Estar por Ciudad Rodrigo en su feria.

A TRAVÉS DE LA VENTANA, 7.

Estábamos por estar menos Esther y yo en esta edición de 2022 de la Feria de Teatro de Castilla y León que, como siempre, se celebra en Ciudad Rodrigo (23-27 de agosto) y, miren por dónde, hemos estado más que nunca. O esa sensación nos traemos de vuelta a Olmedo. Porque el plan original de descargarnos de exhibiciones de sala y disfrutar de las otras actividades de la feria ha dado un doble resultado favorable de lo más jugoso. Por un lado hemos estado más en las actividades en las que estábamos y hemos podido dilatar ambigús y saludos postreros. Por otro nos hemos acercado con tiempo suficiente y en repetidas ocasiones a la exposición fotográfica de José Vicente, la instalación poética de Baychimo Teatro y las actividades que componen la que es, sin duda, programación más importante de la feria, aun no siendo la central: Divierteatro. De la misma manera pudimos acudir a la que para nosotros era cita irrenunciable de esta edición: el reconocimiento a Miguel Ángel Pérez Martín (Maguil) -por cierto, colaborador de este blog- con el «Rosa María García Cano» a la gestión cultural. Esther participó con el propio Maguil de la presentación del libro «Historia del teatro contemporáneo de Castilla y León» que hace unas pocas semanas se presentaba originalmente en Olmedo Clásico, y a la que acudí como librero de etiqueta teatral a la que voy cogiendo el gusto. Y, en fin, acompañamos lo mejor que supimos a nuestros compañeros de Artesa en el espacio creado para la feria… entre otras…

Como íbamos por estar con tiempo llegamos al albergue La Concha el lunes por la noche, aún unas cuantas horas antes de la inauguración. Y por la mañana acudimos al taller de COFAE «Â¿Sabes lo que te ofrece una feria?» con el que comenzamos muy bien nuestra vivencia de la feria. Abigail Ballester y Margarita Troguet nos dieron algunas claves (o nos las recordaron) y nos inspiraron en cualquier caso a tomarnos en serio los preparativos para una feria profesional. Uno de los datos que el taller nos ofreció, especialmente esclarecedor y que me tiene contrariado fue el presupuesto de la feria (300.000 €), paupérrimo para lo que la esta desarrolla: hablamos de 47 espectáculos que entre salas y calle ocupan 19 espacios que hay que equipar, toda la programación de Divierteatro en dos espacios distintos e igualmente equipados, la exposición fotográfica y otras propuestas y, por supuesto, toda la organización, comidas, bus y presentaciones incluidas, sean espectáculos, libros o informes… Lo comparo con otros festivales o ferias de parecido presupuesto -y alguno de ellos me toca tan cerca que me abrasa- y no puedo evitar dos reflexiones: una me hace preguntarme qué hacen algunos con proyectos que pulen sus presupuestos para hacer siempre lo mismo y sin atisbo de ir a lugar alguno. La otra es, sin duda, el espectáculo que en sí mismo ofrece una feria como la de Ciudad Rodrigo, que no tendría sentido en ningún otro lugar dada su implicación con el territorio, al que tanto da y del que tanto recibe. Cómo explicar a otros directores que están al frente de proyectos sin personalidad y que estos bien podrían llevarse a cualquier otro territorio o población sin ningún problema para sus soso proyecto y, en realidad, creando su ausencia pocos a la propia población de la que casi nada saldría. La Feria de Teatro de Castilla y León multiplica su presupuesto, no sólo económicamente, sino social y pedagógicamente hablando, y procura desarrollo en su territorio. A ello debemos sumar la eficacia en la oficina y su capacidad -exquisita- de atención, además de unos números que respaldan los objetivos profesionales de difusión de las artes escénicas, con un (nada desdeñable) hueco asegurado para las compañías de la región y con una mirada peninsular en la que cobra especial importancia el trabajo que se hace en Portugal, una acertada singularidad que responde, como en el caso de sus raíces territoriales, con una forma responsable de desarrollar los proyectos. Por supuesto que la Feria de Castilla y León merece más presupuesto (y que algunos consejeros estén calladitos y dejen tranquila la lengua, la de todos pero especialmente la suya, esto lo merecemos todos).

