Cuando los ángeles hagan sonar las trompetas

Rodrigo Garrido Paniagua, 2023. Editorial Difácil, 2023. 166 páginas. Pvp: 17 €

He pensado en algunas cosas mientras leía estos relatos del -hasta donde sé- poeta (tres obras en Difácil) Rodrigo Garrido Paniagua. Una es un cuento de Julio Cortázar que sucede (creo recordar) en el metro parisino, que alberga algunos habitantes, es decir, personas que se las apañan para nunca salir de ese submundo de túneles aunque el resto de parisinos (tampoco los propios trabajadores y gestores del metro), lo sabe. También he pensado que este libro de relatos en los que el mundo parece que se acaba (está anunciado, lector) bien podría ser una novela coral, y me he decidido a especular con que sea la distancia que la voz narrativa toma respecto a los hechos concretos e individuales lo que da el carácter de cuento o relato a los textos de este libro. También puede ser que haya un tono para cuentos, un tono apropiado para escribirlos y leerlos. O quizás sea más bien para fábulas. Pero hay fábulas que bien pueden ser novelas. Me preocupa el despiste de algún personaje que parece caer en la cuenta de no conocerse, y que con los ojos cerrados podría perderse o caer. Es fácil preocuparse por los otros cuando uno se reconoce en ellos.

El conjunto de relatos habla mucho de conjuntos, conjuntos de vidas, masas que se comportan como masas y en las que los individuos más parecen representantes de las mismas: también a eso me refería cuando hablaba de la distancia de la voz narrativa. No obstante tenemos muchas situaciones originales, más bien histriónicas, a veces divertidas y casi siempre patéticas que cabría decir individuales, personales. Raspa un poco la necesidad humana por hacer cosas especiales en situaciones límite, las más extrema de las cuales puede ser el acontecer de la última noche sobre la tierra. Es absurdo y me da grima, me viene también el puntito misantrópico. Las consecuencias y dilemas morales que esta situación puede crear en una familia, en un círculo de amigos, en cualquier situación de relación humana, es algo por explorar y que podría ser jugoso. No hay mucho drama -nada de tragedia- en estas historias de humor escritas con buen pulso narrativo y con las que me he divertido. A ver si viene Rodrigo a la librería uno de estos días y nos cuenta más.

Lauren Mendinueta cerró junto con Ángela Segovia los «Diálogos poéticos» 2022 de la Feria del Libro de Valladolid que un servidor organiza y para ello nos acompañó la calidez del saxo de Edouard Rambourg.

Lauren Mendinueta es poeta, ensayista y traductora colombiana afincada en Lisboa, desde donde ejerce la entusiasta tarea de difusión de la poesía colombiana. Como poeta es autora de una decena larga de títulos de entre los que destacamos aquí «La vocación suspendida», el título que reedita ahora Difácil y del que hablamos en esta reseña, y «Una visita al museo de historia natural», que también tiene una historia anterior a esta edición que en 2021 hiciera Animal Sospechoso.

Colombia, México, España, Perú, Ecuador y Portugal han publicado obra suya y hay en camino varias traducciones de «La vocación suspendida», quizás en parte gracias al empujón que César Sanz (nuestro celebrado y siempre celebrable editor de Difácil, que cumple ahora sus 25 años de trayectoria) ha dado a la obra. En Colombia ganó tres premios nacionales de poesía, el premio del Festival de Poesía de Medellín y el Premio Nacional de Ensayo y Crítica de Arte del Ministerio de Cultura. En España ha sido reconocida con los premios internacionales Martín García Ramos por la obra que hoy presentamos y el César Simón por «Del tiempo, un paso».

En este bello poemario atravesado por el sentimiento trágico de una vida «sin esperanza distinta de la muerte» el dolor se expresa también como culpa por la inmovilidad, la suspensión ante lo presuntamente inabordable y que, sin embargo, puede pensarse desde la poesía, es decir, puede resolverse en su angustia, por medio de la palabra y puede que quizás solo por medio de la palabra. Nos encontramos así con una suerte de reivindicación literaria por cuanto que la movilidad, la tarea responsable de hacer se entiende desde la creación poética. Hacer es escribir, es la manera en la que el poeta se pone manos a la obra, en realidad es la única manera en la que cabe ponerse manos a la obra cuando se tratan las cosas importantes de la vida.

Editorial Difácil. 112 páginas. 14 €

Evidentemente todo empieza en la indecisión, y el hecho de que «La vocación suspendida» sea un trabajo ya publicado -y se entiende que revisado- en varias ocasiones desde 2008, ampliado también en esta última edición de Difácil con «La realidad sigue alterada», resulta representativo de un proceso que bien podría perdurar y que, en cualquier caso, es en sí obra. La indecisión es también motor de búsqueda, en realidad es un primer paso hacia el movimiento que parte del extrañamiento y de una toma de conciencia de la soledad -¿la solitud?- en la que se encuentra en su dimensión más puramente existencial. Esa suerte de ensimismamiento que se produce, por ejemplo, en la mirada del espejo, un no reconocerse que es, en realidad, conocimiento íntimo:

En la orilla de las aguas inmemoriales,

junto al abandono de la contemplación,

mi tristeza se desliza hasta tocar lo puro,

lo inmaculado de esas aguas rebeldes

donde el reflejo de mi rostro me observa.

