Savateriada

SAVATERIANAS, 10. Parece que última.

Fernado Savater ha sido despedido hace ya unos días del diario El País. Por faltón. Error: no era para tanto y se retrataba mucho (¿qué daño puede hacer eso a nadie?), a veces nos retrataba mucho (repito la pregunta). Hay por ahí un periodista que alaba la ironía del filósofo. Pero el filósofo no ironizaba, escribía a puñetazos, dardos envenenados en el mejor de los casos, dardos urticantes en el mejor de los dardos. No sé si seguirá habiendo savaterianas por aquí. Podría pasar porque, efectivamente, parece que seguirá escribiendo en otro periódico, pero comprar o gastar un euro en el Inmundo ya es harina de otro costal para mí, así que es probable que deje de leerlo. Me pregunto si ejercerá allí su escritura con la misma libertad que los antecesores a la buena de Pepa le otorgaron en el periódico progre.

Sinceramente pienso que El País nos representa un poco menos como ciudadanos maduros y capaces de traducir información desde nuestra propia inteligencia, adquirida, entrenada desde la educación, la curiosidad, el contraste, la reflexión, etc… Quiero decir con eso que representa un poco más a los lectores infantiles que necesitan de una mano a la que estar continuamente asidos. Entiendo perfectamente que el periódico considere incompatible la columna de Savater después de algunas acusaciones graves que este hace en su último libro publicado. Como al fin y al cabo soy librero lo pongo por aquí. Se llama «La carne gobernada» y puede que hasta lo lea. Libro autobiográfico en el que Savater -escritor jugoso donde los haya- se cuenta y en el que, por cierto, se despide con una cita de Simone Weil. Qué cosas, ¿no?

Fernando Savater, 2024. Editorial Ariel, 2024. 174 páginas. Pvp: 20,90 €

Vivir bien

SAVATERIANAS, 9.

En su columna del sábado 16 de diciembre Fernando Savater nos dice que en los centros educativos españoles se adoctrina demasiado. Lo hace a colación de los malos resultados de España en el último informe PISA, que son tan malos como los del resto de Europa y muy poco peores que los del desierto CyL. Imagino que la consecuencia primera de este informe es que estamos enseñando mal, pero hay que preguntarse también qué y para qué enseñamos.

Dos cosas han sucedido a favor de esta (no) columna. Una es que la he podido dedicar el tiempo que merecía porque la siguiente de Savater, la de este 23 de diciembre, no dice nada ni merece atención alguna si no es desde trincheras. La otra es que en estos días un amigo compartió con el resto una tribuna de Reyes Mate que me ha ayudado a centrar la mirada. En «Ricos en vivencias, pobres en experiencias» el filósofo reflexiona a partir de la inclusión en su diccionario que la RAE ha hecho de la palabra «vivencia». Así que llevo con esta entrada varios días, casi todos en mi cabeza o abriendo tímidamente su borrador de cuando en vez, mirándola de reojo, o simplemente comentando su tema con amigos en la librería…

Que una vivencia se convierta en experiencia personal, que suponga alimento, depende de que le dediquemos el tiempo suficiente, de que se sostenga sobre un pasado consciente (no quiere decirse fijo) y pueda proyectarse hacia algún lugar nuevo, de hecho procurando un lugar nuevo que ha de tener mucho de propio. Me resulta difícil pensar que un sistema de enseñanza en el que los docentes trabajan agobiados de informes y pasan buena parte de sus horas laborables colgados de aplicaciones informáticas, de ordenadores o móviles, puedan transmitir el sosiego en la atención que el aprendizaje requiere, un aprendizaje que va más allá de contenidos clásicos indudablemente necesarios. Puede que como decía Savater se adoctrine demasiado por aquí: el aprendizaje necesita de la digestión de cada uno, necesita convertir datos y técnicas en conocimiento propio. Y tenemos prisa.

