Kuxmannsanta

Angélica Liddell, 2022. Ed La Uña Rota, 2022. 528 páginas. Pvp: 29 €.

Poesía, memorias, confesiones… estilo y género en Angélica Liddell son difusos, tanto como inconmensurable su dolor. Ella es, sin duda, uno de los autores de La tienda de Lope. Cualquiera que de una vuelta por nuestra librería puede encontrarse con un rincón dedicado a ella. De momento hay otros tres autores que tienen su propio rincón: Juan Mayorga, Reyes Mate y Agota Kristoff. Son nuestros autores, pero habrá más.

Gozo y misterio de la poesía

Navona editorial, 2019. Osip Mandelstam, 1928. Trad Víctor Andresco. 156 páginas. Pvp 24 €.

El ayer no ha nacido aún. La poesía (clásica) aún no ha sido, se percibe como algo debe ser y de ninguna manera como algo que ya ha sido. Ando leyendo a Olvido García Valdés también estos días…

Curiosamente, unos días después de publicar esta entrada leo un artículo de Antonio Muñoz Molina en EL PAÍS titulado «Peligro mortal de la poesía», al parecer escrito tras la lectura de una biografía del poeta ruso. En el destaca su caída en desgracia a partir de un poema contra Stalin que, en realidad, nunca llegó a escribir pero que de alguna manera debió trascender, seguramente porque Mandelstam «escribía» en voz alta y hubo quien supo y quien supo contó… en fin… Otra clave del artículo es, desde luego, la recomendación de lectura de las memorias de quien fuera su esposa, Nadeshzda Mandelstam, «Contra la desesperanza».

Frente a la pretensión de apertura helenística del poeta (y utilizo esta expresión porque Mandelstam lo hace también para expresar el origen de la lengua, la literatura y, en fin, el pensamiento ruso) vuelve en estos tiempos la barbarie totalitaria (lleva ya unos años reinstalada en Rusia, ¿no?) y este país que bien podría ser puente cultural entre Occidente y Oriente oculta, como en los tiempos de Stalin, la obra de Osip Mandelstam.

Sentimiento trágico de la libertad

La libertad permite elegir entre hacer el bien y hacer el mal. Esa es la tragedia de la libertad en palabras de Angélica Liddell. El dilema es existencial, y si uno lo asume como necesario tiene un bonita batalla que perder pues, ¿cómo considerar natural el derecho a hacer el mal?. Esa pelea tiene que ver con la que uno pueda tener consigo o con Dios: el artista parece estar particularmente empeñado en librarla, quizá sin ser consciente de que el único resultado posible es su autodestrucción. La comunidad, la civilización, el sistema, la norma, la cultura aniquilan al individuo y sus pretensiones más o menos épicas, en realidad libertarias pero también trascendentales.

A veces veo en Liddell una conexión con conceptos o ideas nietzscheanas como la voluntad de poder cuya imposibilidad de aplicar derivan en un malestar existencial que se desarrolla en forma de frustración, llanto y rabia. «No hay más diablo que la persona común». El misticismo de Liddell no es tal por muy religiosos que nos parezcan sus textos. La auténtica libertad es inaplicable porque sería transgresora, y ni siquiera una personalidad como Angélica Liddell puede llegar a tanto. La violencia es inútil hacia el impenetrable muro de afuera y sólo cabe ejercerse hacia uno mismo. Tiene de místico lo que hay de consagración a Dios, aunque no puede dejar de leerse en ese dios al propio ángel (o diablo, o la tensión entre ambos) que es uno mismo. Pero sí, quizás sea una suerte de misticismo, no lo sé.

Angélica Liddell. La uña rota, 2018. 240 páginas. Pvp: 18 €

En realidad de Angélica Liddell no sé nada, no puedo saberlo, más allá de que hay una llaga viva en ella que conduce su obra y seguramente su vida. Si la llamamos mística bien podríamos llamarla santa, no sólo en su reivindicación sino también en la acción: «hundirse en lo más repulsivo de la carne para alcanzar la divinidad».

