Hilo de lecturas confinadas

RELATOS PARA NO TENER QUE LEER, 1.

Creo que estaba leyendo pero no estoy seguro, a lo mejor ojeando o puede que sólo hojeando (y a lo mejor ni eso porque ya estuviera aparcado entonces) «Miguel de Cervantes», de Jordi Gracia, cuando llegó el confinamiento. Me pierdo en mis lecturas, que son desordenadas, impulsivas y que abandono todo el rato no como una decisión sino como relego, ya que entre la lectura de un libro intercalo la de otro u otros dos, o cuatro o cinco… o más,  y a veces el libro se me olvida para siempre. Esta entrada va de eso: hilos de los que uno tira un poco a lo loco… y que en estos días de confinamiento propicios para la excitación intelectual se ha agravado bastante.

 

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Además, muy poco antes de la declaración del estado de alarma me dio fuerte con la escritura de una novela, un proyecto: quería hablar del arte como herramienta social, de su teórico potencial enriquecedor en cada ciudadano, en cada comunidad, y de las derivas que ello toma en el desarrollo real y personal que el artista hace de su obra, quería indagar en el tema a través de la vida de dos performers ligados a aquel Grupo Zaj de Hidalgo, Marchetti y Ferrer. No sé si fue a raíz de la lectura de «El tiempo es lo único que tenemos» (compendio de artículos coordinado por Bárbara Hang y Agustina Muñóz) o más bien empecé a leer este libro como apoyo/inspiración de mis cuitas literarias del momento. Me gustaría que en Olmedo abundaran las performances, que uno pudiera encontrárselas en cada esquina, cortando de paso  la carretera de Medina, alimentando el paseo de los vecinos transeúntes, provocando hasta el enfado… qué sé yo… hasta que nos olvidáramos de vírgenes y toros… aunque bien mirado lo de matar bichos  en  contextos de brutalidad y jaleo de vísceras tiene una fuerza inigualable por una performance o por cualquier otra manifestación artística.

tiempo único

No sé en qué momento, quizás empeñado en encontrar cierto pulso narrativo, me dio por la relectura de «Los detectives salvajes», de Bolaño, y ya de paso por revisionar entrevistas y documentales sobre su figura, mitificada seguramente ya desde su propia literatura. Viéndole y escuchándole fui a parar a Rimbaud, al que consideraba primer poeta, y estuve leyéndole y viendo una peli documental muy chula y muy larga que me recordó a mis lecturas rimbaudianas de juventud, que también complementaba con otras de la biografía sobre el joven enfebrecido, atormentado y visionario poeta que escribió toda su obra entre los 15 y los 19 años.

Me resulta inevitable mirar de reojo los libros de Angélica Liddell cuando leo a Rimbaud. El genio de este último es incontestable, la lectura de su obra tiene algo de místico e incluso de escalofriante por cuanto que deja desnudo al lector adulto, interpelado por un tipo de belleza que es humana y a la vez conserva mucho de lo primario de un niño, una poesía que parece consciente de su inmadurez y del valor literario que esta tiene, de su pureza. Evidentemente mi asociación con Liddell proviene de lo que tiene de provocación y de místico, pero la apuesta de la dramaturga es más descarnada en el estilo y decididamente indagatoria en lo oscuro del alma humana, desveladora de aquello que tratamos de mantener a buen recaudo y escondido. He leído y me dispongo a releer «Trilogía del infinito».

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Y alternando a Liddell con Rimbaud y con Roberto Bolaño fui a parar a Javier Marías. Se debe desde luego a que es uno de los autores que el chileno reconoce de su interés. Una de las principales razones para querer a Bolaño es que se puede leer muy buena literatura leyendo a quienes recomienda. Otra razón importante es que a uno le entran ganas de escribir cuando le lee. Lo decía Rodrigo Fresán, también en un documental que vi. Como de Marías tenía ganas de hincarle el diente a «Tu rosto mañana» me puse con ello. Pude quitarme por fin esa espina porque gocé con su primera parte: «Fiebre y lanza». E incluso escribí una entrada a propósito de la misma.

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Pero, claro, debía continuar con mis deberes cervantinos y me puse con el libro «Los textos de Cervantes» de la colección del Centro para la edición de los clásicos españoles, al cuidado de Daniel Fernández Rodríguez, y que distribuye la Universidad de Valladolid. En este libro pude hacer algunas anotaciones a propósito de ediciones y trabajos de impresión de algunas de las obras del considerado sin duda autor de autores. Andaba y aún ando buscando no tanto pistas de cómo se produjo la edición de las obras cervantinas como de la influencia que «El Quijote» ha tenido en el mundo de la edición. Por eso también he estado leyendo estos días «Del libro áureo», de Víctor Infantes (con un estilo rico y quedón que se agradece) y «Para leer a Cervantes», con el que aún estoy, de Martín de Riquer, que me está resultando sabroso. Y ya puesto retomé algunas de mis revistas de bibliofilia y en el número 50 de Hibris fui a encontrarme con un artículo del propio Víctor Infantes titulado «Breve relación de las librerías y de los maravedís de la primera edición del Quijote». ¿No es maravilloso?