En cualquier caso sería fácil inferir de los resultados del PISA (a partir de evaluaciones a jóvenes de 15 años) que las puertas que nos han obligado a cruzar en aras de una libertad multiplicable según nuevas formas de conocimiento ha conducido a pasillos estrechos que perimetran la experiencia sin tocarla, como electrones ultraexcitados y más bien confusos. Por su puesto que leen peor nuestros jóvenes, muchos ni siquiera saben leer a los quince años pero, sinceramente, ¿sobre qué base pueden apoyar sus pies los chicos y chicas de una época en la que el tiempo se desdibuja fruto de una atención total al presente estrecho del instante, a la inmediatez que las nuevas tecnologías nos brindan y que los ahora adultos aceptamos en su momento como ventaja? Hoy, como padre, me sigue preocupando más en qué ocupan mis hijos su tiempo de ocio que el provecho que puedan sacar al académico, y si algo hemos de exigirle a este último es que enseñe a vivir bien.

Tonto o muerto

SAVATERIANAS, 8.

El título no es una disyuntiva y establece una equivalencia entre dos términos de la que me responsabilizo. Se puede estar muerto intelectualmente hablando y, por tanto, ser tonto. Se puede estar muerto en otros ámbitos de la vida y tener como aspiración máxima la mantita con mecedora y tele. Es decir, no aspirar a nada ya. Indudablemente se puede estar muerto aceptando los dogmas de la modernidad, es decir, aceptando los supuestos críticos de la vanguardia si esto se hace irreflexivamente, dentro de una marco que cabría definir como ideológico y que, por tanto, está cerrado, no tiene desarrollo, no provoca dialéctica ni nuevas oportunidades de pensamiento. Nos recomienda Savater en su última columna el libro de Teresa Giménez Barbat «Contra el feminismo», cuya lectura no dudo que sea interesante. Espero que tenga prólogo o introducción, contraportada y solapa, y un índice. Pero no es el tema que me importa para hoy. Lo que me interpela de esta columna es su comienzo formidable, que sin duda suscribo: «Nada más contribuye a la claridad y firmeza de las ideas que la ignorancia. El escepticismo y las dudas no vienen con la edad o el elitismo contrariado, sino con el estudio o la experiencia. Lo que el devoto llama «traición» es sólo el derecho a ser hoy menos tonto que ayer. El feligrés, en cambio, se enorgullece de no aprender jamás».

Recomienda también la lectura del (gran) Thomas Sowell y desprecia la de otros como Paul B. Preciado y Judith Butler. Savater defiende como en otras ocasiones el valor intelectual de unos autores que en sus columnas se enfrentan a los que desprecia. No hay dialéctica posible en este territorio fabuloso en el que uno debe atender sólo estudios que escapen a los «dogmas» y a los «hallazgos especulativos»: Sowel y Giménez Barbat hacen buenas preguntas mientras que Preciado y Butler dan malas respuestas, los primeros plantean dudas razonables sobre las nuevas ideas de género, críticas pero ya normales (normativas, dogmáticas) y los segundos ya creen saberlo todo sobre estas cuestiones: son tontos o están muertos porque su pensamiento no tiene un desarrollo posible, ni hay disposición para el aprendizaje.

Memoria y perdón

SAVATERIANAS, 7

Trae a la memoria Savater en la columna del sábado 2 de diciembre el asesinato etarra del exministro Ernest Lluch hace 23 años, y cuyo recuerdo el PSOE ha malogrado estos días teniendo que rectificar un tuit en el que no mencionaba la autoría de su muerte. Las voces que antaño apelaban a la capacidad de diálogo de Lluch de entonces y las que afirman ahora que el político hubiera apoyado el acuerdo Bildu-PSOE para la investidura de Pedro Sánchez resuenan a lo largo del texto como palabras inaceptables por su falsa ingenuidad o su hipocresía. El tema de trasfondo -y a la vez principal- es la condena de este acuerdo -una legislatura más- como moralmente reprobable.