A partir de sus experiencias como cuidadora de sus padres -particularmente de su padre- durante el último tramo de sus vidas Liddell escribe este poemario que se hunde en lo más común, sucio y doloroso de lo humano (y su carne) para el encuentro con lo sagrado. Un libro bello y repulsivo, que lo invita a uno a salir de él con urgencia mientras lo lee y relee irremediablemente hasta el final. Hay algo tan antiguo en sus palabras y tan primario que lo remite a uno a su origen, a su destino, lo habla directamente, con profundidad y sin rodeos. Palabras mayores. Parábolas y oraciones hacia alguien desconocido, invisible y seguramente inasible pero por ello más real que todo lo conocido la acompañan, o la esperan. ¿Se canta a lo que se pierde? También a lo que no fue, y a lo que no será.

Poesía bajo el moral

A TRAVÉS DE LA VENTANA, 5.

Las letras como motivo de encuentro para una velada agradable gracias al acogedor espacio que en La Mata de Cuéllar crea nuestra amiga Almudena Pascual para estar y aún para ser en este pueblo pequeño como tantos, ya casi abandonado del todo como los demás, desparecido en la inmensidad del desierto castellano que reyes, curas, señoritos, cíclopes y gorgonas eternamente vivos de por aquí procuran con orgullosa estulticia (redentora, protectora, conservadora, miedosa, acomplejada), aún con sus huecas, incercenables cabezas sobre los hombros. Pero obviemos lo archiconocido:

Para ver las cosas hay que mirarlas, y debe de ser que el escaparate de la librería aumenta la realidad que se atiende. Así que se ve bien desde aquí y uno se percata de cosas chulas que ocurren, como tantas veces, cerca, muy cerca. Les invito a que lo prueben. Gracias a ello he podido saber de este encuentro programado en La Mata de Cuéllar el domingo 7 de agosto, donde han confluido dos activismos rurales de los de nuestra comarca, de esos que la mantienen viva pese a la niebla acechante de la realidad administrativa, regional, provincial y, por supuesto, local de cada pueblo, que aún en verano (o lo que sea esto) todo lo cubre. Seguimos:

Gente Festeamus de Cuéllar lleva ya 12 ediciones de su festival de teatro , danza y música en su municipio y desde hace unos cuantos organiza con bastante éxito de convocatoria los Micros Abiertos de Poesía, en los que un nutrido grupo de lectores de poesía (pero también de poetas), de músicos de ciudades y pueblos cercanos, se reúnen para compartir textos propios y ajenos (o de todos), acordes, melodías y, sobre todo, momentos. Además de en el municipio segoviano del que nacieron, estos encuentros poéticos se han celebrado en muchos pueblos de la comarca y, por supuesto, también en Olmedo, donde les pudimos tener durante el festival Olmedo Clásico de 2017, como parte de los Jueves Dramáticos que organiza la librería.

La otra parte fundamental del encuentro del pasado domingo ya la he nombrado: son Almudena Pascual y ese espacio tradicional de su pueblo que es la terraza de El Moral, así llamada porque prácticamente toda ella la ocupa este viejo árbol que proporciona agradecida sombra. Ella lo mima para el disfrute de visitantes y participantes de las actividades que allí organiza y que tienen que ver con el cuidado del pueblo, con el medio ambiente y con las artes. La razón por la que Almudena desarrolla en su pueblo actividades desde la asociación de mujeres podemos hallarla sin necesidad de buscar pues se vislumbra en su entusiasmo, que alimenta a cuantos lo percibimos y se contagia con facilidad alrededor, que le pone a uno las pilas y aún le ayuda a despejar dudas sobre la necesidad de mantenerse activo cuando estas surgen, que surgen recurrentemente por débiles que sean. Ante ese entusiasmo todo parece natural, casi necesario y no necesita de mayor explicación, pero hay que darla. Hay que decir aunque ya se sepa que desarrollar actividad ciudadana en los pueblos es la única manera responsable de habitarlos, y que la única oportunidad de estos pueblos pasa por el activismo de sus habitantes. Y, desde luego, que las artes son herramienta fundamental para ello, por su capacidad de convocatoria alrededor de lo nuevo, de lo que puede ir más allá, de lo que procura futuro pues, ya lo hemos visto, no será lo de siempre lo que venga a salvarnos.

