Que me perdone MarÃa Elena Higueruelo por mezclarla con mis divagaciones, pensamientos que, imagino, no compartirá pero que la lectura de dos poemarios suyos me ha suscitado, más bien me ha animado a escribir. Ella es una buena poeta jienense que acabo de descubrir motivado por la noticia de su reconocimiento con el Premio Nacional de PoesÃa Joven «Miguel Hernández» 2021. La lectura de «El agua y la sal» (XVIII Premio PoesÃa Joven «Antonio Carvajal»; PoesÃa Hiperón, 2015) y de «Los dÃas eternos» (Premio Adonáis, 2019; ediciones Rialp, 2020) me ha proporcionado algo de compañÃa estos últimos dÃas.
Hay en mà una pena asumida,
y un silencio, y un vacÃo, y un montón
de todas esas cosas sobre las que
durante siglos muchos hombres
y mujeres mejor que yo han hablado.
No hay más luz capaz de alumbrar:
solo la que existió y no retorna
y lo acepto y por eso reconozco
la dicha que acontece en la tristeza.
o: «Cuando pasado y futuro se fundan / en el instante -afilado hilo de luz- / brotará la flor que descierra / la puerta de los dÃas eternos».
Estamos pues ante una poeta que va en serio y cuya obra por aquà nos congratula y tranquiliza un poco. Tener entre las manos el libro de Ediciones Rialp, de un formato tan respetuoso con su contenido y con un tacto tan agradable animan a ocupar el tiempo en compañÃa de estos poemas que iluminan.
Mi reseña es, pues, reconocimiento de un poemario que he trabajado con cierto detalle y cuyas lecturas han ido siendo cada vez más interesantes, sobre todo por la oportunidad que procuran de indagación en lo propio. Marisa López Soria escribe versos con los que el lector se pregunta cosas importantes, en una búsqueda de sÃ. Ese es el valor máximo de este poemario en el que la poeta nos cuenta y nos canta las pasiones por algunos hombres importantes y que supone, en su parte más interesante, un homenaje a su padre muerto.
«La orilla rota» es la primera de las tres partes de las que está compuesta la obra. Es, como decÃa, homenaje, es recuerdo y memoria de su padre y de ella misma. Porque relatar la memoria del padre -en otro poema juega con esta idea borgiana- tiene mucho de conocerse, supone una búsqueda de la identidad («soy tu prolongación de espÃritu»), y ya se sabe que eso de la identidad es siempre un invento, una fabulación: «(…) figuras, signos, códigos incapaces, y mucha fabulación. «. AsÃ, la poesÃa queda justificada y su juego se potencia como necesidad durante toda la obra. Esa construcción es Ãntima y, por tanto, verdadera, y sus materiales pueden ser humorÃsticos:
Si «La orilla rota» es duelo «Trampantojo», la segunda parte del poemario, es desengaño. Mientras que aquella es respuesta literaria a un acontecimiento rotundo que la autora sufre y ante el que no puede hacer nada a pesar de su empeño, esta es crónica de una respuesta literal, de una decisión que la autora reivindica:
Acción * Reacción
Cuánto tiempo entre la boria y,
por fin,
aquel gesto iluminado de tirarte por la borda.
*
Si el dolor cuando dura es soportable,
yo me lo pido fuerte, o sea efÃmero,
como un placer cualquiera.
Efectivamente es la respuesta a un desengaño amoroso y en ella la ironÃa con la que se abre el libro deja paso al sarcasmo, y el anhelo pasa a ser bien otro, aunque el sentido del humor continúa afilado:
Aferrada a la teorÃa de Borges,
si te recuerdo hoy poseo una imagen tuya de instante,
mas si te recuerdo mañana
lo que evoco no es la primera imagen sino un retrato de la memoria.
Tanto en la primera como en la segunda parte hay un evidente propósito curativo para heridas, sin embargo, bien distintas y que tienen localizado en la memoria su punto más doloroso. Pero mientras que «En la otra orilla» la memoria es obligada e inevitable («Padre, / soy Funes, el memorioso, aquel que nunca olvidaba») aquà el olvido se presenta como objetivo último.
La tercera parte, «ParÃs», abandona cierta frivolidad de «Trampantojo» y sus poemas vuelven a ser valientes. Hay, por fin, celebración. La fabulación no deja de estar presente para jugar incluso con la conjetura del desamor.