Por aquellos primeros dos miles no eran pocos los partidarios de establecer un diálogo entre la banda terrorista y el Estado (o los grupos políticos de gobierno) para acabar con los asesinatos. Los distintos partidos de la izquierda abertzale -o el mismo siempre en un proceso en el que se nombraban con distintas marcas- han sido considerados brazos políticos de los terroristas y su validez democrática se la hacía depender primero del fin del terrorismo y luego de una condena explícita suya de los asesinatos perpetrados por ETA. Muchos aún estamos esperando esta segunda parte.

Algunos de ellos somos conscientes, además, de que la condena de todos los asesinatos terroristas por parte de un partido como Bildu (y el arrepentimiento, la solicitud de perdón… gestos que den algo de firmeza a esta parte fangosa del suelo vasco) no nos llevarían directamente a un estado de normalización de la convivencia, y un paso lógico y necesario posterior pasaría por la condena y el arrepentimiento también de las fuerzas de seguridad del Estado -y por tanto del Estado español- por sus excesos policiales, cuando no por el establecimiento de un sistema abusivo del que el maltrato, la tortura e incluso el asesinato formaron parte. Habría más pasos que dar después.

Dilema

SAVATERIANAS, 6.

Pues sí, las ideologías llevan fácilmente al fundamentalismo aunque de ellas, no obstante, se aprende al menos en un primer estadio, como punto de partida, seguramente necesario, desde el que nuestro pensamiento político debe desplegarse. Que al cabo de los años uno siga apasionadamente afiliado a premisas inamovibles de su juventud es síntoma de un crecimiento deficiente, pero se acepta que haya quien no quiera crecer y haga de la poltrona razón de vida suficiente. Se está calentito ahí.

El problema de las ideologías es que faltan a la verdad. Pasa porque la realidad es demasiado compleja para caber en un marco ideológico, y porque este marco persigue actos de justicia a los que da prioridad. Para ello no importa manipular la realidad: se sacrifica en defensa de la justicia. El dilema es evidente.

En las columnas de Fernando Savater esta tensión que algunos mantenemos está resuelta desde siempre en favor de la verdad. Leyendo estos días los diarios de Rafael Chirbes me encontraba con este dilema del que propongo hablar y, como el pensador donostiarra, el valenciano concluía que ya no estaba dispuesto entonces -tenía 57 años- a aceptar manipulación alguna. Las únicas ideas intocables son aquellas tan ligadas a los derechos humanos que sólo pueden ser verdaderas y, por tanto, escapan a cualquier intento de apropiación ideológica: Savater nos habla de ética, de moral y de principios universales ante los que cualquier ideología debe mostrar servidumbre. En la última columna de Savater –Izquierdas– este recomienda la lectura del libro «La izquierda traicionada», de Guillermo del Valle, mientras defiende que hay otras formas (aparte de la de nuestro gobierno) de izquierdismo y de socialismo «de sentido común» y con muchas ideas con las que es «difícil no simpatizar».

Dos por uno

SAVATERIANAS, 5.

No escribí savateriana la semana pasada porque nos salió el escritor con una de esas columnas llenas de nada a la que los colaboradores de prensa nos tienen acostumbrados y que todos nos podemos ahorrar aunque supongo que se pagan igual. Incluyo no obstante un comentario a propósito de las ideas sublimes (siéntase la mordedura) que Savater enumera como posibles a la hora de dotar «de una halo heroico la vida atontada de palurdos que llevamos: la lucha contra el cambio climático, la denuncia de la pederastia clerical, la aniquilación del heteropatriarcado o la independencia de Cataluña.» El comentario es que estas ideas (sublimes) además de variopintas tienen recorridos muy diferentes, alguna más bien parece ocurrencia, creo que la lucha contra el cambio climático parte de un objetivo claro que una mayoría conformada por la comunidad científica, política y ciudadana respalda y que hasta la fecha pierde en favor de quienes han de conservar una posición privilegiada en el sistema productivo, y algunas son supuestos o puntos de partida que requieren un desarrollo que supondrá, necesariamente, un cuestionamiento propio, una tarea dialéctica que vaya aclarando términos y necesidades, como la que llama «la aniquilación del patriarcado».