Dicho esto lo que sigue es una crónica de la estancia de Esther Pérez Arribas (Teatro de compañía Pie Izquierdo) y de la mía. Ese primer día lo rematamos con una comida en la que los inscritos en el taller pudimos conocernos un poco mejor. Por desgracia la inauguración del Espacio Artesa se produjo también a esa hora y no pudimos estar en aquella con nuestros compañeros de las artes escénicas de la región. Así que desde la comida fuimos directos a la inauguración oficial de la feria, que se celebró en el Palacio de Montarco y que acompañamos durante la presentación del director -Manuel González- y abandonamos en cuanto empezó a nevar oficialmente, pues nos dejamos en Olmedo la ropa de invierno. Luego nos retiramos a la tarde, que esperaba tranquila.

El miércoles fuimos al parque La Florida para disfrutar del que sin duda ha sido uno de los hitos de esta feria, la instalación poética de Baychimo Teatro «Versos que anidan» y en la que las palabras se incorporaban a la escena individual que las casetas nido, alimentadas con una plaquita solar, creaban para el espectador/oyente de poemas de autores (plumas) como Alejandra Pizarnik, Gloria Fuertes, Gianni Rodari, Beatriz Osés, Raúl Vacas, María Elena Walsh, Oliveiro Girondo o León Felipe en la voz (canto) de intérpretes como Elena Muñoz, Paloma Leal, Ramón Enríquez, Ana Roncero o Antonio Velasco… un juego que invita al descubrimiento y que provoca la imaginación, un encuentro entre literatura, teatro, artes plásticas y naturaleza que es también lugar de reunión para espectadores, vecinos y artistas donde intercambiar visiones de la poesía, entendida esta en un sentido amplio. Una instalación que nació del primer festival PoetiZa y que bien puede alimentar ferias del libro y otros festivales literarios. Hay que contarlo.

Con nuestro amigo Patxi Vallés -Pez Luna Teatro- vimos algo del pasacalles «Ambulantes», de «Z Teatro» y «La escalera de tijera», bien acompañados por el público que estaba por divertirse aún a la solana de la plaza mayor y tiramos hacia el Espacio Artesa. Un espacio en el que han pasado cosas durante toda la feria y que ha logrado convocar a diversos agentes de lo teatral gracias a los vermús donde han debido producirse buenas conversaciones y, se entiende, algún que otro compromiso por parte de las administraciones. Se trata, sin duda, de un espacio necesario y es un logro que esto se vaya consiguiendo gracias al esfuerzo de su junta directiva. Todo a pesar de que Feria y Artesa no parecen tener una relación clara que entiendo debería buscar el complemento de sus actividades. De momento las de Artesa dan como resultado una suerte de programación off que podría ser una opción a desarrollar pero que más bien se presentaba descolocada este año, cuando no descolocando…

En la primera comida de esta edición tuvo lugar el acto que para algunos de nosotros – por supuesto «artesanos» incluidos- era el más significativo de esta feria: el reconocimiento a Miguel Ángel Pérez Martín -gestor cultural, maestro de las artes escénicas, creador, conocedor y divulgador de las artes en general y, entre otras cosas, timonel de Artesa durante algunos años- con el premio Rosa María García Cano que le entregaron sus principales promotores en este caso: Ana Gallego (a quien Maguil dedicó el premio: por valiente) y Ángel Sánchez, compañero en el primer Teloncillo al que Maguil se incorporó en 1974. El reconocimiento a Maguil es también a una forma de estar totalmente comprometida con la innovación, con la utilidad de la cultura en general y de las artes en particular y, sobre todo, a una persona generosa que comparte información y conocimiento desde el convencimiento de que cada cual sabrá hacer con ello lo que crea oportuno, a poder ser crear nuevo conocimiento, en cualquiera de sus vertientes: artística, investigadora, pedagógica… Oro para nuestras artes. Referente absoluto.

Durante la propia comida fue también reconocido el trabajo y los proyectos de personas y programas como Eduardo López Velasco, Proyecto Ornitorrinco y Escenarios Móviles, unos u otros con trayectorias largas o especialmente novedosas o útiles a las que dar visibilidad. Y desde la comida Esther y yo fuimos a ver «La buena letra», de la compañía «El mono habitado», en el Espacio Rosa. Un montaje minimalista alrededor de la idea de autarquía que contaba la historia de una pareja que primero por casualidad, después por habito o divertimento y, finalmente, por necesidad ejercían una suerte de dominio maquiavélico sobre toda la comunidad de vecinos a través del control invisible del correo postal. Una propuesta original y cortita que dejaba su relato en un punto de acidez o mera provocación con regusto afortunadamente no muy duradero.