Leo andando. Antes lo hacía por el pueblo pero ya me da vergüenza y varias veces he estado a punto de sufrir accidentes, no graves pero sí sonrojantes. Ahora leo cuando salgo a los caminos, leo y pienso. Ya saben que leer sirve para pensar: uno dialoga con el autor y de paso consigo mismo y a veces incluso puede establecerse un diálogo de lo más jugoso entre uno de esos yoes de uno que van por libre y el autor, con lo cual es fácil quedarse relegado a la condición de espectador que no puede ser. A veces paseo con el libro cerrado y de alguna manera es como si fuera leyendo. Voy despacio, miro alrededor, se me ocurren cosas. No sé por qué una de las últimas fue que debía leer el libro de Miriam  González Durántez, olmedana por las altas esferas del mundo anglosajón y europeo, y hacer una reseña. Y ya está. Visto para sentencia. En unos días publicaré la entrada sobre «Devuélveme el poder», un libro de divulgación pro-liberal que agradezco a la autora porque me ha llevado por territorios que me apetecía retomar y que tenía un tanto abandonados desde mis tiempos de republicanismo y ciudadanía.

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Un juego. «La marcha Radetzky» está considerada la obra maestra de Joseph Roth y ahora que sus derechos de autor quedan libres tanto Alba como Alianza han publicado sus ediciones. Yo estoy leyendo la de Alianza, que traduce Isabel García Adánez, y el que es uno de mis dos mejores clientes está leyendo la de Alba, a cargo de Xandru Fernández. Se me ha olvidado qué vamos a hacer después  de sendas lecturas de esta novela que retrata el ocaso del imperio de los Habsburgo a través de tres generaciones de la familia Trotta. Seguro que algo alimenticio.

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También me ha dado tiempo a profundizar un poco más en un poemario que estoy escribiendo. Llevo desde septiembre. Soy tan lento que estoy seguro de que será el último. Como mi novela: será la última y, además, la primera. No tengo el tiempo necesario, y no me refiero a que necesito más tiempo: lo que necesito es mejor tiempo. Quizás en la tranquilidad del invierno, pero este siempre dura poco. Y necesito una chimenea. Lo tengo difícil. Así que entre desesperaciones y desesperanzas, con el apoyo alimenticio de mis conversaciones con mi amigo Ricardo (a dos metros, con guantes, mascarilla de proa y de popa), lecturas compartidas y otras navegaciones he llegado hasta «Godot sigue sin venir», el vademecum de la espera de Miguel Albero de cuyo contenido leí lo que más me importaba en un largo paseo de cuatro horas y cuya principal conclusión para lo que me interesa es que esperanza y espera no deben mezclarse. Desarrollen y si les place tiren conmigo de este hilo: latiendadelope@gmail.com. Hay para pasar un buen rato. Bueno, e impagable el acercamiento a San Agustín, un pensador que me va a gustar recuperar los próximos días.

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A vueltas con la memoria…

…que tanto me falla y que es lo único por lo que somos pueblos. Recuerdo, no obstante, tareas pendientes conmigo. Reyes Mate es una de ellas y ahí sigo con los ensayos de LA PIEDRA DESECHADA. Cuando vuelva (él) a mi librería puede que esté (yo) y puede aún que tenga palabras para una conversación. Dejo un perlita para olmedanos, pedrajeros y resto del mundo: «El idealismo, en efecto, lleva al totalitarismo porque cuando reducimos el conocimiento de las cosas a la aprehensión (errata en la edición, donde dice aprensión) de un único elemento, que llamamos esencia, lo que estamos haciendo es reducir la riqueza de la realidad a un único elemento que definimos como esencial, como privilegiado, despreciando el resto de características por «accidentales». Lo esencial puede ser la sustancia o la raza, la sangre, el hombre, el proletariado… cifras absolutas y excluyentes». Habla de  filosofía desde la trinchera en esta conversación con el autor que la edición de Trotta publica al final del libro. Tiene que ver con la memoria, con las memorias. Llevo unos días…