No era la primera vez que iba al bar Chicote de La Mata de Cuéllar, he tenido la oportunidad de estar allí con Almudena en otras ocasiones, tratando, compartiendo, contrastando nuestras miradas comarcales junto a otros amigos. Y ya entonces me había enseñado ella el espacio, prometedor de aquellas, acogedor de estas. En la propia entrada uno se siente acogido: reconocer a la gente de Festeamus, coincidir también con otros amigos, el espacio que invitaba a ser disfrutado para que mi compañera Esther y yo nos sentáramos mientras íbamos saludando, frente al pequeño escenario, mágico gracias a su aire silvestre, maquillado para pronunciarlo, y, poco a poco, empezar una vez que Kati Cuesta -la encargada de organizar los micros de esa ocasión- tenía el orden claro.

Un par de sorpresas me llevé aún al comienzo de esta velada de la que, por cierto, también Esther y yo participamos. Leyó ella del poemario «Autobús de Fermoselle», de Maribel Andrés, y yo del de Lauren Mendinueta «Una visita al museo de historia natural». Las sorpresas: pudimos conocer a Julie, una joven checa a la que Almudena acoge estas semanas y que nos leyó en su idioma original «Canción de amor» del nobel Jaroslav Seifert. También Julie fue encargada de caligrafiar con preciosas letras el cartel «Micros abiertos de poesía», sobre cartón viejo, al más puro estilo Almudena Pascual. La otra sorpresa fue que Almudena leyó un poema que para la ocasión había escrito mi estimado, querido amigo José Carlos Iglesias, cronista de lo rural a la delibeana manera con quien comparto gustos literarios y momentos jugosos: se nos quema Castilla estos días y el humo -bien nos tememos- no será señal suficiente para ojos de vaca que siguen rumiando hierba mientras miran la realidad atónitos porque esta ocurra…

Tomamos algo tras la lectura, tras la música de guitarra con que terminó la actividad, comimos Esther y yo un crepé y uno calamares ricos por alargar la velada y disfrutar de la compañía, de los amigos, del moral, de una noche poética en su mismo planteamiento, en su escenificación, cuidados, atenciones…

Lauren Mendinueta cerró junto con Ángela Segovia los «Diálogos poéticos» 2022 de la Feria del Libro de Valladolid que un servidor organiza y para ello nos acompañó la calidez del saxo de Edouard Rambourg.

Lauren Mendinueta es poeta, ensayista y traductora colombiana afincada en Lisboa, desde donde ejerce la entusiasta tarea de difusión de la poesía colombiana. Como poeta es autora de una decena larga de títulos de entre los que destacamos aquí «La vocación suspendida», el título que reedita ahora Difácil y del que hablamos en esta reseña, y «Una visita al museo de historia natural», que también tiene una historia anterior a esta edición que en 2021 hiciera Animal Sospechoso.

Colombia, México, España, Perú, Ecuador y Portugal han publicado obra suya y hay en camino varias traducciones de «La vocación suspendida», quizás en parte gracias al empujón que César Sanz (nuestro celebrado y siempre celebrable editor de Difácil, que cumple ahora sus 25 años de trayectoria) ha dado a la obra. En Colombia ganó tres premios nacionales de poesía, el premio del Festival de Poesía de Medellín y el Premio Nacional de Ensayo y Crítica de Arte del Ministerio de Cultura. En España ha sido reconocida con los premios internacionales Martín García Ramos por la obra que hoy presentamos y el César Simón por «Del tiempo, un paso».

En este bello poemario atravesado por el sentimiento trágico de una vida «sin esperanza distinta de la muerte» el dolor se expresa también como culpa por la inmovilidad, la suspensión ante lo presuntamente inabordable y que, sin embargo, puede pensarse desde la poesía, es decir, puede resolverse en su angustia, por medio de la palabra y puede que quizás solo por medio de la palabra. Nos encontramos así con una suerte de reivindicación literaria por cuanto que la movilidad, la tarea responsable de hacer se entiende desde la creación poética. Hacer es escribir, es la manera en la que el poeta se pone manos a la obra, en realidad es la única manera en la que cabe ponerse manos a la obra cuando se tratan las cosas importantes de la vida.