Más provocadora es por incisiva la columna «Era esto» de ayer, en la que Savater se reafirma en lo tramposo de una idea que bien podría haber figurado en el listado que había confeccionado para su opinión de siete días atrás: el diálogo. En la de este sábado se hace una generalización desde lo concreto del diálogo que ha supuesto el acuerdo de gobierno con los nacionalistas hasta la invalidez de todos los diálogos como solución a los conflictos políticos, algo que en realidad y a nada que uno se moleste en buscar por ahí es premisa savateriana y no conclusión a partir de los últimos acontecimientos: todos nos lo pasamos bien con sus columnas. A un institucionalista como él nada de lo que se salga de la fórmula le convence y a veces parece que le entra cierta manía persecutoria. En el Siglo de Oro español la prudencia era concepto sinónimo de inteligencia, pero que yo sepa nunca lo ha sido de conservadurismo y por ejemplo nadie diría que eran prudentes las prácticas inquisitoriales de la época. Que la política, como cualquier pensamiento, necesita desarrollarse a partir de cierta dialéctica imagino que es algo que no se pone en duda, y a veces asusta la seguridad con la que ciudadanos, políticos y pensadores dicen (o gritan) sus ideas, como si ya estuviera todo pensado.

Enfocar el abuso

SAVATERIANAS, 4.

También yo pienso que la columna periodística es un formato que admite sin problemas cierto grado de ligereza y, sobre todo, de buen humor, algo de lo que a menudo hace gala Fernando Savater en su cierre de El País de cada sábado. En su Opinión del 4 de noviembre, titulada «Hipocresía», el escritor empieza poniendo en duda el rigor del estudio que el Defensor del Pueblo ha publicado recientemente a propósito de los abusos sexuales vinculados a La Iglesia Católica para a continuación decir que estos escándalos tienen más resonancia en medios que tienen a su vez otros escándalos recientes que ocultar y rematar que se trata, precisamente, de un comportamiento típico de la izquierda que ahora promulga una -escandalosa y abusiva- amnistía «que se cisca en los derechos de 47 millones y medio de españoles», es decir, en los de todos. A veces se tratan temas serios e incluso graves en opiniones que se exponen con ligereza.

De todas formas este sábado me ocurrió que cuando volteé el periódico para atender su portada me encontré con una foto que ilustraba los efectos inmediatos del bombardeo israelí a un convoy de ambulancias a las puertas de un hospital palestino y no pude evitar pensar que puestos a hablar de hipocresía y de abusos era más pertinente detenerse entonces en los estragos que la respuesta israelí al ataque terrorista de Hamás está causando en la población palestina. En el primer plano de la foto aparece en pie, sobre un suelo sembrado de cadáveres, un joven que con la cara descompuesta sostiene en sus brazos a un niño ensangrentado. No sabemos con seguridad si son parientes -por ejemplo padre e hijo, tío y sobrino, quizás hermanos o puede que vecinos- pero su gesto de desesperación nos hace pensar que sí y yo en ese primer momento irreflexivo, puramente pasional, los vi como padre e hijo, no se me ocurrió ninguna otra posibilidad. No sabemos si el niño está muerto o malherido ni si, en este caso, el dolor y la urgencia que expresan la cara del joven que lo sostiene habrán sido capaces de poner a salvo a ese niño casi desconocido en su envoltorio de sangre. Porque cómo puede ser ese guiñapo su hijo, cómo es posible esa cruel metamorfosis en tan sólo un instante: mientras esas preguntas acuden como fogonazos sin respuesta posible ha de ponerlo a salvo, a la mayor brevedad, no puede quedarse bloqueado, no hay tiempo para detenerse en el dolor porque su urgencia está en asegurarse de que podrá recuperarlo, de que volverá a reconocerlo como de verdad es cuando le limpien, cuando le curen… entonces el niño que ahora se oculta bajo una capa inexplicable que lo desfigura aparecerá de nuevo.