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En mi cuenta de correo electrónico Enrique Murillo, un editor de toda la vida, alguien conocedor de su oficio que ha aportado su trabajo a editoriales como Anagrama, Planeta, Plaza& Janés, Alfaguara…, una persona amable, atenta, provocadora de nuevas ilusiones, me da las gracias por regentar yo una librería de pueblo… pero, pienso, si yo soy más de pueblo que las amapolas… cómo iba a ser mi librería… Emocionado le contesto y me dice que hablará de mi caso a sus alumnos del Máster de Edición en la Universidad de Barcelona… y aún nos escribimos un poco más… pero yo ya quiero ponerme un poco al día con su editorial Los Libros del Lince y corto la comunicación hasta que eso pase. He pedido algunos de los libros a su cuidado, y de entre ellos sólo me había llegado uno cuando empezaba a escribir esta entrada: ASALTO A LA MEMORIA, mira por dónde. Claro, no tiene nada de casual que este título me llegara, pero sí que fuera el único por el momento. Así que hablando de memoria e ideología, dice Ricard Vinyes en uno de los artículos que conforman la obra, quizás sea el prólogo (soy un avaro consumidor de prólogos e introducciones) donde habla del término reconciliación: «(…) como ideología de Estado cuyo relato establecía la necesidad de recordar una sola cosa: que nada del pasado de la democracia republicana, la guerra civil y, muy especialmente, la dictadura, debía ser recordado, pues en caso contrario el país corre el riesgo de generar un entorno propicio a una nueva quiebra social». Bien, quería contrastarlo fundamentalmente con la idea que apunta Reyes Mate más arriba sobre los riesgos del idealismo en filosofía, porque inmediatamente me pregunto por la ideología y, por tanto, también que si Ricard Vinyes se siente quizá desarrollando la reivindicación de la memoria (de la que tenemos que hablar con algo de detenimiento) de Reyes Mate.

Al día siguiente de leer a Vinyes me encuentro con un artículo en EL CULTURAL de mi admirado Ignacio Echeverría: sobre la memoria histórica. ELOGIO DEL OLVIDO, de David Rieff, un trabajo polémico pero que, según el editor y crítico, es sobre todo, inspirador de un debate que aún está por desarrollar en nuestro país: la memoria, la cuestión del perdón y del olvido.

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Así iban mis días, encontrándome con la memoria, y aparece mi amigo Ricardo por la librería con un par de recortes: artículos de prensa: EL RELATO NARCISISTA, de José Álvarez Junco, a vueltas con el relato de lo sucedido, acomodaticio, simplificador (¿recuerdan lo más arriba apuntado en boca de Reyes Mate?), y LA VERDAD DE LA NOVELA, de Jordi Gracia, según el cual la buena literatura incomoda (debe hacerlo) a los relatores -precisamente acomodaticios- del pasado. Jordi Gracia toma como ejemplo las novelas de Javier Cercas y, en concreto, la última suya: EL MONARCA DE LAS SOMBRAS. Hay que ver cómo hila mi colega Ricardo.

Y aunque parece que he pasado muy levemente por Ignacio Echeverría digo que no, que este círculo lo cierro. Y con el círculo la entrada. Me dejó un poco en el aire la forma de introducir el tema en este artículo del que hablo, aunque apuntaba el editor unos cuántos títulos y autores más: TRADICIONES INVENTADAS (Hobsbawn), HISTORIA DE BRAZALETE NEGRO (Howard), ABUSOS DE LA MEMORIA (Todorov), RELEVANCIA TENDENCIOSA (Margalit) y UN PLEBISCITO DIARIO (Renan). Y yo me quedaba pensando después de la lectura del artículo que, vaya, Echeverría provoca al lector, le dice: mira, si quieres ponerte al día, ya sabes: puedes empezar por Rieff y seguir por todos estos: tienes para entretenerte un rato.

Al día siguiente me encuentro una publicación de un amigo (qué gusto) en facebook en la que se ponía bien a caldo precisamente a Rieff, por su defensa de la necesidad del olvido también en nuestra triste historia de desaparecidos recientes que no lo son tanto como para evitar la consideración de reivindicaciones retrógradas por parte de los interesados en no recuperar lo escondido. Me pongan las comas donde prefieran. La publicación de facebook partía de una entrevista a Rieff en EL NORTE DE CASTILLA. Yo, ya saben, sólo recomiendo un libro por artículo: seguiré leyendo a Reyes Mate, de momento.

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Reyes Mate, varios años (recopilación de ensayos)

Trotta, 2013. 312 páginas. Pvp: 22 €.

Disponible en librería La tienda de Lope (Olmedo)

y aula de teatro La Guardería (Valladolid)