Y del Espacio Rosa hasta Teresianas para la presentación del libro «Elio y Eloísa», de Denis Rafter, una suerte de biografía ficcionada para los jóvenes en los que se narra la historia del aún joven Antonio de Nebrija hasta que se separa de Eloísa para volver años después a su pueblo natal ya como el gran lingüista que se formó en Italia y profundizó en el estudio y la gramática de la lengua vulgar española. Una historia, al fin y al cabo, de amor. Y de allí, cuesta abajo hasta el albergue, de retirada, con nuestros flamantes ejemplares del libro bajo el brazo.

Tras el despertar, desayuno y, en general, puesta a punto del jueves por la mañana fuimos hasta el Espacio Rosa para disfrutar del último montaje de Teloncillo: «Coser y cantar». Una vez más un espectáculo impecable en el que los sugerentes objetos que protagonizan las historias que van hilándose -valga la ocurrencia- sugieren y llaman al asombro de los más peques. Especialmente divertida, además, está Ana en este montaje (también yo aprovecho para agradecer su valentía en estas funciones tan difíciles como las del otro día) y, por supuesto, la música de Ángel crea la atmósfera perfecta y procura el incidente teatral de los personajes. Es una gozada verles trabajar con tanta limpieza y sentido.

Volvimos a la instalación poético-sonora de Baychimo para escuchar algunos poemas más y seguir hablando con compañeros de la feria y luego continuamos hasta el Espacio Tierra para ser partícipes del éxito de Teatro de Poniente «El manuscrito de indias», un montaje en el que Antonio Velasco lo hace todo en escena para contar la historia de Nuño Díaz, una suerte de personaje maldito, marcado por la sociedad sevillana de la que acaba huyendo para embarcarse como indiano al otro lado del Atlántico y hasta el «descubrimiento» de La Florida de la mano del explorador Ponce de León. Muy buena acogida del público que lógicamente debería traducirse en contrataciones.

Y aunque nos retiramos a descansar un poco tras la comida a las 21 h asistimos al estreno de lo último de El Aedo, «La metamorfosis de Gregor». Un trabajo serio y ambicioso que trata de agarrar a los jóvenes para adentrarles en una realidad que puede pasar peligrosamente desapercibida: la tentación del suicidio a la que adolescentes perdidos pueden sucumbir si las circunstancias y los contextos no ofrecen un camino. Un montaje de formato grande en el que el hogar/jaula/pantalla crea la escena en cuyo interior se desarrolla el drama de Gregor, incapaz de gestionar su transformación en (puber) bicho raro desde una infancia no tan lejana, marginado y desconfiado como respuesta a su propia inseguridad: Samsa no logra salir de sus celdas. Una obra con mucho fondo en la que nada gratuito se cuenta y está llena de detalles que pueden ayudar al público a tomar conciencia sobre algunos hábitos y a buscar su propio enfoque de la realidad. Continúa pues El Aedo con su apuesta por el encuentro con público joven, empeño difícil e interesante pero, sobre todo, importante. Esperamos que este proceso que tiene mucho de investigación continúe dando(nos) pistas con nuevos montajes. Dando vueltas al espectáculo que acabábamos de ver nos retiramos definitivamente a descansar ese jueves…

