Realmente lejos.

He estado leyendo (un poco, no hay que abusar) «A lo lejos», la bien promocionada novela de Hernán Díaz, en la justamente reconocida editorial Impedimenta, cuyo trabajo cae en esta ocasión en cierto conformismo de trampantojo que, ya se sabe, tiene algo de engaño.

La de Hernán Díaz es una novela bastante premiada, colocada en los escaparates con mimo, a la que la crítica complaciente otorga el valor de renovar el western. Digo yo que para qué. Caí en la trampa de algunas entrevistas amables al autor en los suplementos culturales y pedí esta novela que pretendía dar una nueva visión (realista, entiendo que humanista) del desierto y la travesía norteamericanas durante las migraciones que conformaron el país, las fronteras de un territorio vasto y propicio para la épica. En esas entrevistas Díaz hablaba de la posibilidad necesaria de verdad en la ficción. Eso está muy bien, aunque a estas alturas tampoco es que sea para un titular.

La paradójica cuestión, la contradicción imperdonable, es que uno toma esta novela  y enseguida se da cuenta de que pretende engañar al lector. Ni que decir tiene que, por supuesto, eso hace a la obra -no diré literaria- inconsistente y dubitativa. Hay miedo por que se note la falacia y se nota. Por un lado utiliza un tono de búsqueda que no pasa de gesto pretencioso y, por tanto, snob, y por otro se queda en una suerte de imaginería tópica de peli de vaqueros, tipos duros y bellas mujeres reparables que no creo que pueda entretener a nadie porque, lejos de jugar con ella, resulta ser un recurso irrenunciable a falta de mejores herramientas literarias, y vaya por delante que a mí las herramientas literarias me mosquean bastante aunque se dominen.

Así que entre un plano de falsa indagación estética y otro de relajación que hace caer al autor en lugares comunes (y más bien cutres) la novela se hace un lío y el lector ni atisba nuevas formas, ni profundiza ni enfoca nada de interés en lo humano de esta historia ciertamente exótica, y ni siquiera se divierte con una recreación a lo Tarantino.

Ni rastro de compromiso alguno con la literatura y mucho menos con los lectores. No hay McCarthy que valga por aquí. Borges tampoco está. Ni -esto es lo preocupante- Hernán Díaz. Le podemos esperar, eso sí, pero parece que le falta por llegar. Prueben a buscar ustedes, yo me ahorro juegos de palabras, sinopsis y otras gratuidades.

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Provocar la historia.

Ahora que después de muchos meses leo a Bolaño leo también a Fraile. Libros de detectives. Nada usuales. El chileno deja a sus poetas y profesores a su aire, no se sabe adónde van: el lector es el detective de Los sinsabores del verdadero policía, obra póstuma que publicó Anagrama en 2011. Eduardo Fraile publicó en 1995 estos siete finales en su editorial Tansoville, con un formato al detalle de grandes dimensiones (430 x 305mm) y de tirada limitada: 777 ejemplares, de los cuales yo tengo dos. Con diseño del propio Fraile estos siete bellos finales, poéticos y con todo el sabor de la novela negra, provocan al lector hasta los orígenes y las tramas no escritas. Entonces el lector es autor. ¡Viva el lector!

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