Arquitectura(s) para qué

Leí este libro en septiembre de 2023, sinceramente cómodo en mi tumbona de chiringo de playa chill-out, acompañado de pareja lectora y complacido por una sonrisa soberbia que estar fuera de lo mundano me proporcionaba, descansando de mi tan político yo del resto del año, o más bien dándome un bañito o un bronceado de sarcásticos pensamientos para mejor protección de mi pellejo, al que indudablemente le esperaba la ordinariez de los días peleones. Así que lo que para el arquitecto, crítico, comisario y traductor Moisés Puente era una declaración de intenciones a partir de una preocupación máxima -a la que obedece el título de este libro- para mi era motivo de regodeo y chanza superficiales, un tonto corte de mangas al mundo de lo moderno, lo guay y el resto de industrias culturales que cada vez me dan más grima y muchas veces vergüenza. Lo expreso con tanta contundencia porque aún me parece que estoy bebiendo la cerveza con pajita y mirando al horizonte playero de Aveiro (creo recordar que era allí donde estaba) e imaginando que, lejos de una hortera pose vacacional de ciudadano-trabajador de clase impotente, estuviera yo negociando con afamado señorito (macho, hembra o queer) de sombrero alado y volatinero la cesión de una exposición para mi festival de libros y artes. Pero, como digo, habla Puente en el prólogo de este libro de los actos sociales alrededor del mundo de las artes como encuentros en los están los que tienen que estar, es decir, los que poco o nada tienen que aportar ni tan siquiera decir. Actos de socialización complacientes y políticamente correctos, en los que los artistas desempeñan una suerte de autorrepresentación mientras se sigue sin hablar de nada importante. No me molesto en entrecomillar porque parto de notas que tomé y en las que las palabras de Puente y mis propias reflexiones a propósito de estas se mezclan.

Moisés Puente, varios años. Caniche editorial, 2020. 176 páginas. Pvp: 18 €.

DISPONIBLE EN LIBRERÍA.

A partir de aquí dos temas sobre los que pensar y que conecto con librA, del que escribía más arriba, un encuentro entre el mundo editorial y el de las artes (plásticas) contemporáneas cuya segunda edición se ultimará los próximos días y se celebrará entre el 13 y el 16 de junio de este 2024. Porque seguramente hay algo en el diseño y el desarrollo de esta idea que responde al deseo snob de quien al fin y al cabo lee hasta las revistas de moda. Como algún (posible pero poco probable) lector sabrá, este festival se celebra en Olmedo, que es exactamente el punto geográfico donde vivo y donde está mi librería, donde desarrollo mi labor cultural, y donde ha desarrollado y desarrolla sus propias labores casi toda mi familia. Por tanto resulta fácil armar también un relato a propósito de lo rural, que igualmente quedaría muy bonito. Así que los peligros son todos. O tenemos claros los objetivos y la utilidad de este encuentro o acabamos celebrando una fiestuqui para madrileños aburridos y con sobrexcitables receptores de aromas neorrurales. En ese sentido ya vengo diciendo desde el año pasado (¡primera edición!) que uno de los principales objetivos de librA es desaparecer, al menos como festival, para convertirse en un programa regular que desarrolle su tarea durante todo el año. Eso está lejos, pero es un horizonte responsable.

Hay otro tema, que en realidad es derivada de la necesidad de no perderse en los objetivos de un proyecto: la creación poco a poco de un corpus teórico propio que de base solida a las futuras programaciones y, por otro lado, suponga aportación dialéctica a la relación que el mundo del libro y el de las artes contemporáneas mantienen de hecho y podrían mantener en el futuro, y que, como el imaginable lector entenderá, son de naturalezas variopintas. Por eso lecturas e incorporaciones a nuestra librería de títulos como «Cháchara y otras historias de arquitectura» tienen todo el sentido.