Es una foto. Imposible detenerse en todos los casos individuales del horror de esta guerra. Conocemos algunas historias espantosas del ataque terrorista de Hamás a israelíes. Como dice Ana Iris Simón en su artículo del mismo sábado apenas conocemos nada de las víctimas palestinas. Son anónimas. No merecen un relato. Ni una columna. Hipocresía. Sinceramente, me preocupa poco si la Iglesia Católica es en realidad responsable de menos casos de abuso sexual de los que dice el estudio del Defensor del Pueblo. Las mentiras de Sánchez -su también ligereza- respecto a sus compromisos políticos me preocupan más pero no me sorprenden. La posible (y parece que cantada) amnistía a políticos independentistas catalanes condenados y presos por sublevación (o algo así: ya no me acuerdo) no me preocupa nada: ni un poquito.

¿Quién educa?

SAVATERIANAS, 3.

En la columna del 28/10/23 Savater se pregunta de forma aparentemente desprendida quién educa, a la par que muestra su desconfianza hacia la posibilidad de que un español de hoy luzca un mínimo de sentimiento patriótico en el extranjero o en cualquier otro lugar o situación, ya que dice según apunta en un tono sarcástica muy habitual en él «(…)de España mejor no hablar, porque es signo de fascismo mencionarla sin escupir después». Como imaginarán la columna tiene su jugo y recomiendo leerla. Por supuesto no hay desprendimiento ni puede haberlo en un texto de Fernando Savater que habla de educación y en ella se apuntan un par de cosas interesantes, sobre las que cabría escribir más en profundidad, algo que no voy a hacer.

Pero respecto a la falta de sentimiento patriótico de los españoles (que Savater no expresa así) quiero decir que es este sentimiento en España cuando menos confuso hasta el punto de que uno utiliza la palabra España a sabiendas que tiene algo de forzado y que la podemos aceptar para nombrar nuestro Estado pero difícilmente -por no decir imposible- como significante de una nación, certeza esta que para mí tiene bastante de alivio. Acepto no obstante el sobrevuelo de la columna con su juego banderil por hacerse entender bien en lo que creo que Savater trata en realidad de señalar: que los españoles somos unos acomplejados. Una vez alguien me dio la bienvenida al «primer mundo» cuando estaba yo haciendo un bolo de teatro en un municipio de Álava: me quedé tan contrariado que no supe qué decir, aunque mi mala conciencia por la falta de réplica a aquel absurdo alarde de ignorancia supremacista se vio durante la representación recompensada con unas cuantas «mangadas» de esta persona que en realidad era el técnico del teatro, y al que el equipo de la sala le quedaba claramente grande, aunque no era mejor que los que nosotros manejábamos en algunos pueblos castellanos. No sé si contar esta anécdota puede valer como orgullo patriótico, y me van a decir que no, que eso sería en caso de que la historia hubiera sucedido en Portugal, Andorra o Francia, pero no en Euskadi. Así que pueden borrar este párrafo de su memoria: como si no hubieran leído nada.

Más interesante, aunque lamentablemente podamos aplicarle un parecido (y lastimoso) nivel de rigor, es la afirmación que Savater hace mediada la columna: «(…) uno puede reformar las aulas, pero no crear padres y madres». Me quedé con este final de párrafo que, inevitablemente, mi cabeza hilaba con el título de la columna y, la verdad, lo que aquí nos deja el filósofo son un par de problemas en los que es necesario indagar. Yo carezco de herramientas (y de espacio ahora mismo) para hacerlo. Preguntar quién educa es también preguntar para qué, con qué fin se educa y, desde luego, a quién.