…y llegó el viernes, penúltimo día de la feria, el último para una gran mayoría de programadores… y prontito empezamos con una primera actividad de la que participábamos de manera directa: la presentación del libro «Historia reciente del teatro en Castilla y León» a cargo de Miguel Ángel Pérez Martín que, como coordinador, nos habló de la génesis y el proceso de creación, que pasó por varios shocks (pandemia incluida) desde 2019 y que finalmente salió a la luz este 2022 con la colaboración de protagonistas de algunos sucesos principales y de periodistas que desde afuera pudieron ofrecer su propia perspectiva. Un libro que contó también con Germán Vega, Héctor Urzáiz e Isaac Macho como equipo coordinador y un total de 27 articulistas, un primer (importantísimo) peldaño hacia la documentación (memoria y reflexión) que ordene la historia de nuestro teatro en la región y cuya labor debe continuar. Mi compañera Esther Pérez Arribas pudo hablar de su experiencia como profesora de teatro (y secundaria) y dar su visión sobre la relación que educación y teatro tienen y pueden (o deberían) tener, y del papel que el teatro puede cumplir en la educación reglada, cuestión esta de un descuido desalentador. Habló de tres proyectos muy ligados a su territorio en los que teatro y educación van de la mano, como «Cultivando miradas» de Baychimo en Zamora, «La cantera», de la propia Esther y su Pie Izquierdo en San Miguel del Arroyo, y el certamen de teatro aficionado de Mengorría en Ávila. A la pregunta que desde el público se hizo sobre la existencia de una red de escuelas municipales de la región la respuesta fue, evidentemente, que no. La implicación de las administraciones es prácticamente nula en ese sentido y, por desgracia, la habitual intolerancia y estrechez de miras de nuestros gobiernos regionales han avanzado hasta tornarse banderas que ondear al viento arenisco de nuestra tierra.

Seguimos después estando a nuestra manera de estar en Ciudad Rodrigo este 2022 y fuimos a Divierteatro y pudimos acompañar a Denis Rafter en el palacio de Montarco: cuando llegamos empezaba un cuentacuentos basado en su «Elio y Eloísa» para niños del pueblo vecino de Sancti Espíritus y en el que lo principal no era tanto lo que contaba sino cómo lo contaba, cómo lograba la atención de los peques y hacerles partícipes del rito teatral. Afuera, en la plaza del Conde, talleres y otras actividades de Divierteatro vestían la calle de jaleo y pudimos adentrarnos entre infantes para disfrutar del trabajo de Pilar Borrego (Katua&Galea) con su historia de gatos, limpito y delicado como siempre. Un placer acompañarla y una suerte tenerla siempre disponible porque nos dio algunas pistas chulas para seguir Divierteatro al día siguiente.

Y desde allí fuimos a la Casa municipal de Cultura para ver la exposición «Desde el alma», a partir de la selección de imágenes del mirobrigense José Vicente, fotógrafo oficial de la feria. Un trabajo que abarca 20 años de instantáneas y que retrataba algunos momentos fuera de escena, en el camerino o entre bambalinas, de gran expresividad. Una maravilla que bien merecía ser recorrida con un mínimo de sosiego e invitaba a repetir. Es por ello que volvimos al día siguiente, ya sábado, para tirar alguna foto que nos faltaba, que nos habíamos llevado dentro y queríamos tener con nosotros disponible también un poco afuera.

Tras un nuevo encuentro en Artesa y la comida con buenos amigos descansamos un rato en el albergue para (intentar) rematar el día con el nuevo montaje de La pequeña victoria Cen. Afortunadamente habían podido pasar el día antes «Disculpa si te presento como que no te conozco» con buenos comentarios como cosecha, algo que no nos extraña sabiendo de su sensibilidad y la mirada poética con la que suelen impregnar sus números circenses. Pero el viernes no pudo ser y la lluvia no nos permitió comprobarlo con nuestros propios ojos. Queda pendiente.

Y el sábado nos despedimos de la feria: primero pasamos eso sí, por el mercadillo de Ciudad Rodrigo («Â¡Tres euros lo de la mesa, 5 € lo colgao!) y llegamos a Divierteatro para disfrutar de manera consecutiva de un par de espectáculos. Bien atendidos, como siempre, por Miriam Hernández y sus compañeras, llegamos hasta el espectáculo clown del payaso Francis, con el que nos reímos un buen rato gracias a sus torpezas, ocurrencias y guiños con los que invitaba a los niños a participar del disparate. Acto seguido nos incorporamos al número del mago Óscar Escalante, que a plena luz del día y con mucha energía desplegó algunos trucos que nos mantuvieron bien pegados a los asientos, aunque ni Esther ni yo tuvimos la suerte de que el mago «nos sacara». Algunos niños si vieron colmada su expectativa de ser escogido pero lo que no vieron es qué pasó, y aún deben de estar dando vueltas al asunto: magia, claro. Dimos una última vuelta a la exposición de José Vicente antes de irnos, tras comer con nuestra amiga Nuria Aguado, de vuelta a Olmedo.

