cotas más brillantes de las letras hispánicas se alcanzaron en la época de mayor presión censora, que acaso es esta en la que se centra el estudio del catedrático Héctor Urzáiz y que se presentó el pasado mes de julio en la última edición del festival Olmedo Clásico. Quien quiera saber más sobre las prácticas censorias en el Siglo de Oro puede acudir a la fuente que el propio Urzáiz (entre otros) alimenta y dirige aquí: Proyecto Clemit. No obstante este libro es un jugoso primer acercamiento (riguroso, profundo y en realidad extenso) a un mundo, el de la censura y las licencias en manuscritos e impresos teatrales, que no puede caber en un volumen de papel, entre otras cosas porque está en desarrollo, y que además de aportar a investigadores y profesores datos nuevos y nuevas lecturas sobre el funcionamiento censor en la época proporciona a los poco iniciados algunas buenas historias que lo introducen en uno de los momentos de mayor fulgor libresco, impresor y literario del país (o lo que esto sea).

Héctor Urzáiz, 2023. Universidad de Valladolid y Ayuntamiento de Olmedo, 2023. 219 páginas. Pvp: 35 €.

Como pertenezco al grupo de los no iniciados he centrado mi lectura en la diversión con lo que de anecdótico he encontrado (me perdonará mi amigo Héctor la mirada corta) en esta época (literaria) en la que los protectores eran quienes ejercían el control de las publicaciones -también representaciones- porque se trataba más bien de cuidar de la costumbre y no de las artes literarias y sobre todo teatrales, que generaban mucha desconfianza desde los dos principales estamentos de poder absoluto de entonces: estatal y eclesiástico. De ello son consecuencia tanto la prohibición de escribir comedias entre 1625 y 1635 como la creación de una Junta de Reformación de las costumbres impulsada por Conde Duque de Olivares. Este es -grosso modo- el contexto con el que nos encontramos en el sigo XVII, heredero de una censura estatal de libros que se ejerce desde 1502 por los Reyes católicos. La Iglesia después, con la Inquisición como brazo ejecutor, estrecha aún más los límites creativos del teatro, que han contener los preceptos católicos y bajo ningún concepto ponerlos en duda.

No obstante existe la necesidad de ejercer otro tipo de protección, ya que el comercio libresco es, como se sabe, uno de los más importantes de la época, lo cual lleva a establecer un juego de equilibrios, miradas suspicaces y triquiñuelas que sirven para guardar las apariencias tanto desde la parte censora como teatral y apañárselas para ir cada uno haciendo lo suyo. Así, por ejemplo, la censura previa (a la impresión y venta de la obra) era (también) una forma de evitar la prohibición sin provocar gastos extraordinarios ni generar daños irreparables en librerías y talleres. De hecho los intereses económicos podían ganar la partida a los religiosos-morales.

Pero, como decía, hay otros aspectos más y menos anecdóticos -podríamos decir casos- en los que me parece que resulta inevitable fijarse, como lo que concierne al corrector «creativo» Vargas Manchuca, que deja claramente su impronta poética en el final de «El castigo sin venganza», de Lope de Vega, y cambia y añade versos a su gusto, enmendando la plana al fénix, algo de lo que el propio Urzáiz nos habló durante la presentación del libro en Olmedo junto a Ramón Valdés, porque este presentaba a su vez su edición de esta obra en RBA a partir de las investigaciones del grupo ProLope. Igualmente sabrosa es la anécdota de Andrés Baeza como censor de su propia obra («El valor contra la fortuna» y «No se pierdan las finezas») cuya impresión -se ve venir- aprueba e imaginamos que efectivamente cumple con los requisitos de la reformación de las costumbres. Es una época en la que, como otras más cercanas, la censura y la creatividad artística convivían y se relacionaban subrepticiamente, con intereses y cuidados variopintos en la que los censores eran muchas veces escritores y atendían los textos según sus propias necesidades personales, compromisos, posibles retornos, posicionamientos…