No es la primera vez que hablamos aquí sobre un libro de la editorial Caniche, especializada en arquitectura (también urbanismo), fotografía y otras artes cuyas páginas soportan obra original unas veces y en las que, sobre todo, se ensaya. Por cierto, que el año pasado tuvimos el privilegio en librA de contar con la presencia de sus editores Carlos Copertone y Patxi Aguiluz en una actividad en la que nos presentaron Caniche.

Los temas, reflexiones e inspiraciones que los textos reunidos en este libro provocan en el lector medianamente atento y sensibilizado son abundantes y suponen enfoques nuevos y hallazgos sobre los que poder seguir construyendo, en el sentido amplio de la palabra. Así, cuestiones como el de la ruptura con la tradición que las formas más superficiales y obsesivas de innovación nos traen es vieja cuestión que también a mi preocupa. El «Dios Progreso -nos dice- como creación incesante de riqueza», «la sociedad del espectáculo», cuya idea toma del filósofo Guy Debord, y la ausencia, en definitiva, de poso, rigor y espacio siquiera para la crítica, en aras de una «crítica basura -en palabras de Rem Koolhaas- que vive ensimismada en la autopromoción». La sugerencia de Puente: «Volver al aura de Benjamin, ir hacia lo permanente»: el viejo valor de lo nuevo.

Ideas y nombres se suceden en distintos capítulos en los que Moisés Puente analiza proyectos consagrados unos y prácticamente desapercibidos otros, y la obra de Mies Van der Rohe (la evolución de su pensamiento -y de su obra- hacia el minimalismo) y de Alejandro de la Sota (que otorga a la arquitectura una misión ordenadora del mundo), o las re-vitalizaciones de Lina Bo Bardi comparten páginas con el proyecto de zapatería de Paco Roca, que nunca abrió sus puertas. Reflexiones jugosas sobre el nacimiento del coleccionismo a partir del Descubrimiento de América -en palabras de Philip Bloom-, el nacimiento de las exposiciones industriales a partir de la ferias locales, mercados y fiestas de Carnaval que convergen en el siglo XIX o una mirada sobre el urbanismo, el diseño de la ciudad, con premisas arquitectónicas cuyo referente principal sería Aldo Rossi y su estudio de la ciudad -«La arquitectura de la ciudad»- que lógicamente sería a su vez inspiración para Alejandro de la Sota y su visión física -no sé si decir radicalmente útil- de la arquitectura.

En fin, no voy a nombrar a todos, y cerraré este comentario diciendo que el libro supone un paseo de lo más sabroso por ideas y proyectos bien documentados bibliográficamente y complementados con fotos -acuden a mi cabeza imágenes de la espectacular obra de Matta-Clark- que nos permiten los altos necesarios para disfrutar del camino.

Gordon Matta-Clark: Splitting, 322 Humphrey Street, Englewood (new Jersey).

Ciudadanos

A TRAVÉS DE LA VENTANA, 8. Existen desde mucho antes de que un partido político pervirtiera su nombre, y seguirá siendo concepto central en política. Son ciudadanos también quienes «pelan» la piruleta a su hijo y con total naturalidad dejan caer el plástico al suelo, e igualmente ciudadano soy yo, que lo veo y no digo nada porque me causa rubor el sólo hecho de tener que amonestar a alguien por algo evidente. Pienso que la mujer es extranjera y que en su país seguramente tiran las cosas al suelo, y pienso que habría que decirle que aquí no, que aquí la mayoría de gente usa las papeleras. También me incomoda reñirle delante de su hija. Soy muy ciudadano caminado de noche y capando el cigarro que me acabo de fumar para, acto seguido, tirar la colilla a una papelera, pero también lo soy cuando tiro la colilla al suelo, aunque ya me afearon una vez esa conducta. Y el chico que está con sus perros sentado en un banco y arroja al suelo la lata que se acaba de beber es tan ciudadano como yo mismo cuando una vez más opto por no decir nada. De nuevo a un chico extranjero, probablemente del mismo país que la mujer de por la mañana. Habría que enseñarles, me digo, convendría corregirles y algo dentro de mí me impulsa a la necesidad de llamarles cerdos, pero creo que eso complicaría las cosas. Hoy por la tarde me veo un documental sobre Jane Jacobs, la gran visionaria, la urbanista, la política que entendía las ciudades creadas por los propios ciudadanos desde los espacios públicos los que con su uso dan vida. No paraba de pensar mientras lo veía en los columpios del paseo de La Soterraña de Olmedo y tampoco en la carretera de Medina que los amenaza, que destroza cualquier posibilidad de desarrollo social de esa parte del pueblo. Aceptaba, me ilusionaba la idea de que las ciudades más vivas sean las más variadas, con ciudadanos procedentes de culturas diferentes, capaces de aportar miradas, oficios y usos de la ciudad variopintos. Y, bueno, también se me ha ocurrido con tanta epifanía suelta y deshilachada que podía incluir en nuestro catálogo de la web un libro que nos acompaña desde hace ya varios años y que no tiene que ver nada con lo que vengo diciendo pero que, según se mire, podría tener que verlo todo:

Carlos Romero Rey, 2021. Caniche editorial. 144 páginas. Pvp: 18 €

Dehesa de cuaternos

La primera vez que tomé este libro de fotografías pensé que entre las imágenes originales de principios de siglo XX había mezcladas representaciones de aquella época, en ese contexto duro de finca agrícola extremeña, hechas ahora. Me costaba dilucidar en aquellos dos o tres primeros vistazos superficiales, ocasionales, cuáles eran de una y otra época aún convencido de que existía en el libro esta doble cualidad. Finalmente me percaté de que no había ningún juego artístico y de que se trataba en su totalidad de una recopilación de fotos tomadas por Antonio González Martín-Gamero, dueño latifundista de una finca dedicada al cultivo del tabaco y el pimentón situada en la comarca de La Vera, en Cáceres.

Caniche editorial, 2017. Pvp 25 €

Y por qué cuento mi confusión. Algo que en principio podría considerarse anecdótico es significativo del tipo de edición que realiza Caniche en sus trabajos, siempre cuidadosos, de toque artesanal y con mirada artística. Lo que ocurre cuando abres «Dehesa de cuaternos» es que uno solo ve fotografías y ni una sola palabra. Es en apariencia un álbum no comentado que da pie a la especulación del lector y que provoca el deseo de indagar en el origen de esas imágenes, sobre todo retratos, de los trabajadores agrícolas que posan de manera más o menos natural y relajada ante la cámara. La cubierta de acetato, el material de las películas fotográficas originales, incide también en el carácter artístico de este libro de edición limitada.

Caniche Editorial publica en sus libros obra de arte contemporáneo en su compromiso por «seguir el camino de los artistas» y de «dar visibilidad a propuestas que de otra forma no serían accesibles al público». En La tienda de Lope contamos con títulos de Moisés Puente, Txomin Badiola y Elena del Rivero entre otros, así como de algunos catálogos y proyectos pictóricos, fotográficos o escénicos interesantes y que es recomendable conocer, siempre en ediciones que dialogan con la obra publicada y da a los libros condición de coleccionable. Por cierto que desde hace algunas semanas tenemos en la librería «Tres días», de Antonio Ballester Moreno, una edición que, esta sí, tiene mucho de juego a partir de las reconocibles geometrías y colores del artista, y que se propone para compartir entre infancias y adulteces, sean estas las propias de una única persona o las correspondientes a la edad de quienes decidan sentarse juntos a una mesa para leer, mirar, pasar hojas juntos… Cabría relacionarla con la poesía visual que desde Brossa, o por aquí Francisco Pino, entre otros, o más recientemente Felipe Zapico o Paco Pérez Belda, propone a lectores nuevas maneras de relacionarse con palabras o de construir poemas a partir de imágenes. Un trabajo este de Caniche con Ballester muy sugerente, que apetece mirar y tocar a partes iguales, recomendable tanto para amantes de las artes plásticas y de la poesía visual como del coleccionismo editorial.