Editorial Difácil. 112 páginas. 14 €

Evidentemente todo empieza en la indecisión, y el hecho de que «La vocación suspendida» sea un trabajo ya publicado -y se entiende que revisado- en varias ocasiones desde 2008, ampliado también en esta última edición de Difácil con «La realidad sigue alterada», resulta representativo de un proceso que bien podría perdurar y que, en cualquier caso, es en sí obra. La indecisión es también motor de búsqueda, en realidad es un primer paso hacia el movimiento que parte del extrañamiento y de una toma de conciencia de la soledad -¿la solitud?- en la que se encuentra en su dimensión más puramente existencial. Esa suerte de ensimismamiento que se produce, por ejemplo, en la mirada del espejo, un no reconocerse que es, en realidad, conocimiento íntimo:

En la orilla de las aguas inmemoriales,

junto al abandono de la contemplación,

mi tristeza se desliza hasta tocar lo puro,

lo inmaculado de esas aguas rebeldes

donde el reflejo de mi rostro me observa.

Estoy sola, contemplada por mí misma,

juzgada y condenada a existir ahora,

más triste que nunca en la certeza

de que me he negado el perdón.

Pero la constatación de «un mundo en su voluntad sibilino» libra de culpa a la poeta que debe indagar en cuestiones esenciales como la naturaleza de cuerpo y mente desde la contemplación, ya que el poeta, también el filósofo, debe sobre todo aprender a mirar para aprender a mirarse, y luego contarse, pensarse. De ahí los espejos, que en tantas ocasiones aparecen. Ello estira una tensión en el presente entre un porvenir del que no hay nada que esperar y un pasado que es asidero, material a partir del cual explicarse, pero que más bien se nos presenta como un asidero indeseable: «(…)lo vivido está más lejos de la vida / que cualquier mes de octubre.» El presente es entonces una suerte de jaula, y la vida esclavitud. Seguramente esta mirada pesimista es, sin embargo, la que lleva a la acción, a una toma de posición responsable. Y el olvido es una herramienta, una manera de ser » (…) contemporáneo de su memoria».

En estas tensiones se desarrolla la poética de una obra profunda que, esto sí, navega con palabras sencillas, justas para la templanza y de una fluidez admirable para que el lector pueda acompañarla por algunos recovecos íntimos que fácilmente descubrirá que son también los suyos. Sin duda acertamos por aquí atendiendo este poemario en el que buscábamos -como en otros- complementar una mirada que veníamos alimentando -además de toda la vida- desde que este invierno cayera en nuestras manos «Sacrificio», de Marta Agudo, inspiración de nuestros Diálogos de este año y libro del que hablaremos más detenidamente.

Leer a Mendinueta es una experiencia estética que tiene mucho de religiosa, un canto a lo ausente que nunca estuvo y que no vendrá, desesperado, y a la necesidad de situarse en un cosmos con sentido que, sin embargo, no tiene mayor interés en nuestras diminutas pesquisas existenciales: motas, con suerte moléculas que alimenten el metabolismo universal. Es un vértigo conocido, un misterio absoluto.

Días caducos

Me interesa la aceptación, la asunción de nuestra condición animal, puramente biológica, desde la que cabe construir nuestro sentido en el mundo, nuestra toma de conciencia como seres, en realidad, vivos sólo como parte de un ciclo necesario, caduco y de un valor no mayor que el de cualquier insecto. Somos mucho menos de lo que nuestras alegrías y pesares nos pueden hacer creer. Nuestras preocupaciones no importan más allá de nosotros mismos y no tenemos más que el instante, el presente estricto, esa suerte de eternidad que no sabemos vivir. Lo demás es consuelo, esperanza… religión… lo llamamos cultura también…

Ediciones Rialp. Pvp: 10 €

Que me perdone María Elena Higueruelo por mezclarla con mis divagaciones, pensamientos que, imagino, no compartirá pero que la lectura de dos poemarios suyos me ha suscitado, más bien me ha animado a escribir. Ella es una buena poeta jienense que acabo de descubrir motivado por la noticia de su reconocimiento con el Premio Nacional de Poesía Joven «Miguel Hernández» 2021. La lectura de «El agua y la sal» (XVIII Premio Poesía Joven «Antonio Carvajal»; Poesía Hiperón, 2015) y de «Los días eternos» (Premio Adonáis, 2019; ediciones Rialp, 2020) me ha proporcionado algo de compañía estos últimos días.