Y hasta aquí nuestra feria de este año, tan sólo la crónica de una de entre las múltiples ferias que uno puede disfrutar en Ciudad Rodrigo, de manera más y menos profesional y con la sensación siempre de que sigue creciendo (no su presupuesto) en el mejor sentido posible: raíces hacia abajo y lazos alrededor. Si se preguntan que qué hacíamos por las tardes, tan de retirada casi todas ellas, les diré: cada tarde leíamos (Angélica Liddell, Diamela Eltit, Paz Errázuriz) nos bañábamos en el río, cenábamos en el restaurante del albergue y tomábamos una copa hablando de lo que habíamos visto, de lo que querríamos ver… hablábamos de teatro, proyectos, esas cosas…

Vivencia del Te Veo 2020

Pasé en el teatro el fin de semana de toque de queda vallisoletano del 6, 7 y 8 de noviembre. He visto 4 funciones, una por cada grado de alerta, infantiles, de formatos diferentes y con diferentes miradas. Corresponden a una pequeña parte de los 16 espectáculos de la programación del Festival Encuentros Te Veo 2020. Una edición rica y que ha puesto en valor la solidez de estos encuentros entre artistas y espectadores infantiles y juveniles. Su capacidad de ofrecer prácticamente al completo una programación que no podía respaldar más de un 30% del público potencial se debe al empeño y compromiso de un tipo de gestión que nunca ha perdido de vista objetivos a cumplir por los derechos educativos y de desarrollo cultural y artístico de la infancia y de la juventud.

Es más que probable que ello se deba a que la gestión corre a cargo de artistas, los que componen la asociación de compañías teatrales Te Veo, a miradas sensibles y cercanas que se han desarrollado a partir de una relación vivencial en los espacios socioculturales -sean teatros, aulas, la propia calle u otros escenarios posibles- con los ciudadanos. A esto sumaría su creatividad como teatreros, capaces de generar (e improvisar) oportunidades y nuevas ideas a partir de los problemas y, desde luego, añadiría también la para mí ya legendaria resiliencia de un sector que se ha musculado a base de crisis y desatenciones, acostumbrado al pan y agua que mal llevarse a la boca pero que siempre se comparte para hacer compañeros de viaje, es decir, camino. La dureza del actor, de la compañía de artes escénicas, está a prueba de virus, también cuando desarrolla labores de gestión, sean las de su propia compañía o sea la elaboración de una programación con sentido como la de Te Veo.

Fotografía: Patricia Cercas

A este tipo de compromiso hacían referencia Ana Gallego y Jacinto Gómez, coordinadores del festival, durante la inauguración que se celebró en la Sala de los espejos del teatro Calderón el viernes 6 de noviembre. Acompañados de la concejala de cultura, Ana Redondo, y del director artístico del teatro, Txema Viteri, defendieron al festival como la cita necesaria que es para el bienestar de la ciudad.

Por eso en los últimos años ha seguido desarrollándose por barrios, además de iniciar una relación propiciatoria con la UVA, que también este año ha programado talleres con la Facultad de Educación, de la mano de Gema Cienfuegos. Los colegios han acogido las campañas escolares en sus aulas este año, una experiencia que, en menor medida, también se venía haciendo en ediciones anteriores y que ha hecho posible mantener la programación. Igualmente se ha podido celebrar la ya tradicional extensión de la biblioteca Torrente Ballester, en Salamanca, aunque no ha habido la misma suerte con la de Olmedo y otros pueblos de alrededor, extensiones que ojalá puedan retomarse en próximas ediciones. Sí se han celebrado las dos mesas de reflexión previstas sobre modelos empresariales y gestión de espacios aunque han tenido que ser vía digital. En resúmen, un festival con una programación cumplida a nivel sobresaliente dadas las circunstancias actuales de crisis sanitaria y de las que los compañeros de Te Veo hemos podido participar en diferente medida y según las circunstancias de cada uno.