Sobre los aspectos filológicos de la práctica censoria el libro aporta cien páginas -la mitad del volumen- con datos y textos originales, así como las intervenciones directas (tachaduras, aportaciones) de los censores según temas, desde el control civil al del Santo Oficio; textos, como el bíblico, religioso o la «graciosidad»; y épocas o lugares, como América o la censura dieciochesca del teatro barroco. Es este, como decía al principio de esta entrada plagada de paréntesis, la parte dirigida a especialistas o iniciados y en la que, no obstante, es fácil seguir encontrando historias y datos sabrosos también para los profanos como yo. Por supuesto al final una extensa bibliografía a la altura del rigor requerido para el ya décimo noveno título de esta colección que dirige el profesor Germán Vega García-Luengo, codirector del festival olmedano además de referente absoluto de los estudios literarios y teatrales de la época.

El ancla

SAVATERIANAS, 1. (14/10/23)

En la última columna de Fernando Savater en el diario El País España es una nave atravesando una tormenta de importancia al menos considerable. El texto es ingenioso como la mayoría de los del filósofo, pero dado el formato de 350 palabras no da para más profundidad que la que el lector pueda imaginar en el posible hundimiento de la nave que es, hasta donde uno sabía de Savater, estado y no nación. En esta nave-estado hay piratas de izquierdas que, por tanto, no son tripulantes, ni marineros y ni siquiera pueden ser viajeros, y entiendo que son -qué otra cosa podrían si no- enemigos a los que habría que expulsar de la nave a riesgo de que la roben o expolien o, quizás, secuestren.

Es evidente que Savater no pinta un cuadro necesario, sino un momento circunstancial creado por políticos concretos de la izquierda de hoy, es decir, por personas y no por ideologías, por pasiones individuales incapaces de trascender sus debilidades hasta la responsabilidad que lo común requiere. Pero es precisamente por esto que no se entiende bien el juego maniqueo que establece entre tripulantes y piratas, entre la derecha y la izquierda que sostiene en su hombro el loro nacionalista que sólo sabe preguntar por lo suyo y que, nos dice Savater, maldice en catalán y vascuence. Es complicado gobernar la nave en estas condiciones, claro, pero no puedo dejar de preguntarme qué nave es esa, cuál es su naturaleza ni qué es lo que se trata de salvar. Porque a primera vista hay mucha confusión, y aunque esta responda a un momento concreto resulta imposible pensarla sin una complejidad previa que la provoque.

Sí, ya sé, he de aceptar el juego de la columna, no es un artículo ni una tribuna ni hay necesidad de profundidad ni rigor con los que ir sumando argumentos a una posible dialéctica que nos permita seguir pensándonos. No es cuestión de pensarse todo el rato y nos permitimos la premisa como verdad. Acepto esta ligereza pero me doy el gusto de recrearme en ella: tenemos una nave (podría aventurarse que sin timón aunque esto no lo sabemos: ¿hay un capitán? ¿Quién es?) cuya integridad peligra y que por si fuera poco -añade a continuación- navega mediterráneamente hacia el Este a riesgo de chocar contra los arrecifes islámicos, el iceberg Ucrania o desorientarse hacia la catástrofe por los dolorosos cantos de sirena de los inmigrantes cuya voz manipula la Iglesia. La cosa, efectivamente, pinta mal.

La columna se llama «El ancla» y me hace pensar en la necesidad que el autor ve de echarla hasta poner orden y que alguien pueda hacerse cargo (bien) del timón. Para ello Savater apela a la responsabilidad de los marineros, a la búsqueda de lo común para ponerse de acuerdo en lo mínimo y detener así la deriva, e invoca la imagen mítica (dice) de la joven princesa besando la bandera, en una última pirueta fabulosa que definitivamente hace de la nave España una construcción puramente emocional, muy cercana al nacionalismo y, por tanto, imaginaria.