Hay en mí una pena asumida, 
y un silencio, y un vacío, y un montón
de todas esas cosas sobre las que
durante siglos muchos hombres
y mujeres mejor que yo han hablado.
No hay más luz capaz de alumbrar:
solo la que existió y no retorna
y lo acepto y por eso reconozco
la dicha que acontece en la tristeza.

Comparto esa dicha que aflora con la lectura de sus poemas. Reconozco su tristeza. que atraviesa todo el libro y, sí, acepto la invitación que me brinda como lector a acompañarla en el proceso de toma de conciencia, de conocimiento que va desde la pueril aceptación de las sombras como verdades al hecho de cuestionarse frente al espejo, el deslumbramiento que no nos deja ver y, finalmente, la aceptación de la realidad, tan triste como este esquema que de ninguna manera puede hacer justicia a la profundidad de la obra. El platónico mito de la caverna marca las etapas de este proceso y los capítulos de un libro lleno de referencias mitológicas, bíblicas y poéticas que indagan en la vulnerabilidad de los conceptos y en lo endeble de un conocimiento que sólo puede ser verdadero desde la aceptación de su imposibilidad.

RAÍZ DE DOS
                       No entre aquí quien no sepa geometría 

LA palabra es mucho más
que la suma de sus letras: nadie entre, 
nadie entre aquí que no, 
nadie que no sepa
deletrear lo impronunciable
                                             Nadie, 
nadie entre que no aspire
a fracasar en el logos:
restar, restar y restar y-
Antifairesis infinita,
residuo inconquistable.

Entre aquí quien ya sepa
de la inconmensurabilidad de las cosas
que crecen hacia dentro.

Y cuando crea tener la solución, 
atienda a las palabras del oráculo:
"intenta de este modo
duplicar el cubo, trisecar
los ángulos, convertir
en cuadrado este círculo".
Necesitará entonces nuevas reglas, 
fabricar nuevos compases: inventar
un lenguaje nuevo
para construir el mundo, 
                       la nada, 
                       lo imposible.

Quien esté dispuesto a ello, adelante:
ingrese en el reino
de la incompletitud.


Esa imposibilidad de medir las cosas esenciales se ofrece como oportunidad para un lenguaje bello también en su planteamiento matemático, más presente en "El agua y la sed" y que en este "Los días eternos" juega sin embargo un papel fundamental por cuanto que, tácito casi todo el tiempo, confluye en su incapacidad con el sentimiento -voy a decirlo ya- trágico y pesimista de la vida.
Poesía Hiperón. Pvp 10 €

En cualquier caso la belleza (representada también en personajes mitológicos o mitologizados por poetas y que mantienen su particular tensión con la existencia, con la realidad y sus sombras o los espejos, como la niña De Shalott, Booz, Rut…) en la obra se rebela en parte contra la tristeza y nos anima en la búsqueda del instante: «Amor, yo repudio / el pasado y el porvenir / por este instante contigo»,

o: «Cuando pasado y futuro se fundan / en el instante -afilado hilo de luz- / brotará la flor que descierra / la puerta de los días eternos».

Estamos pues ante una poeta que va en serio y cuya obra por aquí nos congratula y tranquiliza un poco. Tener entre las manos el libro de Ediciones Rialp, de un formato tan respetuoso con su contenido y con un tacto tan agradable animan a ocupar el tiempo en compañía de estos poemas que iluminan.