Así que Esther Pérez Arribas y un servidor, pieizquierdinos ambos, asistimos a la presentación del viernes 6 y finalizada esta pudimos subir a una habilitada extensión del desván del Calderón en la que la compañía jerezana de títeres La gotera de Lazotea compartió con los asistentes los preparativos de «La boda de la pulga y el piojo». Jugamos y cantamos las canciones que hubieron de ayudar a resolver ciertas complicaciones que iban surgiendo en una historia contada con la gracia, el desenfado y la amabilidad de un estilo que tiene mucho de original porque remite a sus orígenes de calle pero todavía mucho más de hospitalario: convendría no perder de vista esta función de hospitalidad del teatro y de las artes en general que a veces no se tiene en cuenta y que supone siempre una manera (especial, única, creativa, enriquecedora) de estar en la ciudad, en los espacios que se comparten y que nos hacen, por tanto, ciudadanos. Y, así, esta compañía que lleva cuarenta años en la carretera, que atesora premios y reconocimientos por toda la península y que entiende el teatro como artesanías generadoras de juegos y de encuentros presenciales (toca especificar) inauguró la programación abierta del festival y fue, de paso, reconocida por la asociación con el Premio Te Veo por una trayectoria ejemplar y que es referencia para sus 54 compañeros asociados.

La gotera de Lazotea recogen el reconocimiento de los compañeros de Te Veo
de la mano de Ana Isabel Gallego y Jacinto Gómez. Fotografía: May Rodríguez Isla.

Aún asistimos a tres funciones más que me dispongo a reseñar. Un par de cosas en común con el montaje de La gotera tuvo la función que al día siguiente pudimos ver en la Sala Experimental de El Calderón: también música en directo y dos intérpretes en escena para Pum Pum!, la obra de la compañía pontevedrense Baobab Teatro. Por lo demás el compromiso con el público es de distinta naturaleza. No se trata tanto de jugar en directo como de hacer preguntas que ayuden a mejor transitar el presente fuera del teatro. El onomatopéyico título de la obra hace referencia a las llamadas sobre las puertas de los recuerdos de Marieta, la niña protagonista de la historia. Detrás de cada puerta, latente y reclamando atención, están vivencias importantes de la niña que han ido fraguando su personalidad. Pero también hay secretos oscuros que deben ser contados aunque parezca muy difícil. «Todos los secretos malos deben contarse». Con estética sencilla y cuidada e interpretación amable la forma contrasta con un contenido serio y de mucha profundidad que, lejos de asustar o interrumpir el encuentro teatral con los niños, discurre delicado y natural, y deja para la salida unas cuantas preguntas importantes que entre infantes (a partir de cuatro años) y adultos deberán hacerse.

Baobab Teatro en la Sala Experimental del teatro Caderón.
Fotografía: May Rodríguez Isla.

Ese mismo día, por la tarde, pude ver en la sala principal de El Calderón El jardín musical, de Teloncillo Teatro. Se trata del último espectáculo que la histórica compañía ha realizado con el Quinteto Respira y en el que se hace una apuesta total por la música y la danza. Es un espectáculo ambicioso por cuanto que tiene al público infantil inmerso durante casi una hora en un repertorio musical en directo y de calidad, cuya puesta en escena enriquecen las coreografías y la danza de la bailarina quien, además de ser el hilo conductor de una dramaturgia que prescinde totalmente de la palabra, es puente con el público, al que invita a participar, con muy buen resultado, de algunas de las canciones del espectáculo. Un viaje por el ciclo de la vida y las estaciones en el que los elementos naturales se ponen en valor desplegando su potencial poético, visible también en la impecable factura escenográfica marca de la casa.

Un momento del espectáculo «El jardín musical».
Fotografía: May Rodríguez Isla.

Y me despedí de los Encuentros con mi hija Irene al día siguiente, y con Esther, que presentó uno de los clásicos de la compañía zamorana Baychimo Teatro: Todos sus patitos, basada en el cuento de Christian Duda y que la editorial Lóguez publica con provocadoras ilustraciones de Julia Friese. Y ahí está parte de la clave de esta compañía a la que tanta admiración profeso: sus funciones se atreven con imágenes y escenas perturbadoras que exploran sentimientos de los peques (a partir de 4 años) que los adultos tratamos de evitar, a veces a toda costa y de manera irresponsable. Una escenografía muy orgánica pero simbólica, fabricada con materiales reciclados y una luz de baja intensidad que se crea básicamente en el propio escenario para bocetar un bosque. Todo parece dispuesto para que el zorro Konrad se coma al patito Lorenz, y a los otros patitos, para que se de un festín de patitos que, en realidad, nunca sucede… música en directo con ruidos y avisos, instrumentos que no dejan de ser cacharros para potenciar un ambiente que sobrecoge al pequeño pero sin perder en ningún momento la medida y acompañándole a transitar una historia que relativiza los roles previamente asignados de buenos y malos y, por tanto, se relativiza a sí mismo como juego pelín gamberro.