Estoy sola, contemplada por mí misma,

juzgada y condenada a existir ahora,

más triste que nunca en la certeza

de que me he negado el perdón.

Pero la constatación de «un mundo en su voluntad sibilino» libra de culpa a la poeta que debe indagar en cuestiones esenciales como la naturaleza de cuerpo y mente desde la contemplación, ya que el poeta, también el filósofo, debe sobre todo aprender a mirar para aprender a mirarse, y luego contarse, pensarse. De ahí los espejos, que en tantas ocasiones aparecen. Ello estira una tensión en el presente entre un porvenir del que no hay nada que esperar y un pasado que es asidero, material a partir del cual explicarse, pero que más bien se nos presenta como un asidero indeseable: «(…)lo vivido está más lejos de la vida / que cualquier mes de octubre.» El presente es entonces una suerte de jaula, y la vida esclavitud. Seguramente esta mirada pesimista es, sin embargo, la que lleva a la acción, a una toma de posición responsable. Y el olvido es una herramienta, una manera de ser » (…) contemporáneo de su memoria».

En estas tensiones se desarrolla la poética de una obra profunda que, esto sí, navega con palabras sencillas, justas para la templanza y de una fluidez admirable para que el lector pueda acompañarla por algunos recovecos íntimos que fácilmente descubrirá que son también los suyos. Sin duda acertamos por aquí atendiendo este poemario en el que buscábamos -como en otros- complementar una mirada que veníamos alimentando -además de toda la vida- desde que este invierno cayera en nuestras manos «Sacrificio», de Marta Agudo, inspiración de nuestros Diálogos de este año y libro del que hablaremos más detenidamente.

Leer a Mendinueta es una experiencia estética que tiene mucho de religiosa, un canto a lo ausente que nunca estuvo y que no vendrá, desesperado, y a la necesidad de situarse en un cosmos con sentido que, sin embargo, no tiene mayor interés en nuestras diminutas pesquisas existenciales: motas, con suerte moléculas que alimenten el metabolismo universal. Es un vértigo conocido, un misterio absoluto.

Muy señores míos

Uno de los últimos trabajos de la editorial vallisoletana Difácil me ha tenido enganchado con lecturas preparatorias en diferentes momentos de este 2020, año de la derrota. Habíamos programado una velada con Marisa López Soria para la Feria del Libro de Valladolid que no se pudo hacer en junio y después proyectamos con su obra una actividad diferente en la Feria que entre septiembre y octubre sí pudo celebrarse con satisfacción de libreros, editores, lectores y organización. Este último apunte sonará complaciente pero el nivel previo de incertidumbre puede imaginarse y ha sido una alegría que los lectores hayan acompañado. Lo cierto es que esta edición singular de la feria nos ha obligado a atendernos y nos ha permitido reforzar con tejido ciudadano la base libresca y literaria a partir de la cual seguirá desarrollándose en el futuro.

Así, el poemario «Muy señores míos» ha sido compañero para este camino que se sigue haciendo y ha formado parte de la lectura «Poesía con tacto y sonora» que el 4 de octubre de 2020 -año de lo de siempre- hicieron Luis Miguel García (Teatro Corsario) y Esther Pérez Arribas (Teatro de compañía Pie Izquierdo) en lo que supuso también homenaje al escritor fallecido meses antes José Jiménez Lozano.

Mi reseña es, pues, reconocimiento de un poemario que he trabajado con cierto detalle y cuyas lecturas han ido siendo cada vez más interesantes, sobre todo por la oportunidad que procuran de indagación en lo propio. Marisa López Soria escribe versos con los que el lector se pregunta cosas importantes, en una búsqueda de sí. Ese es el valor máximo de este poemario en el que la poeta nos cuenta y nos canta las pasiones por algunos hombres importantes y que supone, en su parte más interesante, un homenaje a su padre muerto.

«La orilla rota» es la primera de las tres partes de las que está compuesta la obra. Es, como decía, homenaje, es recuerdo y memoria de su padre y de ella misma. Porque relatar la memoria del padre -en otro poema juega con esta idea borgiana- tiene mucho de conocerse, supone una búsqueda de la identidad («soy tu prolongación de espíritu»), y ya se sabe que eso de la identidad es siempre un invento, una fabulación: «(…) figuras, signos, códigos incapaces, y mucha fabulación. «. Así, la poesía queda justificada y su juego se potencia como necesidad durante toda la obra. Esa construcción es íntima y, por tanto, verdadera, y sus materiales pueden ser humorísticos:

Esther Pérez Arribas y Luis Miguel García leen poemas de Marisa López Soria en la Feria del Libro de Valladolid.

Si me despojas de todos los refugios,

si me niegas el estrujón de tus brazos,

haré mi fortaleza en el recuerdo

de tu enorme nariz, tus pies deformes,

tus muchas injusticias, tus hipérboles,

¡tamañas exageraciones!