Mejores encuadernaciones

Me encuentro con estas artesanías (¿artísticas?) mirando a través de la pantalla del ordenador: hay un premio a las mejores encuadernaciones (artísticas) que la Dirección del Libro convoca cada año. Se trata de encuadernar una obra del último Cervantes que, como sabrán, este año recayó en el poeta Francisco Brines, recientemente fallecido. La obra en cuestión es la antología poética «Todos los rostros del pasado», que en 2020 ya había reeditado Galaxia Gutenberg. Guadalupe Roldán Morales presentó el mejor trabajo y este quedó así: si pinchan en la imagen irán al enlace de la noticia donde la leí:

Muy señores míos

Uno de los últimos trabajos de la editorial vallisoletana Difácil me ha tenido enganchado con lecturas preparatorias en diferentes momentos de este 2020, año de la derrota. Habíamos programado una velada con Marisa López Soria para la Feria del Libro de Valladolid que no se pudo hacer en junio y después proyectamos con su obra una actividad diferente en la Feria que entre septiembre y octubre sí pudo celebrarse con satisfacción de libreros, editores, lectores y organización. Este último apunte sonará complaciente pero el nivel previo de incertidumbre puede imaginarse y ha sido una alegría que los lectores hayan acompañado. Lo cierto es que esta edición singular de la feria nos ha obligado a atendernos y nos ha permitido reforzar con tejido ciudadano la base libresca y literaria a partir de la cual seguirá desarrollándose en el futuro.

Así, el poemario «Muy señores míos» ha sido compañero para este camino que se sigue haciendo y ha formado parte de la lectura «Poesía con tacto y sonora» que el 4 de octubre de 2020 -año de lo de siempre- hicieron Luis Miguel García (Teatro Corsario) y Esther Pérez Arribas (Teatro de compañía Pie Izquierdo) en lo que supuso también homenaje al escritor fallecido meses antes José Jiménez Lozano.

Mi reseña es, pues, reconocimiento de un poemario que he trabajado con cierto detalle y cuyas lecturas han ido siendo cada vez más interesantes, sobre todo por la oportunidad que procuran de indagación en lo propio. Marisa López Soria escribe versos con los que el lector se pregunta cosas importantes, en una búsqueda de sí. Ese es el valor máximo de este poemario en el que la poeta nos cuenta y nos canta las pasiones por algunos hombres importantes y que supone, en su parte más interesante, un homenaje a su padre muerto.

«La orilla rota» es la primera de las tres partes de las que está compuesta la obra. Es, como decía, homenaje, es recuerdo y memoria de su padre y de ella misma. Porque relatar la memoria del padre -en otro poema juega con esta idea borgiana- tiene mucho de conocerse, supone una búsqueda de la identidad («soy tu prolongación de espíritu»), y ya se sabe que eso de la identidad es siempre un invento, una fabulación: «(…) figuras, signos, códigos incapaces, y mucha fabulación. «. Así, la poesía queda justificada y su juego se potencia como necesidad durante toda la obra. Esa construcción es íntima y, por tanto, verdadera, y sus materiales pueden ser humorísticos:

Esther Pérez Arribas y Luis Miguel García leen poemas de Marisa López Soria en la Feria del Libro de Valladolid.

Si me despojas de todos los refugios,

si me niegas el estrujón de tus brazos,

haré mi fortaleza en el recuerdo

de tu enorme nariz, tus pies deformes,

tus muchas injusticias, tus hipérboles,

¡tamañas exageraciones!

Ya sabes que soy terca, ¿ves que ni lloro?

Lo estás buscando.

Y yo, tu testaferro, irritada, extendida,

haré caceroladas, divulgaré tus faltas,

redundaré mil veces, por qué, por qué, por qué.

Tú no eras ningún santo.

Capaz seré de colocar flores de plástico, o

dibujar tu rasgo más trivial como vivencia única.

En incuria, si te haces de rogar, y me dejas

derramada en aristas, acento meritorio pondré

en que perdures ante los hombres

en el apresto

de simples bocadillos de jamón.