Presentación de la compañía Baychimo Teatro por Esther Pérez Arribas.
Fotografía: May Rodríguez Isla.

La literatura presente en todo momento, tomando las palabras de Christian Duda y sacándolas brillo en su interpretación escénica. Un montaje y una historia que se toman en serio a su público y lo alejan del maniqueísmo pueril que prima en la industria cultural para adultos. El teatro infantil hace mejores preguntas. El teatro de Baychimo, además, da un poco de miedo a los mayores, aunque estos siempre pueden encontrar protección en el regazo de sus hijos.

Teloncillo: Historia viva del teatro.

Claro. Uno trata de hacer justicia siempre a aquellos libros cuya lectura le aportan una vivencia y una posición en el mundo, libros que le ayudan a uno a situarse. Este verano de 2016 pude, por fin, leer el primero de los dos tomos que componen esta magnífica edición conmemorativa de los cuarenta años de actividad de la compañía Teloncillo, una compañía que nació en 1968, es decir, hace casi cincuenta años. Ataco ahora el segundo tomo, que repasa la nueva época de la compañía decana del teatro contemporáneo de Valladolid. Y que ahí sigue: en forma y vestida de colores.

Es tan corta mi experiencia entre «escénicos» que tan sólo (des)conozco a la mayoría de quienes se convierten en buenos amigos desde hace unos pocos meses y aún enarbolo mi bandera de principiante. La llevo con orgullo y, sinceramente, espero que me dure mucho tiempo: no puedo resistirme al placer de ser el nuevo. No obstante uno no es inmaculado y hay cosas que se saben sin querer. Que Teloncillo es una de las compañías con más peso de Valladolid se tiene claro con sólo asomar la nariz a la ciudad. Lo haces y te das cuenta de que sigue siendo una de las que alumbran el camino y de que en ella está el origen de todo el teatro moderno de Valladolid.No hay mucho riesgo en decir que las veteranas Corsario, Rayuela o Azar mantienen una relación de necesidad con aquello que fue -y sigue siendo- Teloncillo, y que aún otras que van ahora abriéndose camino -hablo, por ejemplo, de mi querida Pie Izquierdo– avanzan al rebufo de una trayectoria ejemplar.

A mi amigo R. le gusta decir de Teloncillo que es el gran paraguas teatral que fue dando cobijo a muchísimas personas con inquietudes artísticas, no sólo teatrales, y supuso a finales de los sesenta y durante los setenta el caldo de cultivo de una movida pucelana que aún da frutos a día de hoy. He leído el primero de los tomos, el que escribe Miguel Ángel Pérez, Maguil, uno de los históricos teatreros de la compañía y de la ciudad, con ensimismamiento. Cómo no cuando el lector debe percatarse de que por ahí pasaron Andrés Trapiello, Juan Antonio Quintana, Eduardo Usillos, Ana Morgades, Jorge León, Julio López Medina, Javier Mártínez, Fernando Herrero, Carlos Toquero, Javier Semprún, el propio Miguel Ángel Pérez, Eduardo Gijón, Fernando Urdiales, Toñi Cano, Javier Rodríguez, Manuel Sierra, Manuel Pérez, Jesús Martín, Pepe Guerrero, Julián Salvador, Luis Navarro Sales, Esperanza Herranz, Vicente de la Fuente, Montse Arribas, Jesús Pérez Pérez, Juan José Mato, Jesús Martín Basas, José Álvarez, Luis Miguel Marigómez, Fernando Santander, Tomás Salvador, nuestro Ángel Sánchez de hoy… entre otros…

teloncillo-indice

Es un libro lleno de rincones curiosos, fotos sin desperdicio, documentación, balances, peligros… debió de ser una gran aventura y así nos lo hace llegar la escritura entusiasta de Maguil, las noticias de la censura que no dejaba actuar (me he encontrado con mi admirado Haro Tecglen, gobernador, censor de uno de los montajes del grupo), de la policía que paraba actuaciones… una apuesta a todo o nada… y un aprendizaje sobre la marcha que hoy es legado de incalculable valor.