Razón y futuro

SAVATERIANAS, 2.

Fue la de ayer (21 de octubre de 2023) una de esas columnas en las que Savater invita a la duda (tan sana) y se aparta más de un tono paternalista y resabiado, desde luego provocador, que le caracterizan y que, por otra parte, tanta gracia me hacen, aunque en general no hay día en el que no se despache a un par de personajes públicos de cualquier ámbito. Es tan sólo la segunda savateriana que escribo y me parece ya un buen momento para dar razón de esta iniciativa. En realidad daré tres razones por las que me he decido a adquirir este compromiso conmigo y con los -como diría Manuel Rodríguez Rivero- improbables lectores de este recóndito rincón de la internet.

La primera razón es el efecto crispante que la lectura de sus columnas tienen habitualmente sobre mí, columnas que leo cada sábado desde el kiosko en el que compro El País caminando de vuelta a la librería. Es bastante corriente en esa primera lectura (a veces única) que me sienta interpelado, cuando no ofendido o directamente atacado (qué más quisiera yo) por las provocaciones que en más ocasiones de las que me gustaría no puedo dejar de considerar reaccionarias, pero a lo mejor es que me estoy haciendo joven. Esa punzada sabatina y savatera de incomodidad que me produce la lectura de muchas de sus columnas la considero de utilidad para mis equilibrios digamos mentales, alimentos de un estado de templanza siempre por venir. Es como si me pusiera las pilas, una inyección de adrenalina furiosa con la que tuviera que habérmelas cada mañana del sábado y que me obligara a recolocar mi cabeza. Por otra parte, aún más útil me resulta la lectura de la actualidad española -ya no saben y yo tampoco- a través de una mirada muy alejada de la mía y en ocasiones contraria. Pero el ejercicio en pro de mi templanza no debe confundirse con gusto alguno por la tibieza, y el nacimiento de esta savateriana se produce como un primer impulso de contestar a Savater, de hacer por escrito lo que uno no puede evitar hacer mentalmente.

Hasta ahí la primera razón. Porque lo que uno se encuentra una vez que ha tomado la decisión de publicar esta entrada cada fin de semana es la oportunidad de hacer un ejercicio de escritura y análisis que quedaría plenamente justificado por contar con una base tan sólida como es una de las columnas semanales que más interés y polémica suscitan, firmadas además por un intelectual de valía indiscutible. Y así enlazo con la tercera razón:

Una vez establecido el compromiso conmigo de escribir esta «contracolumna» cabe la duda razonable de buscar otro autor o autora más convenientes, pero estoy seguro de que Savater es el mejor posible, y ya he dicho por qué. Hablamos de un pensador de trayectoria reconocible, con un incuestionable compromiso con la educación y la política que ha abordado tanto desde un plano intelectual como militante, un filósofo con el que comparto filias nietszchianas, una visión de los nacionalismos y las naciones como construcciones de un romanticismo peligroso, para mí un prescriptor de buenos libros y de buenas pelis pero, en definitiva, alguien cuyo valor está más allá de cualquier posible empatía conmigo, ya que contestando a sus columnas me siento un «privilegiado» y de alguna manera mantengo (o puedo fingir mantener) una conversación más o menos polémica, puede que incluso cordial y tranquila (¿se puede con Savater?), y con la oportunidad que la distancia de la escritura me ofrece de no quedar noqueado a la primera de cambio.