Este poema delicioso es representativo de un sentimiento que atraviesa «En la otra orilla», el de inconformismo, un sentimiento que se retroalimenta con el de incredulidad, ambos tienen mucho de fantásticos y buscados y son herramientas para la indagación: «creer o no crecer». Esta disyuntiva da cuenta de un anhelo imposible y, claro, de una aceptación de la que se parte. «Es extraño dar voz a un misterio rotundo, / acostumbrado (…)» podemos leer en los comienzos del libro, y un poco más adelante: «un suceso vulgar -reconozcamos- / familiar, categórico, de lo más cotidiano». Después de varios poemas que juegan con la fabulación e ironizan con lo cotidiano de un suceso, sin embargo, trascendental el tono trágico va tomando protagonismo y se transforma en canto que, a la manera de los clásicos griegos, tiende al exceso y es capaz de conjurar a la naturaleza en torno a un hecho absoluto: «Venid a mí, sobre mí, conmigo, mecum. / Os requiero en exhorto / Hombres y mujeres de la tierra, / Amigos, enemigos, razas, colores, / Montañas y cavernas, abisales y cimas, / Animales y plantas, ríos y mares, (…)» y al final de este largo poema con el que cierra su duelo: «Haced mundo y projimidad: / He quedado sin padre».

Si «La orilla rota» es duelo «Trampantojo», la segunda parte del poemario, es desengaño. Mientras que aquella es respuesta literaria a un acontecimiento rotundo que la autora sufre y ante el que no puede hacer nada a pesar de su empeño, esta es crónica de una respuesta literal, de una decisión que la autora reivindica:

Acción * Reacción

Cuánto tiempo entre la boria y,

por fin,

aquel gesto iluminado de tirarte por la borda.

*

Si el dolor cuando dura es soportable,

yo me lo pido fuerte, o sea efímero,

como un placer cualquiera.

Efectivamente es la respuesta a un desengaño amoroso y en ella la ironía con la que se abre el libro deja paso al sarcasmo, y el anhelo pasa a ser bien otro, aunque el sentido del humor continúa afilado:

Aferrada a la teoría de Borges,

si te recuerdo hoy poseo una imagen tuya de instante,

mas si te recuerdo mañana

lo que evoco no es la primera imagen sino un retrato de la memoria.

De tal manera que, cuando te rememoro,

no te estoy evocando

ya que la presencia se corresponde a la postrera vez que te recordé

(pálida contemplación del retrato original).

¿No es fantástico?

De ser irrefutable hipótesis,

acaso, en breve, te desvanezcas.

Tanto en la primera como en la segunda parte hay un evidente propósito curativo para heridas, sin embargo, bien distintas y que tienen localizado en la memoria su punto más doloroso. Pero mientras que «En la otra orilla» la memoria es obligada e inevitable («Padre, / soy Funes, el memorioso, aquel que nunca olvidaba») aquí el olvido se presenta como objetivo último.

La tercera parte, «París», abandona cierta frivolidad de «Trampantojo» y sus poemas vuelven a ser valientes. Hay, por fin, celebración. La fabulación no deja de estar presente para jugar incluso con la conjetura del desamor.

Supongamos que no es causa verdadera,

es abalorio, singladura, y esdrújulo episodio.

Supongamos que me voy, o tú te vas, o

que nos vamos ambos.

Suponte que la caterva de abrazos, la ternura

se fueran blasfemando.

Si aquello se quedara en nada de valor,

yo me supongo que

al fondo de cada sueño, estrella fugaz

proyecto de víspera y mañana

con crespón negro, por sobre toda cosa

nos seguirá la pista amor,

el amor descontento.

Regresa un lenguaje poderoso que esculpe versos bellos y poemas alegres con palabras inventadas si es preciso, con juegos fonéticos que la autora comparte con el lector al que invita, de alguna manera, al encuentro, a la celebración, por fin, del amor y de la poesía.

Libros de autor: Marisa López Soria // Grupo Edebé: publicaciones  infantiles, juveniles y para adultos
Marisa López Soria

Muy señores míos supone, como dice Raquel Lanseros en la introducción, el regreso de Marisa López Soria a la poesía para adultos desde que publicó en 1995 En consideración te escribo. Desde entonces esta autora murciana se ha dedicado a la literatura infantil. Ha publicado en las editoriales más potentes del panorama español y desarrolla su labor pedagógica también con talleres de animación a la lectura y de creación literaria. Pueden conocer más de ella en este enlace: http://marisalopezsoria.com/