El retablo del flautista, 1973, es el primer montaje de la compañía de teatro Teloncillo. En este ya están algunos de los principios básicos que componen su personalidad:colectivismo, compromiso social, riesgo… música en directo, una estética cuidada (Manuel Sierra forma parte del grupo desde el principio). Alejados de posiciones complacientes el itinerario de  esta compañía que tarda en constituirse porque hace de su construcción una primera etapa, un prólogo que tiene mucho de político. Ensalada de bandidos (montaje infantil de 1976), Misterio Bufo (1977), América no existe y otros cuentos chinos, Juan Bobo (1981), La ganchitud (1981) y La playa (1987). La dificultad de estrenar este último espectáculo debió de sumarse a otras dificultades que la compañía arrastraba y ese año se disolvió y con ello el final del primer libro, que termina con una sabrosa propina: las últimas páginas son fotos de balances y otras anotaciones que el autor pone a disposición de quien lee. Evidentemente, la historia no termina ahí:

teloncillo

En 1996 Ana Gallego y Ángel Sánchez, provenientes de La Quimera, deciden poner en marcha un proyecto artístico de infancia y juventud. Quieren recuperar, para ello, la compañía Teloncillo, y Antonia Cano y Miguel Ángel Pérez, Maguil facilitarán la conversión de lo que en ese momento era una asociación cultural en la nueva época de esta compañía histórica, tras lo que finalmente fue un paréntesis de nueve años. Así lo cuenta Isaac Macho en el segundo tomo de este libro de memoria y arte pucelanos. Eduardo Zamanillo (PTV CLOWN) y Pilar López (TEATRO PARAÍSO) están al comienzo de la nueva andadura de Teloncillo como bastón o guía.

Muy destacable para mí de esta lectura es la visión con perspectiva de un proyecto con sentido artístico: la escenografía y los objetos, inspirados en aquel inicio colectivo, de la mano de Sierra, la cartelería, el vestuario, los cuadernos didácticos… dotan a la compañía de una unidad que hacen de ella marca indiscutible de empresa -en el sentido amplio del término-, con los  objetivos claros y con una base sólida. Una base que en este segundo tomo nos desvela Isaac Macho conforme a colaboraciones y estudios escogidos con cuidado, los proyectos bien asesorados… Hay en esta compañía una síntesis entre el bagaje basado en los principios básicos de compromiso con lo social y el objetivo más concreto del compromiso con la infancia. Y, de manera transversal, la interpretación y la música, que atraviesan toda la historia de Teloncillo.

Bucear en este libro es dejarse llevar por una corriente que te arrastra desde lo pasional por nuevos cauces, sofisticados, de poéticas infantiles: quiero decir que se percibe un empuje poderoso que permite, sin embargo, recrearse en la visión de los detalles. Yo que, al contrario que la mayoría de los de por aquí, soy joven, hablé por primera vez con Ángel Sánchez hace poco más de un año y esto era justamente lo que más me destacaba de su trabajo: la libertad poética con la que Ana Gallego y él desarrollaban sus proyectos escénicos, coloridos y abstractos, musicales y preciosistas.

La propina de este segundo libro es una entrevista a Ana y a Ángel en la que hablan de todo, de las cosas que no tienen por qué ser teatro pero que no pueden dejar de serlo en boca de dos grandes teatreros. Punto y final de una lectura con muchos hilos que  para mí ha sido aprendizaje e ilusión por mi trabajo. Un libro que incluso yo, que no soy dado a grandes vehemencias, insto a que cada teatrero de la ciudad lea y, por supuesto, compre: dispondrá así en su librería, por mínima que esta sea, de buena parte de la Historia Moderna del Teatro en Valladolid. Fundamental.

telon-promos

Miguel Ángel Pérez, 2016 e Isaac Macho, 2016.

Edita Teloncillo. 2 tomos: 1ª etapa (1968-1987) y 2ª etaa (1996-2016)

Pvp: 25 €