Ya sabes que soy terca, ¿ves que ni lloro?

Lo estás buscando.

Y yo, tu testaferro, irritada, extendida,

haré caceroladas, divulgaré tus faltas,

redundaré mil veces, por qué, por qué, por qué.

Tú no eras ningún santo.

Capaz seré de colocar flores de plástico, o

dibujar tu rasgo más trivial como vivencia única.

En incuria, si te haces de rogar, y me dejas

derramada en aristas, acento meritorio pondré

en que perdures ante los hombres

en el apresto

de simples bocadillos de jamón.

Este poema delicioso es representativo de un sentimiento que atraviesa «En la otra orilla», el de inconformismo, un sentimiento que se retroalimenta con el de incredulidad, ambos tienen mucho de fantásticos y buscados y son herramientas para la indagación: «creer o no crecer». Esta disyuntiva da cuenta de un anhelo imposible y, claro, de una aceptación de la que se parte. «Es extraño dar voz a un misterio rotundo, / acostumbrado (…)» podemos leer en los comienzos del libro, y un poco más adelante: «un suceso vulgar -reconozcamos- / familiar, categórico, de lo más cotidiano». Después de varios poemas que juegan con la fabulación e ironizan con lo cotidiano de un suceso, sin embargo, trascendental el tono trágico va tomando protagonismo y se transforma en canto que, a la manera de los clásicos griegos, tiende al exceso y es capaz de conjurar a la naturaleza en torno a un hecho absoluto: «Venid a mí, sobre mí, conmigo, mecum. / Os requiero en exhorto / Hombres y mujeres de la tierra, / Amigos, enemigos, razas, colores, / Montañas y cavernas, abisales y cimas, / Animales y plantas, ríos y mares, (…)» y al final de este largo poema con el que cierra su duelo: «Haced mundo y projimidad: / He quedado sin padre».

Si «La orilla rota» es duelo «Trampantojo», la segunda parte del poemario, es desengaño. Mientras que aquella es respuesta literaria a un acontecimiento rotundo que la autora sufre y ante el que no puede hacer nada a pesar de su empeño, esta es crónica de una respuesta literal, de una decisión que la autora reivindica:

Acción * Reacción

Cuánto tiempo entre la boria y,

por fin,

aquel gesto iluminado de tirarte por la borda.

*

Si el dolor cuando dura es soportable,

yo me lo pido fuerte, o sea efímero,

como un placer cualquiera.

Efectivamente es la respuesta a un desengaño amoroso y en ella la ironía con la que se abre el libro deja paso al sarcasmo, y el anhelo pasa a ser bien otro, aunque el sentido del humor continúa afilado:

Aferrada a la teoría de Borges,

si te recuerdo hoy poseo una imagen tuya de instante,

mas si te recuerdo mañana

lo que evoco no es la primera imagen sino un retrato de la memoria.

De tal manera que, cuando te rememoro,

no te estoy evocando

ya que la presencia se corresponde a la postrera vez que te recordé

(pálida contemplación del retrato original).

¿No es fantástico?

De ser irrefutable hipótesis,

acaso, en breve, te desvanezcas.

Tanto en la primera como en la segunda parte hay un evidente propósito curativo para heridas, sin embargo, bien distintas y que tienen localizado en la memoria su punto más doloroso. Pero mientras que «En la otra orilla» la memoria es obligada e inevitable («Padre, / soy Funes, el memorioso, aquel que nunca olvidaba») aquí el olvido se presenta como objetivo último.

La tercera parte, «París», abandona cierta frivolidad de «Trampantojo» y sus poemas vuelven a ser valientes. Hay, por fin, celebración. La fabulación no deja de estar presente para jugar incluso con la conjetura del desamor.

Supongamos que no es causa verdadera,

es abalorio, singladura, y esdrújulo episodio.

Supongamos que me voy, o tú te vas, o

que nos vamos ambos.

Suponte que la caterva de abrazos, la ternura

se fueran blasfemando.

Si aquello se quedara en nada de valor,

yo me supongo que

al fondo de cada sueño, estrella fugaz

proyecto de víspera y mañana

con crespón negro, por sobre toda cosa

nos seguirá la pista amor,

el amor descontento.

Regresa un lenguaje poderoso que esculpe versos bellos y poemas alegres con palabras inventadas si es preciso, con juegos fonéticos que la autora comparte con el lector al que invita, de alguna manera, al encuentro, a la celebración, por fin, del amor y de la poesía.

Libros de autor: Marisa López Soria // Grupo Edebé: publicaciones  infantiles, juveniles y para adultos
Marisa López Soria

Muy señores míos supone, como dice Raquel Lanseros en la introducción, el regreso de Marisa López Soria a la poesía para adultos desde que publicó en 1995 En consideración te escribo. Desde entonces esta autora murciana se ha dedicado a la literatura infantil. Ha publicado en las editoriales más potentes del panorama español y desarrolla su labor pedagógica también con talleres de animación a la lectura y de creación literaria. Pueden conocer más de ella en este enlace: http://marisalopezsoria.com/