En la última columna Savater parte del visionado de una peli protagonizada por Charlton Heston (Soylent Green, 1973) para advertir de lo erróneos de algunos vaticinios ecologistas sobre un futuro del planeta que en 2023 estaríamos viviendo en presente. Tras sendos tortazos a Michael Moore e Ione Belarra señala en concreto los errores del Club de Roma en 1972 y de Al Gore en 2006 para terminar con la recomendación: «Quizá también hoy convenga prevenir, pero sin exagerar…». Apoyo esta recomendación convencido de que los grupos ecologistas han sido muchas veces antipáticos para los ciudadanos de a pie, seguramente porque con atender estos lo suyo ya tenían bastante pero también por ciertas formas lacrimógenas y en algún grado violentas de «lo verde», tanto en las acciones como en los relatos, y que han impedido que un fondo acertado en lo esencial no calara lo necesario. Pero de sobra sabe Savater que el ya viejo mensaje ecologista era más predictivo (científico) que visionario y que precisamente en lo esencial se está cumpliendo: la especie humana hace del planeta un lugar cada vez más inhóspito, su actual desarrollo tecnológico se ha mostrado incompatible con una vida en armonía con el resto de especies y, por fin, hay un cambio climático provocado por un exceso de quema de residuos fósiles que está produciendo una subida de temperaturas ya a estas alturas de la historia difícilmente reversible. Creo que no exagero.

El ancla

SAVATERIANAS, 1. (14/10/23)

En la última columna de Fernando Savater en el diario El País España es una nave atravesando una tormenta de importancia al menos considerable. El texto es ingenioso como la mayoría de los del filósofo, pero dado el formato de 350 palabras no da para más profundidad que la que el lector pueda imaginar en el posible hundimiento de la nave que es, hasta donde uno sabía de Savater, estado y no nación. En esta nave-estado hay piratas de izquierdas que, por tanto, no son tripulantes, ni marineros y ni siquiera pueden ser viajeros, y entiendo que son -qué otra cosa podrían si no- enemigos a los que habría que expulsar de la nave a riesgo de que la roben o expolien o, quizás, secuestren.

Es evidente que Savater no pinta un cuadro necesario, sino un momento circunstancial creado por políticos concretos de la izquierda de hoy, es decir, por personas y no por ideologías, por pasiones individuales incapaces de trascender sus debilidades hasta la responsabilidad que lo común requiere. Pero es precisamente por esto que no se entiende bien el juego maniqueo que establece entre tripulantes y piratas, entre la derecha y la izquierda que sostiene en su hombro el loro nacionalista que sólo sabe preguntar por lo suyo y que, nos dice Savater, maldice en catalán y vascuence. Es complicado gobernar la nave en estas condiciones, claro, pero no puedo dejar de preguntarme qué nave es esa, cuál es su naturaleza ni qué es lo que se trata de salvar. Porque a primera vista hay mucha confusión, y aunque esta responda a un momento concreto resulta imposible pensarla sin una complejidad previa que la provoque.

Sí, ya sé, he de aceptar el juego de la columna, no es un artículo ni una tribuna ni hay necesidad de profundidad ni rigor con los que ir sumando argumentos a una posible dialéctica que nos permita seguir pensándonos. No es cuestión de pensarse todo el rato y nos permitimos la premisa como verdad. Acepto esta ligereza pero me doy el gusto de recrearme en ella: tenemos una nave (podría aventurarse que sin timón aunque esto no lo sabemos: ¿hay un capitán? ¿Quién es?) cuya integridad peligra y que por si fuera poco -añade a continuación- navega mediterráneamente hacia el Este a riesgo de chocar contra los arrecifes islámicos, el iceberg Ucrania o desorientarse hacia la catástrofe por los dolorosos cantos de sirena de los inmigrantes cuya voz manipula la Iglesia. La cosa, efectivamente, pinta mal.

La columna se llama «El ancla» y me hace pensar en la necesidad que el autor ve de echarla hasta poner orden y que alguien pueda hacerse cargo (bien) del timón. Para ello Savater apela a la responsabilidad de los marineros, a la búsqueda de lo común para ponerse de acuerdo en lo mínimo y detener así la deriva, e invoca la imagen mítica (dice) de la joven princesa besando la bandera, en una última pirueta fabulosa que definitivamente hace de la nave España una construcción puramente emocional, muy cercana al nacionalismo y, por tanto, imaginaria.