Caniche editorial. Pvp 39 €

En el caso concreto de «Dehesa de cuaternos» basta indagar un poco en el interior de este álbum para encontrar un par de desplegables que contextualizan la obra y permiten, en su formato, disfrutar de un visionado pleno de las fotografías, es decir, sin el estorbo de palabras, cuando ya han sido leídos. En uno de ellos se nos cuenta el proceso que se produjo hasta llegar a las fotografías custodiadas por la familia de Martín-Gamero y en el otro unos mapas que sitúan la comarca y la finca. Cuaternos pertenece al pueblo cacereño de Cuacos de Yuste y su población se dedicaba del todo al trabajo agrícola. El retrato que el autor hace de sus trabajadores es documento que sirve para la «reflexión sobre el papel de la dehesa, idiosincrasia de las regiones con connotaciones oscurantistas» y que también pueden explicar la posterior emigración de la población rural a las ciudades. Es fácil caer en la tentación de ilustrar esta entrada con, por ejemplo, «Los santos inocentes» de un Delibes que se ha estado celebrando en 2020, con sus cien años recién cumplidos. E igualmente cabría complementar esta prescripción con libros que se vienen publicando los últimos años a propósito del fenómeno, más o menos asumido ya resignadamente, de la despoblación y de la menos comentada saturación poblacional de ciertos núcleos urbanos como extremo contrario y también preocupante por cuanto que lleva a sus habitantes a hábitos de convivencia cuando menos poco saludables.

Los rostros duros, terrosos, las manos gruesas, indumentarias humildes, juegos primarios que pueden deducirse de muchas de estas instantáneas en espacios abiertos, muchos de ellos naturales, dan cuenta de un tipo de vida sencilla y sin proyección. Puede que el retrato de Martín-Gamero pretenda cierta profundidad y que, de hecho, consiga llegar a algunas subcapas psicológicas de los trabajadores de la finca pero a mi lo evidente de este álbum me parece un presente mayúsculo que entreteje toda la obra, para explicar lo cual pido establecer mi propio juego interpretativo. Y es que lo presente está en primer lugar en la propia naturaleza de la obra, una obra fotográfica que recoge, por tanto, instantáneas, momentos concretos de personas y, ahí va la segunda parte, sin futuro, sin recorrido. La vida empieza y termina en la finca, la suya particular de cada uno y la de su descendencia, la de su familia. Necesariamente han de vivir el día a día y pocas oportunidades de expectativas habrían de tener. Quizás no podamos saber si esas personas eran más o menos felices allí, aunque desde luego todas las fotos son amables e irradian optimismo, como tampoco sabríamos decir si buscar oportunidades más allá del latifundio requería de la huida. No podemos juzgar a la ligera pero sí debemos tratar de tomar conciencia, siempre y cuando podamos, y ponerlo en relación con nuestras vidas más de cien años después, en las que el proyecto no es sólo guía sino obsesión (¿ficticia?) que descuida la vida en presente, justificación de una suerte de huida constante.

Video promocional de «Dehesa de cuaternos», editorial Caniche.

Aún me gustaría apuntar algunas cosas antes de cerrar esta entrada. La condición de Antonio Martín-Gamero de fotógrafo amateur, diletante, que como curioso de las nuevas tecnologías de la época y con dinero y tiempo suficientes decide desarrollar no sabemos si cierta faceta artística o simplemente de ocio, o quizás cierto trabajo pragmático, o personal, memorialístico… me resulta interesante, así como la reflexión sobre este tipo de procesos cuya intención y resultado pueden variar tanto como para convertirse en arte lo que no se pretendía que lo fuera, si es que esto puede pasar, o crear un documento de valor etnográfico o político… son ideas que pueden desarrollarse y que las imágenes del libro inspiran.

En cualquier caso, estamos ante una colección de fotos cautivadoras y propiciatorias de lecturas, que tienen algo de hipnóticas… seguramente porque todos los rostros tengan algo de hipnótico y poder mirarlos sin ser visto es un placer al que se sucumbe y en el que uno se recrea… irremediablemente.